CARLOS ANDRÉS PÉREZ, ARMANDO DURÁN Y DIEGO ARRIA, ARCHIVO FAMILIARRómulo Betancourt, Carlos Andrés Pérez, Jaime Lusinchi, Rafael Caldera, Luis Herrera Campins. De todos ellos habla Armando Durán en esta entrevista. Y habla de su época como profesor en Estados Unidos y cuenta cómo se involucró con El Diario de Caracas. Esta es la voz de una experiencia. La de un periodista y político a tiempo completo
Por JUAN CARLOS ZAPATA
Introducción
En julio de 2025 le dije a Armando Durán que hiciéramos un libro de entrevistas sobre su trayectoria como periodista y político. Comenzamos. Yo desde Madrid, y él desde Caracas. Trabajaríamos a cuatro manos. Que él corrigiera el texto que le enviaba de adelanto y al mismo tiempo seguíamos conversando. No pudimos acabar el proyecto. Pero quedaron estas respuestas. Estas y otras más que por razones de espacio no se incluyen en esta entrega. Yo solía conversar con Armando. Siempre estaba dispuesto a cualquier consulta que le hiciera. La última vez que vino a Madrid comimos y comimos bien. En medio de una de las conversaciones me dijo que toda entrevista tenía que estar justificada y me preguntó qué era lo que justificaba aquello que estábamos haciendo. No estaba convencido de que su vida justificaba el proyecto. Lo lamentable, Armando, y lo escribo para que lo leas donde quiera que estés y espero que sea en el cielo, es que ahora tu muerte justifica la aparición de estas notas. Descansa en paz.
I
87 años es mucho tiempo muriéndose
—¿Estás vivo? ¿Estás vivo, Armando?
—Depende. Depende de lo que entiendas por vida. Si entiendes por vida respirar, respiro. Pero apenas eso. El resto. Mira, excepto la cabeza, que medianamente me funciona, el resto funciona a mucho menos marcha que la mitad. De modo que estoy medio vivo.
—Y ¿qué haces?
—Es una rutina melancólica del jubilado que no tiene nada que hacer en una ciudad donde no hay nada que hacer. De modo que eso también es parte de la no vida. Vivir una vida no vida.
— ¿Qué haces específicamente en tu casa en esa “novida”?
—Pues leo, escribo, veo series por televisión, por Internet. Los domingos vienen algunos amigos. Por ejemplo, ahora al mediodía viene un amigo a tomar un aperitivo. Es una vida muy rutinaria y sin novedad alguna.
— ¿Qué estás viendo ahora?
—Estoy revisando una serie maravillosa que es Peaky Blinders. Es una de las joyas de la corona. Y como se me olvida ya casi todo, entonces es como si no la hubiera visto. Es una serie británica.
—¿De qué se trata?
—Trata de una banda delincuencial de Birmingham, Inglaterra. Ambientada en los años veinte. Es un grupo de amigos que vienen todos muy tocados de la Primera Guerra Mundial. Son medio irlandeses, medio gitanos. La última temporada se ubica en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial. El tiempo de Thomas Shelby, diputado y socio de Winston Churchill.
—¿Te has convertido en un personaje de serie?
—Sí, pero no, los personajes de la serie tienen una vida intensa. La mía es más bien apagada.
— ¿Cuántas series has visto?
—Yo creo que todas las importantes las he visto porque tengo muy pocas cosas que hacer por las noches. Así que me paso las noches viendo series, y hay series magníficas. Yo, desde niño, he sido un gran fanático del cine. Y el cine no está afectado por la revolución digital, sino todo lo contrario, lo que ha cambiado es la plataforma del cine. Y creo que el mejor cine que se está haciendo hoy en el mundo está en las series.
—Me puedes mencionar dos o tres series últimas que hayas visto? ¿O cuáles crees tú que son las mejores que has visto?
—Una de las mejores que he visto en esta británica, Peaky Blinders. Hay una alemana que para mí es otra de las joyas de la corona, Babilonia Berlín. Es un detective en los años veinte, en Berlín. Berlín como capital del libertinaje, de los cabarets, pero también de la miseria y del pre nazismo.
—Me imagino ese mundo.
—La trama policial, la trama política, la trama personal, son completas. Como serie de guerra, impecable. Yo creo que la mejor película de guerra que se ha hecho es banda de hermanos. Los productores Steven Spielberg y Tom Hanks. Hay otra británica excelente que es El guardaespaldas, el guardaespaldas.
—Por lo que oigo, ¿ya no lees tanto?
—No, no. Cada vez leo menos, porque cada vez son menos los libros nuevos. Lo que hago es revelar muchas cosas. Por ejemplo, a Leonardo Padura. su novela El hombre que amaba a los perros Me parece extraordinario. No sé si lo has leído…
—Cómo no. Trotsky y su asesino.
—Una gran novela, ¿no?
—Sin duda. Una referencia.
—Una novela fuera de serie. Y esa es una relectura reciente. Además, es muy difícil en Caracas conseguir un libro. Las librerías aquí prácticamente han desaparecido.
—Pero tú conservas tu biblioteca.
—Por supuesto. Y lo que hago es releer.
— ¿Cuántos libros conservas en tu biblioteca?
