8.6 C
Buenos Aires
Wednesday, June 17, 2026
More

    El Guaire, un río en espera de redención

    Vista del caudal del río Guaire que corre paralelo a la autopista Francisco Fajardo en el populoso barrio de Petare durante una tormenta provocada por una depresión tropical que azotó Caracas el 6 de octubre de 2022. Foto: Yuri CORTEZ / AFPLlueva poco o mucho Caracas se inunda. Autopistas, avenidas y calles se llenan como lagunas, las quebradas se hacen sentir detrás. El gobierno dice que es consecuencia del cambio climático, pero otra vez miente. Los registros de la última década no muestran tormentas extraordinarias, en cualquier ciudad funcional habrían pasado como otro aguacero más. En Caracas, provocaron desbordes y daños de consideración.

    El Guaire canalizado opera bajo los parámetros ambientales de los años cincuenta del siglo pasado. Entonces la cuenca tenía más vegetación, menos superficies impermeables, menos caminos que aceleraran la caída del agua al río. Como la ciudad creció sin ajustar esa estructura inicial, el volumen y la velocidad del caudal superan los límites de la canalización. Varios tramos no resisten crecidas moderadas y otros carecen de la capacidad que se requiere.

    Existen patrones claros. En La Boyera, movimientos de tierra para la construcción de una urbanización colmataron el cauce de un afluente y el agua corre por donde puede. En La Yaguara, la ocupación progresiva de las laderas por viviendas incrementó la carga de sedimentos y desechos, por tanto la corriente busca salida por la avenida. En Cotiza, la falta de mantenimiento de un dique natural permitió la acumulación de agua y que cediera de madrugada, con consecuencias previsibles. Ningún desbordamiento lo ocasionó una tormenta excepcional; todos son producto de modificaciones directas del entorno.

    El propio Guaire concentra varios puntos críticos. El puente Las Mercedes reduce el ancho del cauce en un tramo donde la sección debería mantenerse estable; el estrechamiento eleva el nivel aguas arriba. En La California Sur y Macaracuay, la altura de las vigas limita el paso de las crecientes antes de que el canal alcance su capacidad total. Al final de la canalización, en Petare, la acumulación de sedimentos disminuye la sección útil y facilita los desbordes. Cada uno de estos puntos condiciona la respuesta del río ante lluvias habituales.

    Las inundaciones de los últimos años no reflejan un cambio drástico en la magnitud de las lluvias, sino la distancia entre la estructura urbana actual y una infraestructura que no ha sido ajustada.

    Como el país perdió la red de medición hidrológica, pasó de más de ochocientas estaciones hidrometeorológicas a un número insuficiente para caracterizar cambios con precisión, se recurre a explicaciones generales que no reflejan la realidad. Se invoca el cambio climático como causa de las inundaciones. Un fenómeno real, pero no se toma en cuenta la infraestructura existente ni la forma en que la ciudad ha ocupado sus cuencas.

    La urbanización caraqueña se ha extendido sobre áreas que cumplen funciones específicas en el comportamiento del agua: zonas de amortiguación, planicies de inundación, laderas que regulan el escurrimiento. Al intervenirlas arbitrariamente, se modifica el sistema. Cuando el agua regresa a esos sitios, no lo hace por excepción, sino porque es su trayecto natural. El agua sigue las condiciones físicas que encuentra, y esas condiciones han sido definidas por decisiones y obras acumuladas.

    Planos versus realidadUn sistema de canalización, por cómodo que parezca en los planos, no cambia la naturaleza del agua, ni su comportamiento físico. Cuando aumenta el caudal, el agua busca espacio. Si encuentra barreras, las salta o destruye.

    Las crecidas de los últimos años han demostrado que el diseño rígido de la canalización no es sostenible desde el punto de vista hidráulico, climático o urbano. En 2022, hubo una crecida que tuvo un efecto no previsto en ningún plan: el agua saltó el muro de contención a la altura de El Paraíso. No fue una inundación clásica, sino un desbordamiento lateral por presión. Los técnicos municipales quedaron desconcertados, pero era básicamente lógico. El cauce, al estar tan comprimido, incrementó la energía del flujo, esa energía no desaparece ni el cemento es una frontera definitiva.

