Se escucha antes de verso.
Entre la llovizna y el verde espeso del Parque Generalísimo Francisco de Miranda, en Caracasantes de cruzar el primer gran kiosco que se asoma desde la avenida Francisco de Miranda, el oído capta un sonido ajeno al paisaje habitual. Una zeta castellana, la apertura limpia de las vocalesel tono preciso de quienes han montado hospitales en otras latitudes y esta mañana del 7 de julio, le explican a un bombero de Madrid dónde debe ir exactamente una letrina portátil en tierra venezolana. España está aquí.
En trece carpas de lona color gris claro, alineadas, precisas, la Cooperación Española montó un hospital que huele a desinfectantea lona calentada por el sol del mediodía ya la comida que dos cocineros de la ONG CESAL preparan para los cincuenta voluntarios del campamento.
Cincuenta voluntarios atienden hasta 200 personas diarias | Foto Karem GonzálezAfuera, a menos de cien metros, una mujer bebe café y comenta que, el día anterior, las cuadrillas terminaron de limpiar el desastre que había. Hace siete días el Parque del Este no era el Parque del Este. Hoy el espacio respira. Todavía con dificultad, pero respira.
A lo largo del jardín xerófilo, junto a la concha acústica, permanecen las cintas amarillas de advertencia. Zonas restringidas, vestigios de una ciudad improvisada sobre otra ciudad. “No pasar”, “Peligro”, “Cuidado”. Son los límites que trazaron los cuerpos de seguridad para proteger las zonas más vulnerables tras la avalancha de refugiados que provocó el doble terremoto del 24 de junio. Nadie ha retirado las cintas. Ciertos suelos siguen sin ofrecer garantías durante la noche, cuando la vigilancia disminuye y los daños estructurales se vuelven invisibles.
Siguen activos los centros de acopio tras el doble terremoto ocurrido en Venezuela | Foto Karem GonzálezDesde la entrada del estacionamiento de la autopista se extiende una hilera de toldos multicolores. Ropa, comida y enseres básicos son clasificados y redistribuidos por los voluntarios. El volumen de donaciones bajó respecto a los primeros días, cuando los camiones de carga se detenían a cada momento, pero el flujo es constante.
La emergencia no termina porque la autopista recupera el tráfico o las aplicaciones de entrega a domicilio retomen sus rutas. Esa es la superficie. La reconstrucción ocurre más despacio, en capas que no se ven desde afuera, con el ojo apurado.
La ampliación del parque hacia La Carlota está 100% operativa y recuperada | Foto Karem GonzálezDentro del parque, la cotidianidad se fragmenta. Adultos mayores cumplen su recorrido matutino. Parece que necesitan de ese ritual hoy más que nunca para no perder la cordura. Una femenina entrena en una de las canchas de fútbol en la zona de selección de La Carlota. Hay padres con niños pequeños que aprovechan la suspensión de las clases para correr entre los árboles. En las caminerías, algunas personas hacen respiraciones o yoga descalzas, con los pies en el pasto. El lago de los barquitos está tranquilo pero operativo. El kiosco de las cocadas y el local junto a las canchas de pádel mantienen las puertas abiertas…
El parque no luce igual. Pero sus cicatrices ya permiten que la vida pase por encima. La escena sería casi doméstica si no existiera, pegada al borde, la memoria inmediata del derrumbe.
Las lluvias recientes devolvieron el verde a sus caminerías y el floreado a sus árboles | Foto Karem GonzálezLos animales también resisten. Los monos, el perrito de agua que se viralizó hace semanas por las condiciones del espacio que habitaba, ahora limpio y adaptado; las tortugas, las ardillas, los patos reciben atención. Los cuidados se mantienen. El parque no perdió a sus especies durante el terremoto. Eso, en estas semanas, es una señal de que algo se mantuvo en pie.
Acento español y un hospital sin paredesEl hospital de campaña START, Equipo Médico de Emergencia Tipo 1, de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo —AECID— tiene como propósito contener el desborde.
Es un mecanismo diseñado específicamente para emergencias masivas donde la infraestructura sanitaria local queda comprometida y la demanda supera cualquier capacidad instalada previa.
Antes de aterrizar en Venezuela, este mismo equipo operó en el terremoto de Turquía, en las inundaciones de Mozambique, en los daños del huracán Melissa en el Caribe en 2025.
“Desgraciadamente, nos ha tocado mucho”, dice Pilar Baselga, jefa de la misión. “Y estas alarmas son cada vez más recurrentes”.
Pilar Baselga, jefa de misión del hospital de campaña INICIO | Foto Karem GonzálezEl equipo llegó el 1 de julio. La tarde del día 4, con los permisos de las autoridades venezolanas, comenzó a trabajar. Tres días de montaje bastaron para instalar electricidad, agua potabilizada, letrinas, área clínica, zona de pernocta, cocina.
Baselga economiza las palabras. Sabe que cada minuto cuenta. Jefa de misión de la AECID, coordina a treinta sanitarios voluntarios del Sistema Nacional de Salud Español —médicos, enfermeras, enfermeros— y diez logísticos: bomberos de la Comunidad de Madrid y del Ayuntamiento de Madrid que se encargaron del montaje de la infraestructura, el saneamiento, la instalación de agua y electricidad. En total, cincuenta personas.