—No sé, no sé. Porque esa biblioteca ha pasado por dos divorcios y, por lo tanto, he perdido muchos ejemplares en los divorcios. Pero debe haber entre tres mil y cuatro mil libros.
— ¿Tienes algunas joyas importantes?
—¿Joyas? Todos mis libros de la universidad son todas joyas. Toda la literatura española medieval del siglo de oro, toda la novela latinoamericana reciente. El Gabo, Vargas Llosa, Cortázar, Borges, por supuesto.
—Tú eres un hombre de los años cuarenta.
—De mil novecientos treinta y ocho.
—Ha pasado el tiempo, ¿no?
—Demasiado, demasiados años. Tú sabes que uno nace y el mismo día que nace comienza a morirse. O sea que llevo ochenta y siete años muriéndome y esto es un proceso agotador.
—Entonces estuvo bien como comenzando la entrevista. Te pregunté si estabas vivo.
—Todavía estoy vivo. Vivo en el sentido de que vivo una vida no viva, una vida que no es vida, pero respiro y pienso, de modo que existe.
—¿Y en qué piensas ahí en esa soledad? Porque vive solo…
—Vivo solo. Hay una señora que me asiste. Ya no podrías vivir con nadie ya. Me acostumbré a vivir solo. La señora viene varias veces a la semana desde hace muchos años, como si fuera de mi familia, y se ocupa de las pocas tareas domésticas. Y nada más.
—Porque tus hijos están en el exterior.
—Todos están en el exterior. Hay dos en España y dos en Estados Unidos.
—¿Y qué piensas en esa soledad?
—No me voy a poner a pensar en qué pienso realmente. No recuerdo en qué pienso. Me imagino que pienso en cosas, pero uno de los problemas que tiene la vejez es que ya a los ochenta y siete años no tienes proyectos de vida. No sé si me explico.
—Entiendo.
—Y la vida de uno es lo que vas a hacer, no lo que hiciste. Y como yo no tengo nada que hacer, porque ya no tengo vida, y no tengo tiempo, no tiene ningún sentido ponerme a pensar en un proyecto o en otro, porque los proyectos necesitan tiempo y yo lo que no tengo es tiempo, aparte de que no tengo dinero. Entonces, sin tiempo y sin dinero, ¿qué voy a pensar? Los proyectos de libros son muy complicados, porque eso implica el trabajo de escribir un libro, quién te lo publica y requiere mucho tiempo.
II
La vida académica me aburrió
—Estudiaste en Barcelona, España; Fuiste profesor en Estados Unidos. ¿Cuándo regresaste a Caracas?
—Yo me lloré en La Habana. Me involucré con la revolución. Me decepcionó la revolución y me mudé para Caracas y luego conseguí una beca del Ministerio de Educación y me fui a estudiar literatura española en la Universidad de Barcelona.
—Gran salto.
—Realmente había ido a Madrid y escribía en la república. ¿Te acuerdas?
—la república de Luis Esteban Rey, gran diario, gran periodista.
—Me pagaban como cien o ciento cincuenta bolívares por artículo y escribía dos o tres artículos al mes. Tal cantidad en España era un montón de pesetas en esa época.
—Millas de pesetas.
—Entonces conocí a mi primera esposa, Mary Lutcher. Ella era profesora en la High School de la base americana de Torrejón, a las afueras de Madrid. Y ganaba como quinientos dólares. Quinientos dólares eran una absoluta fortuna en España. Estando allá, el gobierno de Rómulo Betancourt rompió relaciones con Cuba. Mi madre era cónsul de La Habana. Y tuvo que salir de Cuba. De manera que le ofrecieron dos alternativas, el consulado general de Buenos Aires, o el consulado general de Barcelona. Y como yo estaba en Madrid, escogió Barcelona.
—Qué suerte.
—Sí, para mí fue una gran suerte porque yo no conocía Barcelona y no me gustaba. Tenía la visión castellana de lo que era Cataluña. Entonces, Mary, mi esposa, Anabel, mi primera hija, que tenía dos años y pico, y yo, nos íbamos los fines de semana a Barcelona. Así me estaba gustando Barcelona. Después conseguí la beca y decidí estudiar en la Universidad de Barcelona. Nos instalamos en Barcelona, y ahí estuvimos viviendo siete años.
—En ese tiempo ya comenzabas a escribir literatura, porque después escribiste cuentos y…?
—Sí, claro, por supuesto. El primer libro fue contracorrienteque lo publicó Monte Ávila.
—Monte Ávila Editores. Gran editorial, entonces.
—Yo estaba todavía en la universidad de Barcelona y luego salí de la Universidad de Michigan. Yo no pensaba volver otra vez a la actividad política, porque había quedado muy decepcionado de la aventura revolucionaria en Cuba.
— ¿Qué es lo de la Universidad de Michigan?
—Yo obtuve un doctorado en Barcelona. Estoy hablando de los años sesenta. Con Mary (ella ya murió), entre los dos buscamos las veinte mejores universidades de Estados Unidos. Escribimos, me ofrecí como profesor de Literatura Española Medieval y Renacentista. Les escribimos a esas veinte universidades que tenían buenos departamentos de lengua y literatura románica. De las veinte me respondieron dieciocho. Y de estas, solo tres me respondieron que sí, que, por favor, les mandara una carta de recomendación del profesor que estaría haciendo de tutor de mi tesis doctoral. Entre las tres, aparecía Michigan. Yo no sabía mucho de las universidades americanas, pero la Universidad de Michigan está en una pequeña ciudad que se llama Ann Arbor, la Arboleda de Ana. Me gustó muchísimo el nombre. Y por razones poéticas, respondí a la Universidad de Michigan. Por correo me mandaron mi contrato. Con ese contrato busqué la residencia y me fui para Michigan. Estuve seis años de profesor en Michigan, pero a los cuatro estaba sumamente aburrido.
