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Saturday, June 13, 2026
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    María Corina, María, MCM. Fragmento

    MARÍA CORINA MACHADO, AGOSTO DE 2024 | GUILLERMO SUÁREZCon textos de Rafael Osío Cabrices, Beatriz Becerra, Elías Pino Iturrieta, María del Carmen Míguez, William Neuman, Luis Emilio Bruni, Enrique Krauze, Roberto Saviano, Javier Corrales, Carlos Granés y Alejandro Tarre, circula María Corina Machado, a contracorriente (Editorial Dahbar, 2026), conjunto de textos que, sin separarse de los hechos y realidades en curso, están más próximos al ensayo que al periodismo. Se ofrece aquí un fragmento del primer texto del libro.

    Por RAFAEL OSÍO CABRICES

    Tiene que haber producido una forma particular de miedo, sin antecedentes que permitan dibujar desenlaces, sin vías de escape si algo sale mal. Era la madrugada, o la mañana, del 10 de diciembre de 2025, un mes que en la costa venezolana es de grandes cielos de azul crujiente y viento voraz, y el mar entre Venezuela y las Antillas Neerlandesas estaba picado. Las olas aparecían y desaparecían como colmillos de cachalote, ocultando el horizonte, sin dejar de mover la lancha en la que María Corina Machado esperaba que la fuera a buscar.

    No era ninguna espera. Por año y medio, Machado solo había visto el exterior para moverse de un escondido a otro. El único día de ese período de clandestinidad en que pasó más horas en la calle, el 9 de enero del mismo 2025, fue secuestrada por hombres armados y sin uniforme que la tumbaron de una moto al salir de una manifestación y se la llevaron a un parque en el este de Caracas, donde le hicieron grabar un video en el que decía que estaba bien, antes de dejarla libre para que volviera a esconderse.

    Once meses después estaba guardando en el mar por otro bote que la llevaría a un puerto seguro fuera de su país, desde el que debía tomar uno o más vuelos para llegar a Oslo, donde la estaban esperando para entregarle el Premio Nobel de la Paz. Durante las horas o los días anteriores había dejado su escondido para viajar, muy probablemente disfrazada u oculta en un vehículo, a una playa donde pudiera abordar esa lancha. Cada paso de ese trayecto estaba cargado de riesgo. Todo el mundo en Venezuela sabe cómo luce María Corina Machado, y entre quienes advirtieron su presencia podía haber quien colaborara con los organismos de seguridad de la dictadura chavista. Podían apresarla, celebrar su captura como una victoria de la revolución bolivariana, y aislarla en una prisión de máxima seguridad al cabo de un juicio sumario o, como es la costumbre chavista, hacerla esperar por años a que el juicio se realice. Podían asesinarla y decir que se había suicidado, que había fallecido en un accidente al intentar huir o que había sido ejecutada por sus aliados. Podían vejarla de todas las maneras posibles y acusarla de crímenes espantosos, sin ninguna reparación por la verosimilitud de la acusación; el chavismo dice mentiras absurdas –y dicta condenas de prisión a partir de esas mentiras– para demostrar poder, para enseñarnos que incluso con argumentos sin sentido puede hacer valer su voluntad.

    A Machado pudo pasarle muchas cosas entre su última residencia clandestina y esa playa, pero la gente que la llevaba fue hábil, y tuvo suerte.

    Sin embargo, aún no estaba a salvo mientras esperaba en el mar por el relevo de su equipo de rescate.

    En el momento en que viera acercarse a un bote, ella debía preguntarse si eran sus salvadores o si sus captores habían dado con su rastro gracias a la traición de alguien que la ayudó a huir.

    Pudo haber imaginado la posibilidad de que, en ese oleaje tan bravo, podía zozobrar y ahogarse, como de hecho les ha ocurrido a venezolanos que han intentado emigrar con pescadores o traficantes de personas a las Antillas Neerlandesas o Trinidad y Tobago. Qué ironía terrible hubiera sido que la mujer que prometió cerrar la herida colectiva causada por la migración masiva sucumbiera entre las olas como otra refugiada más del colapso de Venezuela.

