10.9 C
Buenos Aires
Wednesday, June 17, 2026
More

    La ciudad de la razón, el azar y la cordura.

    ALFONSO X EL SABIO, ARCHIVO”Estas leyes nos hacen pensar en una ciudad en constante movimiento, un laberinto donde el derecho de propiedad tiende a conceder al que edifica y adorna la ciudad por sobre el que abandona sus bienes. No se debían hacer casas en las plazas, ni en los caminos, ni en los ejidos, ni arrimadas a las iglesias. Si un hombre quería hacer torre o casa nueva debía dejar tanto espacio entre su casa y la calle como acostumbran hacerlo sus otros vecinos”

    Por FEDERICO VEGAS

    El Rey Sabio

    La imagen que he escogido para ilustrar este ensayo es un óleo de Joaquín Domínguez Bécquer, un pintor separado de su modelo por más de seis siglos, pero tengo fe en que este rostro, omnívoro y atento, de un hombre que parece prodigiosamente culto, refleja con acertada justicia la estampa de un rey cuya obra abarcó lo visigodo, lo hebreo, lo clásico y, sobre todo, la inmensa e indeleble huella que dejaban los árabes al retirarse. de Sevilla derrotados por Fernando III, llamado el Santo, y padre de Alfonso X, llamado “el Sabio”.

    Estamos a mediados del siglo XIII; aún faltan dos siglos y medio para que los Reyes Católicos reconquistan Granada. Pronto va a morir Fernando III y Alfonso X tomará el mando. Su obra va a cubrir mucho más que las tareas militares y políticas. No sé si antes o después de morir lo bautizaron como Alfonso el Sabio. Lo cierto es que fue una suerte que un sabio heredará a un santo.

    Alfonso X escribió sobre Troya y Atenas, sobre la Virgen María y sobre Venus, de leyes antiquísimas y otras de su invención, del tiempo y los astros, de murallas y plazas, de lo sagrado y lo profano, lo permanente y lo efímero. Diferenció los pecados grandes de los menores, inventó relojes, explicó cómo apostar y cómo maldecir, cómo saber la hora exacta en que se pone la luna, cómo divorciarse, cuáles historias de guerra deben leerse a los caballeros mientras comen. Inició obras infinitas que sólo cesaron de escribirse cuando terminó su reinado y, al mismo tiempo, su vida; también tratados con la libre asiduidad que sólo podía permitirse un rey, y libros breves y gratos, con el espíritu y el desenfado de una travesura real. Un ejemplo de esta segunda opción es su Libro de los juegos.

    Comienza con esta anécdota:

    Un rey de la India citó a sus sabios para preguntarles sobre la esencia de los hechos y las cosas. Uno opinó que era la razón, otro que el azar y el tercero que el equilibrar ambas cosas mediante la cordura. El rey no entendía conceptos tan breves y etéreos y exigió un modelo que explicara cada una de estas tres ideas. Los sabios regresaron después de un año. El primero demostraría las posibilidades de la razón con un juego llamado ajedrez; el segundo reveló el inexorable azar con sólo dos dados; el tercero explicó el devenir que la cordura intenta comprender mediante un juego semejante a lo que hoy llamamos Backgammon.

    La vida de Alfonso transcurrió por tableros y circunstancias similares a las que proponen estos tres juegos con sus amplias e interesantes diferencias.

    TABLERO DE AJEDREZ, LIBRO DE LOS JUEGOS, ARCHIVOLas tramas de la Razón

    Solemos percibir la reconquista de España como obra de los Reyes Católicos. Resulta que lo único que se reconquista en 1492 es Granada; una buena parte del resto de España ya había sido reconquistada unos dos siglos antes, cuando Fernando el Santo, abre las puertas de Sevilla al reconquistarla en 1248. Poco después muere y el poder pasa a su hijo, Alfonso X.

    Cuarenta años después, Sancho el Bravo, nieto de Fernando e hijo de Alfonso, va a sitiar y derrocar a su propio padre en la misma Sevilla. Entre estos notables episodios de santidad, sabiduría, bravura y traición, transcurre el reinado de este Alfonso asombrosamente culto y prolífico.

