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Saturday, June 13, 2026
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    Paulina Gamus (1937-2025): memorias de una demócrata

    PAULINA GAMUS GALLEGOS, VASCO SZINETARPolítica de fuste, abogada, articulista, conductora de programas de televisión y servidora pública en distintas funciones, Paulina Gamus (1937-2025) fue parlamentaria, viceministra de Turismo e Información y ministra de la Cultura. Enérgica y frontal en su activismo, fue además una incansable promotora de iniciativas a favor de escritores y artistas. El texto que sigue es un fragmento de su libro de memorias Permítanme contarles (Editorial Dahbar, 2018)

    Por PAULINA GAMUS

    La aventura de ser adeca

    Revelada mi edad en la nota introductoria ya no puedo sino seguir adelante; Diré entonces que al estallar la Revolución de Octubre (1945) yo tenía ocho años y medio.

    Esa mañana mi papá me había llevado a una óptica en el centro de Caracas donde debía recoger los lentes que me había prescrito el prestigioso oftalmólogo Jesús Rhode. Se oyeron los primeros disparos y todos nos lanzamos al piso, alguien le gritó a mi papá que cuidado con la niña, en pocas palabras: ¡no sea inconsciente!, como si mi papá pudiese haber adivinado lo que iba a suceder. En aquella plácida Caracas ocurrieron milagros, como por ejemplo conseguir un libres (taxi) en pleno estallido revolucionario. En ese libres Llegamos mi papá y yo a nuestra casa en El Conde, no sin antes rescatar por el camino y llevar a su casa a una amiga de la familia que salía de la Escuela de Artes y Oficios, situada en lo que es hoy la avenida Universidad.

    Mi papá Habib Gamus era natural de Alepo, Siria, de donde había emigrado a Venezuela en 1929. Mi mamá, Alegre Gallego, era una judía sefardita nacida en Salónica, Grecia, y había llegado a Caracas ese mismo año. Ambos vinieron acompañados de todo su grupo familiar, eran los inmigrantes que no tenían vuelta atrás, los que nunca tuvieron en mente regresar a sus lugares de origen. En Caracas se conocieron presentados por alguien fiel a la gran mitzvá o acto piadoso de la fe judía, que es promover matrimonios. Siendo de la misma religión pertenecían a culturas distintas, pero aquí en Caracas se casaron y aquí nacimos sus cinco hijos.

    En mayo de 1945 ocurrió la rendición de la Alemania nazi y en agosto de ese año terminó la Segunda Guerra mundial. Durante los cinco años de guerra y aunque la pequeña comunidad judía venezolana nunca se vio amenazada por ese conflicto, había un miedo que se respiraba en el aire de mi casa. Mi papá, judío observante, hacía salir con cualquier pretexto a la empleada doméstica antes de rezar sus oraciones del Shabat (sábado) u otras festividades. Yo no estaba en edad de saber a pesar de la alineación del gobierno del general Isaías Medina Angarita con los países aliados en contra del fascismo nazi, se había girado a todos los consulados de Venezuela en Europa un instructivo que prohibía conceder visas a judíos que penaban por escapar del genocidio. Ese instructivo, casi idéntico en varios países de la América Latina, se mantuvo vigente hasta entrados los años 50. Mi mamá había perdido en el campo de exterminio de Auschwitz a todos sus tíos y primos que vivían en Salónica cuando esa ciudad, la Jerusalén Sefardita, estaba ocupada por el ejército nazi. Por razones más que lógicas, mi papá sintió pavor de expresarse políticamente: musiú (extranjero) y además judío eran dos trabajos para él insalvables.

    Cuando comenzaron las sesiones de la Asamblea Nacional Constituyente, en 1946, en el país existía una euforia a favor de Acción Democrática, el partido que en conjunción con jóvenes oficiales del ejército había promovido el exitoso golpe de Estado o revolución contra el presidente Medina Angarita. La radio en la sala de mi casa nos transmitía en vivo y en directo las sesiones de la Constituyente y en mis recuerdos perdura la atenta admiración con que mis padres y mi tío Isaac, hermano menor y soltero de mi papá, oían los discursos, especialmente las intervenciones del poeta Andrés Eloy Blanco, quien presidía ese cuerpo parlamentario. De una vez supe que, con las reservas propias de su doble extranjeridad, mis padres sentían simpatías por Acción Democrática, el partido del pueblo. Jamás podrían ser copeyanos, ¿judíos socialcristianos?, y menos aún comunistas.