—¿Aburrido?
—Aburrido de la vida académica. A veces pienso qué habría sido mi vida si no hubiera regresado a Venezuela, si me hubiera quedado haciendo vida de profesor en Estados Unidos. Ann Arbor es una ciudad encantadora, con una gran actividad cultural en la ciudad y un equipo de fútbol americano. Soy fanático de los deportes y soy muy fanático del fútbol americano.
—¿Cuántos años tenías entonces, Armando?
—Treinta años.
—Y al cabo de cuatro años estabas aburrido de la academia.
—A los cuatro años me dije que no podía pasarme el resto de mi vida dando clases de literatura en un pueblo universitario, en una ciudad universitaria como Ann Arbor. Y entonces hice las gestiones para regresar a Venezuela. En esa época hubo unos cambios profundos en la universidad. ¿Te acuerdas de la famosa renovación universitaria de Rafael Caldera?
—El primer gobierno de Caldera.
—Correcto. Yo tenía más o menos hecha una gestión. Claro, con unos contactos. No lo conocía, pero tenía amigos que conocían a Félix Adam, decano de la Facultad de Humanidades. Entonces yo mandó a decir que cómo no, que me vinera a Caracas. Y en eso vino la renovación y salió Félix Adam. Así que me quedé en el aire. Había vendido la casa. En Estados Unidos todo el mundo compra casa. Y sigues pagando la casa y vas cambiando de casa, pero nunca terminas de pagar la casa, siempre estás pagando una hipoteca. Vendí la casa y resultó que me quedé en Ann Arbor. En el último año y medio que viví en Ann Arbor tuve que buscar otra casa, un pent-house alquilado, hasta que regresó a Caracas.
—Y regresaste a qué?
—Mi esposa americana vino a trabajar. Ella había estudiado Literatura Inglesa y había hecho maestría lingüística aprovechando nuestra vida en la Universidad de Michigan. De modo que la contrataron en la Universidad Metropolitana. Trabajó de profesora en la Metropolitana. En cambio, yo fui a trabajar de asesor de Virginia Betancourt en la Biblioteca Nacional.
—Y ahí estuviste mucho tiempo?
—Ahí estuve un tiempecito porque fundé una cosa, una cosa que se me ocurrió, una cosa que se llamó Fundación para el Rescate del Acervo Documental Venezolano. Aproveché mis contactos con las universidades americanas. Y se creó esa fundación. El presidente era Ramón J. Velázquez y el secretario Ejecutivo yo. Y el proyecto fue doble. Por un lado, logré un acuerdo con la Universidad de Northwestern, en Chicago, que, si no es la primera, es una de las primeras bibliotecas que digitalizó su archivo, sustituyendo las famosas cajas con las tarjeticas. Hubo que entrenar gente de aquí. Entrenarla en todas esas nuevas tecnologías de digitalización de bibliotecas. Se envió personal que se preparó durante dos años. Varios bibliotecarios venezolanos tuvieron la oportunidad y la responsabilidad de especializarse y de ahí salió la digitalización de la Biblioteca Nacional, que fue un gran trabajo que realizó Virginia Betancourt. Empezó a recuperarse el archivo por la vía del microfilm. Todos los materiales de textos y gráficos de Venezuela en bibliotecas de Estados Unidos. Por eso se llamaba el rescate del acervo documental venezolano.
—Que esa era la parte tuya. Un aspecto poco conocido de tu carrera. ¿Y qué rescataste?
—Yo empece con eso. Después de mí fui de la biblioteca. Conocí a Tomás Eloy Martínez. Nos hicimos muy amigos y luego Tomás Eloy me dijo que estaba preparando un periódico y que si yo quería incorporarme al periódico. ¿Cómo no?, le respondí. Luego conocí a Rodolfo Terragno. Y ahí me enteré de que el periódico se llamaría El Diario de Caracas. Por ese tiempo también estaba dando clases en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. Pero básicamente mi trabajo empezó con el periódico. El Diario de Caracas Fue una gran experiencia. El proyecto, yo no lo sabía, y luego lo supe, era de Diego Arria.
III
Aquel tiempo con El Diario de Caracas
—Diego Arria, exgobernador y exministro del primer gobierno de Carlos Andrés Pérez.
—Yo no conocía a Diego Arria. Lo conocí después de su derrota electoral.
—En 1978 se abrió para ser candidato de Causa Común.
—El primer ejemplar de El Diario de Caracas salió el 2 de mayo de 1979. Y yo conocí a Diego un mes antes, pese a haber sido candidato.
—Quedó casi de último.
—La derrota lo deprimió muchísimo. Se fue no sé a dónde y regresó, pero regresó a un mes de salir el periódico.
— ¿Tú eras el coordinador de política?
