Foto: EFEVenezuela sigue atravesando una grave crisis política, económica, social, militar y humanitaria, causada por mucho más que una dictadura castro-comunista de veintisiete años, que indiscutiblemente asaltó el control del aparato del Estado venezolano, sino también la que nos entregó a secuestradores terroristas que han puesto en peligro la propia seguridad de Estados Unidos, entregando pasaportes a agentes del extremismo del Medio Oriente, favoreciendo el control de cárteles junto a colombianos y mexicanos, afectando la estabilidad regional con una migración incontrolada y el establecimiento del narcoestado como realidad. Este se impuso en lugar del petróleo, que antes nos privilegió con apoyo internacional para su explotación, junto al mineral de hierro, el oro y otros rubros.
¿Qué parte no han entendido quienes aplauden un más que inconveniente regreso en estas condiciones? La inmadura e irresponsable actuación que se pudiera provocar con un regreso precipitado y no relevante en esta fase del plan liberador plantea dudas: ¿qué plan pueden exhibir de control de la seguridad, del orden y de la inteligencia básica necesaria para el aseguramiento de garantías de quienes tanto esfuerzo y sacrificio han hecho, civiles y militares venezolanos?
El otro país más rico de Suramérica, que se jactaba de tener las reservas más grandes de petróleo del mundo (para 2024 según la OPEP: 303.000 millones de barriles, seguido por Arabia Saudita con 267.000 millones e Irán con 209.000 millones), está en la ruina. El régimen depredador y criminal lo ha saqueado. Despilfarró ingentes riquezas, permitiendo, más allá de la injerencia, el control por parte de países enemigos de la democracia y de nuestros valores occidentales, que hicieron y deshicieron cuanto les parecían convenientes a sus intereses.
Cuba, Rusia, China e Irán fueron los aliados predilectos de una nefasta invasión que debió detenerse antes de que la quiebra total del país terminara permitiendo que las potencias antidemocráticas enemigas de la libertad y de la libre empresa, generadoras del narcotráfico y del terrorismo mundial, se apoderasen definitivamente de nuestro provenir, convirtiéndonos en esclavos de la pobreza y del sistema de Estado dictatorial.
Nuestro equipo de exiliados en Estados Unidos, bajo el insigne símbolo de la figura del primer ideólogo de la emancipación suramericana y precursor Francisco de Miranda, decidió formarse para cumplir con éxito la misión de organizar, planificar y desarrollar estrategias junto a nuestros aliados del norte.
Aún sin levantar recursos propios suficientes, al acudir a sectores nacionales de partidos que se dicen patrióticos, no se logró obtener el apoyo nacional. Sin embargo, nos mantuvimos leales a los procesos de animación política y promoción de valores de lucha democrática.
Ahora, como se ha hecho evidente desde el 3 de enero de 2026, a través de una alianza forjada con base en valores expuestos de manera militar pública, en foros académicos y medios de comunicación masivos, sobre la necesaria utilización de la fuerza luminosa desde las reales posibilidades e intereses de Estados Unidos, lo que incluye habernos dirigido al seno de los principales grupos de la sociedad civil, los principales grupos de la sociedad civil, los trabajadores, el clero y exmiembros de partidos políticos asqueados por las seculares y deshonestas prácticas de malos manejos de los recursos que el Estado les proveyó, incluso bajo acuerdos con el propio Estados Unidos en la llamada OFAC, que de buena fe se les aportaron como ayuda económica, y que en su momento habrán de presentar cuentas.
Ahora sabemos que quienes creen que podrán controlar el poder por mucho más tiempo, porque aún persisten sus grupos de fuerzas armadas controladas por intereses grupales, sus riquezas robadas y sus temores a ser encarcelados, nos niegan la posibilidad de regresar a nuestra patria con tranquilidad. Ello no será por mucho más tiempo. El presidente Donald J. Trump MacLeon no va a pasar a la historia como un estabilizador de criminales en el poder; lo hará como un libertador y redentor de la democracia y la paz en América.
Asimismo, desde diversos grupos que parecen débiles y aislados por desprecio de esos intereses partidistas, que aún manejan quienes solo se comportan como politiqueros ansiosos de volver a administrar el erario público, son ellos los que sobrevivirán por un corto tiempo, pues despreciaron las acciones de militares honestos que arriesgaron su seguridad y sus vidas, como lo juraron.