    Un poco de eso, otro poco del sentimiento de rabia por el derrocamiento del presidente Rómulo Gallegos, más la influencia de mis profesores en el Colegio Moral y Luces Herzl Bialik, en su mayoría accionesdemocratistas o adecos vetados por la dictadura de Pérez Jiménez para trabajar en liceos oficiales, me inclinaron hacia el partido fundado por Rómulo Betancourt. Sin que lo supiéramos en aquel momento, el colegio judío de Caracas fue un lugar de encuentros y de reuniones de los adecos perseguidos por el régimen perezjimenista. Nunca llegamos a enterarnos en aquel entonces de que Pedro Felipe Ledezma, uno de nuestros profesores, era el secretario general de AD en la clandestinidad y que fue encarcelado y sometido a terribles torturas por la Seguridad Nacional (la policía política del régimen). Fue acusado de participar en una conspiración para derrocar al dictador, en la que estaban involucrados dirigentes de AD en el exilio y en el país. Pero sí supimos lo suficiente para llorar la expulsión del país de nuestro profesor de Historia, José Manuel Siso Martínez, cuando estábamos en la mitad del curso del segundo año de bachillerato.

    En octubre de 1954 ingresó a la Universidad Central de Venezuela para estudiar Derecho. El primer día de clases nuestro profesor de Sociología, Rafael Caldera, hizo una pregunta colectiva para que cada uno de los cursantes de ese primer año la respondiera de manera verbal y breve: ¿por qué eligieron esta carrera? No puedo recordar con exactitud qué fue lo que respondí, era algo que tenía que ver con la búsqueda de la justicia. Pero impresionar gratamente al profesor Caldera porque unos días después me abordó José Rafael Zapata Luigi, estudiante de 5º año y coordinador del partido social cristiano Copei en la Facultad de Derecho. Me dijo que Caldera le había hablado de mí y que le gustaría que yo me acercara a ese partido. Le respondí negativamente con dos argumentos: mis simpatías por AD y mi condición de judía que indudablemente no armonizaba con un partido que se autodenominaba cristiano. A pesar de esa negativa, Caldera fue muy diferente conmigo ese año y luego cuando fue mi profesor de Derecho del Trabajo, en el tercero. Un día de clases en el primer año de derecho, Caldera felicitó a los alumnos por tener entre ellos a una periodista de proyección internacional. Volví la cabeza hacia atrás y hacia los lados para saber de quién se trataba, resulta que se estaba refiriendo a mí por una carta que yo había enviado al editor de la revista. Vida en español. En la misma protestaba por las burlas y el trato despectivo a Venezuela ya su gente en un reportaje que esa revista había publicado.

    Rafael Caldera, Arístides Calvani, quien nos enseñaba Introducción al Derecho, y otros profesores eran en su mayoría copeyanos. Podían continuar su actividad académica y seguir su vida normal ya que Copei no estaba ilegalizado como sí lo estaban AD, el Partido Comunista y Unión Republicana Democrática (URD). Sin embargo, hay un episodio que se recuerda poco y fue el atentado de la Seguridad Nacional contra Caldera mediante una granada arrojada a su casa. El artefacto, que por suerte no explotó, cayó cerca de la cuña de su hijo Andrés, que era un bebé. Pedro Estada, temido jefe de esa policía represiva, había demandado a su esposa en un conflictivo juicio de divorcio y Caldera era el abogado de la señora Estrada. No fue difícil deducir que aquel ataque fue un acto intimidatorio contra el abogado y profesor Rafael Caldera.

