ARMANDO DURAN | VASCO SZINETAR“Durán formula en 1972 el que será su modo de observar y reflexionar sobre los hechos —especialmente políticos— a lo largo de las décadas siguientes: una tensión constante entre distancia analítica y aproximación sensible, un enriquecedor intercambio entre los parámetros de lo racional y el dictado de sus pálpitos”
Por NELSON RIVERA
I.
Solo ahora —después de su fallecimiento—, mientras leía contracorriente (Monte Ávila Editores, 1968), comprendí lo profundas que eran las raíces de Armando Durán en la literatura. Componen el volumen una novela corta —contracorriente— y cuatro relatos. Aunque son piezas autónomas, se desliza en ellas la tonalidad común, la obsesiva precisión en el uso de la lengua, algunos delgados hilos temáticos afines que corren las cinco narraciones.
II.
Durán, que entonces tenía 30 años, aparece como un prosista virtuoso y un creador que se pregunta por las formas narrativas y las usa a su antojo. El primer capítulo, de unas 1.500 palabras, no tiene signos de puntuación. En el segundo capítulo, una cálida voz descriptiva (“El buque se mece ahora como hace años. La ensenada sigue siendo pequeña y la ciudad continúa derramándose por las laderas que mueren en la playa. Y en la cima de una colina cuyo nombre ya no recuerdo, se alinean las mismas piedra viejas, amarillas y sólidas de la catedral recortándose contra el cielo azul añil. Nada ha cambiado desde entonces”), da paso a una especie de monólogo, en el que el narrador se cuestiona sin concesiones: “He ido acomodando mi existencia conforme a fórmulas nuevas, fórmulas que no deseaba, y he dejado que las circunstancias me hicieran perder el rumbo, y ya no hay sitio desde donde pueda contemplarte libremente (…)”.
En el tercero aparecen los primeros diálogos: recuerdan al Hemingway de las frases secas, breves y casi filosas. Más adelante aparecen largos párrafos de frases encabalgadas. En el capítulo final, otra vez desaparecen los signos de puntuación: así cierra Durán el círculo de su inquietante. nouvelle.
III.
contracorriente desasosiega. A medida que la novela avanza, se aguanta. El narrador —voz fluida y culta— no solo regresa a su pasado, también debe vérselas con los límites de las relaciones humanas, las sacudidas de Eros y las formas de la violencia. Los lugares de la narración se oscurecen: “¿Quién podría decirte cuándo ha de suceder? Los batrácicos ojos saltones y separados del cura. La noche. Rehuir la oscuridad. Dormirse mientras la bombilla pendiente del altísimo techo oscila titilante sobre mi cabeza, antes de que las tinieblas me envuelvan bruscamente, inmóvil atento a la noche, encogido bajo las heladas sábanas, asustado por aquel mundo esotérico y abominable que se me manifestaba en las sombras”.
IV.
Al finalizar contracorrienteintento descifrar al narrador y no logro asirlo. Aunque los hechos le compiten —de hecho, lo amenazan directamente—, algo los separa de ellos: del sexo, de las balas, de la muerte que podría irrumpir en cualquier instante. El narrador está ahíinmerso en la memoria de los acontecimientos, pero como si todo aquello le resultase ajeño. Distante. Narra desde un observatorio: desde esa altura domina a los personajes y sus movimientos, pero también a sí mismo. El distante no escapa a su propio escrutinio. Próximo al final el narrador dice: “Pero todo esto es la reconstrucción racional de un desconcertante remolino de imágenes y sensaciones, y no sé si debo tomarlo en serio”.
v.
A continuación, ya doctor en Filosofía y Letras de la Universidad de Barcelona, España, Durán dicta clases en la Universidad de Michigan (Estados Unidos). En1973 publica Estructura y técnicas de la novela sentimental y de caballerías.y Teoría y práctica de la novela en España durante el Siglo de Oro, en 1976. Ambos son, como el lector puede imaginar, frutos de su doctorado en España. Me detendré solo en el primero, que también leyó recientemente.
VI.
