En un ambiente de tristeza total, sin nada en juego y con un juicio que declaró a casi todos los jugadores del Real Madrid inocentes salvo a Kylian Mbappé, el equipo de Álvaro Arbeloa superó 2-0 al Oviedo, con un tanto de Gonzalo y otro después del inglés Jude Bellingham y dio un paso más hacia un final de curso deseado por todo el madridismo.
No era tarde para el fútbol en el Bernabéu. O, al menos, no para el fútbol entendido como esperanza. El Real Madrid comparcía ya desahuciado en la Liga, condenado matemáticamente tras la derrota de la jornada anterior ante el Barcelona (2-0), y el Oviedo acudía también con la tristeza del descenso consumado. Así que el partido se jugaba en otro sitio.
En la grada, exactamente. Ahí estaba el verdadero foco, el lugar donde el madridismo iba a pasar revista a una temporada vacía, la segunda seguida sin títulos, una anomalía en Chamartín siempre difícil de digerir.
El público llegó manso al Bernabéu. El volumen de los altavoces con el ‘Enter Sandman’ de Metallica a todo trapo impidió calibrar si hubo silbidos mientras sonaban las alineaciones por megafonía. La salida al terreno de juego de los jugadores no produjo mucho ruido. Ni el inicio del choque. La dimisión forma parte del madridismo.
Sobre el césped no estaba Mbappé. Esperaba su turno en el banquillo. Como Bellingham, Carvajal y Fran García, también suplentes. Aparecieron en el once Mastantuono, Carreras y Alaba para formar parte de un choque casi siempre espeso envuelto en un ambiente triste. Aún así, el Real Madrid cumplió. Por lo menos le echó coraje, aunque con poco fútbol.
De la primera parte se pudo rescatar poco: buenas de Brahim, interés de Mastantuono por agradar acciones, correcto manejo de Camavinga y la efectividad de Gonzalo. Suyo fue el tanto que abrió la victoria, al filo del descanso, con un remate certero imparable para Escandell y después de un par de ocasiones claras: una de Vinícius, que remató al aire desde el punto de penalti y otra de Mastantuono que se encontró con una buena intervención del portero del Oviedo.
De la segunda, más de lo mismo con el sobresalto de la entrada al terreno de juego de Mbappé. Se llevó la pitada más gorda de la noche. Contrastó con las ovaciones que recibieron Cazorla y Carvajal. Entre medios, Reina y Nacho Vidal acariciaron el empate, pero no estuvieron finos en sendos disparos y perdonaron al Real Madrid.
Y mientras Mbappé escuchaba pitidos en cada balón que tocaba, apareció Bellingham para generar algún aplauso: zurdazo desde dentro del área y gol, el 2-0.