La saña con la que el régimen desde sus inicios ha reprimido a todo tipo de disidencia, aún lo caracteriza. Va más allá de ser una hostilidad: es un inmanente trastorno conductual de un grupo de gobernantes incapaces, acomplejados y resentidos, que han pulverizado los derechos sociales e individuales del pueblo venezolano. La satisfacción y placer grupal por el daño que provocan, bien merecería concebirlos como comportamientos cargados de sadismo. De qué otra manera se explicaría la desaparición sistemática de todo orden, principios y valores, que le permitían a los venezolanos una vida digna con expectativas de mejorar su calidad.
Siguen tachando las lecciones de un pasado histórico y ejemplarizante, pero también le han privado el futuro a dos generaciones en poco menos de tres décadas. Son regentes de un bucle que por tal pareciera no cesar. Así transcurre la era de Delcy: forma parte de esa estructura de programación que le permite al chavismo repetir un conjunto de instrucciones, para seguir detentando indefinidamente el poder a costa de lo que sea, incluso de sumisión, simulación y traición.
A eso nos enfrentamos los venezolanos en una fase tutelar de estabilización que supone el saneamiento del país para mejorar y corregir la situación económica. Evitar el colapso es un valor agregado que a la fecha solo ha sido un recurso de manipulación del régimen para reproducir más de lo mismo. No ha mejorado ni se ha corregido la situación económica del país; antes, por el contrario, el deterioro se hace cada día más patente. Aprovecha el régimen para responsabilizar a los tutores por esta situación, alegando aguas abajo que aprueban leyes y entregan las riquezas, pero no les alivian las sanciones. Vaya forma de tapar su incompetencia y de querer lavarle la cara al régimen en momentos contestatarios que igual han puesto de nuevo en el ojo del huracán a la “dama de rojo”, por sus actividades en el imperio.
Al respecto, cabría preguntarse sobre cuál sería el desenlace y las consecuencias, en caso de que la tutelada mute en una especie de instituto autónomo o sea definitivamente considerada reo de la justicia norteamericana. En un escenario como ese, ¿qué haría el tutor? ¿Seguiría apostando a la implosión del régimen por mano propia o daría un paso para avanzar con más determinación, despejando el camino hacia la democracia?
Si algo claro ha quedado de manifiesto -luego del 3E- es la ineficacia normativa y la manipulación de las instituciones secuestradas por el régimen que caracterizan la inexistencia de un Estado de derecho. Es un último y por tanto irrepetible. Esta provisionalidad tutelada es una etapa inédita en el país; por sui generis es ajena a la ortodoxia. Valerse discrecionalmente de un manojo de normas -para burlar con plastilina los objetivos del tutor- no parece ser una buena señal del régimen. Como tampoco lo serán las designaciones de altos cargos del poder público emanadas de instituciones secuestradas para pretender apalancarse en esos espacios con hechos cumplidos.
El retorno de María Corina se perfila más cada día, vendrá a tiempo, cuando corresponda. Con ese paso, su liderazgo legítimo y legitimador se incrementará exponencialmente. Por su trayectoria, conoce con propiedad el tema electoral y sugiere elecciones en 10 meses. Sabe de la situación real del país y de la gestión chucuta del interinato. Su presencia marcará un nuevo rumbo en Venezuela.
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