    Alfonso X recibió como herencia un mundo donde conviven tres culturas, la árabe, hebrea y visigoda. Le apasionaron las tres y se dedicó a organizar esta pluralidad, esta eclosión. Legisló, escribió, investigó, construyó, hizo la guerra y jugó ajedrez. También intentó convertirse en Emperador del Sacro Imperio Romano y agotó buena parte de las arcas de su reino en el intento.

    Al principio, Alfonso sigue a su padre ya su ejército mientras avanzan hacia el Sur contra los invasores que estuvieron cinco siglos en unas tierras que llamaron Andalucía. Hay ejemplos similares en Francia e Inglaterra. En el siglo XIII, bajo el pretexto de una cruzada religiosa contra los herejes albigenses, la región del Languedoc fue conquistada por una empresa militar iniciada por los señores del Norte de Francia y completada por San Luis. La guerra dejó una región, tan despoblada como rica en recursos, que requería de unidades urbanas que integraran un campamento militar con un centro agrícola. Así nacieron las llamadas “bastidas”. Más tarde, también en el siglo XIII, Eduardo I de Inglaterra, construye en sus campañas un modelo militar similar de ciudad como solución al problema de conquistar y ocupar Gales. En ambos casos la solución utilizada era muy similar al castro romano.

    En España el proceso fue semejante. Durante la reconquista del sur se retomó también la fórmula romana del castro como la fórmula más sencilla de organizar rápidamente un ejército para el largo asedio. Las ideas de su tiempo sobre el tema de la ciudad militar las presenta Alfonso X en Las siete partidas. El capítulo XXIII de la segunda partida trata “De la guerra y de las cosas necesarias que pertenecen a ella”. Se define en qué consiste una guerra, cuáles son sus razones, que hace falta conocer antes de hacerla, quienes deben ser los caudillos y “cómo debe ser apostada la hueste”:

    Aposentada debe ser la hueste según la forma del lugar fuera larga, cuadrada o redonda. Y poner las tiendas del Señor en medio, y las de los oficiales que le han servido alrededor de ellas, que están como en manera de alcázar, y todas las puertas de las tiendas deben estar hacia las del Señor, y deben dejar en derredor de esta plaza donde descabalguen los que vienen a ver al Rey…

    Alfonso X conocería a fondo estos tableros de estrategia militar. Durmió cientos de noches en campamentos con un riguroso trazado. El más notorio fue el de Tablada, una pequeña ciudad frente a la asediada Sevilla que duro año y medio. Fue construido con palos y tela, pero era noble y rica, con calles “acompasadas en orden, apuestas y bien ordenadas”. A mayor movilidad y fuerza de la tropa, más precisa debe ser la trama que el albergue, más subyugada por el rigor de la razón.

    Estas experiencias prácticas estaban acompañadas de un cuerpo teórico. En la Edad Media se conocieron, o redescubrieron, tratados militares como el de Vegetius, y un tratado romano llamado Corpus Agrimensorum. El espíritu y rigor de una castro Podía servir de referencia para plantear un campamento, una colonia y hasta un palacio. El Palacio de Diocleciano tiene la planta de un castroy este palacio, a su vez, serviría de referencia a El Escorial a finales del siglo XVI.

    En la Edad Media y en el Renacimiento el castro va a inspirar tanto las soluciones pragmáticas como las propuestas ideales y utópicas. Santa Fe de Granada, el campamento utilizado por los Reyes Católicos para sitiar a Granada en 1482 (hasta la victoria en 1492), parte de una trama muy similar a la del campamento provisional de Tablada frente a Sevilla, y se convertirá en una ciudad estable y permanente.