    Pudo haber contemplado que al estar flotando en un bote en esas aguas por las que sale tanta droga desde tierra firme venezolana, los oficiales estadounidenses a carga de un dron hubieran dado la orden de destruir esa embarcación con un misil, por pensar que era una tripulación de narcotraficantes, como de hecho les ha ocurrido a otros venezolanos que antes vendían pescado y ahora venden droga, y que han muerto en un fogonazo bajo los cohetes Hellfire disparados por las aeronaves de la Operación Lanza del Sur, como el Departamento de Guerra designó al gigantesco despliegue naval que había comenzado en el sur del Caribe cuatro meses antes. Qué ironía amarga hubiera sido que la mujer que dijo que la estrategia de Trump para presionar con la US Navy a Maduro era la correcta sucumbiera bajo una bomba como uno de los narcotraficantes que ella dice responden a Nicolás Maduro.

    Se habrá preguntado tal vez, como en varios otros momentos de los años recientes, cómo se metió en esa encrucijada. Si era ella quien debía estar pasando por todo eso, quien debía tener sobre sí la responsabilidad que había asumido, quien debía pagar los costos que estaba pagando, los riesgos que estaba corriendo.

    Pero ya sabemos cómo terminó ese viaje, con buena fortuna. Cuando Machado vio llegar un bote, era el que ella estaba esperando. Y al final de ese largo día, después de verla por meses y meses encerrada en el rectángulo de la cámara de una computadora portátilla vimos en la ventanilla de un avión privado en la pista de un aeropuerto noruego. Pasamos muchas horas sin saber de ella, preguntándonos qué pudo haberle ocurrido, mientras su hija daba el discurso que Machado había leído si hubiera llegado a tiempo a la ceremonia en Oslo.

    Esto es lo que contó el dueño de una empresa de Tampa, Florida, que la rescató, un exmilitar llamado Bryan Stern. Él dijo que durante las horas que siguieron, saltando sobre el mar abierto, ella nunca se quejó. Y que estaba admirado por su coraje y su entereza.

    El testimonio luce verídico porque emana esa tenacidad a contracorriente que abotona la trayectoria de María Corina Machado. Aun así, no hemos escuchado de sus labios que las cosas ocurrieron de esta manera. Ella es muy celosa con su propia historia. No puede evitar que otros la contemos, con las partes y las perspectivas que nos limitan, pero a diferencia de otros políticos Machado es consistente en cuanto a decir las cosas en sus propios términos, como le parece y cuando le parece, aunque sus palabras le creen enemigos cuando necesita aliados y aunque sus silencios le acarreen costos en aquellos momentos en que se espera que hable y no lo hace. Como durante algunas horas del 29 de julio de 2024, cuando Maduro se robaba las elecciones y el país esperaba saber de Machado cuál era su plan. O como aquel 9 de enero de 2025 en que no explicó lo que le habían hecho, y ese 10 de diciembre en que no se sabía dónde estaba, e incluso estos primeros días de enero de 2026 en que escribo estas líneas sin ser capaz de prever cuál será la situación de Venezuela a la mañana siguiente. Hay horas críticas en las que se exigen respuestas de María Corina Machado, y ella hace silencio antes de responder con consignas que ya conocemos. Pero también momentos en los que dice justo lo que millones de personas necesitan escuchar, o cosas que otros políticos nunca dicen.

    Ella parece administrar su voz como alguien que se ha sentido ignorado, despreciado o burlado por muchos años. Alguien que se ha sentido al margen porque no piensa como la mayoría de los comentaristas de los medios o los dirigentes de la clase política, porque no se somete a un gran partido, porque no quiere llamar su opinión sobre las cosas para abrazar un discurso en el que no cree. Porque Machado está convencido de lo que dice, o al menos parece estarlo como rara vez parecen estarlo los políticos, que tanto recitan un parlamento aprendido. Transmite esa certidumbre de granito en cuanto a tener la razón que resulta insoportable en un amigo o un familiar, pero es muy útil para quien pretende liderar una nación.

    Hay un meme, un etiqueta engomada de WhatsApp, con la imagen de un viejo tuit de María Corina Machado que dice «se los dije». Se puso de moda antes de que ella pasara del fondo de las encuestas y del ostracismo político, un fenómeno de popularidad masiva, un líder nacional, una candidata presidencial extraoficial detrás del candidato presidencial improvisado que ganó las elecciones. Antes de que ella tuviera que esperar en medio del mar un bote que la acercara a su Nobel luego de escaparse entre las piernas a un Estado policial. Y ese arco que va del meme «se los dije» a sus actos de masas en el interior de Venezuela, sus meses como fugitiva y su audiencia con los reyes de Noruega, que sería inconcebible para casi cualquier persona en el planeta, tiene perfecto sentido para quien haya visto a Machado abrirse paso en la vida pública de Venezuela durante los últimos veinte años.

