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    Descripción y recomendaciones

    HUGO CHÁVEZ, RAFAEL CALDERA Y LUIS ALFONZO DÁVILA, FEBRERO DE 1999, ARCHIVO”El país midió, en la parsimonia de quien observa unos ejercicios ajenos, a las decisiones y sus ejecuciones sin entender cuánto estaba ocurriendo. Indiferente al síntoma de los cambios, alelado o ensimismado en su miseria esencial veía acumularse los trastornos, parecía no poder vincular la grave acción de lo institucional con su rutina, cuando esto se le hizo desesperante entonces optó por el fatalismo”

    Por MIGUEL ÁNGEL CAMPOS

    I

    Si algo resulta fácil de constatar en la tragedia venezolana, su hundimiento en un tiempo marcado con el nombre estigmático de chavismo es la naturalidad con que se fueron cumpliendo los actos del drama. Todos los anuncios y síntomas hablaban de una anomalía, todo dispuesto para la fluencia de los acontecimientos que irían encadenándose en un ajuste de eficaces resultados, desde la aparición de Chávez dirigiéndose al país en su “por ahora”, hasta la discrecionalidad constitucional que le permitió al presidente liberarlo y exculparlo. Así quedó en óptimas condiciones, operativas, jurídicas, promocionales, para iniciar la devastación con el consentimiento de la sociedad y su aclamación casi programática, mediante el uso de los recursos y las reglas del juego que esta había acordada para entenderse con su proceso. Después fue la formalidad convertida en formulismos, los tres poderes reunidos en un puño que no era de hierro sino gesticulador y clownesco.

    Se hizo descansar en la dinámica de una fisiología constitucional, y después institucional, todas las posibilidades de resolución de cuanto se había autorizado en el mínimo acto eleccionario, se confió a un esquema jurídico de base aclamativa, las incertidumbres y patologías, angustias y resentimientos de una cultura, así visto el asunto es escalofriante. Luego vinieron, en una sucesión de actos cumplidos y legitimados, los hechos que aseguraban el prospecto de un programa. El país estaba estudiando, en la parsimonia de quien observa unos ejercicios ajenos, a las decisiones y sus ejecuciones sin entender cuanto estaba ocurriendo. Indiferente al síntoma de los cambios, alado o ensimismado en su miseria esencial veía acumularse los trastornos, parecía no poder vincular la grave acción de lo institucional con su rutina, cuando esta se le hizo desesperante entonces optó por el fatalismo, se entrega al redentor, y para no admitir el desengaño se dedica a jugar a la normalidad: a mí nadie me quita lo bailao. La capacidad de trastorno y conmoción de los hechos cumplidos ha sido de una magnitud difícil de cuantificar, obliga a dudar si había detrás alguna previsión respecto a sus consecuencias o era solamente la aquiescencia caprichosa de unos dirigentes en posesión de una concentración de poder como jamás la hubo, convencidos de hacer y deshacer en un ciclo de vanidad y demencia. La puesta en escena parecía tener un guion espontáneo, este constituía todo un lenguaje y ponía bajo una advocación siniestra las tareas: “Constitución moribunda”, el lema funerario: “Patria, socialismo o muerte”, disponiendo de un asiento para el comensal Bolívar, maldecir a otro país en cadena nacional. Si bien ha podido lucir pintoresco a los ojos de la muchedumbre, lo real es que eran síntomas de delirio, pero aquello era parte de la novedad que Chávez traía a la política venezolana, según los espectadores alfabetizados. El análisis freudiano nos recuerda la función de los actos fallidos, el lapso linguae (parapraxis), y ya es suficiente advertencia, pero aquí estamos en la plenitud de la elocución, el discurso sancionatorio que hasta a los locos alarmaría.