El que sea un riguroso estudio, donde se desentrañan cuestiones como los antecedentes, las estructuras y las técnicas narrativas, no hace de Estructura y técnicas de la novela sentimental y de caballerías. una lectura áspera o dirigida a la comprensión exclusiva de especialistas. Durán lucha —y resulta victorioso— contra la aridez académica. En su prosa, además del crítico literario, se siente la mano del hombre cultivado, interesado por la Sociología, la Historia y la Literatura; se siente el pulso del ensayista y narrador que alivia la carga conceptual con prosa atinada y sin aspavientos: escritura clarificadora y de elegante transcurrir.
VII.
Lo dicho en el apartado anterior puede apreciarse todavía más, si se añade que Durán aborda su estudio con el instrumental del estructuralismo, en concreto, del método utilizado por Claude Levy-Strauss para el estudio de los mitos (“Levy-Strauss afirma que la sustancia del mito no se encuentra ni en el estilo, ni en el modo narrativo, ni en la sintaxis, sino en la historia que cada mito cuenta”). Su propósito —me refiero al de Durán—, fundamentado en el estudio de maestros filólogos y de la crítica literaria, es el de abordar el relato con herramientas científicas y, así, desentrañar la estructura de las novelas sentimentales y de caballería. Su búsqueda se enfoca en lo que cada obra narra, porque es allí donde está, velado o evidente, “el esqueleto” que le interesa como investigador.
VIII.
Sin embargo, en medio de esta voluntad analítica, donde priman racionamientos, determinación de componentes, clasificaciones y comparaciones —especies verificables—, Durán introduce una consideración de método que resultó crucial entonces y lo sería a lo largo de su vida: que la detección de datos objetivos no es suficiente: ha de combinarse con las percepciones que ofrecen la sensibilidad y la intuición. Y advierte: lo contrario, la mera lectura intuitiva no podría constituirse en una forma adecuada de análisis, si no incorpora, si no interactúa con herramientas de fundamento racional. Así quedó formulado el método de la distancia de Armando Durán, su señorío: avanzar sobre los hechos con los fundamentos de la razón y la intuición, a un mismo tiempo.
IX.
En este enunciado, Durán formula en 1972 el que será su modo de observar y reflexionar sobre los hechos —especialmente políticos— a lo largo de las décadas siguientes: una tensión constante entre distancia analítica y aproximación sensible, un enriquecedor intercambio entre los parámetros de lo racional y el dictado de sus pálpitos.
INCÓGNITA.
En 1978, Armando Durán vuelve a la ficción. ¡Viva la revolución! y otros textos banales (Monte Ávila Editores) reúne ocho piezas autónomas, al tiempo que solapadamente hermanadas. La cohesión del conjunto no tarda en revelarse al lector: ninguno de los textos cristaliza en la nitidez de un relato. Son mucho más que esbozos —otra vez ese refinado fraseo que se acopla a la realidad que describe de forma natural y suavemente fluida—, pero no ofrecen al lector la sensación de que las narraciones se dirigen, finalmente, hacia un posible destino comprensible. Todas guardan algo pendiente, irresuelto. Lo que cada una cuenta —mejor dicho, lo que en apariencia comienza a contarse— se abandona, pero sin producir la disonancia del flujo interrumpido, sino que la narración declina, porque su finalidad no es la de culminar nada, sino la de crear vivas. escenas en estado de suspensión. En los textos habitan lo que no se ha hablado, lo que no se recuerda, lo que resulta confuso, lo que todavía no ha sido escrito. Locura de amornarración cargada de incitaciones eróticas, termina con dos puntos (“Ángela me miraba, pero como nada tenía que decir lo cierto es que no dijo nada. Yo, por mi parte, me interné en la tupida vegetación del vestíbulo, subí las escaleras de memoria, corrí las cortinas y me puse a escribir:”). Como si dijera: con lo dicho es suficiente, sin claros comienzos ni finales ciertos. Como si con cada pieza nos indujera a tomar distancia de nuestro propio de deseo de leer historias completas, con sus hitos de partida y de llegada.
XI.
