La historia no es una sucesión progresiva de hechos, en manos del populismo, es una argamasa que se moldea para justificar el presente, al ver el triste panorama político de México en este recién 2026, resulta imposible ignorar las analogías históricas que conectan el discurso de Claudia Sheinbaum con una narrativa que hace más de veinte años cimentó Hugo Chávez en Venezuela. Ambos procesos, bautizados como la Cuarta Transformación y la Quinta República, comparten un fino diseño discursivo diseñado para un fin único y similar: la captura del Estado bajo la legitimidad de un “destino superior”.
Así, la refundación autoritaria necesita un objeto tangible que simbolice la transferencia de una autoridad superior que trasciende las urnas. Para Hugo Chávez, ese objeto fue la Espada de Bolívar, que no era solo una reliquia que representaba la validación de que el “Libertador” había regresado en él para finiquitar una tarea inconclusa. Así, Chávez no gobernaba por un programa de políticas públicas, sino por un mandato histórico ilustrísimo.
En México, el emblema que define la presidencia de Claudia Sheinbaum es el Bastón de Mando, al recibirlo como estandarte de guerra, Sheinbaum no solo recibió la jefatura de un movimiento, sino la custodia de una “genealogía pura, sagrada” que la conecta con Juárez, Cárdenas los ancestrales aborígenes y, por supuesto, su predecesor, similar que la espada bolivariana, el bastón símbolo que el poder no emana de la fría técnica administrativa, sino de una conexión mística. con “el pueblo” que ella representa y sus próceres. En ambos casos, el líder deja de ser un servidor público para convertirse en un sumo sacerdote Omnipotente de la historia patria.
El concepto del “Segundo Piso de la Transformación” que Sheinbaum ha enarbolado en sus recientes discursos de este año, es una sofisticada herramienta de control narrativo. Al declarar que el país ha entrado en una fase superior, se establece una división binaria del tiempo: el “antes” y el “ahora” (la luz, la justicia, el pueblo).
Esta es la misma tarea que aplicó el chavismo al decretar la muerte de la “Cuarta República”, Al renombrar al país ya sus instituciones, Chávez envió un mensaje claro: lo que existía antes no tenía derecho a existir. En México, la narrativa del “Segundo Piso” cumple la misma función deslegitimadora, si el sistema de justicia anterior era “neoliberal”, entonces su destrucción y sustitución mediante la Reforma Judicial reciente no es un asalto a la democracia, sino un acto de purificación histórica.
Ningún proyecto populista y autoritario con control de instituciones sobrevive sin un enemigo, para Chávez, fueron “los escuálidos” y la “oligarquía rancia”. Para el discurso actual en México, el enemigo se ha desplazado de los partidos políticos —ya diezmados— hacia el Poder Judicial y los organismos autónomos que aún existen.
En 2026, la retórica oficial presenta a los jueces y magistrados como los últimos reductos de un pasado que se niega a morir, en consecuencia la polarización ya no es política, es moral, al oponerse a la captura de la Suprema Corte, no se actúa como un ciudadano con una opinión distinta; Sino como un obstáculo para la historia, tal técnica de oposición permite que el gobernante erosione los contrapesos sin costo político, pues la base social percibe cada golpe a la institucionalidad como una victoria propia sobre un opresor construido desde el poder.
Aquí es donde la analogía entre México y Venezuela se vuelve más aguda y peligrosa. Chávez utilizó la vía de la Asamblea Constituyente para demoler la estructura institucional en un solo acto autoritario, el modelo mexicano de la 4T ha optado por lo que los politólogos denominan autoritarismo sigiloso, con más mesura, pero igual de efectivo.
A través de la “Supremacía Constitucional” y las mayorías calificadas, el gobierno de Sheinbaum está desmantelando el Estado de derecho utilizando las herramientas del propio Estado. Mientras que en Venezuela la captura fue un asalto, en México es una mudanza: se cambian los muebles, se pintan las paredes de un solo color y se expulsan a los antiguos habitantes, todo mientras se afirma que la casa sigue siendo la misma, de tal modo, la reciente propuesta de Reforma Electoral de 2026 busca cerrar el círculo, asegurando que las reglas del juego sean diseñadas, arbitradas y juzgadas por el mismo jugador.
Otro elemento lo constituye el uso del petróleo como un “motor de liberación” fue el combustible de la Quinta República hasta que la falta de inversión y la corrupción lo convirtió en un lastre. En el discurso de Sheinbaum, la soberanía energética se mantiene como un tótem ideológico, el petróleo no es visto como un recurso gestionar con eficiencia técnica, sino como un activo político para financiar la estabilidad del régimen y mantener el control social, en ambos modelos, la economía se subordina a la narrativa: no importa si las cifras de producción caen, lo que importa es que el recurso “pertenezca al pueblo”, aunque el pueblo solo vea los beneficios en forma de retórica.
En este escenario, los partidos políticos de oposición se enfrentan a su hora más crítica. El acontecer venezolano muestra una advertencia sombría: la creación de una “oposición a medida”; En la Quinta República, el chavismo no eliminó a todos los partidos; Opto por colonizarlos, fracturarlos y convertirlos en apéndices inofensivos que dan una fachada de pluralismo mientras validaban las decisiones del régimen.
La alerta para el bloque opositor en 2026 es clara: el gobierno no busca necesariamente su desaparición legal, sino su domesticación, el riesgo es que las dirigencias acepten un rol de satélites que simulan competencia pero han perdido toda capacidad de incomodar al poder. Una oposición que negocia migajas de presupuesto a cambio de silencios cómplices deja de ser una alternativa para convertirse en un componente más del ecosistema oficialista.
Finalmente, hay un objetivo estratégico en la mira de esta narrativa: la clase media, históricamente, este sector ha sido el motor de los cambios democráticos y el contrapeso natural a los populismos, al que más le teme por su firmeza. Es por ello que ese discurso intensifica su campaña para desmoralizar a este grupo.
El asedio a la clase media no es solo económico, sino psicológico, al etiquetar sus aspiraciones y pensamiento crítico como “egoísmo conservador”, el gobierno busca su mayor de las estrategias que es su desmovilización, busca romper su columna vertebral moral para que dejen de creer que su participación tiene sentido. Si la clase media se torna ante la narrativa de la inevitabilidad, el “Segundo Piso” se convertirá en una losa definitiva. El gobierno pondrá sus ojos en este sector para dividirlo y aislarlo, presentándolo como el enemigo de los programas sociales.
La pregunta para la sociedad civil ya no es hacia dónde vamos, sino cuánto tiempo nos queda antes de que el espejo se convierta en nuestra realidad total. Si la oposición acepta ser colonizada y la clase media permite ser desmovilizada por la narrativa oficial, el “Segundo Piso” no será una etapa de progreso, sino el techo de una prisión institucional para las futuras generaciones de mexicanos.
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