—Quienes hicieron el concepto, incluyendo el diseño gráfico, eran argentinos. Rodolfo Terragno, Tomás Eloy Martínez y el diseñador, Juan Fresán. Y el proyecto, tal como lo plantearon en su momento Terragno y Tomás Eloy, no era con la figura de un director, sino de cinco directores en las cinco áreas del periódico.
—Un poco el estilo de Los New York Times¿No? Directores de área.
—Correcto. Eran cinco áreas con cinco directores. Y esos cinco directores formábamos un consejo editorial y esa era la dirección colectiva. En realidad, el director era Terragno. Sin embargo, en la práctica se trataba de un periódico que no tenía ni director, ni jefe de redacción, ni secretario de redacción. Tenía un consejo editorial que formábamos los cinco directores, pero en la práctica había un director, que era Rodolfo Terragno, de quien yo aprendí todo lo que sé de periodismo. Realmente me lo enseñó Terragno, un periodista excepcional, de la estirpe de la Argentina de los grandes periódicos. Así salió El Diario de Caracas. Pero luego vino la crisis de los argentinos. En esas navidades los argentinos se fueron del periódico, y entonces me quedé con la figura de director del periódico.
—¿Por qué se fueron los argentinos?
—Un problema personal. Terragno quería ser el número uno y Diego Arria era el número uno. O se iba Diego o se iba Terragno. Lo tuvo que soltar. Tan sencillo como eso.
—Por supuesto, Diego era el dueño.
—En solidaridad con Terragno se fueron Tomás Eloy, que manejaba cultura y sociedad y se fue…
—¿Juan Fresán?
-No, no, Fresán hizo el gran diseño. Su trabajo fue el diseño. Su trabajo terminó ahí. Luego a Fresán lo reincorporaría en la campaña de Jaime Lusinchi. Fue el diseñador del famoso SI. Fresán era un genio del diseño. Era un tipo de gran sensibilidad. Yo lo había conocido accidentalmente en La Habana, en el primer año de la revolución cubana. A mí me invitaron a participar en el equipo fundador de Prensa Latinala agencia de noticias e información de la revolución. Mi destino han sido los periodistas argentinos. Prensa Latina Fue un proyecto de dos argentinos, bueno, de un argentino, Ricardo Masetti, que había ido a la Sierra Maestra como periodista y había entrevistado a Fidel Castro y al Che Guevara, y se hizo muy amigo, por razones de nacionalidad, del Che. Cuando triunfó la revolución, se fue a La Habana, se empató otra vez con el Che y el Che le ofreció hacer. Prensa Latina. Luego Masetti trajo a un amigo suyo argentino, gran escritor y gran periodista, llamado Rodolfo Walsh. Walsh desapareció, nunca se supo, se lo llevaron de su casa cuando la dictadura militar. A Masetti se lo tragó la selva. A Masetti lo mandó el Che para Bolivia y de Bolivia pasó para Tucumán con una guerrilla y esa guerrilla la liquidaron o la selva se la tragó, pero nunca se supo más de Masetti.
—Ibas a hablarme de cuando conociste a Juan Fresán.
—Resulta que Juan Fresán era muy amigo de Rodolfo Walsh. Se conoció de Buenos Aires. Vino Juan y se pasó como un par de meses en La Habana en ese primer año de la revolución. La Habana era como un imán para todo lo que tenía que ver con la creación literaria y artística de América Latina y, por supuesto, de las inquietudes políticas. Por La Habana pasaba todo el mundo. Absolutamente todo el mundo. Fresán también estuvo como dos meses. Y lo conocí sin hacernos amigos.
—Hiciste política en La Habana, donde naciste y te criaste. Te engañó la revolución cubana. Llegaste a Caracas. Te fuiste a Barcelona a estudiar. Te fuiste para Estados Unidos a enseñar. Volviste a Venezuela. ¿Cuándo retomaste la política?
-Estafa El Diario de Caracas. A la fuerza. Porque la situación era que ninguno de esos directores de origen argentino podía ocuparse de las páginas políticas. Terragno se ocupaba de las páginas internacionales, Miguel Ángel Díez de Economía y Tomás Eloy de Cultura y Sociedad. De modo que necesitaban un venezolano para que se ocupara de la política. Y así es como yo paso a ser director de las páginas políticas.
—Con el periodismo volviste a la política.
—Con las páginas políticas, a la fuerza, me fui involucrando en la vida política del país.
IV
En La Habana y con la revolución
—¿Y tú qué hacías en La Habana entonces en 1959?
—Trabajaba en Prensa Latina. Editaba reportajes.
—¿Y cómo llegaste a Prensa Latina?
—Yo estaba involucrado en el proceso revolucionario.
—Ah, el joven Durán revolucionario.
—Involucrado en el proceso insurreccional. En consecuencia, tenía los contactos con Carlos Franqui, Guillermo Cabrera Infante y con todo lo que formaba parte del mundo cultural de entonces.
—¿Tú vivías en La Habana?
—Yo vivía en La Habana.
—¿Tu mamá era diplomática?
—Mi madre era venezolana, pero mi madre se enamoró de un cubano que fue mi padre y se mudó a La Habana. Yo nací en La Habana.
—¿Cómo se llamaba tu mamá?
-Josefina Aché
—¿Y tu papá?
-Cándido Durán. Mi madre fue luego cónsul en La Habana, embajadora en Portugal, embajadora en Costa Rica.
