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Tuesday, June 23, 2026
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    La transición democrática no ha tenido lugar

    Ahora que todos hablamos de “la transición” hacemos dispares lecturas para dar cuenta de los cambios que se han producido desde el 3 de enero de este año para constatar que en rigor no ha cambiado nada sustancialmente pues, al frente del “nuevo gobierno” se mantiene la misma nomenklatura que nos ha gobernado en las últimas dos décadas con la única ausencia, sacado por la fuerza, de Maduro. Aunque ahora lo hace asociado al tutelaje de la administración Trump, quien nunca ha hecho “un comentario juicioso e interesante sobre la democracia”, todo lo contrario.

    Pero la transición no es una palabra nueva para nosotros, hemos tenido muchas. El chavismo, por ejemplo, ha tenido en sus seno tres momentos de transición, estos son: de la república democrática al autoritarismo competitivo dirigido por Hugo Chávez (1998- 2012), del autoritarismo competitivo a la dictadura dura de Nicolás Maduro (2013 a 2025) y de esta a la dictadura blanda de los hermanos Rodríguez, impuesta por la administración Trump y que asume la forma de régimen tutelado (a partir de los eventos del 3 de enero de este año).

    El primer momento del proceso de transición lo condujo Chávez, quien fundó un Estado unipartidista, pero no suprimió a los partidos políticos de oposición, solo que, el control sobre las instituciones del Estado hizo a la oposición, representada principalmente por esos partidos, irrelevante como amenaza real al régimen.

    Igualmente, politizó a la Fuerza Armada Nacional e inició “la construcción de un entramado de órganos coercitivos” (José Gustavo Arocha), cuya función fue la vigilancia, persecución y neutralización de los sectores institucionales y democráticos de la FAN.

    El “otro logro” importante de Chávez fue, gracias a su liderazgo carismático, la configuración de una situación en la que las mayorías recondujeron sus orientaciones políticas, desplazando su orientación política caracterizada durante una buena parte de los cuarenta años de la república democrática de un “consenso democrático” (100% a 75% decía orientarse positivamente por principios democráticos, incluso en los turbulentos días que siguieron al 4 de febrero de 1992, aun con las criticas abiertas que se le hizo al gobierno de Carlos Andrés Pérez, la gente consideró que la democracia era la mejor forma de gobierno De 0% a 25% decía orientarse negativamente hacia la democracia, pero ese porcentaje era irrelevante para producir cambios en el sistema político) a situaciones donde se comienza a configurar un “disenso antidemocrático” (40% an25% decía entonces orientarse positivamente por principios democráticos y 60% a 75% decía orientarse negativamente hacia la democracia, la forma estatal que había. organizado al país durante cuarenta años).

    …/…

    El período de la dictadura dura encabezada por Nicolás Maduro se caracterizó por la corrupción que superó con creces la registrada en toda la historia del país, pero en el caso de Maduro, más que en cualquier gobierno anterior, sirvió de mediación eficiente en la organización del Estado y en la estructuración de una fuerte unidad de las diferentes fracciones que conformaban la alianza en el poder.

    Maduro, en mayor grado que Chávez, consolidó el proceso de cooptación del Estado por estructuras criminales ligadas a la guerrilla, al terrorismo, narcotráfico y contrabando de oro y tierras raras y, sobre esas bases, organizando el orden social y político durante los doce años de su gobierno que terminó por desintegrar socioeconómicamente al país y causando la crisis humanitaria que el país padece desde entonces.

    Pero, donde Maduro rebasó los límites de su acción política fue con la violación sistemática de los Derechos Humanos, esto, le confirmó al régimen, junto con el fraude electoral del 28 de julio de 2024, su fisonomía inapelable como una dictadura que significó el retroceso total del país.

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    Maduro configuró lo que José Gustavo Arocha llama la “arquitectura invisible” del Estado dictatorial mediante la cual el régimen madurista ejerció su vocación represiva: la Dgcim, el Sebin, DAET, GOES construyeron el brazo armado “legal” que junto con las organizaciones de carácter paramilitar sustentaron el régimen madurista y todavía, bajo la nueva situación sobrevenida el 3 de enero, este “Estado paralelo” se mantiene intacto.

    …/…

    Con la salida de Maduro por la acción militar de Estados Unidos, se inicia lo que en estas notas he llamado “dictadura blanda” tutelada por la administración Trump quien eliminó a la cabeza del régimen, pero, dejo el mismo cuerpo y conserva algunos rasgos esenciales del régimen dirigido por Maduro: se mantiene la estructura de un poder judicial dependiente del ejecutivo y de la misma estructura represiva que dirige: la persecución, las amenazas y la inhabilitación política.

    El advenimiento de los hermanos Rodríguez al poder pretenden responder a la crisis de gobierno ya la crisis de régimen, ambas crisis se mantienen sin poder ser resultados, la primera porque su crisis está cruzada por contradicciones en el seno del mismo gobierno, que no se agota por cambios de funcionarios de alto nivel en la nomenklatura, por ejemplo, el mismísimo jefe, en este caso Maduro, quien se constituyó en un paquete demasiado pesado para el propio régimen ha sido sustituido por Delcy Rodríguez impuesto por la administración Trump o el cambio del fiscal, en este caso Tarek W. Saab, el carcelero de los presos políticos sustituido por Larry Devoe, quien niega que en Venezuela haya presos políticos.