    II

    Interesa detenerse en ese tiempo de desmantelamiento y crimen, una generación; Sería un error de juicio pretender verlo como un mal período de gobierno, una mala administración o la suma de errores de una gestión pública. Esa es una tentación que impone el miedo: el de detenerse a mirar el origen de unas elecciones, seguir adelante en un acto sin remisión de culpas y en un diagnóstico de santificación de un tiempo anómalo. Lo ocurrido en Venezuela desde 1998 y hasta hoy corresponde a un único suceso con variedad de escenas encadenadas, es una sola pulsión. Si comenzó como la voluntad de un hombre en quien todos los vicios y egolatría confluían, la verificación pública de aquella obscenidad privada adquirida formas funcionales y hubo un desarrollo y entronización de unas maneras susceptibles de ser reivindicadas por unos herederos, y estos ya no eran solo sus secuelas inmediatas. Si bien es necesario hacer la enumeración de cuanto ha sido demolido, describir saqueo y evaporación de recursos, bienes, cosas, instituciones, hábitos, símbolos, el inventario de lo arrasado, no es menos revelador el crepitar de su discurrir, la actitud de sus espectadores. Se ha asistido a un espectáculo somnoliento, como congelado en el tiempo, de flujo lento, si una característica moral podríamos espigar sería esta: impasibilidad.

    Los venezolanos han asistido en este tiempo de devastación ruidosa a la contemplación de un incendio, este devora espacios, climas, tejidos de intercambio, imaginarios, la llamadada proyecta lenguas de fuego y humo en un cielo que devuelve los restos, pero la multitud está alejada, como si aquello correspondiera a otra realidad o una escena soñada. Los primeros sacrificados no alcanzan a darse cuenta de qué los hirió, los otros esquivan con inercia las llamas, parecen no haber identificado el enemigo, la amenaza accionando y nombrándose. Ya tarde, cuando identifica aquello con una voluntad, un propósito discrecional, los instintos no sirven de nada, no hay memoria, estrategia, recurso conjurador a los cuales acudir, pero es peor: se invocan los mismos mecanismos de los ejecutores de la destrucción, aquellos utilizados en la conquista y legitimación de unos usos. Es intentar apagar el incendio con gasolina de alto octanaje. Como nunca antes la corrección política fue tan modosita. El ejercicio prolongado de unas prácticas de organización y ratificación del poder se había entronizado en la psiquis de unos ciudadanos, se habían quedado sin referencias y no lo sabían, tal vez no querrían saberlo. En ese tiempo lineal, ruta de una apocalipsis, los venezolanos han asistido a la convocatoria de 32 procesos eleccionarios, recordamos uno, en 2009, la Enmienda Constitucional que autorizó la elección indefinida. Estos no han alterado un ápice la modalidad ni la consistencia de la acción criminal, y sin embargo los atormentados no han dispuesto de otro mecanismo de discusión o impugnación de ese poder. El fetichismo de lo legal los sume en el cómodo hábito de la espera de los tiempos cumplidos, no han entendido que tanto la institucionalidad como la constitucionalidad ya no corresponden a un escenario de diligencias. En una fase avanzada de la trituración su representación intelectual (profesores, académicos, escritores, pensadores) les han dicho en tono ceremonioso: no queremos venganza sino justicia. Y esto cuando ni la una ni la otra eran ya posible, estas ocurren desde la beligerancia y el protocolo y en un escenario mínimo de identificación de intereses, y esto no solo no existía, sino que la misma sociedad había conciliado con las promesas de sus agresores (en otro lugar he expuesto por qué esa agresión adquiere rasgos distintivos y su naturaleza y efectos deben ser nombrados con una palabra distinta: genocidio).

    Y no fueron los hábitos de lo cómico dominguero lo que creó el espejismo de una nación democrática, que podía actualizarse en la inofensiva práctica de la renovación de los poderes públicos. Fue el vacío de aquellas prácticas, los venezolanos pretendieron vivir un estado de bienestar sin responsabilidades ciudadanas, sin supervisar los negocios públicos, indiferentes ante la tradición histórica (si a la población menor de 50 años se le haría un examen hipotético para refrendar la nacionalidad la mayoría reprobaría).