Las piezas de ¡Viva la revolución! y otros textos banales se suceden un tanto engañosas para el lector. Ocurre que un personaje, Martín Lucas, reaparece en cada texto, quizás para generar la promesa de que los ocho textos se acomodarán entre ellos en algún momento, quizás en el séptimo o en el octavo, y que, tras ser ensamblados de modo sorpresivo y magistral por el narrador, la perplejidad del lector se disolverá en el aire, para dar paso a un conjunto entero, posible, algo así como una concatenación donde las partes suspendidas encuentran un sentido: el estatuto de lo que comienza y terminal. Sin embargo, hay que olvidar esta posibilidad: al cierre de la quinta narración, Los horrores de la guerrael narrador arroja una pista, de que Martín Lucas no es más que un señuelo, una mera ilusión: “Lucas Martín iba dejando de ser quien era y se convertiría en otro”.
XII.
El narrador no teme desconcertar y hasta engañar al lector. Sus piezas son una exhibición de su absoluto control sobre lo que podría ser narrado: apenas lo esboza, muy tenuemente, y no más. Estafa ¡Viva la revolución! y otros textos banales Durán lleva su ejercitación de la distancia hacia un territorio apenas explorado: un acotado proyecto escritural —ocho piezas que no se reconocen entre sí, que coinciden en una suerte de limbo narrativo, sin que ninguna de ellas tome un camino que pueda identificarse como un relato—.
XIII.
Hasta donde sé, ¡Viva la revolución! y otros textos banales es la segunda y última incursión de Durán en el campo de la ficción. Inesperadamente, no volvió a ejercitarla. A continuación, publica Diez palabras (1981), libro que no he logrado encontrar, y que debe considerarse como su primer ensayo político. Copio lo más sustantivo de la respuesta que me ofreció Gemini, la inteligencia artificial de Google: “Es principalmente un ensayo político y de análisis social (…) que utiliza estas ‘diez palabras’ como ejes temáticos para diseccionar la realidad de su país y de América Latina en aquel momento (…) Las ‘diez palabras’ representan conceptos clave (como Democracia, Libertad, Poder, etc.) que el autor analiza para explicar las contradicciones de la sociedad venezolana de finales de los años 70 y comienzos de los 80”.
XIV.
Dos años después de Diez palabras —que probablemente es un ensayo de significativa carga conceptual—, interpretación de las realidades a partir de unas pocas palabras, cada una portadora de una rica semántica y complejidad (¿acaso Armando Durán había leído a comienzos de los 80 al historiador y sociólogo alemán Reinhart Koselleck, autor de ensayos fundamentales sobre ‘historia de los conceptos’?), en 1983 publica un libro de otro carácter: En el jardín de las delicias copeyanas. (1983), en el que surge el Durán que más se recuerda hoy: el estratégico combatiente de la política, desmitificador, demoledor y mordaz.
XV.
Hasta donde me acompaña la memoria —lo leí entonces y no he podido recuperar el libro ahora—, En el jardín de las delicias copeyanas. anticipa al rotundo ensayista de la política que surgiría a partir del 2000, aproximadamente. Tenía de crónica, reporterismo y ensayo. En su momento produjo irritación por el abordaje irónico con que exponía las tensiones, la dicotomía entre Rafael Caldera, a quien presentaba como un dios olímpico, y Luis Herrera Campins, que encarnaba la figura del pueblerino, que hacía un uso estratégico del refranero popular venezolano. Durán enunció un temprano pronóstico o: la lucha interna en Copei constituía el primer episodio del deterioro y fractura al que se condenaban a sí mismos los partidos políticos venezolanos.
También, y quizás haya sido ésta la materia que mayor escozor provocó —no solo entre sus adversarios políticos—, el libro desplegaba una especie de caracterización satírica ideológica, religiosa, social y económica del copeyano (militante o simpatizante de la organización socialcristiana Copei), que, como sugiere el título del libro, se reunía a personajes de aparente o simulada inocencia que, fuera de cámara, eran unos sistemáticos “pecadores”.
XVI.