    SANTA FE DE GRANADA, 1483, ARCHIVOLas redes del azar

    Cuando Sevilla se rinde, la capitulación que impone Fernando III a los árabes (por sugerencia de su hijo) fue muy simple: los moros debían dejar a Sevilla libre, intacta y vacía. Se les concedió un mes de plazo para llevarse sus posesiones y vender todo lo que no pudiera transportar. Y así se marchó de aquella bella ciudad una población que algunas crónicas datan en 400.000 personas. Unos se fueron a Ceutas, otros a Granada, a Jerez y hasta Egipto; algunos volverían, pasado un tiempo prudencial, a Sevilla.

    Una vez que la ciudad quedó vacía, se dejaron pasar tres días guardando a que el viento se llevara el aura y el recuerdo de cinco siglos de historia de la ciudad con más riqueza y densidad de toda Andalucía. Luego, como había sido la costumbre en Murcia, Valencia y Córdoba, mientras los ansiosos ejércitos aguardaban en su campamento, entró en una “Junta de Repartidores” a estudiar, medir y entender la ciudad, para lograr resolver cómo iba a ser repartida entre un ejército de unos 10.000 hombres que esperaban curiosos y ávidos ante una suerte de fantasía.

    La Junta de Repartidores necesitó 40 días para realizar su trabajo. Era también una especie de cuarentena. Entre las tareas previas estaba la de convertir a la mezquita en la Iglesia Mayor de Santa María, donde según los cronistas, “limpia ya de la suciedad y hediondez mahometana, y consagrada”, se celebró misa el día de la entrada triunfal.

    Sin esta repartición llevada a cabo por esta Junta, la ocupación de Sevilla hubiera sido una insólita anarquía llena de conflictos entre los mismos castellanos. La escala y la complejidad de lo que se repartía requirió de un libro voluminoso que inicia Fernando III y continúa a su muerte Alfonso X. Al igual que toda la obra de este rey, el Libro de los Repartimientos de Sevilla rebasa su utilidad práctica y es una enciclopedia sobre el tema, un tratado exhaustivo sobre cómo repartir juiciosamente una ciudad y sus haciendas. Había que adjudicar olivares, palacios, tiendas, baños públicos, casas, una complicada estructura de peones, caballeros, “ricos omes”, sobrinos del Papa, consejos de otras ciudades, órdenes militares, judíos que habían aportado capital y, lo más delicado, entre la propia familia del rey. Era el arte de repartir unido al arte de mantener el control, agradecer los favores y quedar dominando a los favorecidos.

    Había además un problema que se iba a hacer cada vez más evidente: Castilla se estaba despoblando para ocupar Andalucía. Muchas veces resultó más difícil poblar las ciudades de cristianos que vaciarlas de moros. Gran parte de los ejércitos victoriosos querían regresar con sus botines de guerra al Norte.

    El primer censo que se conoce de Sevilla es de 1384, más de un siglo después de su ocupación por Fernando III; para entonces la población no rebasaba los 15.000 habitantes. Sevilla tendría que guardar el descubrimiento de América para volver a ser temporalmente el centro del mundo y llenar con comodidad los espacios urbanos de su antiguo esplendor.

    Imaginemos el alborozo del día en que finalmente entraron las “huestes” a repartirse la ciudad. Los diferentes cuerpos de la tropa se movían con estandartes de diferentes colores mientras desde la torre de la Giralda los iban guiando al sector adjudicado haciéndoles señas con banderines del color correspondiente. Al principio la vida cotidiana en la ciudad transcurría sin nombres de calles ni de lugares. Una persona podía acostumbrarse a un sector y conocerlo, pero no describirlo con nombres sino con detalles del recorrido. Todos eran recién llegados. Lentamente las plazas y las calles tomaron el nombre de la actividad que se desarrollaba en ellas, o de algún personaje notable o evento importante. Aquellas que luego de un tiempo no conseguían apelativo se llamaban simplemente “calle del rey”. Otros sectores de la ciudad tomaron el nombre de sus nuevos habitantes, se dio así un barrio de franceses, de genoveses, de catalanes, y muy pronto, una morería.

    Con el tiempo el problema básico se hizo sentir. Una ciudad sirve a la cantidad de gente que le da forma y Sevilla estaba casi vacía. Después de aquell a primera visita de la Junta de Repartidores le llegó el turno a una nueva junta, llamada “de consolidación”, encargada de señalar las propiedades abandonadas y aquellas que necesitaban reparación urgente.

