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Friday, June 5, 2026
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    La voz interior de Argentina – una entrevista con la autora Selva Almada

    Fantasmal guris (Los niños) se mueven por la casa que regresa a la maleza, cansados ​​de hachazos y desapariciones. En su última novela, Una casa solaSelva Almada reúne caudillos (hombres fuertes), patrones (terratenientes), milicos (soldados) y mensús (trabajadores contratados) como si escucharan la vida futura de un territorio donde las vidas se desvanecen en el trabajo, la violencia y el silencio. La novela se convierte en un puesto de escucha del propio Litoral: sus matorrales y crestas, sus casas de adobe, sus amores, sus luchas y sus penas enterradas, todo filtrado a través del gótico rioplatense desde Gualeguay hasta Serodino.

    La cuarta novela de la escritora entrerriana se mueve dentro de una forma de escritura que, más que significar, porta múltiples voces: una ola de poesía creciente y rompedora que ya fluía a través de su ‘Trilogía del Litoral’, más conocida como la ‘Trilogía de los hombres’ (tres libros: El viento que arrasa, Ladrilleros y No es un río) – narrativas ramificadas que han obtenido elogios de la crítica en todo el mundo y traducciones que van del inglés al chino.

    “En cierto modo, el lirismo ya estaba presente en mi ficción anterior, porque amo mucho la poesía, aunque no escribo poesía. Mi primer libro, escrito justo después de cumplir 20 años, fue, de hecho, el [2003] colección de poesía mal de muñecas”, dijo en una entrevista.

    “Soy de esos escritores que se reinventan a través de la lectura y siempre he sido un ávido lector de poesía.

    “Para mí es inconcebible un narrador que no lea poesía, y viceversa, algo que me enseñó una profesora, Claudia Rosa, cuando me mudé a Paraná para estudiar comunicación, primero en periodismo y luego en magisterio en letras.

    “Entre mis poetas favoritos está Estela Figueroa, cuya obra sirve de epígrafe para Una casa sola. Viene de su poema ‘Construcciones’”, dice Almada.

    “Incluso le robé una interjección o dos La piel de caballo del poeta Ricardo Zelarayán para Mis fantasmas del pincel”, admite el autor, que pasa de página en página a paso de enredadera, registrando la voz de una casa que es testigo de la mano podrida del hombre que lucha contra la naturaleza y contra sí mismo.

    Me contabas que empezaste a escribir la novela durante una residencia de escritores en Saint-Nazaire. [France]y luego déjalo a un lado por un tiempo, que es algo que sueles hacer. ¿Qué pasa en ese intervalo?

    A veces pasa mucho tiempo entre la aparición de una escena inicial –que es como empiezo– y la escritura propiamente dicha del libro; a veces años, como en este caso. Mientras tanto, no dejo de lado la historia. Estoy pensando en las cosas: pensando en los personajes o los escenarios, o agregando nuevas lecturas. Así que no lo escribo todo de una sola vez, sino que permanezco persistentemente en contacto con aquello que se convertirá en una novela o un cuento –todavía no lo sé– que emerge en el curso de la escritura.

    ¿Cambió mucho Una casa sola desde los primeros borradores?

    Mi primera idea fue escribir sobre una casa donde había sucedido algo y que había sido abandonada. Pero parecía demasiado experimental. Mientras seguía escribiendo, esta familia de peones [rural labourers] Apareció perdido en medio de la maleza, con una sombra patrón [boss/landowner]y nunca queda del todo claro qué les está sucediendo, junto con voces que provienen de otros lugares y tiempos, humanos y no humanos.

    Supe de inmediato que la novela estaría fuertemente moldeada por una idea de lucha de clases, o de cuerpos humanos puestos al servicio de una sociedad. patrón o un caudillo [strongman] – aquellos gauchos y los trabajadores rurales que parecen existir en el limbo interminable de no importarle a nadie, como sus hijos, que terminan peleando en guerras ajenas sin mucho decir, porque son marginales, porque son pobres, simplemente arrebatados porque están allí.