    El llamado

    No se suponía que María Corina Machado recibiría un Nobel de la Paz viviendo en la clandestinidad en una dictadura. Se suponía que, como la mayor de cuatro hermanas, iba a heredar el comando de Sivensa, la siderúrgica fundada por su padre, en una Venezuela que debía superar sus rémoras históricas y avanzar hacia un capitalismo más desarrollado y una sociedad más libre, sin control de cambios ni de precios, sin dependencia de los precios internacionales del crudo, sin vestigios de dogmas nacionalistas de los años treinta. Para eso ella se graduó en Venezuela de ingeniera e hizo una maestría en Finanzas en el prestigioso IESA de Caracas, el equipaje académico que requería para el puesto que el destino parecía tenerle reservado. Entró a la empresa liderada por su padre —a quien suele citar como su ejemplo de ética de trabajo y compromiso por el país— ya colaborar con su madre en la fundación que financiaban como el lado de responsabilidad social corporativa, dedicada al tema sensible y urgenteísimo de mejorar las oportunidades de niños en situación de extrema vulnerabilidad.

    No se suponía, por tanto, que alguien como ella se metiera en la política. Primero, por su origen. A diferencia de otros países como Colombia, Estados Unidos o Ecuador, en Venezuela los hijos de las élites económicas rara vez incursionan en la política. Tienen vínculos con políticos, que es otra cosa, y de varios partidos. Financian campañas electorales con sus empresas, cooperan, hacen vestíbulobuscan la defensa de sus intereses a través de organismos como Fedecámaras o Fedeagro, pero no son alcaldes, ni gobernadores, ni candidatos presidenciales. Hay excepciones, claro. Leopoldo López Mendoza y Henrique Capriles se sumaron a Primero Justicia e hicieron carrera política en varios puestos de elección popular, pero en el caso de López, sus padres habían trabajado en instituciones del Estado como la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho y Pdvsa, y en el de Capriles, varios miembros de su familia extendida habían estado cerca del poder político como proveedores del Estado o socios de medios de comunicación.

    Pero la rapacidad con que Hugo Chávez y su movimiento asaltaron el Estado y subvirtieron la vida pública en Venezuela movilizó gente de todas partes, aunque al principio esa movilización partió de lo que en los ochenta y noventa empezamos a conocer como la «sociedad civil». En este país, ese término para 1999 tenía una acepción específica, menos amplia que la que posee hoy. Servía para englobar asociaciones de vecinos, grupos de profesionales, pequeñas organizaciones de padres y representantes, que en zonas de clase media aprovechan uno que otro espacio en la Venezuela de la reforma del Estado y la descentralización para defender sus intereses al margen de los partidos. O en contra de ellos. La sociedad civil impedía, por ejemplo, que un alcalde modificara la zonificación de una calle para permitir actividad comercial que perturbara la paz suburbana o admitiera la presencia de extraños, en esas urbanizaciones donde reinaba el miedo al otro luego de la violencia del Caracazo y el constante aumento de la delincuencia durante los años noventa. Y en los dos primeros años de la era chavista, con los viejos partidos aún aplastados por la avalancha chavista, la sociedad civil fue la primera que comenzó a articular una verdadera oposición a Chávez, ya promover protestas por la designación de supervisores del ministerio de Educación en las escuelas privadas, y contra la inseguridad, que las nuevas l. Eyes, y la retórica del presidente, parecían favorecer.

    En este contexto, María Corina Machado participó de la fundación de Súmate, organización no gubernamental creada para ayudar a hacer algo que nunca se había hecho en Venezuela: un referendo revocatorio contra el presidente.

    La figura, inédita antes de la Constitución de 1999 que Chávez promovió con una Asamblea Nacional Constituyente casi totalmente llena de partidarios suyos, exigía la recolección de un mínimo de firmas para exigir al Consejo Nacional Electoral convocar una consulta popular sobre la permanencia de un presidente, a partir del primer día de la segunda mitad de su período. Chávez había tomado posesión en febrero de 1999, pero la aprobación de la Constitución en diciembre de ese año lo llevó a ordenar que se «relegitimaran» los nuevos poderes públicos con nuevas elecciones en 2000.