—En el gobierno de Betancourt…
—Desde el gobierno de Betancourt hasta el gobierno de Luis Herrera.
—¿Todo ese tiempo?
—Todo ese tiempo estuvo en Barcelona, en Portugal, en Barbados, en Costa Rica. Hasta que con Luis Herrera la jubilaron.
—Tú naciste en La Habana y eras un muchacho de La Habana y te involucraste en el proceso revolucionario.
—Toda la juventud cubana se involucró en el proceso insurreccional contra la dictadura de Fulgencio Batista, como era evidente. Esas eran unas credenciales que tenían mucho valor en la época, en el año de 1959 y eso me abrió las puertas.
—Tú tenías 21 años.
—Tenía 21 años.
—Eso te abrió la puerta en Prensa Latina?
—Es Prensa Latinaes revoluciónque es el antecedente de abueladonde escribía artículos, y en combatirque era el periódico del Directorio Revolucionario.
—¿Y por qué no sigue involucrado en La Habana? ¿Por qué te fuiste? ¿Qué pasó?
—Me fui porque aquello resultó que no era lo que habíamos pensado. Sencillamente como eso.
—¿En qué año ya habías recapacitado?
—A finales de 1960.
V
La relación con Rómulo Betancourt
—Hablando de la vida política del país, quizás el primer presidente venezolano que conociste fue a Rómulo Betancourt.
—Claro. Recuerda que el exilio adeco se fundó en La Habana. Y la sede del adequismo en el exilio era la casa de mi madre.
—Ahí viste a Simón Alberto Consalvi, que era joven todavía.
—Simón fue después. Y nos hicimos grandes amigos. Cuando Pérez Jiménez dio el golpe de Estado, Betancourt y Carlos Andrés Pérez se fueron con sus familias para Costa Rica, se asilaron en la embajada de México y se marcharon a Costa Rica.
—Carlos Andrés Pérez sí estuvo con Betancourt en La Habana.
—Llegaron juntos en 1949. Arribaron en barco. Venían de Estados Unidos. Recuerdo que acompañé a mi madre al puerto de La Habana a recibirlos. Ahí conoció a Rómulo, a doña Blanca, a Carlos Andrés, a Virginia Betancourt y a los hijos de Carlos Andrés.
— ¿Y cómo era la vida de Betancourt en La Habana?
—La vida de Betancourt en La Habana eran sus reuniones políticas. Escribía en Bohemia. Publicaba todas las semanas textos de lo que luego fue Venezuela política y petróleosu obra principal. Era la forma de ayudarse económicamente. Le pagaban una fortuna por artículo, mucho más de lo que se pagaba por un artículo. Durante años fue publicando, digamos que fascículos, en Bohemia.
—Oh mar, ¿Venezuela, Política y Petróleo primero salió en fascículos en Bohemia?
—Todas las semanas aparecieron unos capitulillos del libro. El libro es muy extenso.
—Y Carlos Andrés Pérez, que había sido el secretario en el gobierno, en el trienio de 1945 a 1948, siguió siendo su asistente en La Habana.
—Exacto. Todo el tiempo. Luego Rómulo de ahí saltó a Costa Rica. Gobernaba don Pepe Figuer es. El gran protector de ellos. Después de Rómulo, al salir de Figueres, se marchó para Puerto Rico.
—Y Carlos Andrés se quedó en Costa Rica.
—Carlos Andrés quedó en Costa Rica como director o subdirector del periódico la república.
—Fíjate, todos ejercieron el periodismo, al fin y al cabo.
—De cierto modo, sí.
—Y luego te encuentras con Betancourt otra vez cuando tu mamá era cónsul en Barcelona?
—Siempre, siempre. En Barcelona. Siempre pasaba Rómulo por Barcelona. Rómulo no viajaba en avión. Mientras vivía en Nápoles, y después en Berna, Suiza, venía a Caracas en barco. Así que pasaba por Barcelona. Se quedó un par de días en Barcelona y aquí desembarcaba en unos barcos de la línea SEA. Recuerdo el Ana SEA, el Andrea SEA. Era una línea italiana.
—Así que don Rómulo llegaba a Barcelona e iba a la casa de ustedes.
—Almorzaba en casa. Es que en los años de La Habana, Rómulo y doña Carmen Valverde, su esposa, crearon con mi madre y mi abuela una relación muy estrecha. Mi abuela era la que se ocupaba de las cosas en la casa. Mi abuela era libanesa. Llegó a Puerto Cabello a los once años.
—¿Y se llamaba?
—Se llamaba Isabel y tenía un nombre…. Se casó con José Aché. De los Aché de Valencia. Era una cocina excepcional.
—En Barcelona, Betancourt ¿cómo te trataba? Tú eras muy joven y él ya había sido presidente dos veces.
—No, no, nada. Yo estaba en lo mío y él en lo suyo. Pero yo vivía con mi madre.
—Al menos te sentabas a comer con Betancourt
—Almorzaba con él porque él siempre me mandaba libros. Me enviaba libros de Costa Rica a La Habana, y aun en mis tiempos en la Universidad de Michigan me envió libros. Siempre estuvo muy pendiente y él fue quien me puso en contacto con Félix Adam. Y siempre tuve muy buena relación con Rómulo, y mi relación con Virginia vino de ahí. Debo agregar que el viejo Prieto, Luis Beltrán Prieto Figueroa, que se quedó en La Habana, me daba clases de matemáticas. Yo siempre fui muy malo en matemáticas. Siempre me suspendían y Prieto me daba clases de matemáticas. Y me inyectaba. Era bueno con la jeringa.