En algún momento de 2003, Armando Durán y yo iniciamos una amistad de ricas y extensas conversaciones. Nos Reunión Ramón José Medina alrededor de una buena mesa. Ya entonces Durán había recorrido, con su inteligencia controvertida y su estar apasionado, varios de los capítulos esenciales de su vida: había escrito y publicado al menos dos libros de ficción; se había doctorado en Filología y Letras en la Universidad de Barcelona y, a continuación, había publicado dos impecables estudios literarios; había ejercido la docencia en Estados Unidos (Universidad de Michigan) y en Venezuela (Universidad Central de Venezuela); había sido director de la Unidad de Medios y Opinión de la campaña electoral de Jaime Lusinchi; diputado al Congreso Nacional por diez años —1984 a 1994—; tres veces ministro: de Información y Turismo, de Secretaría de la Presidencia, y de Relaciones Exteriores; había sido embajador en Uruguay y en España; director del Diario de Caracas y de La Verdad (Zulia); coeditor del semanario político viernes; columnista de varios periódicos, entre ellos, El Nacionaldel que también fue asesor de lujo en cuestiones editoriales.
XVII.
Por aquellos días Durán escribía —hasta donde recuerdo, no hablaba de ello, a pesar de que nos encontrábamos con frecuencia, incluso en su casa donde nos invitaba a cenas exquisitas que preparaba con su perfeccionismo habitual— Venezuela en llamas (2004), el que entiendo como su ensayo político crucial. Lúcido e implacable observador de lo que estaba ocurriendo, sus artículos resultaban sorpresivos y perturbadores por su disciplina para atravesar la opacidad de los hechos y traerlos a la superficie. Muchas veces escuché elogios por la luminosidad de sus artículos, pero también comentarios abiertamente hostiles que apuntaban a la indomable franqueza y aspereza de sus críticas.
XVIII.
Entonces Durán insistió en presentarse como periodista. Pero esta insistencia era solo una parte de la verdad (en la solapa de Venezuela en llamas se lee esta frase curiosa: “Todos sus documentos de identidad siempre han registrado una única profesión: periodista”). Más apegado a los hechos es que Durán, entre otras cosas, era un periodista, pero uno excepcionalmente configurado por todo lo que había aprendido tras décadas de experiencias en los campos de la ficción, el ensayo, la academia, la política, el parlamento, la diplomacia, la sucesión de altos cargos gubernamentales, la dirección de diarios, el columnismo y tanísimas otras actividades: era un ciudadano que seguía, sin parpadear, la política más inmediata y la proyectaba hasta las fronteras de la geopolítica.
En cuanto se producían hechos significativos —acontecimientos, turbulencias de la política, la economía o la geopolítica—, dotado de una mente siempre en ebullición, Durán establecía los escenarios y sus componentes. Pensar en lo que seguía —qué ocurrirá a continuación— era quizás el más inmediato de los tropismos de su mente. Didáctico y apasionado, la firmeza de su rigor resultaba difícil de digerir en el calor de las conversaciones. Por momentos, la destreza argumentativa de Durán se erguía y se imponía de forma aplastante. Sus destrezas para el debate estaban sostenidas por una ancha y variopinta cantidad de recursos. Y disponía de una memoria escénica envidiable: había visto mucho, había leído mucho, había sido testigo o protagonista de hechos decisivos, conocía el funcionamiento del poder desde sus engranajes e intríngulis. Y, muy especialmente, conocía al dedillo la turbiedad y los mecanismos de opresión implantados por Fidel Castro en Cuba, y veía —o anticipaba— cómo, de forma semejante, se establecían en Venezuela.
XIX.
Él volvió a leer Venezuela en llamas en días recientes. Dos décadas más tarde, me encontré ante una obra que ha ganado espesura y facultades con el paso del tiempo. Lo que en 2004 me resultó una iluminada lectura del primer trecho del régimen —insisto, escrita con lengua irremplazable—, que en toda su extensión desborda lo inmediato, ahora ha adquirido las dimensiones del documento pleno de matices y significados, que ofrece una rica paleta de segundos y terceros planos, referencias y proyecciones que Durán vio venir con intuición admirable.
Y ello a partir de una sucesión de hechos narrados con escrupuloso detalle: foco en los detalles iluminadores, en el elenco de actores, en los contenidos de opiniones y contra opiniones (también en las formas falaces de los discursos del poder), en los aciertos y errores de las partes. Venezuela en llamas le sigue la pista a la problemática fundamental de las recurrentes falsas expectativas —propias de quienes se resistieron a las evidencias de que la lucha ya no ocurría bajo paradigmas democráticos—, y de las consecuencias de no escuchar con la atención debida —subestimándolo— a un poder —no solo a Chávez, también a otros voceros— que, a pesar de sus simulaciones, en realidad no escondía que sus verdaderos objetivos eran el control absoluto de los poderes públicos, la liquidación del modelo de democracia representativa.