    Los meses finales de 1957, que lo fueron también de la dictadura de Pérez Jiménez, estuve ausente de clases por una peritonitis y otras complicaciones posparto que me mantuvieron postrada varias semanas. Las clases se suspendieron a multas de octubre por las revueltas estudiantiles en protesta contra el régimen. En el mes de febrero de 1958, ya derrocado el dictador, las nuevas autoridades de la Universidad Central permitieron la reincorporación de los estudiantes que estaban presos o exiliados, en el mismo año que cursaban cuando fueron obligados a abandonar sus estudios. Gracias a esa decisión no perdí el año por mi ausencia de casi tres meses. La lucha política comenzó muy pronto en la universidad porque en diciembre de ese mismo año se realizarían las primeras elecciones democráticas después de once años de régimen dictatorial. Se retomaron las viejas consignas contra el candidato de AD: era un comunista agazapado, regresaría el sectarismo adeco del trienio 1945 – 48 causante de la dictadura. La más frecuente y casi natural de todas las imputaciones en la Venezuela homófoba y machista de aquellos tiempos (y también de éstos): Rómulo era homosexual, aunque el calificativo que se usaba contra él no era tan delicado. Muchos años después, una mañana en la que un grupo de dirigentes adecas lo visitábamos en su quinta Pacairigua, en Altamira, Rómulo nos llevó a ver su corral y nos dijo que sólo comía gallinas y pollos picatierra porque “con la fama de marico que tengo, imagínense si me pongo a comer pollos engordados con hormonas”.

    El triunfo de Rómulo Betancourt en esas elecciones de 1958 fue rotundo. Su conocimiento profundo de la idiosincrasia de Venezuela, su país que recorrió de punta a punta, lo hizo insistir en la candidatura aún en contra de la opinión de muchos de sus compañeros de partido que preferían a un independiente. Esa opinión adversa no solo provenía de las rencillas internas sino también por los recelos que despertaba en muchos venezolanos el pasado sectario y radical de AD, una de las causas del derrocamiento de Rómulo Gallegos. Betancourt se impuso no solo a la oposición dentro de AD, sino que logró derrotar al almirante Wolfgang Larrazábal, que era de muy buen ver, lo que entonces las mujeres llamábamos un “mango”. Carismático y además rodeado de la simpatía general por haber presidido la Junta de Gobierno que sustituyó al derrocado Pérez Jiménez. Si aquella elección se hubiera dado en estos tiempos en que la presencia física y el carisma tienen tanto peso en la imagen televisiva de los políticos, quizás Rómulo que era pequeño, regordete, bastante feo, con la cara picada de viruela y con una voz atiplada, no habría podido conquistar la presidencia.

    Como ejemplo del sectarismo adeco se contaba en esos días un chiste que tenía como protagonista a la entonces dirigente de AD, Mercedes Fermín. Alguien le dijo que los adecos eran sectarios y ella lo negaba con el siguiente argumento: “Si yo fuera sectaria diría que Luis Beltrán Prieto es más buen mozo de Wolfgang Larrazábal, pero como no soy sectaria digo que están ahí, ahí”. Habría que aclarar para quienes no lo conocieron que el maestro Prieto, importante dirigente de AD en aquellos años y máximo líder del poderoso gremio de los educadores, era feo de toda fealdad, abusaba de esa condición de la cabeza a los pies. Para dar solo una idea de las desproporciones de su figura, se recoge el hecho de que años más tarde, al ser aspirante a la candidatura presidencial por su partido Movimiento Electoral del Pueblo (MEP), surgido de la tercera escisión de Acción Democrática, la tarjeta electoral de esa organización se identificaba por una oreja gigantesca y el lema era “Vota Oreja”. Tenía, para compensar tal desconsideración de la naturaleza para con él, una inteligencia privilegiada y un manejo ácido y punzante del humor. En una mitin de la campaña electoral en la que se enfrentó a su excompañero de partido Gonzalo Barrios, candidato de AD, un grupo de mujeres adecas acudió con la intención de sabotear el acto. Las féminas gritaban: ¡Abajo Prieto! ¡Abajo Prieto! El hizo una paréntesis en su discurso para responderles, con el megáfono en mano: “Estas compañeras gritan abajo Prieto porque no saben lo bueno que es Prieto arriba”.