    Desentendidos de toda alteridad con las instituciones de representación, ausentes de todo escrutinio y revisión del prospecto de bienestar, indiferentes ante la necesidad de generar virtudes para el intercambio societario y como guía del ejercicio de deberes y derechos, la demografía se aleja cada vez más de su momento contractual y se rezagó en la expectación zamarra de quienes todo lo esperan de un futuro donde poco o nada han puesto. Calar hondo en los orígenes de una defección, el lugar donde floreció como una hierba venenosa toda una actitud, un sentimiento inmediatista del orden —el hoy, después veremos—, obligaría no solo a identificar los momentos policíacos de elección de la voluntad pública, dónde estuvieron los errores del día. Obligaría a hacer juicio de un gentilicio, poner en cuestión todo cuanto los actores de una sociedad han depositado en un prospecto de corresponsabilidades, desde sus convicciones paradigmáticas de la herencia social hasta sus percepciones del otro en un intercambio de hábitos sostenedores: solidaridad, equidad, justicia. Estaríamos hablando del relajamiento de una nación en la placidez de la nada, consumiendo sus días en la indolencia de espectador ajeno a ese fuego que lo devorará, y si no entendió nunca las maneras del bienestar petrolero, menos posibilidades tiene de encarar su decadencia moral.

    III

    Pero deberás hacer mea culpa si aspira a juzgar el abismo a donde ha llegado. El Estado no puede ser el creador de la democracia de partidos, pero en Venezuela lo fue. Cuando estos se arruinaron en un ciclo de pragmatismo y corrupción, la sociedad quedó en un limbo, sin herramientas para discutir las exigencias de su propio futuro, estuvo lista para ser confiscada por un liderazgo donde coincidían lo peor de aquellos partidos con el personalismo mesiánico. Y esto sería ya suficiente descripción del lugar donde la nación se encontraba al comienzo del horror. Pero es importante señalar los episodios en los cuales aquellos partidos ejecutan su acto final, mucho dicen de la herencia transmitida, y no es la encarecida alternabilidad, tampoco la pretendida solidez de una institucionalidad. Desde 1959 tuvimos un único modelo administrado por dos partidos, ni siquiera hubo renovación generacional, menos modelo ciudadano emergente. Acción Democrática, el partido inaugural de la democracia, enjuicia (1993) a su cuarto presidente y lo destituye en un episodio que pudo ser visto como muestra de independencia y salud de los poderes públicos, en realidad se trató de rencillas y odios internos de los conmilitones, una venganza judicial. El último acto del Partido Socialcristiano corresponde exclusivamente a su fundador, un personaje siniestro, Rafael Caldera, en este se cumple el discurrir del otro lado del espejo, la opacidad de lo atenazado, irresoluto. Al igual que Jesús Enrique Lossada, hijo expósito, pero en este una madre amorosa insufla al niño un edipismo fecundo, será protagonista de las mejores páginas de la historia de su ciudad, Maracaibo, desecha venganzas y desquite. En el uso de una discrecionalidad de la Constitución de 1961 otorga sobreseimiento a quienes habían atentado contra el orden y la legitimidad de aquella democracia, el más grave de los crímenes políticos en una república. Irónicamente, aquella disposición del constituyente reservaba esa amplitud al presidente procurando resguardar las instituciones y tras la historia reciente (sobreseer, indultar, conmutar). En su complejo de demiurgo, Caldera pretende reeditar la pacificación. Ahora la intención aviesa es transparente, extinguir la acción penal antes de que los tribunales militares dictaran sentencia, el delito mismo quedó sustraído, habilitar las fuerzas que irían contra sus enemigos personales, el otro partido y los disidentes del suyo. (En ese extrañamiento no hubo parricidio, solo auto segregación, la figura era beatífica, sus partidarios se reagrupan bajo una denominación zoológica: el chiriperoes decir, cucarachas).

