Esta semana tuve la oportunidad de asistir al lanzamiento de Kontigo App, una plataforma venezolana que, en los últimos meses, ha venido consolidándose como herramienta para el intercambio de criptoactivos entre venezolanos. El tema no es menor: todo indica que uno de los grandes asuntos de la economía nacional en 2025 es, precisamente, el uso cotidiano del USDT y el USDC, tanto por ciudadanos como en el entorno corporativo.
La directiva de Kontigo subrayó al menos dos elementos que llaman la atención. El primero, que la edad promedio de su equipo ronda los 21 años. El segundo, que su ronda semilla inicial alcanzó los 20 millones de dólares, un hito relevante para el capital privado venezolano en el contexto actual. Que gente joven esté trayendo proyectos a la mesa financiera del país resulta estimulante; como también lo es que comenzarán a estructurarse rondas de capital que, aun cuando lucen modestas frente a otros mercados —incluso dentro de América Latina—, para la economía venezolana representan poco menos que un oasis en el desierto.
Ahora bien, al mirar el panorama con mayor detenimiento, surgen reflexiones que no conviene pasar por alto. El ecosistema de criptomonedas en Venezuela lleva ya varios años en funcionamiento, pero quizás no haya sido sino hasta ahora cuando ha adquirido verdadera relevancia en la palestra financiera. Es cierto —dirán algunos— que durante la hiperinflación de mediados de la década de 2010 las criptomonedas sirvieron como mecanismo de cobertura para muchos venezolanos y, en no pocos casos, como vía para recibir salarios e ingresos por trabajos realizados.
Sin embargo, entre 2017 y 2022 las criptomonedas no tuvieron la incidencia ni el peso sistémico que exhiben hoy. ¿Qué cambió? Un dato resulta clave: una parte sustantiva de los ingresos petroleros que recibe Venezuela —más del 70 %, según estimaciones privadas y extraoficiales— se canaliza actualmente a través de USDT y USDC, y ese flujo termina permeando al resto de la economía. El remanente, por supuesto, se gestiona mayoritariamente mediante canales tradicionales, con la banca a la cabeza.
A partir de allí, destacan al menos dos asuntos. Primero, que es el propio Estado venezolano el que incide de manera directa sobre el mercado cripto, concretamente a través del petróleo, un recurso que sigue estando bajo su control. Segundo, que el ecosistema cripto local depende de forma muy marcada de monedas estables como USDT y USDC, que, en términos prácticos, no son otra cosa que activos respaldados por dólares estadounidenses.
En dos platos: el crecimiento del sistema cripto en Venezuela es altamente vulnerable e inestable. El día en que los pagos regresan de forma predominante a los canales tradicionales —especialmente la banca—, es probable que la porción del mercado que hoy ocupa el entorno criptográfico se reduzca de manera significativa. Hoy se acude a él porque es la vía más clara, el ir a para acceder a dólares —que es, en última instancia, lo que se busca— y así poder desarrollar actividades económicas. Pero, como reza el dicho, muerto el perro se acaba la rabia: si los pagos vuelven mayoritariamente a la banca, el ecosistema criptográfico quedará relegado a un papel secundario.
La segunda reflexión apunta a una vieja premisa conocida: la dependencia petrolera de la economía venezolana. Es una obviedad, sí, pero no deja de ser significativo —y paradójico— que un “ecosistema” como el cripto, que en principio surge como un intento de “desnacionalizar” el dinero, al mejor estilo. hayekianoterminar dependiendo en el caso venezolano de un recurso controlado por el Estado y marcado por décadas de capitalismo rentístico. Que los agentes económicos busquen las criptomonedas esencialmente como vía para acceder a dinero fíat —el dólar estadounidense— y no por una genuina independencia financiera dice mucho sobre el esquema real de incentivos. A ello se suman, además, las barreras de entrada y los retos regulatorios que implican establecer negocios de este tipo en el país.
Entonces, la pregunta es inevitable: ¿qué valor se está creando para la sociedad bajo el esquema actual? Sin duda, las empresas locales y los intercambios generan empleo y prestan servicios necesarios. Pero persiste la impresión de que el sector privado —y la economía en general— continúa dependiendo en el exceso del maná del subsuelo. No puede el sistema financiero, por sí solo, revertir esta realidad; pero la reflexión queda planteada como tarea pendiente para quienes piensan el país y construyen propuestas para su mejora.
Entretanto, el desafío es sumar esfuerzos para que la dinámica económica venezolana sea más estable, institucionalmente constructiva y propicie el desarrollo de ciudadanos verdaderamente libres y autónomos.