16 C
Buenos Aires
Saturday, July 25, 2026
More

    Francisco Soto: un testimonio de vida entre los escombros

    Francisco Soto y su esposa, Deomaris Matano podía verso, pero todavía podía tomarse de la mano. Sobre sus cuerpos descansaban los restos del edificio Tamiami y una placa de concreto que se desplazaba ligeramente cada vez que la tierra volvía a temblar. En aquel espacio mínimo, atravesado por fragmentos de la cocina, madera y escombros, ella alcanzaba la cadena que él llevaba en el cuello. De ella colgaba un Cristo. Aferrados a ese símbolo, rezaron durante la noche.

    Francisco tenía una pierna lesionada. Deomaris, atrapada debajo de él, apenas podía moverse. El aire escaseaba, el calor aumentaba y no tenían una gota de agua. Él permaneció 17 horas bajo las ruinas; ella, 22. Entre ambos sostenían una conversación destinada a mantener despiertos, unidos y con alguna esperanza, aunque durante largos momentos creyeron que aquel espacio terminaría convertido en su sepultura.

    Una tarde que cambió en 40 segundosEl 24 de junio había comenzado para ellos como una tarde cualquiera. La pareja se preparó para ver un partido de fútbol y decidió quedarse en casa. Abra el sofá cama situado frente al televisor de la sala, cerca del balcón de su apartamento en el séptimo piso.

    Poco después sonó una alarma en uno de los teléfonos de Deomaris. Era un sonido que Francisco no recordaba haber escuchado. Cuando intenté mirar la pantalla, comenzó el movimiento.

    “Me pareció raro. Cuando fui a agarrar el teléfono para verlo, empezó a temblar. Le dije a mi esposa: ‘Está temblando, vida'”, recuerda.

    Eran las 6:04 de la tarde. No tuvieron tiempo de levantarse ni de buscar una salida. El edificio comenzó a balancearse, el televisor se vino abajo y una pared se agrietó ante sus ojos. Para cuando comprendieron que no se trataba de un temblor menor, la estructura ya estaba colapsando.

    “Todo pasó en 40 segundos. Lo que me quedó fue abrazar a mi esposa y esperar la caída”.

    Francisco no describe un descenso libre, sino una sucesión de impactos. El inmueble fue cediendo nivel tras nivel mientras ellos permanecían abrazados sobre el sofá cama.

    “Fue una caída como un naipe, piso por piso. Fuimos cayendo hasta que el edificio no se movió más”.

    Rescate de Francisco Soto | cortesiaDurante esos segundos, ambos esperaron el impacto definitivo. “Pensamos que íbamos a morir. Esperábamos el golpe final, el golpe que acabaría con nuestras vidas. Pero no fue así”.

    El colapso total del TamiamiEl edificio Tamiami, ubicado en Caraballeda, estado Vargas, sufrió un colapso total durante el doble terremoto del 24 de junio. No quedó parcialmente afectado ni en condiciones de ser rehabilitado: sus ocho plantas residenciales se desplomaron sucesivamente, una sobre otra, “como un juego de naipes”. La edificación, construida en 1975, tenía nueve niveles: ocho pisos de apartamentos y una terraza.

    Según el testimonio confirmado de Francisco Soto, más de 40 personas se encontraban dentro del inmueble. Algunos consiguieron salir, otros murieron durante el derrumbe y ocho fueron rescatadas con vida al día siguiente. Francisco cayó desde el séptimo piso y quedó atrapado aproximadamente a la altura del tercero. Permaneció 17 horas bajo los escombros; su esposa, Deomaris Mata, estuvo atrapada durante 22 horas.

    En términos técnicos y periodísticos, el Tamiami debe clasificarse como una edificación con pérdida estructural total, convertida en una masa compactada de placas, muros, madera y restos de los apartamentos.

    Atrapados casi a la altura del tercer piso.Cuando cesó el derrumbe, continuaron vivos. Sobre ellos había una placa de concreto. A su alrededor reconocieron partes de su apartamento: el microondas, objetos que habían estado sobre el mesón y restos de la isla de la cocina. Todo había quedado comprimido hasta reducir casi por completo su movilidad.

    Francisco terminó encima de Deomaris. Una de sus piernas la presionaba y las extremidades de ambos quedaron aprisionadas por un muro que sostenía la placa. Una madera ubicada detrás de él le impedía elevar el cuerpo para liberar a su esposa. No podía mirarse cara a cara; el mesón atravesado y la oscuridad anulaban cualquier contacto visual. Sí podía hablar y darse cuenta de la mano.