    A pesar del ambiente bastante hostil a la figura de Betancourt en particular ya los adecos en general, la supremacía de estos en la UCV y la alianza de Copei y de URD con el gobierno de Betancourt, basada en el Pacto de Punto Fijo, permitió que esa fuese una época de relativa tolerancia política en el ámbito estudiantil. Fue así como el ya presidente Rómulo Betancourt pudo visitar por primera y única vez la Ciudad Universitaria de Caracas. Ocurrió exactamente el 6 de agosto de 1959 con motivo del acto general de graduación en el Aula Magna. Nuestra promoción de abogados llevó al nombre de Leonardo Ruiz Pineda, el dirigente de AD asesinado por la policía perezjimenista. Un compañero de estudios, primo del presidente Betancourt, le entregó la invitación para el acto de graduación. Rómulo no solo asistió sino que nos hizo entrega de los títulos, uno a uno, a los cuatrocientos o quinientos graduados de las distintas carreras. Mis compañeros me designaron para pedir a las autoridades rectores que nos concedieran el título de abogado. Hice especial énfasis en el nombre de Ruiz Pineda y Rómulo me obsequió un gesto de deferencia cuando me entregó el pergamino: estrechó con sus dos manos la mía, momento del que conservaba una foto. En aquellos tiempos no se había estandarizado el besuqueo que ahora hace interminables (además de altamente antihigiénicos) los actos públicos de asistencia masiva como son las graduaciones universitarias. Era ésa la primera vez que vio en persona a Betancourt y por supuesto mi corazoncito adeco latió con más fuerza que nunca.

    Dos años después el ambiente político del país era otro y el universitario uno muy distinto. Las promociones universitarias concurrieron divididas a los actos de graduación con epónimos acordes a las tendencias partidistas predominantes: las de abogados en la que se graduó mi hermano Rafael se llamó “Fidel Castro” y la de sociólogos a la que perteneció mi hermana Esther, “Revolución Cubana”, ambas en agosto de l951. La Ciudad Universitaria de Caracas se transformó en coto cerrado de la ultra izquierda y en guarida de personas vinculadas con la lucha armada castro comunista contra el gobierno de Betancourt. Acción Democrática quedó debilitada en la Universidad Central por la primera división que sufrió al escindirse el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) que captó a la mayor parte de la dirigencia juvenil y la militancia estudiantil del partido. El movimiento universitario copeyano pasó a sustituir a AD en su combatividad por defensor de la democracia. Pasaron los años y cuando ya los muchachos miritas de 1959 —Simón Sáez Mérida, Américo Martín, Moisés Moleiro, Rómulo Henríquez, Lino Martínez y otros— pintaban canas, los dirigentes adecos continuaban lamentándose de no contar con un movimiento juvenil importante porque habían perdido a la crema y nata de la juventud partidista con esa división. Lo cierto es que AD perdió —por el desgaste que conlleva el ejercicio del poder— el atractivo heroico y contestatario que entusiasma a los jóvenes. Y nunca más pudo ser mayoría en la primera y más importante universidad del país.

