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Wednesday, June 17, 2026
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    Gisela Heffes: «La literatura latinoamericana actual subraya fragmentariedad, inequidad y precariedad»

    Gisela Heffes (1971, Argentina) es narradora, ensayista, poeta, investigadora, compiladora y editora.

    Por CLAUDIA CAVALLÍN

    Cuando leemos a Gisela Heffes, múltiples presencias y ausencias se mueven entre las políticas de destrucción y preservación que se combinan en nuestro mundo, ante el surgimiento de una conciencia ecológica en los campos del arte o la literatura. Partiendo de valiosas traducciones, como las de Grady C. Wray, citando las categorías de Giorgio Agamben o explorando los desplazamientos en la interacción entre lo humano y lo inhumano, su escritura combina lo narrativo con lo visual, relacionando diversos espacios contemporáneos.

    Claudia Cavallín: Iniciamos con Cocodrilos de noche (DeepVellum, 2025) y Cocodrilos en la noche (Tusquets, 2023), bajo la movilidad de la traducción. Una expresión de Vera exclama «La pifiaste, nena» y estas palabras pasan literalmente a «You got it mal this time, babe», como suele hacerse desde la argentinidad del término «pifiar» hasta la modernidad compartida de un vocabulario del mundo. ¿Cómo se traslada la identidad de tu escritura al inglés? ¿Es también un juego? del lado de aca, del lado de allá¿que no se detiene como suele hacerlo un escritor migrante?

    Gisela Heffes: Absolutamente. Uno de los ejes que atraviesa la novela es justamente el carácter distintivo destrozado que define y caracteriza a la protagonista, y cuya imagen inequívoca –para evocar una comparación– sería la de esquirlas que se expande en el espacio como destellos de un espejo astillado. En estos viajes lo que destaca es una condición de desgarro y desarraigo. Por eso, el «La pifiaste, nena» remite no sólo a la jerga porteña, sino a la lengua de arrabal y sirve de anclaje para explorar aquellos vestigios de lo local que, con el exilio, se fueron poco a poco disipando. Como nota aparte, esta jerga encriptada aparece de forma notoria en mi primera novela, Isquiacuya traducción al inglés realizada por Grady C. Wray (DeepVellum, 2023) fue un reto y un trabajo fabuloso de su parte. Sin embargo, en el juego entre el lado de allá y el de acá se expresa no solo esa fragmentariedad, sino, más bien –o, sobre todo–, la imposibilidad de la traducción. Es en esa tensión ambivalente donde se inscribe el lenguaje y los cuerpos que circulan y se deslizan entre dos entidades espaciales que, a su vez, obedecen a percepciones distintivas. En la articulación entre el lado de acá y el lado de allá quise plantear, por medio de la estructura formal, el interrogante de qué es acá y qué es allá, o, mejor aún, cuál es el acá y cuál es el allá. Porque, además del desarraigo, y su consecuente desgarro, esta dualidad de habitar territorios diferentes es una marca corporal que delimita posicionamientos y perspectivas. El escritor migrante debe asumir esta doble dualidad: primero, que la escritura es, por sí misma, una experiencia de desplazamiento y dislocación. Y segundo, que la distancia inherente a toda partida implica un posicionamiento y una perspectiva extrínsecos. A veces contingente, a veces no, pero, sin lugar a duda, una identidad híbrida que no se acomoda ni al allá ni al acá.

    CC: Otra traducción motiva e inquieta al mismo tiempo: «Los días sin número». Ese «Day No Number» es como un espacio en el Parménides de Platón, pues la filosofía del tiempo pende entre el ser y el estar. Cuando íntimamos con nuestras experiencias, ante la muerte, ante la pérdida del padre, ¿Existe la posibilidad de reconstruir lo que fuimos ante quienes seremos cuando podamos volver a solidificar nuestra existencia?