Ahora aún no es tiempo de inmadurez ni de regresar, antes de que se logre con una campaña permanente y continuada la salida de prisión de nuestros hermanos militares, y que junto a nuestra representación genuina de la Venezuela Libre y la Alianza por la Libertad de América (ALA), fortalezca, con la política de Trump, la esperanza de auténtica libertad americana, para Cuba y Nicaragua también. Así se habrá de entender y asumir la conducción fehaciente de la transición a la democracia en Venezuela y toda la región, bajo justas elecciones.
Se requiere reestructurar inmediatamente un Estado Mayor cívico-militar, tecnocrático y patriótico que, junto a nuestro aliado fundamental, Estados Unidos, permita asumir dicha transición para la salvación de nuestra patria.
El objetivo principal para cuyo logro debe trabajar este organismo, dando respuesta a la necesidad con coherencia estratégica y orientación, es el control inmediato de lo que nos resta de una fuerza armada nacional institucionalizada y policial, para, a partir de allí, implementar acciones de atención humanitaria al sufrido pueblo venezolano, logrando así reconducirlo hasta su definitiva liberación.
Determinar la constitución apropiada de un equipo de estabilización fehaciente, con erradicación de las células criminales, trasplantando la propia “madura” ósea del cuerpo de la nación desde una plataforma de inteligencia político-militar-policial eficaz y de acción humanitaria, que tome control de la situación actual hasta llevarla a la gobernabilidad y la transmisión de mando mediante elecciones hacia un gobierno democráticamente legitimado.
La viabilidad de resolución de la dramática situación actual venezolana por vías político-partidistas convencionales es nula. La hegemonía establecida por dicha tiranía aún controla los poderes públicos desde su marco ideológico del “socialismo del siglo XXI”. Ha conseguido un status quo que le ha permitido la manipulación del marco democrático, pervirtiéndolo y transformándolo en un aparato de control totalitario.
Aplastando la expresión democrática del pueblo y sustituyendo la Asamblea Nacional mediante elecciones fraudulentas con participación de los alacranes, y que ya antes había violado la ley manipulando la designación de magistrados del Tribunal Supremo de Justicia, obedientes a sus dictámenes, se mueve con la malicia del criminal que sigue creando falsas expectativas de rectificación en un campo minado para cualquier dirigente que, por más que profesamos la fe en las elecciones de victorias abrumadoras como solución en misma sí para sustituir un sistema de controles de fuerza represiva, ello no es sino un espejismo de necios que no pueden sino hundirnos en una crisis de ingobernabilidad, cuyo remedio sería peor que la enfermedad.
Igualmente, la integración del Consejo Nacional Electoral, acorde a la implementación de votaciones hechas a su medida, ha sido evidente para sus planos de efectivas y perversas manipulaciones. El resultado al acudir con el candidato González Urrutia cumplió el papel de demostrar lo inviable de hacer política de legitimidad electoral aspirando a una alternancia que no sería permitida, como de hecho ocurrió luego del 28 de julio de 2024. Es decir, quedó claro para todo el mundo que no había solución viable bajo el régimen castro-chavista que existía.
Hoy debería ser un consenso dentro del campo auténticamente democrático que las condiciones para elecciones en Venezuela, sin la previa construcción en el terreno de la seguridad e inteligencia vitales, el control del territorio y el desmantelamiento de las fuerzas armadas existentes —que fueron adoctrinadas para el pillaje de “chavistas, maduristas, socialistas y antiimperialistas”, como solían gritar los degenerados que traicionaron la constitución y que el chavismo nos usó como careta patriótica—, son sencillamente al servicio de su propia subsistencia y del control de los temores de represión de la cúpula y sus cómplices hacia quienes no siguen sus mafiosos procederes.
Desmontar el narcoestado terrorista, enemigo de las naciones occidentales y de nuestras convicciones judeocristianas, incapaz de asumir la defensa de los principios de familia y lealtad al modelo republicano, es necesario; por ello con ellas no hay posibilidad de asentar el renacimiento de un nuevo “Estado Libertario, Republicano y Democrático”. Hay que demolerlas e ir a su refundación desde nuevas bases como “fuerzas armadas libertadoras de Venezuela”. Esto se deberá hacer sin titubeos de ninguna especie, sin coqueteos ni aceptación de supuestos derechos a la práctica de ideologías izquierdistas del siglo XXI dentro de las mismas.
Estados Unidos, con sus avances tecnológicos, humanísticos e institucionales, con dos siglos y medio de desarrollo, representa junto con países como Israel la visión para una integración americana, de Alaska hasta la Patagonia, de un reordenamiento internacional de libertad, democracia y regreso social para todo el continente americano.
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