    El problema del mantenimiento seguía al de la repartición. Los ejércitos cristianos ocuparon una ciudad que había sido sitiada desde campamentos alineados y rigurosos. Habían desarmado un tipo de ciudad para apoderarse de otra que era su opuesto. Se ocupa un territorio donde sobran las viviendas y hasta calles enteras, con más tiendas que mercancías, palacios que gobernantes, tugurios que pobres. De la trama de la razón se pasaba a la red del azar.

    El azar existe en la medida en que se le superpone una visión distinta, un razonamiento que no concibe ni maneja sus leyes. El deseo de cristianizar y poblar implicaba considerar lo anterior como sucio, profano y desordenado. Había que consagrar todo en base a principios distintos. Hay una nueva “razón” que debe llamar a todo lo anterior “ventura”, planteando transformaciones, ajustes, interpretaciones.

    Encontramos ejemplos de esta actitud ante el azar en otro libro de Alfonso llamado El ordenamiento de las tafurerías. Las tafurerías eran casas públicas dedicadas a los juegos de azar. Alfonso X no prohibió el juego, sino que intentó englobarlo y ordenarlo hasta en sus más mínimos detalles. En este “Ordenamiento”, estaban previstos castigos para todas las posibles trampas, y se describieron todas las modalidades y procedimientos del azar: Sobre cómo deben jurar los cristianos. Cómo deben hacerlo si lo hacen sobre los santos evangelios, sobre la santa cruz, o sobre un altar. Cómo deben jurar los judíos y los moros.

    Este ordenamiento de las tafurerías era otro intento para convertir el azar en razón, aceptar la diversidad y luego presuponer todas sus posibilidades a través de la cordura. A la larga, el juego se hizo incontrolable y hubo que clausurar todas las tafurerías, o “tahurerías”, de donde proviene el adjetivo “tahúr”.

    Más difícil aún era darle el peso de la “razón” a la ley. Alfonso suponía que había existido un libro de leyes comunes que se perdió durante la conquista musulmana, y del cual quedaron apenas fragmentos sobre los cuales cada ciudad había intentado recrear una interpretación. mediante Las siete partidas, Alfonso se propone reconstruir el mito de un gran libro común. Podríamos considerar a la Sevilla del siglo XIII como una inmensa tafurería que es imposible clausurar o detener por decreto. Será una experiencia que nunca se detiene. es Las siete partidasredactadas por Alfonso para conseguir la uniformidad jurídica del reino, se incluyen una serie de leyes que intentan ordenar el crecimiento de la ciudad resolviendo los problemas que había encontrado la Junta de Repartimiento y la Junta de Consolidación. Al igual que toda recopilación dirigida por Alfonso, Las siete partidas cirugía de reconocer la diversidad y orientar su unidad.

    La partida tercera explica qué es la propiedad privada y cómo se definen los espacios públicos, comunes y privados. Luego de los criterios generales, se presentan una serie de leyes que nos dan una idea de lo difícil que era establecer la propiedad en la Sevilla del siglo XIII. Había leyes para establecer de quién era el libro que alguno escribe de buena fe en un pergamino ajeno, o de quién era la pintura o la talla que se hacía en tabla o en viga del vecino. Había leyes sobre el “señorío” de los ladrillos, de los pilares o de la madera que un hombre introduce en su casa.

    Estas leyes nos hacen pensar en una ciudad en constante movimiento, un laberinto donde el derecho de propiedad tiende a conceder al que edifica y adorna la ciudad por sobre el que abandona sus bienes. No se debían hacer casas en las plazas, ni en los caminos, ni en los ejidos, ni arrimadas a las iglesias. Si un hombre quería hacer torre o casa nueva debía dejar tanto espacio entre su casa y la calle como acostumbran hacerlo sus otros vecinos, y podía subirla tanto como quisiera guardando de no dejar al descubierto ni sobrepasar las fachadas de las casas vecinas.