El agua es uno de los recursos más preciados no solo por el personal sino por quienes van a atenderse al hospital | Foto Karem González”No queremos molestar donde lleguemos”, dice. “No queremos sobrecargar a los países. Somos totalmente autosuficientes energéticamente, en agua, en comida”.
Esa agua es la que consume el médico personal, la que beben los rescatistas y la que abastece a las fuerzas de seguridad del perímetro. Es agua garantizada al margen de las fallas crónicas de la red pública local.
Lo más llamativo es la autosuficiencia: el hospital genera su propia electricidad, potabiliza el agua del parque con sistemas traídos desde España, tiene cocineros propios y letrinas independientes.La autosuficiencia no es solo operativa. Cuando se asiste a una tragedia, se llega para sumar. El hospital procesa su propia realidad. El parque cuenta con suministro de agua, lo que facilitó las labores, pero el equipo trajo desde España plantas potabilizadoras portátiles que filtran, cloran y almacenan el líquido. El agua que sale de esos sistemas es la que consume el hospital, la que bebe los rescatistas que trabajan cerca, la que sirve al personal de seguridad en el área. Agua garantizada, sin importar lo que ocurra en la red local.
Las especialidades del hospital incluyen pediatría, ginecología, traumatología, laboratorio de análisis, radiología con rayos X, farmacia y un gabinete psicosocial con psiquiatra y psicólogo.
Es una cobertura que en condiciones normales requeriría una instalación permanente. Aquí ópera en trece carpas, doce horas al día, de siete de la mañana a siete de la noche.
Hace apenas una semana, el Parque del Este era un campamento de damnificados | Foto Karem GonzálezEn los dos primeros días completos de operación, el promedio ronda las doscientas personas atendidas. “Mucha gente entra a salud mental”, señala Baselga. Después menciona traumatología. Luego las consultas respiratorias, los chequeos generales. Los “no me encuentro bien” que en otro contexto resolverían con reposo domiciliariopero que ahora llegan al hospital porque la casa ya no existe.
El hospital no opera directamente en La Guaira. Las autoridades venezolanas trasladan en autobuses a personas desde los campamentos cercanos hasta el parque.
La sustentabilidad es la mejor forma, dice la jefa de misión española, de ejercer las labores de salud en el hospital de campaña.Quien pueda acercarse por sus propios medios también es recibido. Para los casos que superan la capacidad del hospital, hay ambulancias que derivan hacia hospitales de referencia. El START funciona como primer nivel: contiene, estabiliza, trata. Lo que excede sus límites, lo transfiere. Lo que no puede ver, lo deja para después.
Garantizan operatividad hasta el 20 o 24 de julio. “Eso depende de las autoridades, de cómo vayan gestionando la dinámica de la población”, afirma.
Ojos apagadosCruzando la laguna hacia el lado de La Carlota, junto a uno de los kioscos más grandes del parque, hay un grupo de guardaparques de Inparques sentados en un banco. No son visitantes descansando. Llevan dos semanas operando como rescatistas dentro del espacio.
Cuando el parque era campamento de refugiados, ellos eran el tejido que sostenía el caos interno: orientaban, contenían, asistían. Ningún comunicado los nombró. Ninguna foto oficial los buscó.
Los guardaparques de Inparques trabajaron durante la instalación del refugio | Foto Karem GonzálezNo quiero hablar con cámara. No dan su nombre. Pero el cuerpo habla por ellos: los párpados pesados, han dormido poco; la voz sin inflexión pues han repetido las mismas instrucciones cientos de veces y los ojos apagados de aquellos que han procesado más de lo que le correspondía en el tiempo que les dieron.
En dos semanas serán relevados por otro grupo. Mientras tanto, siguen en ese banco, entre un parque que vuelve a ser parque y una emergencia que todavía no termina.
El Parque Generalísimo Francisco de Miranda lleva décadas cargando el peso simbólico de Caracas. Ha sido refugio, espacio de protesta, lugar de encuentro, escenario de fiestas y de luto.
El Parque del Este recibe a sus habitualesLo que ocurrió en junio de 2026 le añade un capítulo que no estaba en ningún manual: el de un parque que se convirtió en ciudad cuando la ciudad no pudo serlo.
Las lluvias de la temporada hicieron su parte. El pasto luce verde, los árboles están florecidos, el suelo abandonó el tono árido de la sequía. El ambiente huele a tierra húmeda ya café filtrado. Hay parejas, aunque pocas: el amor, dice alguien en voz baja al pasar, todavía tendrá que esperar un poco más aquí.
Hay niños en los juegos. Hay corredores. Hay gente meditando descalza junto a los helechos.
Los pocos niños que se ven disfrutan de los parques y áreas de diversión.Fotos: Karem GonzálezY hay, a metros de todo eso, cincuenta españoles que atienden a doscientas personas por día entre las palmas. Durmiendo en el mismo terreno donde operan, bebiendo el agua que potabilizaron ellos mismos, comiendo lo que cocinaron sus propios cocineros.
“Un abrazo a todo el pueblo venezolano de parte del pueblo español”, dijo Pilar Baselga antes de despedirse y seguir a la siguiente entrevista. Lo dijo sin énfasis especial; Tenía que volver al trabajo. Y eso resume lo que hay aquí: gente que vino a trabajar. Que trajo todo. Que no pidió nada. Que montó un hospital en un parque y no hizo ruido.