    Otro elemento nuevo para los lectores es el cambio en la voz narrativa, de la habitual tercera persona a la primera. ¿Tiendes a pensar en la técnica antes de escribir?

    No me interesa la técnica en absoluto. Quiero decir, trabajo mucho, reescribo mucho, especialmente la primera escena, o esas escenas iniciales, hasta que surge algo que me gusta, hasta que aparece un tono, una voz, la voz de la novela, pero no me detengo demasiado en la técnica. Reviso mucho; Me encanta repasar, no me pesa lo más mínimo, pero la técnica es algo bastante ajeno a mí.

    ¿Te gustan los géneros?

    Géneros también. A mí tampoco me interesan. Poner primero las cuestiones técnicas de la escritura me parece como separar los órganos de un cuerpo y preguntar: ¿por qué funciona de la forma en que lo hace? Dudo que una buena historia funcione así. Prefiero pensar en los textos como sistemas orgánicos, con lenguajes y perspectivas entrelazadas, con infinitas posibilidades de expresión.

    Pregunté por la técnica porque dentro de la literatura nacional es un tema que tiende a colocarse por encima de cualquier disputa estética, incluso por encima de la trama.

    Eso es curioso. Hay muchos autores que trabajan desde la técnica, que hablan mucho de técnica, que enseñan técnica. Yo no – soy un poco orejona [someone who plays by ear/intuitively]para usar una palabra regional de la novela. Voy de oído.

    Cuando impartía talleres o cuando daba una charla para escritores, la gente me pedía que hablara sobre el carácter. Y no puedo hablar de eso –la construcción narrativa del personaje– sin hablar de la trama, de la voz. Me resulta muy difícil pensar en ellos por separado.

    Historia y

    Prejuicio

    Las indómitas aventuras de Selva Almada tienen algo nuevo que decir sobre el paisaje y el lenguaje, a través de un modo de escritura que inquieta al lector, flotando en el umbral de lo que se espera de la llamada literatura “provincial”. Puede que sea entre camisas empapadas de sudor, reverendo ruteros (vagabundos/viajeros de carretera) y vive desatado tras el meteoro que azotó la escena literaria local en 2012, El viento que arrasa – ganador del Premio al Primer Libro en el Festival Internacional del Libro de Edimburgo – o en el sapucaí (un grito desgarrador típico de la región) y la reelaboración homoerótica de los Montescos y Capuletos en Ladrilleros (2013), obras tan influyentes que han inspirado adaptaciones que van desde la ópera hasta el teatro y el cine.

    “Contar historias sobre hombres –algo que ocurre por casualidad en todas mis novelas– me permitió revelar ciertos mecanismos de violencia, represión y dominación en la sociedad, al mismo tiempo que indagaba en el honor y la traición entre los hombres, que opera de manera muy diferente entre las mujeres”, enfatiza Almada.

    “Cuando comencé a escribir todavía vivía en Paraná y organizaba ciclos de lectura en torno a la revista autogestionada Caelum Azul [editor’s note: a southern constellation]. Héctor Tizón fue muy leído. Una vez, en una entrevista, se describió a sí mismo como un “escritor de provincias”, en plural. Siempre me gustó esa idea y cuando comencé a escribir, la adopté yo mismo. Creo que refleja algo de los de provincia: un deseo de reconocimiento, y también de diferenciarnos un poco de los de Buenos Aires”, dice el autor de *Una chica de provincia* (2007), algunas de cuyas historias se volvieron a publicar posteriormente en la muy recomendable antología de punto de entrada. El desapego es una manera de querernos (2015), todavía marcada por su distintiva reinvención del imaginario rural.

    ¿Qué sería la “literatura provincial”?

    (Pausa) No estoy seguro de que exista. Tampoco puedo imaginar cómo podría reducirse a un estante en una librería, especialmente ahora que sé mucho más que hace unos años. Es una literatura extremadamente diversa: a veces muy urbana, a veces de género, a veces no. Y no se produce simplemente porque se escribe fuera de Buenos Aires.