    Son las inundaciones que vienen ocurriendo desde los años cuarenta. Existen archivos fotográficos de principios del siglo XX con niños nadando en Antímano, huertas regadas con agua del Guaire en Quinta Crespo y excursiones familiares al “bajo Macarao” para pasar el día a la orilla del agua o domingos de pesca en la laguna de Catia.

    “El Guaire no fue siempre una cloaca, fue el primer gran sacrificio de la modernización caraqueña”, se escucha en el cubículo de la Facultad de Ingeniería de la UCV en el que cuelga un mapa gigantesco del Área Metropolitana. Lo atraviesa una cicatriz azul y longitudinal, que se ensancha y contrae según las lógicas del valle, pero siempre aplastado entre autopistas.

    En ninguna ciudad moderna han ejecutado una decisión tan drástica, tan consciente y voluntaria como enterrar un río vivo. París canalizó el Bièvre, pero cuando estaba muerto; Buenos Aires entubó arroyos urbanos, pero ninguno era el cauce mayor.

    Caracas entró en un río aún sano y absolutamente vivo que durante casi dos siglos, fue un organismo cambiante, dinámico. Unas veces benigno, otras veces beligerante, pero siempre visible. Un cauce amplio pero somero, con piedras de superficie, orillas irregulares y pequeños remansos donde los vecinos lavaban ropa y reconocían agua. No era limpio—pocos ríos urbanos lo eran—, pero en 1870 el general Antonio Guzmán Blanco ordenó que las cloacas y alcantarillas del centro de Caracas se vaciaran en el Guaire.

    Con sus afluentes que llegaban de las montañas del norte y del sur, el Guaire articulaba un entramado hídrico que funcionaba como el sistema circulatorio de la ciudad, oxigenando su territorio y regulando sus ritmos. Era un organismo hidráulico completo. Se desbordaba en épocas de lluvia, filtraba sus aguas hacia el subsuelo, evaporaba humedad que modulaba el clima urbano y devolvía nutrientes al entorno.

    Su aparente irregularidad no era caos, sino equilibrio: un patrón que sostenía biodiversidad, controlaba microclimas y mantenía la resiliencia de Caracas frente a crecidas y sequías, una ciudad pequeña, modesta y tranquila en 1881. Su población era de 55.638 habitantes que disfrutaban un valle agrario en su mayor extensión y un Guaire respirable.

    El BID, expectativas y colapsoDespués de seis años de discursos, movimientos de tierra, obras dispersas y de contratos que se extendían sin que los resultados aparecieran en un gobierno dominado por la “discrecionalidad administrativa”, y ante la evidente paralización de una obra de interés nacional, el Banco Interamericano de Desarrollo aprobó en 2012 dos créditos.

    Uno por 300 millones de dólares para el saneamiento del Guaire y otro de 100 millones para gestión de calidad del agua potable. Serían pagar en un plazo de 25 años y las obras durarían entre 7 y 9 años. El gobierno se comprometió a aportar otros 70 millones en cofinanciamiento a carga de Fonden.

    El proyecto, que quedó registrado como VE-L1037, incluía saneamiento del Guaire bajo una lógica de cuenca, no de canalización; un sistema integrado de colectores primarios y secundarios; estaciones de bombeo y plantas de tratamiento; redes de aguas servidas para sectores de Caracas sin cobertura formal; obras de control de crecidas; y fortalecimiento institucional del Ministerio de Ambiente.

    Un modelo similar a los proyectos exitosos en Medellín, Quito, Montevideo. El presupuesto, aunque ambicioso, era racional. La cronología prevista era realista. Pero el BID llegó cuando buena parte de la estructura contractual estaba tomada por Odebrecht, que desde 2006 operaba en condiciones muy distintas a las exigidas por la banca multilateral. La contratista brasileña estaba inmersa en un sistema que recompensaba la opacidad.

    En los dos primeros años del financiamiento, el BID envió misiones técnicas que revisaban planos, cuestionaban sobrecostos, pedían informes de avance y hacían preguntas incómodas. Cuando pasó al terreno de los hechos –las excavaciones, los tubos y las plantas de tratamiento– la situación era muy distinta a lo que apareció en los planos e informes. Cuando el BID preguntaba por el progreso, le respondían que iba muy bien. Sin embargo, si los informes decían 40%, cuando bajaban al pozo no llegaba a 12%.