    Resultado: Chávez volvió a ganar las elecciones en 2000, comenzando de cero al cabo de un año gobernando, y con un período más largo, de seis años, que reemplazaba al de cinco años en la Constitución anterior, la de 1961. Entonces gozaba de tanta popularidad que una innovación como un referendo revocatorio parecía más un gesto magnánimo de democratización que un peligro para él. En 2002, sin embargo, el panorama era otro. Cuando comenzó ese año, ya su apoyo se había desgastado considerablemente con los escándalos de corrupción de sus militares, las violaciones de derechos humanos durante la emergencia climática de 1999, la toma de las instituciones y las reformas legales que condujeron, por ejemplo, a una ola de invasiones de tierras e inmuebles por parte del «pueblo movilizado». El país estaba comenzando a rechazar la ideologización de las escuelas y los cuarteles, la explosión de la criminalidad, el declive de la economía. El chavismo reaccionó incrementando su agresividad retórica y física, con represión y con violencia callejera a manos de los «círculos bolivarianos». Los terratenientes, los industriales y la sociedad civil comenzaron a articularse para encargarse de lo que los partidos de oposición aún no eran capaces de hacer: enfrentarse a la voracidad chavista de controlarlo todo. Y esa nueva Constitución en contra de la que habían votado en el referendo para aprobarla en diciembre de 1999 ofrecía, para esos opositores de la primera hora, un arma contra Chávez: el referendo revocatorio que podía ocurrir tan pronto como 2003.

    Ahí apareció Súmate, una de cuyas caras más visibles fue María Corina Machado. Guapa, precisa, organizada, la ingeniera de menos de 35 años no tardó en llamar la atención. No tenía nada en común con el dejo rural y los discursos sesentosos de los imitadores de Chávez. Tampoco con la ambigüedad y los clichés rancios de los políticos tradicionales. Lucía como la ejecutiva que había venido desde una junta directiva en su empresa para interrumpir una asamblea de padres en la escuela de los hijos y humillar al director.

    Súmate era eficiente. Lideró el esfuerzo nacional por recoger las firmas e insistir ante cada nuevo obstáculo que les ponía el presidente del Consejo Nacional Electoral: Jorge Rodríguez. Todo el país peleaba, pero había una pelea particular entre esas dos figuras, la nueva estrella de la sociedad civil, que encarnaba la ira de las clases medias y altas frente al modo en que el chavismo estaba cambiando el país, y el hijo de un socialista muerto en las cárceles de la democracia, que junto con su hermana Delcy había llegado desde el mundo académico para hacer una carrera indetenible en los nuevos espacios que brindaba la revolución bolivariana. Chávez no tardó en anunciar que Súmate era una amenaza, e hizo que la organización fuera denunciada por recibir fondos de Estados Unidos, como pasaba con tantas ONG en América Latina hasta que la segunda administración Trump cercenó toda esa ayuda a principios de 2024.

    Machado empezó a ser vilipendiada y perseguida por el chavismo apenas empezó su carrera como activista por la participación de la sociedad civil. Todo un presagio de lo que iba a pasar en 2024, y de la hazaña que la llevaría a ganar un Premio Nobel. Pero entonces todo eso era inimaginable: se trataba de nadar contra corriente. Tanto tribunales como fuerzas de choque y el lanzamiento de sus famosas Misiones, el chavismo demoró un año la celebración del referendo revocatorio, hasta que Chávez recuperó su popularidad y se sintió usando capaz de ganar. En efecto, la sociedad civil perdió el referendo revocatorio y Chávez aceleró su revolución, dejando ese desafío atrás como hizo con el intento de golpe de abril de 2002 y los dos meses de paro petrolero a finales de ese año y comienzos del siguiente. Reanimado al salir indemne del referendo en agosto de 2004, se concentró en el lanzamiento de su socialismo del siglo XXI. El precio del petróleo venezolano comenzó a subir y el chavismo había aprovechado cada crisis para completar el control de las instituciones y purgar los cuarteles de posibles disidentes. Mientras una nueva bonanza petrolera empezaba a derramarse sobre la nación, muchos líderes de aquellos años de oposición se quedaron en el camino, pero María Corina Machado usó la derrota para saltar la valla de la sociedad civil y entrar a la política electoral.

    El desafío

    Lo hizo en los términos que a ella le parecían, sin partido, sin sumarse al consenso y el lenguaje de la oposición, sin ceder a la presión del chavismo. Cuando visitó la Casa Blanca y se tomó una foto con el presidente George W. Bush en 2005 aguantó la lluvia de críticas, no solo del gobierno que alegaba que Bush era el diablo, sino de sectores de la oposición y los medios en Venezuela.