    Chávez permanecía en plenitud, liberado para la gestión política, esto parecía reducirse a contar unos votos; el presidente ha podido esperar la sentencia y proceder a indultarlo, pero el odio de este hombre debía medirse desde el puro el cálculo. La gracia lo deja libre de toda culpa y habilitado para participar en las siguientes elecciones, prestigiado desde el poder judicial y bien promocionado, el segundo acto lo completo el electorado extraviado. El resto ntimiento de Caldera liberaba a un depredador, a un vengador, y de alguna manera sería el ejecutor de sus más oscuras rabias contra la sociedad, ya antes había pacificado a las promociones de guerrillas, incorporados a la regularidad civil, se instalan sobre todo en las universidades, desde allí profesan su credo (en su segundo gobierno un asaltante de bancos es designado ministro de Planificación). Es el mismo hombre que destituye al dignísimo Elio Suárez Romero (en su primer gobierno, 1969-74), socarrón, lo llama a consulta en Miraflores, tras la cena le dice que ha sido sustituido, la razón “es que tú no tienes mano zurda”. (El destituido se había opuesto al reparto de la Gobernación del estado Zulia por parte de los militantes y parroquianos que llegaban por primera vez triunfantes, Caldera le ofreció una embajada, el hombre abandonó la sobremesa y se fue en un taxi).

    IV

    Creo que no se requiere volver sobre los anales de esos partidos para descifrar sus biografías, esos dos momentos, hitos de la infamia, podrían caracterizar la historia esencial de la política de partidos y en las pulsiones de dos de sus figuras paradigmáticas, no solo fueron modelación, esos partidos ejecutaron programas de conducción de la nación, cuyo costo y equilibrio resultan desconsoladores. El partido comunista también encaja su trozo sórdido en esta saga, sin haber llegado al poder mostró cuánto podía hacer de llegar a tenerlo: el asesinato (1958) de Max García, el hombre justo y virtuoso, a manos de sus correligionarios, ilustración clara de sus métodos. No hay, como podrá entenderse, un Estado docente, podrá elegir con el ejemplo; su función es garantizar la integridad y resguardo del acuerdo, el modelo lo suministra la vida civil y la cultura. Hay sí un Estado administrador y gerente, en su peor ejecutoria puede ir desde la incompetencia profesional hasta el Estado delincuencial, caso del chavismo.

    El advenimiento del chavismo no puede ser explicado desde la dinámica interna del poder, en su aparición debemos prescindir de esa autonomía que los estrategas de la sociopolítica asignan a los grupos mediadores, las corporaciones de representación de la democracia gestionada en torno al Estado y desde una estructura institucional de doctrinas programáticas. Solo hay una condición objetiva interna útil para entender la larga permanencia en el poder de quienes llegan en 1998: la penetración de las Fuerzas Armadas tempranamente, no hablamos de los focos rebeldes de la primera mitad de los sesenta (Porteñazo y Carupanazo). La hegemonía (Gramsci) requiere un mínimo de interlocución, no es este el caso, hablamos de control pretoriano, el ejército amparando la gestión de un poder ejecutivo que se ha evadido de todos los controles sociales. La alianza entre Fuerzas Armadas y poder civil nunca fue tan simbiótica: ambos medraban una sociedad inorgánica, famélica.