    GH: Hablando de traducciones, este planteo es muy interesante, ya que la tensión entre el ser y el estar no se manifiesta ni se experimenta de igual modo en otras lenguas. El hecho de que el francés o el inglés no ofrecerán esa posibilidad (limitándose al ser y al ser) me lleva a pensar, de nuevo, en la traducción como proyecto inconcluso y en su imposibilidad. Creo que la potencia de reponer lo que fuimos y aventurar quiénes seremos residen en el lenguaje que nos permite aferrarnos a esa instancia pasada y nosotros proyectar materialmente hacia un más allá. Pienso en Clarice Lispector y en el trabajo en torno al lenguaje en tanta sustancia visceral, o en Benjamin, Wittgenstein y Derrida, para quienes el lenguaje abandona la noción de representación para devenir materia, detrito o inscripción. En ese marco filosófico, el juego de palabras confiere a la existencia textura y densidad. Por otra parte, la pérdida de un padre ejerce, en tanta experiencia, una violencia de la percepción temporal que se articula en torno al duelo y, a la vez, desestabiliza. Es una circunstancia que desbarata y descoloca aquello que se asume como permanente, como si la finitud se impusiera para socavar la ilusión de inmortalidad. Sin duda, nada es fijo ni invariable, y el lenguaje, en clave maquínica deleuziana, corresponde a procesos dinámicos y descentralizados. En ese sentido, la palabra, en su agenciamiento, ofrece una promesa ambivalente, en la que la apuesta creativa puede resultar regenerativa.

    CC: es Visualizando las pérdidas en América Latina. Literaturas, culturas y medio ambiente (Palgrave Macmillan, 2023) tu dedicatoria incluye a tu familia ya Josefina Ludmer, Sergio Chejfec y Sylvia Molloy. Inicias con tu fotografía que desdibuja las miradas, para luego trasladarnos a la fluidez de las perspectivas (eco)críticas desde diferentes épocas. Otra fotografía de Chris Jordan parece resaltar que somos los causantes de nuestras pérdidas. ¿Cómo deberíamos dejar de perder y reconstruir nuestro ecosistema urbano?

    GH: Lo que la conciencia ecológica intenta activar es una conciencia de la ausencia. ¿Qué se hace con lo que ya no está, con quienes dejaron de existir o con lo que se extinguirá? Obviamente hay matices y divergencias significativas, pero los procesos extractivos que ejercen una devastación ecológica progresiva ingieren, con una voracidad insaciable, formas y materiales humanos y no humanos. Para mí, una conciencia ecológica debe atender a esta dinámica entre presencia/ausencia y prestar atención a lo que se destruye para construir, lo que se elimina para que otros existan. Cuando decís «dejar de perder» —en lugar de, por ejemplo, «dejar de ganar»— el acento está justamente en la carencia. Porque es la omisión (lo que no se ve, no se dice, no se escucha) hacia la que debemos dirigir nuestras reflexiones. Regresar a las presencias / ausencias de la dedicatoria significa movilizar la memoria de lo que ya no está. Es alentar una aprehensión de la inexistencia y comprender que en este esfuerzo no sólo se redime la memoria de los que se fueron, sino también se restituyen presencias donde aparentemente no había nada. Donde habitaba un presunto vacío.

    CC: También menciona una posibilidad de reubicación más allá del ecosistemapasando por el ecoarte y los valores del uso en la restauración ambiental. Desde el reciclaje, ¿hacia dónde se dirige el paradigma de lo que somos y de lo que reproducimos constantemente? ¿Cómo representamos la naturaleza en la literatura, extendiendo esta noción a conceptos como fronteras, animales, ciudades, regiones geográficas específicas, pueblos indígenas, tecnología o residuos?

    GH: El concepto de «reciclaje» me pareció fundamental cuando comencé a trabajar en la ecocrítica ya analizar las diferentes modalidades propias de la idea misma de reciclar. A partir del concepto de vida desnuda de Agamben, intentó demostrar que la crisis ecológica es una crisis de la humanidad y que, desde la perspectiva de las figuras estéticas latinoamericanas, la noción de desechabilidad, o de obsolescencia, abarca tanto objetos como organismos vivientes humanos y no humanos. Visualizando las pérdidas en América Latina es una invitación a analizar estas expresiones literarias y artísticas desde una lectura «bioecocrítica», insistiendo en que un paradigma ecocrítico no es relevante a la hora de intervenir críticamente en nuestro campo de estudio. El reciclaje no contempla meramente los residuos, sino que también invita a examinar cómo convivimos con aquello que se resiste a desaparecer. En este sentido, la naturaleza deja de ser mera representación y externalidad, y deviene una materialidad que, en su capacidad de articular proyectos colectivos y alianzas polifónicas, traza continuidades, erige comunidad y acoge esas ausencias que mencioné.

    CC: Agamben, es homo sacerretoma la «Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano». ¿Crees que una distribución del espacio que se correlaciona con el estatus social, económico y legal promueve una diferencia entre sujetos valiosos y sujetos residuales?