    “Nos abrazamos cuando empezamos a caer. Después, yo quedé con las piernas encima de ella. Lo único que podíamos hacer era darnos la mano, pero no teníamos contacto visual”.

    Las primeras preocupaciones fueron sus familias. Deomaris pensaba en su hijo, sus padres y sus sobrinos pequeños. Francisco, en sus hijos y en sus padres. Ninguno sabía si el terremoto había afectado solamente a Tamiami o si la destrucción se extendía por toda Caraballeda.

    Francisco Soto y su esposa Deomaris | Ipaniza”Nos preguntábamos cómo estarían nuestras familias. Ojalá no les hubiera pasado nada. No teníamos idea de la magnitud del suceso”.

    Al principio intentaron convencerse de que el rescate llegaría pronto. Estaban vivos, podían comunicarse y todavía tenían fuerzas. Pero comenzaron las réplicas. Cada nuevo movimiento desplazaba la placa y el muro, que descendían un poco más sobre sus cuerpos.

    Gabriel Echenique rescató a Francisco Soto ya su esposa | cortesia“Ese era nuestro mayor temor: morir aplastados”.

    El silencio bajo las ruinasLa oscuridad agravó la angustia. Deomaris padece claustrofobia y debía contener el miedo en un lugar donde apenas podía moverse. Francisco sintió un dolor creciente en una pierna que ya había sufrido lesiones anteriormente. Ambos procuraban respirar lentamente y evitar movimientos innecesarios para conservar el poco aire disponible.

    La falta de oxígeno y la seda se volvieron desesperantes durante la noche. El calor aumentó y la deshidratación debilitó sus cuerpos. No tenían agua ni sabían cuánto tiempo podrían resistir en aquellas condiciones.

    Al principio escucharon gritos provenientes de otros lugares. Poco después, las voces comenzaron a apagarse. Francisco recuerda que el silencio terminó por ocuparlo todo.

    “El silencio era tenebroso. Ni siquiera una sirena se escuchaba”.

    La ausencia de sonidos les hizo pensar que la destrucción era mucho mayor de lo que imaginaban y que los equipos de rescate podían tardar. Aun así, continuaron hablándose. Cuando uno perdía fuerzas, el otro intentaba sostenerlo con la voz. Rezaron una y otra vez. Aunque no podían verso, permanecían unidos por las manos y por la cadena con el Cristo.

    Con el paso de las horas, la esperanza disminuyó. Francisco asegura que su mayor temor no era únicamente morir, sino hacerlo lentamente bajo el peso del concreto.

    “Nuestra angustia era morir con dolor, morir lentamente. Esa era nuestra mayor preocupación”.

    Una despedida para la familia.En medio de esa incertidumbre, Francisco tomó el teléfono y comenzó a grabar. No tenía señal para comunicarse con sus familiares. Decidió dejar el dispositivo desbloqueado para que, si ambos morían y alguien recuperaba el aparato, sus hijos y sus padres pudieran escuchar sus últimas palabras.

    “Grabé el video con la intención de que quedara documentado lo que estábamos viviendo y dejar una despedida para nuestra familia”.

    Mientras se despedía de sus hijos y de sus padres, Francisco se quebró. Según relata, Deomaris lo acompañó con su voz y trató de devolverle fuerzas. La grabación no había sido pensada para las redes sociales ni para alcanzar una audiencia. Era un mensaje concebido ante la posibilidad de que ellos no volvieran a salir.

    Francisco creía entonces que las probabilidades de sobrevivir eran escasas. El dolor, la falta de agua, el poco aire y la posición de sus cuerpos reducían cada vez más su capacidad de resistir. “Era muy difícil que pudiéramos sobrevivir”, reconoce.

    La voz de JoséCerca de las 11:00 de la mañana, una voz atravesó las ruinas. Era José, hijo de un vecino, que buscaba a su padre. Francisco y Deomaris reunieron las fuerzas que todavía conservaban y comenzaron a pedir auxilio.

    “Sacamos fuerza de donde no teníamos. Gritamos y gritamos y, gracias a Dios, nos escuchó”.

    Francisco se identificó y explicó que él y su esposa pertenecían al séptimo piso y estaban atrapados. José alertó a quienes participaban en los trabajos de búsqueda. Saber que alguien los había localizado cambió el sentido de la espera.