    Fue el primer gran antecedente de esa estrecha relación con el Partido Republicano cuyo balance, en enero de 2026, es imposible de determinar. Hoy puede lucir como una mala idea ante la terrible imagen que tiene Donald Trump en el mundo y ante el modo en que él mismo la ha marginado, aparentemente porque piensa que el Nobel de la Paz debían dárselo a él y no a ella. Pero hace veinte años, aquella cita con Bush era coherente con la identificación ideológica de Machado, que ya era muy clara sobre su admiración hacia Margaret Thatcher y el liberalismo económico, y que reconocía ser de derecha en un continente donde todavía no avanzaban los Bukele, los Milei o los Bolsonaro, y el principal representante del conservadurismo era el presidente colombiano Álvaro Uribe, un austo derechista de la vieja escuela que se parece poco al ruido populismo de redes sociales que caracteriza a la órbita. Trumpista en América Latina. Retratarse con Bush y reconocer esa filiación política constituía también una rareza dentro de la oposición venezolana, que más allá de lo que Chávez podía decir –que califica de vendepatria y pitiyanqui a todo el que no sea chavista, sea o no afín a Estados Unidos– pertenece a una tradición política venezolana muy antigua en la que los vínculos con las ideas, los partidos, los negocios estadounidenses son estrechos, pero también complicados. La clase política de la Venezuela pre-Chávez, compuesta por el partido socialdemócrata Acción Democrática, el socialcristiano Copei y los demás partidos menores de centroizquierda, fue la que se puso del lado de EE UU en la Guerra Fría y que combatió a la guerrilla comunista. Al mismo tiempo, participó en el Movimiento de los No Alineados, promovió la nacionalización de la industria petrolera, y defendió una intensa relación con Washington que en algunos aspectos era de cooperación parcial y en otros de dependencia. Era una cultura política que promovía un discurso sobre EE UU que no dejaba nunca de lado el nacionalismo venezolano, y que insistía en llevarse bien con demócratas y republicanos, no solo con estos últimos. Con su foto con Bush, para entonces casi tan polémico para la opinión global como lo es Trump en nuestros días, Machado estaba por tanto defendiendo una posición hacia el Partido Republicano y EE UU en su conjunto que era distinta a la ortodoxia de los políticos venezolanos que se oponían al chavismo. Para este último, era una afrenta, pero sobre todo la confirmación de todo lo que decía sobre quienes no apoyaban al comandante. La propaganda chavista no desaprovechó la oportunidad e hizo de Machado una caricatura de la sumisión al «imperio» con la que generalizaba a toda la oposición ya la sociedad venezolana que se resistía al pensamiento único del bolivarianismo, ya su idea militarizada, arcaica y hasta étnica sobre quiénes eran los verdaderos venezolanos (los pobres de piel morena, pero sobre todo los chavistas) y quiénes no tenían derecho a ser considerados como tales.

    Aquella visita a la Casa Blanca era nada comparada con lo que vino después. La mayoría de la oposición había decidido boicotear las elecciones parlamentarias de 2005 en protesta por el control chavista de los poderes públicos, pero en 2010 decidió lo contrario, escaldada por las consecuencias que había tenido cederle por forfait la mayoría de los escaños a los partidos que apoyaban a Chávez. María Corina Machado se sumó al esfuerzo por conquistar la Asamblea Nacional. Participó en las primarias que se celebraron para elegir candidatos únicos por cada circuito y ganó su derecho a competir como independiente por un circuito del este de Caracas que no solo estaba densamente poblado, sino que se componía casi exclusivamente de electores opositores de clase media. Así entró a la Asamblea Nacional, como la diputada más votada de todos, con el 85% de los votos de su circuito, más de 235.000.

    El tránsito parlamentario de Machado fue de todo menos lo que sería normal en una democracia. En 2012, Chávez acudió a dar la que sería su última alocución a la Asamblea Nacional. Machado obtuvo el derecho de palabra y confrontó a un Chávez en la cima de su poder, que decía estar recuperándose del cáncer que lo mataría poco después, luego de haber ganado sus últimas elecciones sobre un gasto público que terminó de devastar las arcas del Estado, y mintiéndole a su gente sobre el verdadero estado de su salud. «La Venezuela decente», le dijo Machado, con su estilo tan poco políticamente correcto, no quería avanzar hacia «el comunismo». Y le espetó una frase que la hizo famosa: «Cómo puede usted hablar de que respeta al sector privado en Venezuela cuando se ha dedicado a expropiar, que es robar».

