FOTOGRAMA DE LA GRAZIA, DE PAOLO SORRENTINO“La Gracia desmonta cada una de las sensaciones que la actualidad real nos obliga a deglutir, entre las cuales la más evidente es la de estar sujetos a poderes inconmensurables, atropelladores, cuyos discursos desbordan de verdades absolutas”
Por CRISTINA RAFFALLI
“Si no firmo, soy un torturador; si firmo, soy un asesino”. El presidente de la república italiana se acerca al fin de su mandato y debe decidir si aprueba, o no, un proyecto de ley que autoriza la eutanasia, en ese país profundamente marcado por la religión católica. Su decisión no solo resuena en la opinión pública, sino en su conciencia individual de hombre creyente. Junto a este dilema aparece otra potestad: la de conceder, o no, un indulto presidencial (La Gracia) a dos ciudadanos que han cometido homicidio voluntario.
En esas calles que contemplan desde el mirador del palacio, la gente le ha puesto el sobrenombre de “cemento armado”: hombre firme, incorruptible, ha atravesado el laberinto del poder sin la menor sinuosidad y libre de cualquier salpicadura. Ese hombre de Estado a quien aplauden los propios y los ajenos, político intelectual, erudito del Derecho, ese hombre que fuma en la azotea durante sus últimos días de servicio es, por encima de todo, un hombre que duda. “Su problema, presidente, es que está demasiado preocupado por encontrar la verdad”, se permite decirle a su guardaespaldas, quien piensa, posiblemente, que la verdad también es una quimera, o que nunca hay una sola.
La Gracia desmonta cada una de las sensaciones que la actualidad real nos obliga a deglutir, entre las cuales la más evidente es la de estar sujetos a poderes inconmensurables, atropelladores, cuyos discursos desbordan de verdades absolutas. Frente a este mundo de sentencias arbitrarias e inapelables, la más reciente película de Paolo Sorrentino entrega un personaje que se interroga, que tiembla antes de firmar y no por cobardía, sino por un altísimo sentido de la trascendencia y de la responsabilidad ante el destino de otros.
Han pasado doce años desde el estreno de la gran belleza (2013), un gran éxito internacional del director italiano. es La Graciavuelve a filmar a su actor fetiche, Toni Servillo, premiado con la Copa Volpi por este rol en el festival de Venecia de 2025. Entre la gran belleza y La Graciaes posible escuchar un duelo entre susurros: el del poder versus el paso del tiempo.
Lo había hecho también en Juventud (2015) y lo vuelve a plantear, aunque a la inversa, en paténope (2024). Y, si buscamos en sus contribuciones al mundo de las series, El joven Papa (2016) y El nuevo Papa (2020) persisten en explorar la tarea íntima de envejecer.
Una elegancia singular de esta película consiste en transcurrir envuelta en capas de palabras, y hacerlo sin usurpar los derechos de la imagen. La sencilla profundidad de sus diálogos hace que la historia sobreviva a la rigidez ampulosa de los espacios que la contienen. No importa cuántos mármoles vigile a los personajes, cada uno se impone, por gracia de la palabra, al peso que los acecha. Siendo profundamente cinematográfico, La Gracia es uno de esos filmes que ofrece el placer adicional de la lectura. Y cuando llega a su fin, se expande por mucho tiempo en el espectador. Así, nos hemos quedado con una pregunta que gravita durante toda la historia: ¿de quién son nuestros días?