—¿Y la relación de Betancourt con tu mamá fue por siempre?
—Por siempre.
VI
El reencuentro con Carlos Andrés Pérez
—Lo que nunca imaginaste es que ibas a terminar siendo ministro, colaborador y amigo de Carlos Andrés Pérez.
—Así es. No me paseaba por esa opción. Cuando él tomó posesión por primera vez, yo era profesor de la Universidad de Michigan. La política no existía para mí en aquellos momentos, existía el mundo académico, la literatura, los libros. Ese era mi mundo, hasta que me aburrí y planifiqué mi regreso a Caracas. Y aquí ya entra en otra espiral con la política y el periodismo.
—Cómo fue el reencuentro.
—Yo era muy amigo de Simón Alberto Consalvi desde La Habana. Y cuando vivía en Ann Arbor, él fungía de embajador en Naciones Unidas. Y nos veíamos con mucha frecuencia. A mi regreso a Caracas, a él lo nombra Carlos Andrés, canciller. Ministro de Relaciones Exteriores y entonces se regresa de Nueva York a Caracas. En aquella época cuando nombraban a alguien ministro, alguno tomaba la iniciativa de hacer un jornada de puertas abiertas para felicitarnos y celebrar el nombramiento. Es que era importante que te nombraran ministro. Y una cuñada de Simón Alberto que vivía en Colinas de Bello Monte le hizo un jornada de puertas abiertas en su casa. Y fui yo con Cristina Guzmán, que era mi segunda esposa. Y resultó que Cristina era también muy amiga de Simón porque la esposa de éste era prima hermana de la madre de Cristina y habían tenido los tres una librería juntos que se llamaba El Búho.
El punto es que Simón me invitó a mí y, por otro lado, también invitaron a Cristina y los dos fuimos para allá. Y para sorpresa mía, también estaba ahí Carlos Andrés Pérez, a quien yo no veía desde hacía mucho tiempo. Nos saludamos. Armandito y tal y cual. Ellos siempre me hablaban así, como si fuera el niño que habían conocido. Y empezaron a invitarme a los actos oficiales. Por la amistad con el presidente. Y no sé cuántas semanas o meses después se hizo en La Casona una representación de señor presidente de Miguel Ángel Asturias. Un montaje del Nuevo Grupo que se dirigía Carlos Giménez. De invitada especial, la viuda de Asturias. Fue realmente un montaje espectacular en los jardines de La Casona. Después vino el cóctel, un brindis, y terminaron el brindis y los besamanos, como hacían entonces, de la despedida. Al despedirme, Carlos Andrés nos ataja: “No, quédense ustedes por aquí, que tenemos una cosa en la zona privada”. Yo no conocí La Casona, era la primera vez que iba a La Casona. Nos pasamos para una sala de estar en la zona privada. Allí estaba Carlos Andrés, por supuesto. Estaba la viuda del señor Asturias. Estaba Arturo Uslar Pietri, amigo de Asturias y de Pérez. Estaban los grandes cacaos del gobierno. Estaba Carmelo Lauría, estaba Simón Alberto Consalvi, estaba Octavio Lepage, que era ministro del Interior y estábamos Cristina y yo. Yo desentonaba, no era absolutamente nadie. Y recuerdo en estos momentos a Carlos Andrés diciendo: “Bueno, quiero hacer un brindis por Armandito. Yo lo conocí en pantalones cortos y ahora se me ha convertido en todo un experto. Regresa de Estados Unidos convertida en un gran intelectual y tal. Y por eso lo voy a nombrar presidente del Inciba”.
—Caramba.
—La sorpresa fue mayúscula. Porque era la desaparición del Inciba y la creación del Ministerio de la Cultura. Esa noche no dormí de la emoción. Ministro de la Cultura era lo que menos me había imaginado yo. Pasó que a los dos días la noticia la publicó el gordo (Jesús) Lossada Rondón en su columna de El Nacional.
—Miraflores a la Vista.
—Informaba que yo iba a ser el primer ministro de la cultura. Pero al día siguiente me llamó Carlos Andrés para informarme que lamentablemente no podía nombrarme. Porque Rómulo, con quien no tenía precisamente muy buenas relaciones, había ejercido una presión muy grande, le había dicho que bajo ningún concepto me nombrara ministro. Para Rómulo, yo era comunista y Carlos Andrés no podía entregarles la cultura a los camaradas.
—Presión directa de Betancourt.
—Sí, de Betancourt. Porque Juan Liscano, que era amigo mío, no amigo íntimo, pero conocido, amigo de cierta confianza, tenía un candidato, que no me acuerdo cómo se llamaba, que fue a quien nombraron. Un poeta. No sé cuál. (Se supone que fue Luis García Morales). Juan Liscano era muy amigo de Rómulo y le planteaba los puntos. Y Carlos Andrés me dijo: “Armandito, por este caso yo no voy a nombrarte, no voy a buscar un pleito, otro pleito más con Rómulo. Yo voy a abrir la embajada en China. Si quieres, te nombro. Que seas el primer embajador de Venezuela en China”. Le respondí que lo iba a consultar. Consulté ese día con Cristina y su respuesta fue: “Te irás tú solo”. Era la época de la Revolución Cultural China.