    Las contradicciones cruzan todo el aparato estatal, aun cuando la intervención norteamericana opera para su estabilización, como “la primera fase” de su proyecto intervencionista.

    En lo interno, por otra parte, la crisis del régimen se manifiesta, en la exclusión del proceso de “transición” a los ciudadanos y la oposición democrática que exigen el retorno a la democracia. El nuevo-viejo régimen cierra esas posibilidades al cancelar la posibilidad de competir y participar por el acceso a los canales de poder al sector mayoritario de la oposición, al mantener leyes punitivas que cierran esa posibilidad, por ejemplo, la Ley contra el odio, la Ley orgánica Simón Bolívar contra el bloqueo y recientemente el artículo 9 de la Ley de Amnistía.

    Es probable que esta crisis se mantenga un largo rato, administrada por el tutelaje implementado por Estados Unidos. ¿Cuánto durará? No tengo idea, pues depende de criterios foráneos que no tienen que ver con los deseos y demandas del ciudadano venezolano. Sí, la duración de “esta transición” depende de Trump, que anunció que la guerra contra Irán duraría tres días, luego corrigió y anunció que duraría cuatro semanas, para finalmente señalar que duraría lo que fuera necesario. Lo que no hace pensar que si ese es el criterio que tiene para la “transición” que él impuso en Venezuela, el problema no sería “saber cómo ni cuándo acaban las cosas, sino por saber qué haremos nosotros mientras tanto”.

    ……

    La llamada transición democrática parece no formar parte del horizonte de destino que Trump y su administración contemplan para Venezuela. Cada vez se hace más evidente que los intereses económicos de Trump prevalecen sobre las demandas por cambios democráticos de la población venezolana.

    Se nos ha pedido paciencia (les sugiero leer la nota publicada en La Gran Aldea escribe Milagros Socorro y que el jueves pasado publica El Nacional: “Paciencia con acento venezolano”). La paciencia que se nos pide hoy es sugerida por Trump y Rubio para que la gente asuma el proceso de las tres etapas: estabilidad, recuperación y transición que solo brindan un futuro abierto e incierto, que hace que la gente se pregunta “¿Qué pasará ahora?”

    Lo indiscutible hoy es que, una parte significativa del país, especialmente aquellos que están en una “situación autorizada” (me refiero a los diputados de la oposición que hoy hacen vida en la Asamblea Nacional, a los influencers, que rinden culto a Trump, opinadores cultores de la “corrección política”, etc.) y también a un sector del pueblo que con el miedo que se le ha inoculado durante 27 años, espera que Trump termine de hacer “su trabajo”. Así que, no son pocos los que han asumido como una “doctrina” la narrativa de Trump y Rubio y sentencia al actual statu quo como “el mal menor”, ​​según el relato “trumpista”, para evitar el caos, el desorden y la desestabilización del orden impuesto posterior al 3 de enero y con ella han convencido a una buena parte del país como “lo mejor” en las actuales circunstancias políticas que, la transición democrática llegará, solo que hay que comprender la situación actual, que no puede resolverse con radicalidad y extremismo, que la palabra del momento es paciencia, que lo demás es cuestión de tiempo.

    Lo que evidencia la narrativa de la administración Trump y su cortejo permanente a Delcy Rodríguez es que la recuperación de la democracia y la devolución de la soberanía al único que debe ejercerla, el pueblo venezolano, al no inscribirse dentro de una temporalidad precisa de cuánto durará, no se vea tan clara.

    Por cierto, hago paréntesis, la situación sobrevenida reconfigura el escenario político, caracterizado por, una parte, con los mismos personajes, pero que ahora hablan con otras palabras y con otro tono, por otra parte, aparecen otros personajes, que son harto conocidos pero, ahora travestidos con nuevas posturas políticas y nuevos paradigmas reclamando “paciencia, cordura y convivencia”, porque eso es lo que sugiere el “Manual de sobrevivencia política en un Estado fallido” y, últimamente, han indicado otros personajes que fruncen el ceño. e impostan la voz con signo de autoridad respetable pero cuyo objetivo, entre otros, es cancelar y desdeñar los esfuerzos políticos por restituir la palabra libertad y democracia que ha sido duramente labrada por un liderazgo que hoy es cuestionado y lo frustran de muy mala manera, acusándolo de radical e intolerante a la negociación, a los acuerdos y al diálogo.

    Pero, con relación a esto no hay que asombrarse, pues es común que ello ocurra porque “la coherencia conceptual (y en este caso política) está subordinada al impulso de oponerse a un adversario de manera mecánica”.

    Pero, bueno, volviendo a nuestro asunto, es decir, a la transición hacia la democracia que se avizora lejos, hay algo realmente vergonzante en eso de esperar que Trump termine el trabajo que inició el 3 de enero y saque del poder a la nomenklatura restante, cuando es responsabilidad de los venezolanos asumir la recuperación de la democracia y la autonomía como sujetos soberanos.

    Y recordarle a Trump (ya otros también) que “la única obligación moral que tenemos los venezolanos, es no ser imbéciles”, en el sentido griego del término. Que le agradecemos el haber sacado del poder a Maduro, pero, le corresponde al pueblo venezolano, de manera autónoma, la construcción del orden social y político por el que tanto se ha luchado.