    Chávez la dejó hablar y le respondió, entre los aplausos de sus fieles: «Está fuera de categoría para debatir conmigo. Lo lamento mucho, lo lamento mucho. Pero esa es la verdad. Usted me llamó hasta ladrón delante del país, pero yo no la voy a ofender. Águila no caza mosca, diputada».

    Es una escena capital en la historia de Machado. Aunque eso no fue un diálogo ni un debate, encapsulaba lo que debe ser el dilema más intenso, más movilizador, de las relaciones entre Estado y sociedad en Venezuela: cuánto debe pertenecer al Estado y cuánto a la sociedad. Una dicotomía imprescindible pero siempre imposible de discutir con serenidad, pues está distorsionada en su origen mismo por un hecho histórico que distingue a Venezuela del resto del continente: en este país, el Estado es el que controla, en nombre de la sociedad entera, la que es de lejos la principal fuente de riqueza de toda la nación, los yacimientos de hidrocarburos, y quien controla el Estado controla esa riqueza, para invertirla, para repartirla o para saquearla. El sustento es una tradición legal que viene de la Colonia y establece que lo que está en el subsuelo es de la nación; el mismo principio, que impulsó la nacionalización de la industria hace 50 años, impulsa las leyes de hidrocarburos hoy vigentes, y con toda seguridad seguirá actuando en el futuro inmediato, mande quien mande en Venezuela. La tentación de manejar esa riqueza es simplemente demasiado grande para quien ejerza el poder en ese país, tenga las intenciones de gobernar para la gente o de hacerlo para su provecho propio.

    La vieja izquierda que abrazó a Chávez creía en el control público de los recursos, y el Estado chavista tomó todo lo que pudo, a veces compensando a sus dueños ya veces no, para incrementar sus ingresos pero sobre todo su capacidad de proveer empleo o beneficios a cambio de sumisión. El chavismo se aglutinó en los 90 con, entre otras causas, la condena de las privatizaciones de empresas públicas como la telefónica Cantv o la aerolínea Viasa, y profesores de la Universidad Central de Venezuela que criticaron la apertura petrolera hicieron nexos con Chávez cu ando este aún estaba en la cárcel tras intentar derrocar al gobierno de Carlos Andrés Pérez con un violento golpe de Estado en febrero de 1992. Para el chavismo, toda privatización es inherentemente mala –porque entrega soberanía, perpetúa la desigualdad, genera pobreza– y ese mito sirve sobre todo para construir uno mucho más útil: que la izquierda nacionalista sí era virtuosa, inmune a la corrupción, y podía administrar los bienes públicos con la eficiencia de un cuartel (la leyenda militarista que atraviesa izquierdas y derechas en Venezuela) y la inteligencia del pueblo (la leyenda marxista de que el conocimiento reside en los trabajadores). Hoy sabemos que la estatización masiva que perpetró el chavismo creó miseria, hambre y escasez, dejó un paisaje de ruinas y engordó fortunas en bancos de Andorra, el Líbano, Suiza, Estados Unidos. Eso es evidente hoy. No lo era tanto cuando Machado desafió a Chávez en aquella arena, rodeada de chavistas. Era digno de verso, una mujer civil de clase alta diciéndole al comandante que el gran motor financiero de su revolución era un robo.

    Mucho menos recordado es el ataque físico que Machado sufrió por parte de una diputada chavista detrás del podio de la Asamblea Nacional. Para entonces Chávez ya estaba muerto. Poco después de las elecciones de 2013, una sesión de la AN se transformó en una paliza cuando el presidente del Parlamento, Diosdado Cabello, decidió negarle el derecho de palabra a todo el que se rehusara a reconocer como ganador de la elección a Maduro. Los diputados opositores protestaron y sus colegas chavistas les respondieron con gritos y golpes. Varios parlamentarios opositores terminaron en el hospital, pero Machado en particular fue tomada por el cabello, derribada al suelo y pateada en la cara por la diputada chavista Nancy Ascencio.

    Todos lo vimos en televisión. Machado debía ser atendido por una desviación del tabique nasal. Ascencio fue felicitada por el régimen.