—Interesante período.
—A mí me parecía una oportunidad extraordinaria. No de ser embajador, sino de conocer China, lo que estaba pasando en China. Esa cosa tan extraña y misteriosa. Acuérdate que eso era todo un gran misterio. Total que tuve que declinar el nombramiento. Y luego, de ahí, de todos modos, luego ya me hice amigo de Juan Liscano. Y a través de Juan Liscano, conocí a Tomás Eloy Martínez, a través de Tomas Eloy Martínez conocí a Rodolfo Terragno, y así fue como…
—Llegaste a El Diario de Caracas. De forma que no tuviste ningún tipo de función en ese primer gobierno de Carlos Andrés Pérez.
—No, la amistad presidencial, y que me invitaban a todos los actos.
VII
La otra conspiración
—Te quedaste de director de El Diario Caracas por tiempo cuanto?
—El diario de Caracas arrancó el 2 de mayo de 1979. En diciembre de ese mismo año vino la crisis de los argentinos. Se fueron los directores de área. El único que quedó fui yo. Y yo no estaba en Caracas en esas navidades. Yo tenía un velero, esa es una de mis pasiones. Estaba con mis hijos navegando por las islas del Caribe. En esa época no había manera de comunicarse telefónicamente. Después del Año Nuevo regresó a Caracas y me entró de la crisis y de que Diego Arria había decidido nombrarme director. Desde enero de 1980 hasta que apareció una denuncia contra Diego Arria y contra Luis Teófilo Núñez Arismendi, director del diario El Universal.
—La denuncia por los terrenos de Antímano.
—Exacto. Ellos se fueron en el yate de Luis Teófilo. Se marcharon a Curazao. Ningún recuerdo. Se generó una crisis en el periódico, hubo un aumento de capital, ya que la crisis era tremenda. Y el grupo 1BC, del canal 2, de Radio Caracas Televisión, que tenía el 59% de las acciones, planteó una ampliación de capital. En consecuencia, Diego quedó por fuera. Se creó una situación muy tirante. Yo renuncié y nombré director a Rodolfo Schmidt que era secretario de redacción. Quedé como colaborador. Con una página los domingos y dos columnas entre semana.
—Recuerdo tus columnas. Tus columnas eran políticas y salpicadas de mucha polémica. Y la página que se llamaba…
—El trabajo y los días. Era una página entera, que la había comenzado siendo directora. Hace dos columnas entre semana. Analizaba lo que estaba pasando.
—Era el gobierno de Luis Herrera y por supuesto tú estabas en la oposición.
—Nosotros estábamos en crisis prácticamente desde el primer momento del gobierno de Luis Herrera. Por una foto. ¿Te acuerdas de la foto de primera en El Diario de Caracas? Las hacía un fotógrafo extraordinario, Luigi Escotto. Y Luigi capturó a Luis Herrera comiendo unos raviolis, justo en el momento que tenía la boca abierta y metiéndose los raviolis en la boca. Esa fue la foto de primera. Luis Herrera montó en cólera. Yo no conocí a Luis Herrera, yo no lo conocí y me hice muy amigo de él, me cayó muy bien. Él iba a hacer un viaje por los países de la OPEP y nos desinvitaron, y vetaron a El Diario de Caracas de todas las actividades presidenciales.
—Esa foto es histórica.
—Era la misma época del caso del Sierra Nevada contra Carlos Andrés Pérez. Y, claro, yo era amigo de Carlos Andrés y amigo de Diego Arria. Imagínate tú: el amigo de Carlos Andrés. Y resultó que un día, y esto es una anécdota muy divertida, muy escandalosa, un día me llamó Diego y me dijo: “Tú sabes que mi compadre”, yo no sabía que eran compadres, “Eduardo Fernández cumplió hoy cuarenta años”, no sé qué día, pero por la fecha de nacimiento de Eduardo puedes averiguar la fecha exacta (18 de octubre de 1980), “y Oswaldo Álvarez Paz hace ahora en su casa un pequeño brindis y yo estoy invitado y no Puedo ir de modo que, por favor, ve tú en representación mía y del periódico”. Y así me voy esa noche para casa de Oswaldo a quien tampoco conocía, pero con los años llegamos a ser íntimos amigos. Llegué pues a casa de Oswaldo, ingenuamente y de buena fe a celebrar. Y resultó que ahí no había una gran fiesta sino un grupito muy pequeño de ni siquiera copeyanos sino de calderistas, y yo me sentí absolutamente fuera de lugar. El único que faltaba allí era Caldera. Tuvimos que esperarlo largo rato. Yo no sabía qué hacer, porque me sentía muy incómodo en aquel mundo, muy reducido, ante lo que era el cogollito calderista de Copei. Al final llegó y se metió en la biblioteca de Oswaldo y fue llamando uno por uno a los siete u ocho dirigentes que se encontraban allí. Al primero que llamó fue a Eduardo. Cuando Eduardo salió me llamó aparte y me dijo: “Oye, Caldera nos ha traído un bombazo. Es el acuerdo del Comité de Ética de Acción Democrática condenando a Carlos Andrés por el Sierra Nevada”. Me quedé electrificado. El documento se lo había mandado Rómulo a Caldera. Sin pensarlo dos veces me despedí y me fui para el diario. Y cambiamos la primera página del periódico. con aquel bombazo.