    El resultado de la pacificación de la guerrilla fue la amplia penetración de un programa redentor en capas de la clase media, y hasta una clara simpatía en sectores de la burguesía ilustrada. Ninguna de las dos podía asociar su origen con el debate de prácticas liberales, tampoco con un ideal de bienestar y responsabilidades públicas (Ta barato, dama dosy el empresariado, eterno beneficiario de la condonación de deudas, este solo podía tener un hijo bastardo: ese sector terciario que desangra al consumidor con su margen de beneficio). La aclamación igualitaria de Chávez tiene detrás un largo fermento de reivindicación ejecutado por la izquierda académica. Esa clase media, graduada con los recursos del petróleo, ayuna de generosidad y sentido común, incapaz de retribuir a la asistencia social con su saber profesional, resultaba mezquina y egoísta con sus adquisiciones donadas. Pero había un sentimiento anti statu quo que la anclaba en una visión vindicadora de visiones justicialistas de lo social, todo esto fortalecido desde un populismo identificado en una tradición inmediata: la relación Estado petrolero-sociedad. En Venezuela esta otra simbiosis aclara un vasto panorama del tejido social igualitarista, desde la economía hasta un imaginario respecto al bien y el mal. Los partidos surgen tras la refundación del país en 1936, también las instituciones de hoy tienen más allá de su origen, y lo esencial: la perspectiva de modernización y unas precarias tensiones de modernidad. Todo esto en torno a la veneración de un Estado al cual se han asignado responsabilidades redentoras, este es el creador y tutor de condiciones tan disímiles como la democracia de partidos, la estabilidad política, la economía global. Y era un exceso, pues desbordaba sus deberes, pero fue justo árbitro de la riqueza petrolera, y cuando en una polémica principista (1994) Uslar Pietri afirma que el Estado desmesurado arruinó la sociedad, Mayz Vallenilla desde la filosofía le responde: no fue el Estado, fue la empresa privada. Aquel había construido hospitales, escuelas, universidades, ciudades, sistemas, de comunicación, organismos de beneficencia, la infraestructura de gestión de la clase media. Cómo podía haberla arruinado. Así, aquel debate ya bizantino quedó clausurado.

    V

    La minoría del orden civil se llegó a entender casi como un deber, una condición necesaria para la acción funcional de los poderes públicos. La democracia sería, pues, donación de la institución política por excelencia. El chavismo puso a prueba la constitución real de aquel tramado, instituciones y tejido social, tradiciones jurídicas y reveló el casi nulo sentido de adscripción y grado de compromiso de la ciudadanía con unos símbolos minimizados. Aquí dos ejemplos, aunque son expresivos no los pretendo mayores: la Federación Médica Venezolana y su renuencia a denunciar los falsos médicos y el ejercicio criminal de la medicina ante la titulación de los MIC (médicos integrales comunitarios, graduados exnihilo por el chavismo); el venerable Colegio de Abogados de Venezuela (1788) en ningún momento declaró la bancarrota del Estado de derechocuando ya no hubo separación de poderes. Expresiones manifiestas de cobardía civil, la lista es larga. Si de todas maneras iban a sucumbir han debido dejar a salvo no los formulismos sino la tradición. Optaron por reducir su escenario, recortar sus competencias y jugar a la normalidad. Se prosternaron ante el poder arbitrario, no podían discutirlo quizás por una incapacidad moral, pero sobre todo por el cálculo venal. Y estos eran los representantes orgánicos de una comunidad con serios problemas para distinguir entre personalísimo y autoridad.

    Entre tanto, en 2014 y 2017, los jóvenes indignados salieron a hacerse matar, pero no lo sabían, no querían morir, lo hicieron porque les habían inculcado la existencia de un ordenamiento legal e institucional con el cual se podía impugnar y combatir la arbitrariedad y la injusticia; No correspondía a la verdad, pero ya era tarde. La enmienda no se había hecho a tiempo (ha debido empezar en la escuela), esos muertos fueron ejecuciones de la misma sociedad. Podría seguir indicando otros momentos donde esta clase de aleccionamiento ha constituido un pantano, zona minada, en ella el chavismo encontró la mayor fecundidad para el éxito de su programa genocida. La educación, sí, el lugar común, veamos a esos profesionales de matrícula gratis, incapaces de donar una hora de trabajo, su patanería me abruma; ellos a nadie nada le deben, si al menos hubieran reparado en la viejecita que frió mandocas o lavó ropa ajena para darles el viático de la universidad.