    ¿Qué reflejan todas estas leyes? Nos revelan que el rey debía aceptar las costumbres y, en buena medida, el caos, el cambio incesante, lo imprevisto. Es lo contrario a la ciudad del campamento militar donde todo está perfectamente delimitado y el rey es la autoridad suprema. La ciudad medieval era un tejido de intereses que parece estar conducido por la costumbre y un acuerdo continuo, moldeable.

    Entre la ciudad militar con un orden impuesto y las ciudades como Sevilla con un orden supuesto ¿qué otra posibilidad existía? Quizás habría una tercera opción, la de una ciudad donde el orden no se impone, sino que es parte integral de la forma y del espíritu de la ciudad, como si ésta, por propia elección de la comunidad, se hubiera asentado en un ente ordenado, reposado, perfecto. Estamos hablando de una ciudad con una trama similar a la de una ciudad militar, pero no por decisión de un poder central, sino como fruto del equilibrio y de la razón. Una ciudad donde existe un juego, un devenir, pero que está estructurado en un tablero, en una trama simétrica, en un dibujo eterno.

    EL HEPTÁGONO, LIBRO DE LOS JUEGOS, ARCHIVOLa Ciudad de la Cordura

    Alfonso el Sabio, Rey de un mundo heterogéneo, soñaba con ordenarsu reino y se agotó en ese afán desmesurado por dar estructura a la razón,límites al azar y posibilidades a la cordura.Entre sus libros nos dejaron algunos ejemplos de cómo imaginaba una ciudad ideal.

    Veamos el capítulo XXXIII del Libro VII de la Gran Historiaobra también organizada por Alfonso. Se titula”De la Ciudad de Atenas y de las Escuelas de ella”. Este quizás sea el primer texto en castellano sobre una ciudad ideal. Describe un trazado similar alque tres siglos más tarde van a proponer algunos tratadistas del renacimiento como Antonio Filarete, Pietro Cataneo, y Daniel Barbaro; así como el que docesiglos antes ya había descrito Vitruvio.

    Hallamos que muchos sabios y grandes hombres se reunieron para construir la mayor puebla de aquella ciudad de Atenas; cuando llegaron y vieron que el asentamiento del lugar era muy bueno, con suficientes aguas, montes, y de todas las otras cosas necesarias para una población, pensaron cómo podrían hacer allí una ciudad más noble que todas las otras de toda Grecia. Hicieron venir a todas las escuelas de todos los sabios y aquellos sabios hicieron la ciudad desde el comienzo muy bien afortalada y sobre esto muy noble; y la cercaron toda con un muro muy fuerte y de torres de mármol y la asentaron en cuadra y dejaron en ella por cuenta y por medida siete puertas grandes; y de cada una de estas puertas partía una calle muy ancha y muy grande, que iba hasta el medio de la ciudad, y allí en medio de la villa donde se juntaban todas estas calles de cada puerta, hicieron un palacio muy grande, de obra muy maravillosa y muy rica, y había en él tantas puertas como puertas habían en el muro de la ciudad…

    Este palacio en el medio de Atenas es muy similar a una invención que forma parte de otra obra alfonsí: El Libro de Los Relojes. En este libro se explica el funcionamiento de cinco relojes: el Reloj de la Piedra y la Sombra, el Reloj del Agua, del ‘Argente’ Vivo, de la Candela y el llamado Palacio de las Horas. Este quinto reloj consiste en una maqueta formada por un cilindro cubierto por una cúpula, con doce ventanas por donde entra el sol a las diferentes horas del día y produce en el interior un polígono de luz, el cual, mediante su ubicación, señala la hora del día.

    el Libro de los Relojes es a su vez parte de sus Libros de Astronomialos cuales abarcan “todas aquellas maneras en que se pueden catar y conocer, y entender el movimiento de los cielos que se mueven, y de las estrellas que son en ellos”.