    En Caricuao, la estación de bombeo número 3 tenía los cimientos listos, pero no había equipos instalados. En Las Adjuntas se excavó un túnel de acceso que quedó abandonado al año siguiente. En Antímano, uno de los colectores troncales quedó enterrado sin la conexión a la cámara final.

    En 2014, se ralentizaron los desembolsos y empeoró la erosión institucional. Se suspendió el envío de reportes al BID, mientras que Odebrecht reducía cuadrillas y mantenía el cobro de hitos contractuales que no se traducían en avances medibles. Cálculos independientes estiman que por cada 100 dólares destinados al proyecto menos de 30 llegaron a concretar obra. El resto se perdió en laberintos sin fondo.

    En 2016 el caso Lava Jato en Brasil dejó al descubierto la estructura de corrupción continental de Odebrecht. En Venezuela, la empresa brasileña paralizó el tinglado, dejó equipos en contenedores, retirados ingenieros, reducción de campamentos, y el proyecto de saneamiento del Guaire entró en un período de congelamiento. El BID suspendió los desembolsos. El proyecto quedó prácticamente muerto.

    Lo que se encontró de lo perdidoEntre 2018 y 2020 equipos voluntarios de técnicos y exfuncionarios del Ministerio del Ambiente evalúan las obras terminadas, inconclusas o no ejecutadas del proyecto de saneamiento del río Guaire iniciado en 2005. El hallazgo fue sorprendente.

    Muchos colectores están intactos. Los tubos de HDPE conservan la integridad estructural. Las cámaras subterráneas requieren limpieza, no reconstrucción. Las estaciones de bombeo pueden reactivarse con instalación eléctrica y repotenciación. Las plantas de pretratamiento están avanzadas entre un 40% y un70%. El fracaso no era total, se puede continuar con gobernanza técnica, continuidad institucional y transparencia. No se debe destruir lo existente ni empezar desde cero, sino corregir. A lo largo del valle hay colectores, cámaras, pozos, tramos de tubería y estructuras de bombeo que reducen el costo total del proyecto futuro en más del 40%.

    A media mañana, el Guaire parece un cuerpo enfermo que respira con dificultad. Cada oleada arrastra residuos químicos no declarados, detergentes domésticos, desechos cloacales, botellas y bolsas de plástico que se pliegan sobre sí mismos como pulmones colapsados. A pocas cuadras de la curva del río, en el barrio de Maca, una secuencia de casas que se apoyan unas sobre otras como libros desordenados. Desde allí se distingue una estructura que sobresale del talud: un cilindro de concreto sin tapa, de unos tres metros de diámetro, que debía convertirse en una cámara de inspección del sistema colector. Hoy es un depósito de desechos y refugio ocasional de perros callejeros.

    Para los técnicos que conocen el proyecto, como Josefina Baldó, la parálisis del saneamiento del Guaire reafirma que no se trata de “fallas estructurales” ni de “proyectos en revisión”, sino de algo más que desorden: la renuncia sistemática del Estado a cumplir su función más elemental.

    ¿Qué está enterrado?Lo que desde la autopista se ve como un canal, el río lo vive como una prisión. Cada vez que su volumen aumenta por lluvias, el Guaire intenta romper sus cadenas arrastrando basura, animales muertos y sedimentos industriales en oleadas que se confunden con el compuesto químico de una ciudad que vierte sus intestinos al aire. y libre.

    Sanear el Guaire no es una utopía, ni una fantasía tecnocrática, mucho menos un capricho estético. Es una necesidad impostergable de salud pública, urbanismo y dignidad humana.

    La finalización del proyecto puede ejecutarse. Las obras inconclusas permiten avanzar desde lo existente, no desde cero. El costo de no hacerlo—epidemiológico, ambiental, económico, simbólico—es inmensamente mayor. Países en peores condiciones lo han hecho.