    Por supuesto, al haber crecido en algún lugar –o incluso haber trabajado en un paisaje particular durante un largo período– tu perspectiva está moldeada por ese origen o experiencia, por esas voces, esos colores. Pero no necesariamente. Conozco muchos escritores de provincia cuya obra no tiene rastro que permita decir que proviene de Tucumán o La Rioja. Y otros donde es más evidente, y me parecen demasiado folclóricos, demasiado regionalistas, y esos no me interesan.

    Desde 2020 diriges junto a las escritoras Natalia Peroni y Raquel Tejerina Salvaje Federal, una iniciativa que fomenta el diálogo entre autores de diferentes regiones de Argentina a través de una librería e iniciativas culturales. ¿Cómo ha influido en su escritura su conocimiento más amplio de la literatura nacional?

    El concepto de la librería surgió de mi experiencia con las ferias del libro y las diferentes partes del país que he visitado. Siempre traía libros y autores que me gustaban y me di cuenta de lo difícil que era encontrarlos aquí. Ese fue su perfil inicial –al principio online durante la pandemia– y poco a poco se fue expandiendo hacia proyectos culturales más amplios, como el Festival Salvaje a partir de 2022. Pensando en mi experiencia lectora –que insisto es inseparable de mi trabajo como narrador– me di cuenta de que conocía quizás el 25 por ciento de lo que existía a lo largo de esas rutas, y el resto lo conocí a través de la librería. Estas realidades empiezas a conectar, estas experiencias compartidas, vuelven a la escritura.

    Mencionamos a los gauchos errantes que abren tu nueva novela, que presentas desde Buenos Aires hasta Atenas. Esos discursos zombies de la tradición gauchesca, filtrados a través de la historia del Litoral, parecen ofrecer una interpretación histórico-poética del territorio, a la manera de Juan L. Ortiz o Juan José Saer. ¿Se basó en material histórico sobre Entre Ríos o en los poemas de Hilario Ascasubi o José Hernández?

    Desde gauchesca tradición, principalmente para dar forma a las voces de los personajes. Releí los clásicos y, al mismo tiempo, comencé a investigar cómo fue asesinado Justo José de Urquiza, un detalle menor, tal vez, pero que me cautivó. A partir de ahí construí la escena: fue asesinado al anochecer, mientras bebía compañero y hablando con su administrador. Yo también leo’¡También en la Argentina hay esclavos blancos!’, la imprescindible investigación de 1941 de Alfredo Varela, que trata sobre la yerba mate comercio y las circunstancias muy reales en las que los trabajadores rurales pueden desaparecer. Y recordé un caso de los años 2000, de mi propia región, en el que una familia campesina entera desapareció –sin explicación alguna, sin que nunca se supiera nada de ellos.

    Aquí nos encontramos con ‘La Tata’, la madre de Lorena Lucero, esposa del mensú [indentured labourer] Damián y madre de cuatro hijos, que busca a su hija mientras enfrenta a los milicos [soldiers] con la barriga llena de las barbacoas del terrateniente.

    La Tata está directamente inspirada en las Madres de Plaza de Mayo y las Abuelas de Plaza de Mayo. Y más recientemente, por grupos como las Madres de Víctimas de Trata –figuras como la madre de Marita Verón–. Mujeres que, muchas veces sin recursos, empiezan a cavar, a exigir, a insistir –y de vez en cuando logran mover la maquinaria, aunque sea ligeramente, en busca de los desaparecidos. Siempre me sorprende, cuando viajo por el país y veo las pantallas de las terminales de autobuses, cuántas personas han desaparecido incluso en democracia.

    ¿Qué regresa de la infancia de un pueblo pequeño en tu
    ¿ficción?

    Vivo en Buenos Aires desde hace 25 años y de alguna manera siempre vuelvo allí: a esos primeros 10 o 12 años, cuando mi abuela me enseñó los nombres de las plantas, o cuando tenía una especie de relación inmediata con los animales. Sí, es extraño, pero siempre vuelvo.

    Tengo muy buena memoria de lo que he oído. Entonces, cuando empiezo a dar forma al lenguaje de una novela, comienzan a aparecer palabras que tal vez nunca haya vuelto a escuchar desde la infancia, pero que todavía resuenan en mi mente. Indiana. O una palabra que escuché sólo una vez, de alguien, que me llamó la atención y quedó guardada.

