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Tuesday, June 23, 2026
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    El paso errante: El cruce de dos bongós sobre el Arauca

    MARÍA FÉLIX COMO DOÑA BÁRBARA, FOTOGRAMA DE LA PELÍCULA DE 1943“Todo lo que ocurre mientras se da este cruce simbólico y anacrónico entre los dos bongos —que van en direcciones opuestas— es lo que acontece en la novela; es decir, lo narrado en Doña Bárbara”

    Por JUAN PABLO GÓMEZ COVA

    Un bongo remonta el Arauca bordeando las barrancas de la margen derecha, con un señorito bajo el toldo. Casi un año después, otro bongo bajó el Arauca y alguien creyó ver allí a una mujer. Este último bongo iba hacia el Orinoco, mientras que el primero iba llano adentro, al Cajón del Arauca, en el bajo Apure. Todo lo que ocurre mientras se da este cruce simbólico y anacrónico entre los dos bongos —que van en direcciones opuestas— es lo que acontece en la novela; es decir, lo narrado en Doña Bárbara. Nunca se sabrá hasta qué punto el maestro Gallegos tenía del todo claro que la trágica guaricha debía desaparecer de una forma misteriosa. Afortunadamente, la novela es muy ambigua al respecto. Pudo haberse ahogado, por voluntad propia, en el tremedal. Pero luego se asientan los rumores de gente que insiste en haber visto, a lo lejos, un bongo con la mujer a bordo. Además, las profusas bolsas con las morocotas de oro también desaparecerán. La devoradora de hombres se disuelve en la leyenda; o, lo que es lo mismo, queda viva y coleando.

    Su posibilidad de redención, a través del amor, fue sólo un espejismo más de la llanura. Esa inmensidad hermosa también tiende a enloquecer a los hombres. La dañera y el paisaje llanero (o la naturaleza salvaje) representan una comunión indisoluble en la novela: la pasión telúrica. Cuando la guaricha redescubre su propia belleza y vuelve a vestir prendas femeninas ya lucir su rostro acicalado, la vida decide tumbarla de nuevo: aunque esta vez encajará el golpe con una madurez envidiable. Hay que recordar que el palmar original donde después se fundaría el majestuoso Hato Altamira era hogar de una tribu yurura. Evaristo Luzardo —de sangre andaluza y ojo avizor— se antojó de aquel paraje y, con su gente, no dudó en arrasar con crueldad el asentamiento indígena. El cacique, sobreviviente maltrecho, lanzó una maldición terrible sobre toda esa llanura y, según lo que acontecerá después, las divinidades indígenas fueron muy diligentes atendiendo aquellas oscuras plegarias.

    Siempre habrá conflictos por los linderos. Por un lado, levantar vallas esclarece bien los márgenes entre los hatos y dificulta la ancestral práctica del abigeato. Por otro, los linderos son muy simbólicos en este espectro. Dividen los ámbitos: ley civil frente a ley del llano; esfuerzo frente a superchería; progreso frente al atavismo. A fin de cuentas, la consabida antítesis civilización y barbarie es resultado muy a medias por la propia latencia subyugante y eterna de la protagonista, sobre todo en ausencia. Santos es un levantador de muros. Además, queda claro que el pernalitismo (término acuñado por Augusto Mijares, del infame personaje Ño Pernalete) no es tan fácil de erradicar: una jefatura civil que es en realidad un teatro. Tras bastidores, sólo se cocinan amaños. Así es difícil levantar un país. Conviene también recordar que Santos Luzardo es hijo de la violencia. No sólo la violencia ancestral vinculada al paisaje, a la maldición yurura o al devenir histórico (guerra de independencia e incesantes revoluciones montoneras), sino literalmente hijo de un señor muy violento. En el llano —y se enfatiza hasta el cansancio— hay que ser muy hombre. Don José Luzardo resuelve las discusiones y desavenencias familiares a tiro limpio. Mata a su cuñado, Sebastián Barquero, por una disputa de linderos, cómo no; y, lo más terrible, comete un filicidio con su primogénito, Félix. Después se deja morir, mirando la lanza en el muro. Santos regresa trece años después a su hato heredado y maltrecho, ya sus fantasmas. Quiere venderlo, pero la llanura lo seduce. En realidad, achacar todos los males de la región a la trágica guaricha ya sus secuencias sería una simplificación ingenua y maniquea. Todos los peones de uno y otro bando —y hasta el propio míster Danger— saben que lo que se necesita es una monumental contra para hacer frente a tanto embrujamiento de la sabana. Un verdadero ritual que trascienda el anhelo civilizatorio de progreso y admite que en esta tierra es preciso fluir en la dinámica de lo que Gallegos llamaba. superstición. Así las cosas de verdad vuelven al lugar de donde salieron.