    La división política de aquellos días se hacía presente en la casa de mis padres: yo adeca (aunque sin carnet) con el apoyo irrestricto de mi mamá; mi hermano urredista, una hermana del MIR, la hermana menor del PCV y la penúltima con inclinaciones hacia la izquierda pero sin militancia y además con un marido adequísimo que influía sobre ella para hacerla votar siempre, aunque a regañadientes, por AD. Las discusiones eran interminables y con frecuencia agrias. Un día mi papá explotó y amenazó con irse de la casa si continuábamos con esas peleas. Fue como un sacudón y, desde entonces, sin cambiar nuestras ideas, entendimos que el afecto familiar estaba por encima de ideología y partidos. Mi papá nunca aceptó que sus hijos activáramos en política, le tenía terror sobre todo a ver su apellido desacreditado. Él hacía culto de la buena fama acatando así un proverbio judío que aparece en el Pirké Avot o Tratado de los Padres: “Nada hay nada más importante en la vida ni mejor legado a los hijos que un buen nombre”. “El buen nombre es mejor que el mejor ungüento”, decía, según mi papá, el rey Salomón. Recién graduado mi hermano Rafael, por quien Jóvito Villalba, el máximo dirigente de la URD, tenía gran aprecio, lo nombraron síndico procurador del Municipal del Distrito Sucre, uno de los más ricos de la zona metropolitana de Caracas. Aunque ese Consejo Municipal no era aún el centro de escándalos de corrupción en que se convirtió un tiempo después, mi papá hizo que a las pocas semanas mi hermano renunciara al cargo, nunca más ganó otra designación vinculada con la política. Con el tiempo se distanció de URD y hasta perdió su anillo de graduación de la promoción “Fidel Castro” al lavarse las manos en un avión; sin duda un acto fallido. Tampoco yo habría hecho carrera política si mi papá no hubiera muerto en noviembre de 1963.

    En 1961, recién graduada y con sólo 24 años, comenzó a trabajar en la División de Menores de la Policía Técnica Judicial, a las órdenes de la abogada —entonces adeca— Clarisa Sanoja. Pocos meses después pasó a dirigir la Sección de Menores de Chacao que cubría la zona metropolitana del Estado Miranda. Allí estuve nueve años que para mí fueron de un invalorable aprendizaje sobre la manera de ser, vivir y pensar de los venezolanos más pobres y, también, con alguna frecuencia, de los más ricos. La jurisdicción de esa dependencia policial abarcaba las urbanizaciones más elegantes y los barrios más pobres del Este de Caracas. También fue una escuela para mí sobre las miserias y grandezas del ser humano.

    En aquellos tiempos era entrevistada con alguna frecuencia por la prensa escrita en relación con los casos policiales a mi carga. Así conocí el escozor de la vanidad que le entra a la gente cuando ve su nombre e imagen en las páginas de un periódico, como si se tratara de subir un peldaño hacia la fama. Sin embargo no me satisfacía la idea de ser apenas una funcionaria policial, me gustaba escribir y aspiraba a convertirme alguna vez en una escritora de renombre. Pero —tengo que confesarlo— antes de tener esas aspiraciones intelectuales quise ser cantante. Tenía una bonita voz de soprano aunque nada educada, por la que fui colista en el coro y en los actos culturales de mi colegio y en el Liceo Andrés Bello. Un día, cuando tenía 14 años, me jubilé de clases y fui a la Radio Continente para participar en un concurso de aficionados. Ya había ensayado con el pianista el pasodoble “El Relicario”, con el que debía conocer las mieles del éxito y padecía temblores de miedo escénico, cuando apareció ante mi Amador Bendayán, el famoso comediante que era, además, hermano de mi tía Rebeca Bendayán de Gallego. Me preguntó qué hacía en la radio y yo, al borde del desmayo, le respondí que estaba acompañando a una amiga concursante. Apenas pude, salí corriendo del sitio sin realizar mi debut. Allí y en ese momento se frustró mi carrera de cantante, pero tuve la suerte de que mis padres no se enteraran nunca de esa aventura que me habría costado quién sabe qué castigo. Una mujer que trabajaba en lo que aún no se llamaba la farándula era lo peor que le podía suceder a cualquier familia decente en aquella época cuajada de prejuicios; era casi equivalente a ser una mujer de mal vivir.

    Mi sueño de ser una escritora renombrada pasaba por escribir en El Nacional; pocas actividades daban mayor prestigio que tener una columna de opinión en ese diario. Por razones que nunca indagué, mi papá, que era un pequeño comerciante con todas las condiciones para preferir. El Universalcomo casi todos sus paisanos y colegas, siempre compraron El Nacional. Con ese periódico crecimos mis hermanos y yo. Su propietario y director, Miguel Otero Silva, además de reconocido intelectual, había sido un connotado militante del Partido Comunista y continuaba ubicado en la izquierda. Y aunque en el periódico se daba cabida a columnistas de distintas tendencias, los intelectuales y periodistas marxistas eran la mayoría. El Nacional era el periódico liberal por excelencia, en contraste con El Universalconservador, y con Últimas Noticiasde Miguel Ángel Capriles, el diario de mayor circulación en el país, con frecuencia amarillista pero siempre preferido por los sectores populares.

