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Monday, June 22, 2026
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    ¿Por qué tienen tanto miedo?

    María Corina Machado y el secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, en Washington. Foto: @MariaCorinaYA“Hombres de poca fe, ¿por qué tienen tanto miedo?
    Entonces se levantó, reprendió a los vientos y las olas,
    y todo quedó completamente tranquilo” (Mateo 8:26-28).

    Cualesquiera sean tus creencias, hermana, hermano, nuestro Supremo Autor del Universo, a través de su creación, nos demuestra a cada paso su perfección y el infinito amor que tiene para todos.

    Mirando al mundo en su conjunto, y desde la realidad venezolana, debemos concluir que es el momento de echarnos el miedo a la espalda para cambiar. Es nuestro deber unirnos de nuevo; es decir, reunirnos más y mejor acompañados para concertar e implementar que eviten que se prolongue nuestra tragedia venezolana, enmendando medidas errores e inconsistencias.

    Es preciso que el gobierno de Estados Unidos convoque a todos aquellos que no solo podemos contribuir a la conclusión de la fase de estabilización básica, sino también a iniciar desde ya una forma más franca y sin temores de implementar medidas que ofrezcan soluciones inmediatas a nuestros gravísimos problemas como sociedad, que no son únicamente tecnocráticos.

    Más que soluciones necesarias de mediano y largo plazo, se requieren medidas no solo importantes y urgentes, sino vitales. Por ejemplo, la liberación de todos los prisioneros, la atención de los enfermos y el inicio de la reparación de las víctimas de la narcotiranía genocida.

    Lo anterior aplica por sentido humanitario y por sentido común como parte de una estrategia complementaria ante la desastrosa realidad. Cuando se están salvando vidas después de una gran catástrofe o guerra, esto es imprescindible. Como no se pudo hacer, por ejemplo, cuando Chávez Frías denegó, tras recibir órdenes de Fidel Castro, la ayuda que ya venía en camino desde Estados Unidos, precisamente el día del referéndum para aprobar la actual Constitución, el 15 de diciembre de 1999.

    Hemos sufrido, desde hace más de un cuarto de siglo, una guerra de represión criminal por parte de la narcotiranía castrochavista contra nuestra ciudadanía desarmada. Sin usar bombas convencionales, como las empleadas el 3 de enero por los Estados Unidos de América contra defensores de la tiranía, es preciso reafirmar que los responsables no se someterían sino ante una fuerza firme, luminosa y libertaria, en este caso proveniente de nuestro aliado fundamental: los Estados Unidos de América.

    Ahora se espera de ese aliado el reconocimiento de la lucha y de nuestros héroes, quienes se han sacrificado profundamente por la libertad, muchos de ellos incluso desde su territorio.

    En 2019, utilizando métodos de terrorismo de Estado, capturaron al capitán de corbeta Rafael Ramón Acosta Arévalo, desapareciéndolo forzosamente y torturándolo hasta provocarle la muerte. El 15 de enero de 2018, acabaron con la vida de Óscar Pérez, disparando un mortero a la cabaña donde se encontraba, a pesar de estar dispuesto a negociar su entrega ante la Fiscalía General de la República. Lo asesinaron no solo a él, sino también al grupo que lo acompañaba, incluyendo civiles y una mujer embarazada.

    Con métodos igualmente letales, como el uso de bombas lacrimógenas, asesinaron al joven estudiante Juan Pablo Pernalete el 26 de abril de 2017. Antes, el 12 de febrero de 2014, Día de la Juventud, asesinaron a otro joven estudiante, Bassil Da Costa. Todo ello configura una suerte de exterminio del ciudadano, una forma de guerra de genocidio y asedio contra una población desarmada.

    Al generar todo tipo de carencias esenciales —alimentos, agua, electricidad, entre otras—, millones de personas se vieron obligadas a huir de sus hogares, muriendo muchas en el camino hacia otros países, en un éxodo sin precedentes en América.

    Debemos acelerar la aplicación de medidas humanitarias como las que hoy exige el pueblo venezolano, dentro y fuera de su territorio. Dentro del país, es prioritario atender, a la par, las exigencias de quienes esperan ser liberados. Por ello, todos debemos socorrerlos y brindarles no solo ayuda material, sino también el abrazo solidario, el amor y el consuelo ante tantas pérdidas morales y materiales.

    ¿Qué nos permitiría avanzar más rápidamente hacia una era de salud y prosperidad para nuestra nación? Resulta llamativo el reclamo dirigido a los Estados Unidos, bajo la dirección del presidente Donald J. Trump, sobre la forma en que decide el destino de nuestro país. Basándose en nuestros propios miedos e incapacidades para acordar y sostener una salida pactada —opción manipulada hasta el agotamiento mediante represión, tortura y asesinato—, dicha posibilidad se volvió inviable. Hoy temen que, al agilizar la excarcelación de sus víctimas, las consecuencias se desborden y los arrastren. Ellos hacen bien en temer; nosotros, los libertarios, no.

    No cabe duda de que las dudas y la desconfianza en el cumplimiento de los acuerdos pueden seguir retrasando la estabilización y recuperación de Venezuela. Lo que nos mantiene secuestrados son esos factores inmorales que, por encima de cualquier otra consideración, siguen operando y retrasando las decisiones: a) sus finanzas yb) el temor a represalias cuando se ven obligados a dejar el poder.

    Antes que pensar en reparar el daño causado a una nación ultrajada y humillada, buscan protegerse entre ellos y resguardar sus fortunas obtenidas de manera descarada. Como si realmente pudieran disfrutar de esas riquezas, mientras la vida se nos escapa a todos en medio de sus excesos, sin garantía alguna de poder conservarlas.

    En este mundo, el dicho popular venezolano “pescuezo no retoña” advierte que es mejor que quienes deban irse, lo hagan ya. Pensar que Venezuela olvidará y aceptará pasivamente la permanencia de quienes la destruyeron es una ilusión. Sabemos que sin justicia transicional no habrá solución definitiva.

    Con nuestra fe en Dios y en la nación venezolana —en su capacidad, resiliencia y resistencia—, confiamos en que la etapa transicional avanza. Será una etapa de fe profunda, capaz de hacernos caminar sobre aguas turbulentas y enfrentar el mar abrazado con las acciones necesarias.

    Quienes abrazamos la fe cristiana sabemos que habremos de resucitar en el amor del Señor, sin odio ni rencor, pero con justicia. Debemos superar la desconfianza, la duda y el temor a la traición entre nosotros.

    Como cada abril que anuncia la luz de la primavera, recordamos que los cambios han marcado la historia de la humanidad. Nuestro reconocimiento eterno es y será para todos los héroes que han luchado por recuperar la libertad y la democracia. Así renacerán, en el amor de las nuevas generaciones, siempre.