El aprieto de legitimidad que recorre las democracias presenta rostros diversos, pero idéntica zozobra. Un trono vacío de la democracia. No por ausencia de poder, sino por carencia del contrato implícito entre gobernantes y gobernados, médula del orden democrático. En Venezuela y en las democracias occidentales, una pregunta resuena con desesperación: ¿hay alguien ahí fuera que nos represente? La respuesta es silencio ensordecedor y en política, como en la naturaleza, lo desocupado siempre encuentra quien lo ocupa.
Venezuela ofrece la crudeza de un laboratorio político involuntario. La tentación de ciertos sectores opositores de claudicar presentando la rendición como pragmatismo, al aceptar “estabilizaciones” sin cronograma, gestionadas por quienes desmantelaron las instituciones. Es una fórmula para el estancamiento. Las transiciones exitosas enseñan que solo operan con cronogramas claros y justicia transicional. La Comisión de la Verdad en Sudáfrica o los plazos electorales verificables en Chile demuestran que, sin justicia y legitimidad, la estabilidad es un espejismo. Proponer otra cosa para figuras señaladas por crímenes de lesa humanidad es sembrar la próxima crisis.
Pero el trance de legitimidad no es un fenómeno venezolano, sino un incendio global. El populismo no es anomalía histórica ni meteorito destructor, es el síntoma de un vacío. El ruido que emerge cuando las élites políticas, intelectuales y económicas ignoran cómo las grietas sociales se ensanchan. Durante décadas, centros del poder trataron preocupaciones ciudadanas, inseguridad laboral, desigualdad estructural y vértigo ante el cambio cultural, como sentimentalismos de poca estimación. Tecnócratas explicaban ajustes con gráficas a audiencias maltratadas; partidos tradicionales repetían eslóganes con olor a naftalina; Los intelectuales debatían en revistas de pago sobre posverdad sin conocer la realidad de quienes no podían sobrevivir. Estudios muestran que, en países como Francia o Estados Unidos, más del 60% de los ciudadanos siente que las élites no los escuchan. Ese es el vacío perfecto.
El auge populista no es un accidente, sino consecuencia de lógicas de políticas sin relación humana, la globalización presentada como dogma incuestionable y la comodidad de quienes se sentían sin ataduras. El problema no es solo de volumen, las élites a veces hablan, pero en un idioma que la ciudadanía no reconoce como propio. Han confundido mediación institucional con imposición oligárquica y cuando esa articulación se percibe como tapadera de privilegios, se convierte en combustible del incendio.
Venezuela y las democracias occidentales presentan patologías distintas, una sufre asfixia autoritaria, las otras crisis demagógicas, pero comparten el mismo diagnóstico, ruptura del contrato de representación. Unas aún tienen oportunidad de reconstituirlo antes de que el andamiaje colapse. Venezuela muestra lo que ocurre cuando esa oportunidad se desaprovecha, contrapesos erosionados, instituciones rehenes y lo que queda no es estabilidad sino su parodia, el orden del miedo.
La solución exige honestidad intelectual. La oposición democrática venezolana tiene deberes irrenunciables, defender principios no negociables, separación de poderes, elecciones libres, justicia independiente y construir coaliciones basadas en valores, no en tacticismo. Venezuela no necesita mesías, sino instituciones que hagan prevalecer el Estado de derecho. El desafío es reconstituir los canales rotos de representación desde la escucha, no desde la condescendencia; desde el servicio, no desde la prerrogativa. La democracia necesita cuadros que traduzcan lo complejo en comprensible y construyan puentes genuinos entre gestión y ciudadanía.
Pero hay una tensión irresuelta entre la urgencia moral del presente y la paciencia que exige la obra institucional. No podemos sacrificar la primera porque sería complicidad con el sufrimiento, ni hipotecar la segunda. La sabiduría política consiste en sostener esa tirantez sin ceder a ninguno de sus extremos.
La tierra democrática existe. No se alcanza con vericuetos morales ni silencios cómplices. Se construye con la difícil tarea de hacer que vuelva a pertenecerse, instituciones que no se doblegan, élites que escuchen antes de hablar, ciudadanos que exijan sin claudicar. El sillón vacío es una advertencia, no una sentencia. La pregunta es si habrá coraje colectivo para ocuparlo con dignidad antes que lo haga la demagogia.