    Mi abuelo paterno, un hombre muy humilde. paisano [countryman] del campo, fue un excelente narrador. En los veranos, mis hermanos, mi primo y yo visitábamos su casa (sin electricidad, sin televisión, sin nadie más) y él nos contaba historias, pipa en la diestra (“pipa en su mano derecha”), de apariciones, espíritus, basiliscos [mythical serpent-like creatures] e indígenas y criollo [local creole]
    leyendas

    crónicas de

    tiempos violentos

    Volviendo al pincel. Ese es el arco tenso de Una casa solala casa que Almada sigue desde mediados del siglo XIX hasta un nuevo milenio arrasado por la brutal deforestación impulsada por los rapaces agronegocios de la soja.

    “Quería que la historia de la casa visibilizara la crisis del Litoral y del Chaco: las máquinas que empiezan a sustituir el trabajo manual en el campo, la gente obligada a emigrar a las ciudades y la llegada abrumadora de la soja”, explica el escritor.

    Almada no esconde el cuerpo ni la palabra, la misma que defendió en la última inauguración de la Feria del Libro de Buenos Aires: “Si los que están en el poder son tan descuidados con el lenguaje, con tanto desprecio y oscuridad, entonces el resto de la sociedad se siente autorizada a hablar de la misma manera despectiva. La lectura es un derecho, pero la educación está siendo desmantelada. Los salarios de los docentes son miserables, y todo esto socava el derecho de los niños a leer”.

    Tampoco lo esconde en su columna quincenal para Perfil, donde recientemente anticipó: “Vamos a salir de esta lluvia, vamos a salir de esta lluvia. En el fondo, extraño estar de nuevo en las calles, el metro lleno de pañuelos verdes, naranjas y violetas, los brillos, los amigos encontrándose antes y después, estar juntos y saltar porque ‘el que no salte…’, cánticos, senos desnudos, puños en alto. En junio se cumplirán 10 años del primer Ni Una”. Menos, creo que tenemos que empezar a calentarnos, doblar las rodillas para marchar, saltar y bailar por las calles, ¿verdad, amigos? Y entonces dicen que mueren más hombres que mujeres. Y entonces dicen que el feminicidio no existe.

    ¿Te ves a ti misma como parte de una literatura feminista?

    Soy escritora, soy feminista; ambos son parte de mi vida, y creo [2014 novel] Chicas muertas Marcó un antes y un después para mí. No tengo ningún problema con la etiqueta. Creo que mis novelas también pueden leerse desde esa perspectiva. Completamente. Al mismo tiempo, estoy muy atento a todo lo que se convierta en un eslogan.

    Ahora bien, si la gente habla de escritura feminista o de escritoras feministas, eso no me molestaría, a menos que me agruparan con personas que priorizan la etiqueta antes que la obra en sí. A veces he formado parte de jurados de premios literarios donde está claro que la intención de ser escritora feminista es lo primero, y sólo después viene la escritura. No tengo ningún interés en pertenecer a eso.

    “Ahora mismo estoy preparando un glosario para traductores porque este nuevo libro es un poco más complejo, un lenguaje de fronteras, pero me interesan esas traducciones porque puedo sentir la experiencia de lectura en otras ciudades del extranjero y compartir la universalidad que busco en mis historias provinciales. Y me gusta escuchar las preguntas sobre cómo sobrevivimos”, se ríe Almada.

    “La gente en el exterior siempre pregunta por la situación de Argentina, algunos con fascinación, otros con alarma. Preguntan cómo pasó, qué pasará después. Y a mí no me importa responder, porque mantengo el compromiso del escritor con la realidad. Creo que hoy tener la atención de un grupo de personas es un privilegio. Estar del otro lado de la calle y decir todo lo que pienso sobre este gobierno”, agrega el escritor.

    Palabras precisas, como siempre, en la literatura de Selva Almada.

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    por Mariano Oropeza, vía Perfil