    “La esperanza volvió a nuestras vidas”.

    Francisco comenzó a repetirle a su esposa que sería rescatados. Si hubieran soportado toda la noche, podrían resistir unas horas más. Sin embargo, escucharlos no significaba que fuera posible sacarlos de inmediato. Había que localizar con exactitud el pequeño espacio sin desplazar la placa que los protegía y, al mismo tiempo, los amenazaba.

    Francisco distinguió una franja por la que entraba algo de luz y orientó desde dentro a los rescatistas. Poco a poco retiraron los escombros hasta poder ver a la pareja. Lo primero que pidió fue agua. “Estábamos deshidratados. Nos dieron agua y agarramos un poco más de fuerza”.

    Una salida abierta con cuchillos y un serrucho.La extraccion fue lenta y compleja. Según Francisco, quienes llegaron hasta ellos no contaban inicialmente con todas las herramientas necesarias para cortar los obstáculos. Mover la placa podría provocar un nuevo colapso. El sofá cama, deformado por el derrumbe, también bloqueaba la única salida posible.

    Francisco debía retirar la pierna lesionada de un hueco y cambiar de posición. Deomaris, todavía debajo de él, lo animó a realizar el esfuerzo. El movimiento agravó la fractura hasta convertirla en una herida abierta. Estuvo cerca de perder el conocimiento, pero consiguió acomodarse para que los rescatistas continuaran.

    Una vez abierto un pequeño acceso, comenzó a cortar el sofá cama. Primero utilizaron cuchillos; al encontrarse con la estructura de madera, recurrieron a un serrucho. Francisco fue extraído primero. Deomaris permaneció cinco horas más bajo los escombros hasta que los rescatistas lograron liberarla.

    Al salir, Francisco levantó la mirada al cielo. “Lo primero que hice fue mirar al cielo y agradecerle a Dios por darme una oportunidad más en la vida”.

    El dolor era intenso y tenía la pierna gravemente lesionada. Fue trasladado al Hospital José María Vargas, del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales, donde, según explica, recibió atención inmediata: lo estabilizaron, limpiaron la herida en quirófano e inmovilizaron la fractura.

    Francisco atribuye a la fe una parte esencial de la resistencia que los mantienen unidos. También agradece a José ya quienes participaron en la búsqueda y extracción, entre ellos integrantes de Ángeles de la Autopista, nombre con el que recuerda al grupo que llegó hasta ellos cuando la esperanza parecía agotada.

    La vida después de los escombrosLa historia no terminó con el rescate. Sobrevivir significa ahora afrontar las lesiones, el impacto emocional y la pérdida de la vivienda donde habían construido su vida. El video grabado como despedida terminó convertido en testimonio: las palabras destinadas a ser escuchadas después de su muerte llegaron a la familia cuando Francisco y Deomaris todavía estaban vivos.

    La supervivencia de Francisco y Deomaris conviven con la memoria de quienes no lograron regresar. El propio relato conserva los gritos que se apagaron durante la noche y la conciencia de que otras familias no recibieron la misma oportunidad.

    “Salir de los escombros fue como volver a nacer. Esta experiencia me enseñó que la vida puede cambiar en segundos, que cada día es un regalo y que una segunda oportunidad también implica el compromiso de vivir con mayor gratitud, amor y conciencia”.

    Francisco sabe que permanecer con vida no elimina las pérdidas ni resuelve el futuro. Comenzar de nuevo exige recuperar la salud, reconstruir un hogar y aprender a convivir con lo ocurrido. También supone preguntarse por qué algunas personas sobrevivieron mientras otras murieron, una pregunta que atraviesa las historias de quienes quedaron a ambos lados de los escombros.

    “Mi esposa y yo tendremos que comenzar desde cero, pero estamos vivos y juntos. También llevamos en el corazón a quienes no lograron salir ya todas las familias que hoy lloran a sus seres queridos”.

    Su agradecimiento se extiende a quienes los buscaron, oraron por ellos y continúan acompañándolos. En aquella oscuridad, la primera voz no borró el dolor ni las pérdidas, pero abrió una posibilidad que creían extinguida.

    “Nunca olvidaremos que, cuando estábamos rodeados de oscuridad, ustedes llegaron hasta nosotros y nos devolvieron la esperanza”.