    La aspiración de ser columnista de El Nacional, y con ella el ingreso a la vida política activa, ocurrió de la manera más insospecchada. Corría el cuarto trimestre de 1968 y en diciembre se realizarían las elecciones presidenciales. Los candidatos con mayor opción eran Gonzalo Barrios, de Acción Democrática, y Rafael Caldera, de Copei. El Nacionalcontrariando la que había sido su línea tradicional, tomó partido abiertamente en contra de la candidatura de Caldera. Ocurrió que faltando dos semanas para las elecciones, el vehículo en que viajaba con mi hermana Victoria y mi cuñado, y en el que ondeaba una bandera blanca con el escudo de AD, fue atacado por unos activistas copeyanos que se concentraban en la Plaza Venezuela, de Caracas; Estaba a punto de volarlo con nosotros dentro. Se puso una vez más de manifiesto mi vocación epistolar: escribí una carta al director del diario denunciando el hecho y la llevé yo misma a la recepción del periódico. En ella acusaba de fascistas a los agresores y lamentaba que mi exprofesor Caldera, a quien yo admiraba, tuviese a su alrededor gente de esa calaña.

    Esa misma noche, alrededor de las 9, llamó por teléfono a mi casa don José Moradell, el legendario caballero español. Me anunció que mi carta se publicaría destacada al día siguiente. Así fue: en la primera página del cuerpo de política, apareció la carta con este gran titular: “De una admiradora del doctor Caldera”.

    Llovieron las felicitaciones de gente a la que conocía ya la que no, algunos dirigentes de AD obtuvieron mi teléfono y me llamaron para expresarme su satisfacción. Pero Caldera ganó aquellas muy reñidas elecciones ya los pocos días de ser investido, la Policía Judicial pasó a ser dirigida por copeyanos como casi todo el gobierno. Comenzó un hostigamiento sistemático contra mí con el propósito de que renunciara al cargo, lo que hice un año después. En el ínterin y gracias al estímulo de José Moradell, me hice columnista semanal de El Nacional. La columna se llamaba “TicTac” y se transformó en una descarga inclemente de tinte humorístico o satírico contra el gobierno de Caldera. Las pocas mujeres columnistas que había para la época no utilizadas en el género humorístico. Fue así como al sostener una polémica con Adriano González León, quien escribió en El Nacional con un seudónimo que no recuerdo, él me respondió con un artículo que comenzaba diciendo: “Ese señor que utiliza el seudónimo de Paulina Gamus de Almosny…”. Aproveché entonces para volver a replicarle acusándolo de machista irrecuperable. Era tan insistente y puntillosa mi columna semanal que en 1972, cuando fui al Palacio de Miraflores con la representación del Congreso Judío latinoamericano que se celebraba en Caracas, el entonces presidente Caldera, al darme la mano como bienvenida, me dijo: “Paulina, siempre la leo”, y al despedirme, con una sonrisa casi de ruego: “Paulina, deme un respiro”.

    Definitivamente nunca sería cantante como lo deseaba en mi primera adolescencia ni una famosa escritora como lo soñé en mis tiempos de juventud; Tuve que conformarme con ser conocida como una política con alguna habilidad para escribir artículos de opinión y, por supuesto, cartas. Mucho tiempo después conocí una anécdota atribuida al expresidente uruguayo Julio María Sanguinetti, quien fue, antes que político, un reconocido dramaturgo. Alguien le preguntó cómo había saltado del teatro a la política y él respondió que ser actor y político eran más o menos la misma cosa. ¿Entonces Carlos Andrés Pérez es un actor?, le preguntó el interlocutor. ¡Nooo —respondió Sanguinetti—, lo de Carlos Andrés no es teatro, es ópera!