    Todos los cálculos coinciden en una cifra incómoda por su claridad, pero necesaria para completar el sistema de interceptores y plantas procesadoras. Es alta pero infinitamente menor si se dar por perdido lo hecho. No estamos frente a un proyecto nuevo, sino frente a uno que fue interrumpido en plena cirugía y dejó al paciente abierto en la mesa de operaciones. Más del 60% de lo hecho es aprovechable. Los pilotos instalados por Odebrecht, los colectores de gran diámetro excavados, las cámaras de inspección parcialmente construidas, la topografía estudiada durante años, y el sistema de cargas y presiones modelado.

    Falta la decisión política y la actuación de gerentes como los que construyeron el Metro de Caracas. No se requiere volver a excavar la ciudad. Ni demanda inversiones equivalentes a lo gastado. Puede completarse en fases, con eficiencia y bajos estándares internacionales probados.

    En La Línea, Petare, a tres metros del puente de Baloa, donde el olor ácido se pega a la ropa pasa uno de los colectores principales del proyecto original. Un tubo de gran diámetro que debería estar captando las aguas servidas del este metropolitano y enviándolas a una planta de tratamiento. No lo hace, pero está allí.

    Es un río enfermo en un hospital que tiene muchos de los instrumentos para curarlo pero no están conectados ni tienen electricidad. En la ribera norte y en la sur hay partes importantes de un esqueleto de una obra tan ambiciosa y necesaria como el Metro que después de una década de abandono y vandalismo conserva su solidez.

    Detrás de un talud en La Yaguara hay una entrada que parece un acceso de mantenimiento. Conduzca un túnel de casi tres metros de diámetro. El aire es pesado, pero no pestilente. No es un colector colapsado, sino un viaducto subterráneo esperando las aguas servidas que ahora caen en el Guaire. Llega hasta Antímano hacia el oeste ya Quinta crespo al este. No todo se lo pudo tragar la corrupción, pero quedó en manos de la desidia. Son cientos de millones de dólares enterrados.

    Subiendo por el túnel hay una abertura rectangular: una cámara de inspección. En los papeles aparece como CI-47en la realidad es un cuarto silencioso donde el concreto armado conserva el brillo del recién vaciado. No es falla estructural ni utopía, es abandono.

    La tapa metálica está deformada y las cámaras sucias, pero no destruidas. Los muros están completos, las uniones selladas, las pendientes respetadas. Un deterioro superficial, sin estructura. Lo que se hizo costó excesivamente caro, pudo hacer con la quinta parte pero está bien hecho.

    Un gigante dormidoEntre autopistas elevadas y edificios descascarados, la estación de bombeo de aguas servidas de Antímano no es visible a lo lejos. Su estructura enterrada fue completada en 80%. A simple vista parece un galpón pero dentro hay columnas gruesas, ductos preparados para turbinas, soportes metálicos esperando los motores. Probablemente, si esa estación hubiera arrancado, el Guaire tendría otro color. Impediría que el 40% de las aguas residuales de Antímano y Caricuao caigan directo al río. Ahí se asoma un sistema completo de drenaje y desvío que muy pocas ciudades poseen. La ingeniería es sólida. Los cálculos están bien hechos. Los volúmenes se cierran. Los pendientes funcionan. Casi todas las estructuras están donde deben estar, pero falla la transparencia, la continuidad y la supervisión.

    Lo difícil ya está hecho y lo que falta es menos heroico y más posible: acabar lo que ya está pagado. No todo está perdido.

    Sanear el Guaire no es una utopía, ni una fantasía tecnocrática, ni un capricho estético. Es un deber impostergable de salud pública, de urbanismo y dignidad nacional. Recuperar el Guaire significa reordenar la ciudad y su infraestructura. Un río sano no embellece, demuestra que el Estado funciona, que puede sostener un proyecto, ejecutar sin anuncios, verificar resultados y romper con la cultura de lo efímero.

    El saneamiento es posible. Los costos son asumibles, la mayor inversión ya está hecha. Un Guaire saneado estabiliza Caracas, reduce inundaciones, ordena drenajes, mejora el aire y cambia el agua del Tuy. Deja de ser un foco infeccioso. La ciudad no necesita aguas transparentes de inmediato, necesita un río previsible. La transparencia se exige en la presentación de cuentas. Sanear el Guaire no es candidez, es demostrar que Venezuela puede volver a ser país.

    Río GuaireVenezuela