XX.
Más allá de los sucesos específicos a los que el libro se refiere —que no son prioritarios en esta relación—, Durán advertía del peligro de “abandonarse” a la inmediatez de los hechos, a la sobreestimación de las propias capacidades, al abultado error que consistía en esperar que las organizaciones de la sociedad civil —empresarios, gremios profesionales, sindicatos y otros— tuviesen el espíritu de sacrificio necesario para afrontar los desafíos de las confrontaciones más inmediatas y de las que se asomaban en el horizonte.
XXI.
Armando Durán Estaba adentro y observaba desde afuera.. Como si algo en su corazón se hubiera instalado en un exilio intelectual de forma permanente. Tenía algo de geólogo: se preguntaba por las capas que ocultaban en profundidad, las cosas que aparecían a simple vista. En su comprensión, no hay hechos aislados, menos en un tiempo en el que el poder se ha propuesto poner las cosas de cabeza. Muchas veces le escuché esta idea, formulada en distintas circunstancias: los hechos pueden ser circunstanciales, pero las intenciones no.
En sus análisis, los acontecimientos portan una genealogía, un historial, un posible expediente moral, incluso cuando no hay antecedentes en el propio país. Durán sintió una genuina obsesión por aquello que parecían no más que incidentes autónomos y dispersos, y se preguntaba cómo se materializarían en el futuro: cuando se produjo los primeros ataques a reporteros y camarógrafos en las calles de Caracas, y no hubo una respuesta gubernamental a los mismos, Durán escribió: “La libertad de informar y los medios de comunicación serán arrasados”. No fui el único que entonces pensó que su percepción y sus pronósticos exageraban.
XXIII.
Llegado a este punto, todavía me falta por agregar el que tengo como el aspecto crucial de su método: la extrema sensibilidad sobre el potencial, pero también sobre el peligro que constituyen las emociones en la política. Lo dice de distintas formas en sus artículos —muchos de ellos, recios y desencantados—: las emociones llevan consigo una dificultad estructural para adaptarse a los cambios políticos. Tardan en aceptar los mensajes que provienen de la realidad.
No lo olvidaba: en el esperanzado, la esperanza se expande y opaca los avisos que podrían advertirlo del inminente naufragio. En el pesimista, el pesimismo se cronifica y uniformiza la realidad (todo es malo y lo mismo). En el resentimiento, el resentimiento se trasmuta en identidad. En el indignado, los hechos no son más que episodios en los que convirtieron un poco de odio. En el miedoso, el miedo abre una puerta directa a la parálisis y la impotencia.
XXIII.
es Venezuela en llamas (y también en los dos libros que le siguieron, Al filo de la noche rojay la colección de ensayos Diario del año de la nadaambos del 2006), así como en centenares de artículos y ensayos publicados en El Nacionaly en portales informativos, está el meollo de Durán como autor primordial e ineludible de la debacle democrática venezolana: un apasionado que, dotado de una tozuda disposición para las artes del análisis, hizo de la precaución sistemática ante las emociones (las suyas y las desatadas por la política real en los ciudadanos), la espina dorsal de su método para leer los hechos y advertirnos de los peligros que avanzan hacia la democracia y los demócratas.
De ello tratan los avisos en forma de artículos o de ensayos que Armando Durán, señor de la distancia, nos hizo una y otra vez a lo largo de los años, sin flaquear nunca: penetrante, mordaz, intensa y crónicamente lúcido.
Referencias:
*contracorriente. Armando Durán. Monte Ávila Editores, Venezuela, 1968.
*Estructura y técnicas de la novela sentimental caballeresca.. Armando Durán. Editorial Gredos, España, 1973.
*¡Viva la revolución! y otros textos banales. Armando Durán. Monte Ávila Editores, Venezuela, 1978.
*Venezuela en llamas. Armando Durán. Grupo Editorial Random House Mondadori, Venezuela, 2004.
*Diario del año de la nada. Armando Durán. Leído en versión manuscrita. Escrito y publicado en 2006.