LILIANA LARA, AUTORRETRATO“El auto atraviesa pueblos desbaratados donde ‘el tiempo externo parecía haber sido abolido’ y el espacio es ‘puro, sin reglas ni señales’. Sin puntos de referencias, la realidad más tangible se encuentra en el interior de una misteriosa y antigua máquina”
Por MARIO MORENZA
En el fondo de los objetos encontraremos las palabras cuando ya no las tengamos con nosotros. Cuando las guerras y distancias, las huidas y pandemias, y los recuerdos y migraciones hayan tensado tanto los morfemas como para deshacer una palabra sencilla, materna, natural. Será “el limbo de la lengua”, con sus rituales vertidos en objetos, con sus mapas dispuestos de señales y flechas, se orientan los personajes de Método rumano para dejar de fumargenial relator de Liliana Lara.
En “Un viejo manuscrito”, Esther dedicó su vida burocrática a controlar y archivar los pendientes de sus jefes, pero en esos trajines sus propios recuerdos se traspapelaron. Entonces, cada vez que regresa de su siesta tautológica en un trono de la memoria en forma de mecedora de mimbre, registra, oscilante entre la vigilia y el sueño, los rastros desperdigados de la descompuesta realidad. Explora compartimientos secretos, gavetas, para encontrar pistas y rearmar una biografía improbable.
“Exhibición permanente” integra el relato policial con ecos cortazarianos ¡o felisbertianos! Seguimos la pesquisa de una escritora que ha pospuesto sus rituales creativos para encontrar un secreto oculto entre los objetos de una exposición. Las vitrinas custodios reliquias que fueron destinadas a ritos hebreos para nacimientos, matrimonios y muertes, aquellos que determinan “el ritmo de la vida”. Finalmente descubre que “la vida era una secuencia de repeticiones, una exhibición permanente de rituales”.
“Un paisaje alpino” se presenta como una mezcla entre película de carretera con trama rulfiana: la búsqueda insistente de la ciudad donde yace el padre de la protagonista “a bordo” de un “Frankenstein” automóvil con aires de loco max y vehículo de Stakelum es cubagua. El auto atraviesa pueblos desbaratados donde “el tiempo externo parecía haber sido abolido” y el espacio es “puro, sin reglas ni señales”. Sin puntos de referencia, la realidad más tangible se encuentra en el interior de una misteriosa y antigua máquina. De modo similar una extranjera cruza la ciudad en “Gavetas que no abren”. Desconoce el nombre de las calles pero intenta recurrir a sus gavetas mentales. En el interior de estas se resguardan las ciudades que ha habitado.
En “Masada”, “Migdal Or” y “Ojos de esmalte” se remarca la búsqueda de objetos perdidos entre infinitos granos de arena, que devienen en escape de esas rutinas mecanizadas, presidiarias, en bucle. “Método rumano para dejar de fumar” nos lleva a reconocer la palabra como prófuga, donde los personajes permanecen “atrapados en el limbo de la lengua”.
Si leemos en uno de los cuentos “hay una casa en los rituales”, es en “Casas vivas”, donde se afina la poética del conjunto: una cuidadora de casas recorre un inmueble deshabitado y desarrolla portales psíquicos con aquella otra casa vacía al otro lado del mundo, su casa de la infancia, cuyos objetos, joyas o más bien ollas, reposan y han dejado estancar las palabras. Esos objetos ajenos que mantienen pulcros, recomponen nombres, balbuceos, palabras entre esas paredes, como un alfabeto extraviado del antiguo hogar. El hombre que la contrata le entrega un mapa que facilitará su llegada a la casa: un papel atiborrado de flechas, garabatos, líneas con ángulos que suponen esquinas, remedos de símbolos, líneas sinuosas que son llamadas, pero ninguna palabra. Mientras tanto, la cuidadora se adentrará en aquella casa, y poco a poco se quedará sin palabras. En lugar de notas de voz, solo presionará emojis.
La persistencia del lenguaje es posible entre gavetas (las de caoba y las mentales) que atesoran mundos, amuletos, una cartografía en la incansable búsqueda por encontrar esa llave del armario que resguarda el altar secreto de la existencia.