    GH: Me atrevo a decir que la distribución espacial se corresponde de manera casi simétrica con el estatuto social, económico y legal de los sujetos, siguiendo un orden y clasificación de valor que organiza la humanidad en subjetividades residuales o preciadas, la que aparece claramente demarcada en las estéticas latinoamericanas que analizan. Sin embargo, es importante subrayar que esta disposición y este principio de organización humana –esta biopolítica foucaultiana– no son exclusivos de América Latina y se manifiestan en espacios que van más allá del «tercer mundo». Es una creciente precarización que aquí, en Estados Unidos, se evidencia en el trato brutal que se ejerce sobre las minorías de color e inmigrantes. Esta discriminación sistémica podría detenerse si hubiera interés en hacerlo, pero se vislumbra precisamente lo opuesto.

    CC: En tu libro citas las palabras de Gabriela Cabezón Cámara: «Hay cada vez más barrios marginales en Buenos Aires», para enfatizar la crisis desde una perspectiva social y ecológica que coincide con la opresión de las mujeres. ¿Crees que retomar los espacios históricos de dominio en la realidad urbana puede equilibrarse con la presencia ficticia de las razones históricas que los fundaron?

    GH: Históricamente, la dominación y opresión de las mujeres estuvo acompañada de la dominación y opresión de la naturaleza. El ecofeminismo es la vertiente dentro de la ecocrítica que cuestiona —no ya la lógica antropocéntrica— sino la lógica androcéntrica. Retomar, como lo hace Gabriela Cabezón Cámara, distintos elementos de la tradición literaria argentina, como el género gauchesco o la marginalidad urbana de la villa miseria, es una toma de posición para reimaginar esos espacios tradicionales de sujeción que fueron negados a una escritura producida por mujeres. Esta maniobra de reapropiación escrituraria sintoniza, además, con el mundo natural, cimentando afinidades que alteran las jerarquías dominantes que dictan los ejes de contacto, vínculo e inventiva. Pero más que un estilo de escritura feminista necesario, me gustaría sugerir que hay una producción poderosa de mujeres que escriben desde distintos lugares de enunciación. Más aún, que renuncian, en algunos casos, a la idea misma de enunciación individual para experimentar con intervenciones en las que convergen una multiplicidad de voces. Es una escritura aguerrida y original, que celebro más por su singularidad que como fenómeno (al que se apela de forma reiterada en el presente), ya que hablar de fenómeno arriesga simplificar y reducir el estilo específico que la compone e incurrir en el riesgo de menoscabar su potencial y, en última instancia, silenciarla.

    CC: Cerramos con ciudades anarquistas, socialistas, amodernas, aisladas, que han cambiado en nuestra historia. La utopía identitaria permanece en situaciones conflictivas en el área de migración, donde se ha logrado destruir y reconstruir una memoria de la ciudad habitable en los cuerpos de quienes se trasladan. Más allá de «La ciudad de los estados nacionales»: ¿cómo crees que se reestructuran las ciudades imaginarias en la literatura latinoamericana actual?GH: Una de las formas de reconfigurac ión –y reestructuración– de estas ciudades se evidencia, sobre todo, en la presencia de cuerpos deshumanizados que se desplazan entre diversos territorios o permanecen inmovilizados. La literatura latinoamericana actual subraya esa condición de fragmentariedad, inequidad y precariedad. No se trata ya de espacios urbanos o rurales; por el contrario, hay un continuo que tensa esa disyuntiva y presenta una pulsión en la que fluctúan otros contrastes. Regresando a la idea de presencia / ausencia, de consumo / diseño, lo que vemos ahora es un ímpetu por registrar los vestigios abandonados en aquellos espacios naturales que, en el estrago de la explotación, devinieron fantasmagóricos. Pero esas devastaciones ecológicas, esas deforestaciones, contaminaciones o migraciones forzadas sirven para alimentar la demanda de los centros urbanos y entrar en diálogo con la noción de metabolismo de Jason W. Moore. Es una perspectiva que replantea las premisas del reciclaje y desvía la atención de las prácticas aisladas hacia las relaciones sistémicas entre energía, trabajo, naturaleza y valor. Lo que Moore propone es una forma de comprender cómo los procesos de creación de vida se organizan, se agotan y se abaratan a escala planetaria. Y uno de los aspectos más interesantes de esta traslación de la mirada en la literatura actual es la problematización de una demanda invariable que hace posible la hecatombe de la modernidad.