    Me detengo porque no vine a fatigarme con ejemplos previsibles. Me gustaría, sí, recordar pulsiones, ponerlas al frente de tanta voluntad indolente, de tanto fracaso. También matizar virtudes que me hacen sonreír, esas que hablan de la bonhomía de un carácter, del espíritu bien dispuesto de una comunidad, de su sentido de solidaridad, de los vecinos tolerantes que son como la familia. Otra entonación merecería ese elogio de la calificación escolar de la migración venezolana; los médicos del gentilicio, hasta tres coinciden en la guardia de una emergencia en un hospital de Houston, conmovedor. Me pregunto qué hicieron para convencer a sus pacientes venezolanos de su amabilidad y competencia, si tuvieron una hora de consulta gratuita al año. Un largo exordio merecería la épica de los emprendimientos areperos, Sudamérica (y el mundo entero) descubrió la sazón venezolana, la civilización se estremece, me detengo porque no estoy en condiciones de hacer indagaciones dietéticas —solo recuerdo que un iracundo, Lope de Aguirre, llamado a los guaiqueríes de la isla de Margarita comedores de arepa. Me pregunto si es esto cuanto atesoraba la Venezuela de 1980, con Caracas en plan de capital estelar del continente, con sus festivales de teatro, lugar obligado de lo vanguardiadesde Queen hasta la alta moda. Esa de la foto de Teodoro Petkoff y Américo Martín, avanzan enlazados, pletóricos por una calle de Sabana Grande, heraldos de la izquierda democrática europea, refundadores de un modelo, pleno de alteridad y humanismo, y cuyos partidos y grupos merecieron el elogio de Octavio Paz desde el señero portal de la revista. Vuelta.

    VI

    Cómo entender que un horror así, la demolición y trituración de un país tónico y optimista, haya ocurrido sin pausa, en la vigilia ya la vez como soñada pesadilla, en un ciclo ordinario de decadencia que no estaba en ningún guion. Ese país era un espejismo, respuesta provisional. No intentaré dar con los condicionantes de largo alcance, ni el mejor profesor de semiología médica hubiera acertado con el diagnóstico; no son esas mis pretensiones, habrá que déjárselo a sociólogos y etnólogos entrenados. Pero sí es prudente prescindir de una consideración peligrosa, esa de la Academia Nacional de la Historia, según la cual los venezolanos llevamos la republicanía en el ADN.

    Me interesa discutir la ruina de un país, no una crisis política (también las hay económicas y asmáticas, de todas ellas se sale, otra cosa es un genocidio). Luego de un inventario del horror como ese estaríamos en condiciones de eludir los falsos problemas, ya fin de evitar falsas soluciones, como observa Borges. Hay un primer panorama, lo público-institucional, va desde la economía hasta la educación, salud y seguridad, el medio ambiente, desmantelamiento de instrumentos de gestión ciudadana, aunque se refuerza el fetichismo del cumplimiento de unos deberes y sus efectos punitivos.

    El balance de esos sectores es aterrador, si se pudiera poner en estadísticas solo el tiempo insistente, machacador, la continuidad de unos efectos podría explicar lo drástico, concluyente. Los efectos en el cuerpo físico de la sociedad, su laceramiento nos estaría indicando la dinámica de unas causas: sin mediación, directas, sin espacio para la decadencia. “Por impacientes han sido expulsados ​​del paraíso, por indolencia no regresan a él”, el aforismo de Kafka considera dos pecados, luego los reduce a uno: impaciencia. Para los venezolanos cabría quedarse con el otro, la indolencia.

    Desde un primer momento el chavismo no podía ser combatido desde la política, esto había cesado, se hizo disfuncional cuando fue incorporado a la demostración de unos resultados por parte de quienes discutían el poder arbitrario, no entendieron que ese poder no se gestionaba desde mediación alguna, había solo una beligerancia unilateral. Sería aberración o desvarío insistir durante veintisiete años en el reemplazo de un poder o la destitución de una tiranía usando el mismo mecanismo ineficiente, fracasado. Era la consagración y legitimación de aquello que combatían, ya ni siquiera se trató de la insuficiencia del instrumento sino de la contumacia perturbadora de tal insistencia (las tres o cuatro negociaciones de anfictionía prueba como la política internacional juega a casitas y muñecas). La política entronizó entonces un falso problema: la libertad. Ambas, la primera magnificada en sus alcances reales, la otra, sobreestimada como desiderátum de una comunidad disminuida en todas sus condiciones: materiales, físicas, morales, espirituales, harapienta y sumida en la miseria. La libertad para ella es la mueca de los vanidosos; del abismo no se sale a fuerza de libertad, se sobrevive para merecerla junto con la dignidad, se sale de lo acomodaticio (y la opresión e inmundicia pueden llegar a serlo) para purificarse en ella. En ningún tiempo la política se ha usado para conseguir la lib ertad, su función es otra y teleológica: la justicia. La libertad se obtiene contra la opresión, su sentido moral es la emancipación, se ejecuta desde la guerra y la defensa de un territorio y unos haberes, es un valor inherente a la existencia de la dignidad. Los esclavos manumisos insistiendo en volver al resguardo de sus amos solo acusan el tremendo peso de aquello para lo cual carecen de santuario, un mundo atesorado, unos ideales, la felicidad entrevista. (Por lo demás, gente fuera de toda sospecha anunciada que el chavismo, como en una epifanía, había traído a Venezuela una politización saludable de la población que antes no teníamos).

