CARACAS CON EL ÁVILA AL FONDO, EL NACIONAL“A diferencia de la memoria urbana de los europeos construida con paseos y avenidas, calles empedradas, edificios antiguos, teatros, conciertos, parques y tertulias de café, la nostalgia de los caraqueños en el extranjero se ancla, insistentemente, en una imagen natural: en el cerro El Ávila. La imagen del recuerdo no se refiere a lugares construidos, a hitos urbanísticos, a espacios de la vida pública ni a eventos sociales, sino a la naturaleza”.
Por AXEL CAPRILES MÉNDEZ
sueño 1:
Estoy en una torre de oficinas en El Rosal viendo el Ávila, verde, hermoso, su perfil perfectamente delineado, salpicado de los tonos rojizos y purura del capín melao recién crecido sobre sus laderas. Tengo que ir hacia El Hatillo pero me fijo en el horizonte y noto algo raro, desde la autopista de Prados del Este también veo el Ávila. Me detengo y me bajo del carro asobrado. Miro hacia Petare (ya no estoy en la autopista de Prados del Este sino en la Francisco de Miranda) y lo que veo es, también, el Ávila. Me volteo hacia el centro y me encuentro con el mismo paisaje. Es rarísimo. Como si la ciudad hubiera desaparecido y solo quedara el Ávila, un cerro que se repite y repite, mire a donde mire.
sueño 2:
En estos días soñé con nuestra vieja casa en Altamira. Por alguna razón estaba en el jardín contemplando las estrellas y de repente, de la nada, apareció volando un gigantesco camión rojo con unas siglas que no recuerdo en negro. Parecía un camión de valores de Transvalcar pero jumbo, y dio como tres vueltas en redondo alrededor de la casa y terminó estrellándose frente a un jardín. Era uno de esos jardines de la Caracas de antes, sin muros. Las llamadas eran algo alucinante, lo suficientemente altas como para contemplar desde mi jardín. Al ratico me desperté.
sueño 3:
Salgo de mi edificio en un carrito todo destartalado que no es el mío. Tengo entre las piernas una bolsa de pan llena de billetes de 100, de los nuevos. Cuando paso frente a la placita que está más abajo veo unos malandros que no sé por qué saben que yo tengo el dinero. La plaza estaba llena de monte y los tipos salen como de detrás de unas bolsas de basura. Se me pegan detrás. Acelero y de repente me encuentro bajando pero en moto por una de esas calles de los Chorros que son muy empinadas y me doy cuenta de que estoy sin frenos. Pero no son Los Chorros. Es un lugar raro. No lo reconozco. Es de noche. Al final de la calle hay full luces rojas de los carros, como cuando llueve y está trancada la ciudad y una ve todas las luces del tráfico reflejadas en los charcos. Sé que me voy a estrellar y que los malandros me van a robar. Me despierto nervioso.
sueño 4:
Conozco unos turistas. Me preguntan de dónde soy. Le digo que de Caracas pero cuando trato de describirles la ciudad no puedo, como si me hubiera borrado de la memoria. Vuelvo a intentarlo, les cuento de mi apartamento, les menciono el Ávila, pero no logro decirles más nada. Como si Caracas se me hubiera olvidado por completo.
Toda ciudad tiene sus luces y sombras. Podemos reflexiomnar sobre ellas desde la consciecia o desde el inconsciente, desde el pensamiento racional oa través de las imágenes oníricas que aparecen de forma autónoma en la noche. Los cuatro sueños que a continuación revisamos, de distintas personas, pueden servirnos para reflexionar sobre algunos rasgos de la vida urbana de nuestra ciudad capital.