—Diste la primicia.
—Dimos la primicia de la conspiración.
—Porque era una conspiración.
—Que involucraba a Caldera ya Rómulo contra Carlos Andrés. Imagínate tú la que se armó.
—Eran Caldera, Rómulo y Luis Herrera, ¿los tres juntos?
—Luis Herrera no sé si estaba involucrado en la conspiración. Rómulo y Caldera sí. Esos sí porque Andrés Eloy Blanco, miembro del comité de Ética de Acción Democrática, le llevó a Rómulo a su casa, Pacarigua, el acuerdo del Comité de Ética.
— ¿Por qué querían matar a Pérez? Estaba recién salido del gobierno. ¿Por qué querrían destruirlo desde tan temprano?
—Pérez era un problema muy serio. Y tan serio que finalmente lo lograron en el segundo gobierno.
—Pero ¿por qué en ese momento querían destruirlo? ¿Es que Pérez era muy grande entonces?
—Era el líder del Tercer Mundo. La imagen de la Gran Venezuela. Acuérdate: aquel primer gobierno de Carlos Andrés fue esplendoroso, grandioso. El pleno empleo. Los viajes por todo el mundo. El precio del petróleo se había triplicado y entonces era la danza de los millones.
—Y entonces temían que se religiera. ¿Ya desde ese momento tenían ese temor de la reelección?
—No, querían destruirlo. En la política venezolana lo que no falta es la envidia. Todo es así. Bueno, en todas partes, son terribles. Son verdaderamente terribles.
—Volviendo a octubre de 1980. Das ese tubazo. ¿Y qué pasó al día siguiente con ese tubazo?
—Se desencadena todo un proceso. Hay una votación en el Congreso.
—Y Carlos Andrés gana por un pelo. Por los votos de José Vicente Rangel y los comunistas.
—Exacto. Por el respaldo de Jóvito Villalba, que estaba resentido porque Rómulo le había dicho que era un cadáver insepulto.
—Estoy de acuerdo.
—Y eso no le gustó para nada, como es natural, a Jóvito.
—Y la venganza de Jóvito fue ese voto. El de Rangel. Y hubo otro voto a favor de Pérez, el de Alonso Ojeda Olaechea, que era el diputado del Partido Comunista.
—Pero todo eso fue por la influencia de Jóvito, y ahí viene la relación, yo me imagino también, con José Vicente Rangel, que posteriormente derivó en catastrófica.
VIII
Así me involucré con Jaime Lusinchi
—Por esos días del Sierra Nevada también conociste a Jaime Lusinchi
—Después de esa votación a favor de Carlos Andrés y descartado el tema de Sierra Nevada, David Morales Bello organizó en Rubio un acto de desagravio a Carlos Andrés. En aquel momento ya Jaime Lusinchi era secretario general de Acción Democrática. Y no se encontró en Venezuela, no ayudó al acto de Rubio. Días después, me llamó Laura Robles, su secretaria, para decirme que Jaime no había ido porque estaba en Filadelfia, donde estaba estudiando un hijo suyo. Que no había conseguido pasaje. La verdad es que Celestino Armas, que acompañaba a Jaime en ese viaje, lo había convencido de que no era conveniente que se vinculara con Carlos Andrés en aquel momento porque podía afectar su aspiración presidencial. Jaime ya estaba resentido por el tema de que Pérez había apoyado a Luis Piñerúa Ordaz y no su precandidatura para la nominación presidencial de AD contra Luis Herrera. Esta era una factura que quedó pendiente. Yo escribí todo esto en una columna. De pronto mi secretaría, al día siguiente de publicar la columna, me informó que el senador Jaime Lusinchi me llamó por teléfono. No lo conocía para nada. Jaime era un tipo amable, simpático, buena gente, pero era como el Alkaseltzer, a veces se metía unos arranques de furia para luego quedar en nada. Así que de repente aquel hombre, como un energúmeno, estaba diciéndome de todo por teléfono, y yo, oiga, senador, cálmese, cálmese, tómeselo con calma, mire que le va a dar algo. Estaba indignadísimo. “Tenga en cuenta usted que a mí no me maneja nadie. Yo soy dueño de mis actos”. Total que terminó invitándome a almorzar para explicarme la situación. Ese mismo día me invitaron a almorzar. Entonces yo fui al almuerzo, yo fui almorzar con Jaime, pero me llevé a Manuel Felipe Sierra, me llevé a Nicolás Rondón Nucete, los dos trabajaron ya conmigo en el periódico, para que fungieran de testigos del encuentro; No quería estar solas con Jaime. A mí me gusta siempre en estas cosas tener testigos. Almorzamos los cuatro en el Bravamar. (El restaurante quedaba en La Castellana). Nos caíamos muy bien y nos hicimos muy amigos desde entonces, Jaime y yo. Y tanto que terminé incorporándome a la campaña de Jaime en 1983. Y ganamos las elecciones. Esta historia la conté en el libro que tú editaste en Madrid, Votar es la cosa más sabrosa. Una historia electoral de Venezuela.