    Cuanto se instaló en 1998 debía ser evaluado fuera de las urgencias del día, sus efectos y realizaciones encarados desde la alarma, no era difícil ver sus alcances; y sin embargo se optó por la fe en un acuerdo, para ese momento ya fraudulento, las reglas del juego habían sido cambiadas. Al cabo de una generación tenemos hechos y un acuerdo fáctico consolidado, ya no depende solo de quienes lo impusieron, se ha sostenido porque hay nuevos actores que lo refuerzan y ejercitan la sociedad conformista. Son prácticas y juicios de un imaginario arraigados en una percepción cuyas variables corresponden a la ley del mínimo esfuerzo y el fracaso, orientan el intercambio, el mundo de la alteridad. Ya no se trata de desmantelar un Estado ilegítimo, criminal, que empezó siendo legítimo desde unas bases solo formulariorias, y luego se educó en el crimen cuando no tuvo contención. Lo arbitrario e irregular se hizo funcional, el cuerpo herido sobrevivía, pero todo lo demás se desgarraba (voluntad, moral, emociones, adscripción), es decir, desaparecía para la disidencia espiritual y el espíritu crítico. Ese orden ya no puede ser desmantelado asaltando el poder, ya no pudo serlo desde la concurrencia política institucional (lo electoral-legislativo), ya no es posible mediante un acto de fuerza y ​​lo policialco se lo podrá estancar, pero habrá una militancia pasiva, para las buenas conciencias deberemos convivir con el chavismo pues, dicen, son parte de la paz política.

    VII

    La extracción de los criminales (no extradición, y esto demostraba la imposibilidad de toda negociación) no afecta una fisiología, esta corresponde a la vitalidad de una teratología: como esos tumores difusos de la medicina, poblados de terminaciones nerviosas y potenciando un organismo monstruoso, este a su vez regula toda una ecología, los cirujanos deben descubrir cuál es la arteria que lo irriga, alimenta. En el caso de una sociedad esas arterias, sus insumos suelen ser latentes, aunque inerciales, fluyen desde el ánimo, son reconocibles pero fantasmales; Parece no estar, pues el discurso no los muestra, este corresponde a la corrección moral del qué dirán, acaso podríamos verlos al final del camino, en el episodio forense de la mea culpa. La aparición del escenario actual del drama, tras el 3 de enero de 2026, no era previsible desde el estado de suficiencia y vociferación de los agentes de la tiranía, tampoco desde el desarrollo de una beligerancia interna, mucho menos de eso llamado en un lenguaje mendaz. negociaciones. Capturar al presidente de un Estado criminal, acusado de tal por un tercer actor solo cumple una agenda judicial, no hubo ni habrá invasión, queda un recordatorio inmediato para una demografía ciudadana: erraron en sus prácticas de consenso, luego, la irrupción del equilibrio planetario mínimo es un imperativo. La naturaleza de aquellos errores es irreductible a mediano plazo, se impone modificar el esquema social, solo de esa única manera los programas y planes de recuperación del tejido social y las instituciones tendrían el tiempo suficiente para la estabilización. El trastorno de destrucción y perversión que ha supuesto la experiencia del chavismo hasta hoy pone en cuestión a la sociedad entera, Venezuela es un proyecto fracasado desde su tradición histórica. Debe ser tutelada, rehabilitada como en una acción ortopédica, deberá volver a aprender a caminar, pero con otro énfasis y sentido del bienestar, de la riqueza y el tiempo. Toda su vida pública debe ser intervenida, para garantizar la funcionalidad y eficiencia del tratamiento de una cosa pública convaleciente, para regular la convivencia, deberá aceptar y recibir con gratitud un modelaje salvífico, nutrido de tecnocracia.