El primer sueño aborda un tema arquetípico en la cultura latinoamericana. La oposición entre naturaleza y cultura. El Ávila, la fila montañosa de la Cordillera de la Costa que delimita el norte de Caracas, es el ícono de la capital de Venezuela. Admirado, reverenciado y disfrutado por todos los caraqueños, es mucho más que un elemento natural, es un símbolo esencial. Reproducido en las artes plásticas, en la fotografía, pero, sobre todo, en la memoria personal de cada uno de los habitantes de la ciudad, el Ávila es una imagen que nos representa y emociona. Cuando se interroga a los residentes de Caracas sobre qué es lo mejor de su ciudad, más del 90% de los encuestados menciona El Ávila. También entre los emigrantes, el patrón se repite. Al preguntarle a los caraqueños en España qué es lo que más recuerdan o añoran de Caracas, las personas, casi sin excepción, responden: El Avila y el clima
A diferencia de la memoria urbana de los europeos construida con paseos y avenidas, calles empedradas, edificios antiguos, teatros, conciertos, parques y tertulias de café, la nostalgia de los caraqueños en el extranjero se ancla, insistentemente, en una imagen natural: en el cerro El Ávila. La imagen del recuerdo no se refiere a lugares construidos, a hitos urbanísticos, a espacios de la vida pública ni a eventos sociales, sino a la naturaleza. No es un hecho cultural. Esta orientación tiene significado prospectivo y es el reflejo de una realidad psicosocial. Nos remite a un problema fundamental de nuestra cultura que viene desde nuestros orígenes: la valorización de la prodigalidad natural enfrentada a la carencia humana. La exaltación del elemento natural versus el desdén por lo social. Casi todos los cronistas y escritores desde el siglo XVI hasta el XIX describieron una tierra rica y abundante en árboles, frutas, aves, pesca, oro, plata, piedras preciosas y todo tipo de minerales, habitada por una población pequeña y menesterosa. La riqueza natural contrastada con la escasez humana y la inestabilidad política obligaba a buscar fórmulas extraordinarias para fortalecer el mundo social. Andrés Bello, Cecilio Acosta, Agustín Codazzi y Manuel Felipe Tovar, Alberto Adriani, Arturuo Uslar Pietri, todos abordan desde distintas ópticas el mismo tema. Esta forma de percibir el mundo tiene consecuencias psicológicas. En este primer sueño, la trama urbana, la ciudad como espacio de socialidad, no existe.
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En el segundo y tercer sueño, los vehículos que llevan los valores se estrellan. En el primero, el camión se incendia, como si la imagen onírica nos trayectoria un indicador de la pérdida del valor de la ciudad, una desvalorización del espacio vital, una pérdida de valor, una ciudad que consume las valorizaciones de la gente, que destruye o roba su energía psíquica, su libido. En el segundo sueño, la desorientación muestra una ciudad que ha perdido sus signos y significados, las señales que nos orientan, las imágenes con las que nos relacionamos y nos dan identidad de lugar. Falta de valor simbólico y cultural de la ciudad.
El cuarto sueño nos remite a un problema central: la ciudad olvidada. Hace muchos años, el arquitecto y urbanista catalán Oriol Bohigas visitó Caracas y dio unas declaraciones a la prensa que en su momento me dolieron y molestaron sobremanera. Bohigas dijo: “Caracas es una anticiudad. Es una de las ciudades donde vemos más claramente que cuando no se cumplen determinadas condiciones, no se puede llamar realmente ciudad, sino conglomerado residencial, dormitorio colectivo. Y es que el concepto de ciudad es un concepto histórico tradicional que creo que es muy difícil aplicarlo a estas ciudades que han abandonado el proyecto del espacio público como base para la composición de la ciudad”.
En el fondo, Bohigas tenía razón. Caracas, en vez de desarrollar su condición de ciudad como lugar de interacción y encuentro, se convirtió en una vía de paso entre cotos y lugares privados, en un escampado para la circulación y el movimiento agitado de seres que van y vienen apresuradamente entre sus casas y puestos de trabajo para recluirse tras muros y paredes. Más que un lugar, Caracas es un canal de desplazamiento. La concepción de una ciudad como medio para trasladarse de un sitio a otro está en la base del abandono de los espacios públicos y de un proceso que culmina en la mengua de la ciudad como polis.
Salvo ciertos espacios de la ciudad informal y los barrios donde pervive la sociabilidad, el valle de Caracas es un salpicón de encuadres privados. No sólo las autoridades descuidaron hace mucho tiempo el espíritu de la ciudad, sino que los caraqueños lo hemos olvidado. No hay cargas libidinales hacia el escenario urbano. Lejos de ser un territorio de asociación y convivencia, Caracas produce un raro estrés ambiental que se desemboca en lo que los ecologistas del comportamiento han llamado el “síndrome de autonomía y retirada”. Para protegerse del ambiente amenazante, las personas se encierran en una burbuja individualista.
Cuando veo fotos y videos de Caracas de los años de 1950, imagino una ciudad. Cuando busco en mi memoria personal, encuentro imágenes de mi casa, de compañeros de universidad, de amigos y familiares, de uno que otro evento, pero no encuentro un cuerpo colectivo que pueda llamar ciudad. No es asunto de la degradación urbana o de la ciudad fracturada. Es una ciudad que dejó de ser y que habrá que reconstruir desde el genio del lugar más escondido.