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Tuesday, June 23, 2026
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    La paz del castrochavismo salvaje

    En esta, su etapa terminal, sus contradicciones genéticas salen a la luz, aberrantes provocan una rara mezcla de furia y dolor con asco.

    Resumiendo, en parte para lectores variados, heterogéneos, los análisis detallados con cifras por expertos en la materia durante un cuarto de siglo, se encuentra en su partida de nacimiento que prometió una revolución salvadora contra el ”capitalismo salvaje”.

    Hoy, esa revolucionaria Venezuela tiene una diáspora que ya supera los 9 millones, más otros millones internos -cifra por determinar- secuestrados, víctimas de sobornos, amenazas y crímenes de lesa humanidad.

    La mayoría de los emigrados a tiempo -forzados, por su voluntad o escapados de prisión- como refugiados honestos entregan lo mejor de sí mismos para sobrevivir y compensar la hospitalidad recibida. A la vez, el 90% de los sometidos paga el costo de su difícil sobrevivencia con obligación de mudez y duro sufrimiento. La cúpula militarizada y sus cómplices parásitos, principalmente empresariales, disfrutan sin vergüenza ni límites de la saqueada riqueza nacional.

    En conjunto, el total de víctimas producidas por ese régimen delictivo es de tal magnitud que tiene equivalencia con los de una larga batalla fratricida, cainita, de las mal llamadas “guerras”. civiles”, pues en realidad son de barbarie cavernaria. Para muestra basta y sobra que su propio ministro de Interiores, Justicia y Paz ordena las fechorías, desde su programa en la pantalla televisiva oficial y con su vil garrote siempre alzado.

    Cada 2 de noviembre el vasto sector cristiano de la sociedad venezolana rinde memoria familiar a sus difuntos con rezos y visitas florales a los cementerios. A lo largo de 26 años ese ritual privado se transformó en reprimido duelo colectivo por la cantidad enorme desaparecida debido a traumas carcelarios, desnutrición infantil, hambruna, torturas, aislamiento y falta de debida atención médica. Dentro y fuera de sus celdas.

    La paz y religión predicadas y practicadas por mandatarios y líderes castrochavistas es la de su falso cristianismo a través de los sepulcros blanqueados. Abandona sus palacios dejando la deuda histórica de construir al menos una tumba sin nombre que recuerde a sus muchos adoctrinados, sacrificados y desconocidos jóvenes soldados. Son aquellos “niños de la calle” de hace veinte años llevados al ejercicio de sádicos torturadores, verdugos y finalmente al revolucionario matadero moral y físico. Ardua tarea será limpiar cerebros de los sobrevivientes porque fue demasiado intenso y extenso el odio que les incrustaron en nombre de la patria chavista “bolivariana” repleta de Helicoides grandes y pequeños, urbanos y rurales.

    Cada mafia terrorista mundial tiene su divinidad, cuyos criminales deben imponer a los “infieles” para garantizar su resurrección grupal en el paraíso celestial. Dios, para la narcopandilla que usurpa el poder en Venezuela, es Hugo Chávez, su ”comandante eterno”. Si fuera necesario salir del títere Nicolás Maduro -colombiano con cuatro distintas cédulas de identidad venezolanas-, así lo harán, pues ya lo ofrecieron bajo la mesa a la administración Trump. A cambio, piden que les aseguren cuatro años más de permanencia en el poder para perfeccionar su “revolución socialista del siglo XXI”.

    El tributo a los mártires de esa patraña merece una tumba sin nombre para el sacrificado soldado anónimo que representa a la violada Fuerza Armada constitucional. Tocará esa obligación y merecido homenaje a la perfectible y recuperada democracia.

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