    La vida privada, con su carga de agobios y perturbaciones, su indiferencia por los bienes sociales, su desdén y desprecio de las instituciones, su gregarismo malicioso, su concepto distorsionado de bienestar, deberá ponerse en suspenso para no entrar en conflicto con unas reglas anti-anomia. La reeducación será un segundo y largo momento, reembolsar la escuela ya no sería una gestión burocrática de colegios provistos de agua potable y maestros bien asalariados. En el filo de la navaja respiramos los vapores del abismo, el fracaso de la pagado democrática obliga a buscar referencias en el examen de lo nacional. Imposible obviar a Vallenilla Lanz, este le dijo a su hijo que cuando todos sus detractores estuvieran olvidados sus ideas y diagnósticos del país serían de dramática actualidad. La cultura de la autodestrucción nos impone una revisión de las profecías pesimistas, su tesis del gendarme necesario ha mutado, pero siempre ha estado allí. La sociedad venezolana ha cuidado de una estructura interna de cohesión y ante su tendencia a la anarquía o la inercia lacerante requiere de un poder externo o superior que imponga el orden, no es un accidente sino constante histórico, si no puede producir su propio resguardo el vacío siempre será lleno. Hoy, el gendarme se vuelve un franquiciado de poderes externos, y esto rompe la lógica nacionalista del cesarismo original, tenemos una delegación de la soberanía (Rusia, China, Irán, Cuba), y en grado predatorio, pues se trata de un césar mercenario amparando a otro totalitario.

    VIII

    La tesis se sostiene, y si el momento actual muestra una variante, no es distorsión: el césar ya no solo apela a su propia discrecionalidad, sino a la asociación con estados externos. Cómo pasar de una sociedad que se entrega a la tuición de un césar interno, este la degrada en una orgía de sangre y gula, a una que construye procesos autonómicos. (La potencia heurística del concepto obliga a pensarlo fuera de un nicho histórico, no es el caudillo ni el gran hombreesto solo daría la medida de una sentimentalidad; importa preguntarse por las condiciones de su recurrencia: necesidad vicaria, hablaría de la duda arrasadora, sin certezas ni fe respecto a un vivacidaduna orfandad que lleva a carencia de definiciones de lo virtuoso, por ejemplo). Pero un césar a su vez tutelado desde la tuición de otros estados requiere más de una rebelión y más de una guerra. En una lógica vallenilliana del siglo XXI, buscar alianzas externas, la soberanía ya no es posible retenerla desde adentro. El daño estructural que ha sufrido Venezuela es de tal magnitud y naturaleza, de tal profundidad que la idea de una “autocuración” es una quimera. La pérdida de autodeterminación encaja ya no con la anarquía (el Vallenilla de 1911) sino con la difusa nacionalidad: el fracaso en la realización de un proyecto de nación desde gentilicio e institucionalidad. La tradición informática, la cultura raigal, los símbolos de la patria (lo que queda de ellos), una genealogía generosa, corresponden a otras tensiones de afirmación, deberán ser retenidos, atesorados en la tarea de nuestros hombres de bien, pensadores, escritores, maestros de nacionalidad, como los llamados Augusto Mijares. Todo lo demás, aquello que creíamos funcional, debe ser puesto en suspenso, erradicado para ir hacia la transformación. Sería como encarar el trauma desde la vigilia y una conciencia de la vergüenza (oh, divino Freud), y así habilitarnos para la expectación de una felicidad en cuya base haya más sentido de justicia que hedonismo. Sería como renegar profilácticamente de una vida vivida.