    Insisto: en los tiempos de Alfonso X coincidieron en Toledo la cultura y el saber de los árabes, hebreos, visigodos. El rey intentaba conciliar el rescate de la antigüedad clásica, con los aportes de oriente y un cristianismo triunfante. En los Libros de Astronomía sentimos el esfuerzo de integrar esta heterogénea diversidad. A medida que leo los títulos de los capítulos siento estrecharse la relación entre el tiempo y el espacio, entre la fantasía y la ciencia, entre Roma y el medioevo, entre oriente y occidente:

    Circunferencia psicológica formada por la imaginación, el entendimiento, la memoria, las obras, los actos y el saber de los hombres.

    Descripción poética del vociferante.

    Juicio hipotético que hubiera formado Ptolomeo de la elipticidad referida.

    Regla para averiguar la profundidad de un pozo.

    Reglas para saber las alturas de los objetos o cuerpos bien estén fijos o ya en movimiento, por medio de los rayos solares.

    La astronomía parece haber sido la ciencia que más atraía al rey Alfonso. Su obra sobre esta materia es muy extensa. También en este caso, congregó todo lo que en su tiempo se conoció sobre el tema, lo tradujo al castellano, lo planeando y finalmente lo expandió con nuevas investigaciones.

    El último juego que aparece en el Libro de los juegos, se llama “El ajedrez astronómico”. Alfonso terminará sus días jugando con sus íntimos amigos alrededor de un inmenso tablero donde estaban presente la razón, el azar y la cordura que infatigablemente buscó definir. Y también incluyó la trama de Atenas, la astrología y sus dioses, con sus calles y sus casas. El juego representa su idea de la vida, de los símbolos que acontecen según las leyes inasibles del cosmos, pero siempre sobre una trama preestablecida y hacia una meta específica.

    En este tablero ideal no aparecen el rey ni los valores cristianos, nada de lo que sustenta su corte. Se trata de un juego que se orienta a un mundo clásico ya perdido, o hacia culturas que nunca podrá integrarse políticamente. Alfonso estaba huyendo de su propio reino, de su realidad, de su condición de rey, hacia una razón que está más allá del azar y que nada tiene de cordura.

    Parte importante de esta suprema fantasía fue su intento de convertirse en Emperador del Sacro Imperio Romano. A este fin sacrificó la economía del reino llegando lo suficientemente cerca de la meta como para perderlo todo sin conseguir nada. Había emprendido una obra cultural prodigiosa sin una base política suficientemente fuerte. Había servido de conexión entre la antigüedad clásica y el renacimiento, pero aún faltaban algunos siglos para que España asumiera colectivamente esta inmensa aventura.

    Al final quedó sólo, y sitiado por su propio hijo, en Sevilla, la ciudad que Alfonso había ayudado a reconquistar junto a su padre y desarrollada durante cuarenta años. Murió en 1284, en medio de revueltas entre nobles. No fue una muerte heroica o violenta. Se habla de enfermedades e intrigas de la corte. Creo que fue envenenado, pero mi único argumento es mi pasión romántica por el personaje.

    Tres siglos más tarde, un Rey español finalmente tendría el título de Emperador del Sacro Imperio Romano y Germánico. Se iniciaba un imperio extenso y complejo que necesitaba sustentarse en una visión global de la historia, así como en recetas simples, eficientes, comprobadas.

    El imperio español implementaría, especialmente en Hispanoamérica, muchas de las técnicas y principios urbanos utilizados por el Imperio Romano. Una de las experiencias más notorias fue un modelo de ciudad permanente, ordenado, legible, cohesionado, utilizado para poblar la inmensidad de los nuevos territorios. La obra de Alfonso X es un importante eslabón en el intrincado viaje de siglos que fue llevando el concepto de ciudad a través del azar, la razón y la cordura, hasta resurgir en Hispanoamérica y difundirse desde California hasta la Patagonia.

    PRIMER DIBUJO DE CARACAS, JUAN DE PIMENTEL, 1578Hoy, en Venezuela, más del 90% de nuestras ciudades y pueblos provienen de esta empresa prodigiosa, que algo le debe a los delirios de Alfonso el Sabio. Pero esta es otra historia.