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Monday, June 22, 2026
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    Venezuela: del narcoestado intolerable al socio tolerado

    Imágenes falsasDurante años, Venezuela fue presentada oficialmente por Washington como un narcoestado, una estructura criminal dirigida por una élite corrupta que se había convertido en la principal empresa petrolera del país en un instrumento de saqueo. Esa caracterización no surgió de la retórica opositora, sino de acusaciones formales, investigaciones judiciales y declaraciones de altos funcionarios estadounidenses. El chavismo no era descrito como un adversario político convencional, sino como un sistema criminal.
    Hoy, sin embargo, algo ha cambiado. No en Venezuela, sino en el lenguaje que Estados Unidos utiliza para describirla.

    No ha habido absoluciones formales. Nadie ha firmado un decreto que declare inocente el régimen. En geopolítica, la absolución rara vez adopta la forma de una sentencia. Llega en forma de licencias petroleras, de reuniones técnicas, de visitas oficiales. Llega cuando el lenguaje del crimen es sustituido por el lenguaje del suministro.

    En los últimos días, Washington ha autorizado a Chevron, BP, Repsol, Shell y ENI a reanudar operaciones petroleras en Venezuela y ha enviado a su propio secretario de Energía a Caracas para supervisar la reactivación del sector energético bajo su nueva arquitectura de control. El petróleo venezolano vuelve a fluir, esta vez bajo un sistema en el que los ingresos, los contratos y el destino estratégico del crudo son supervisados ​​desde el exterior.

    El petróleo tiene esa propiedad singular: no solo mueve economías, también reorganiza categorías morales.

    La paradoja venezolana no consiste en la desaparición del crimen, sino en la transformación de su relevancia estratégica. Durante años, el narcotráfico definió oficialmente la naturaleza del Estado venezolano en el discurso estadounidense. Hoy, esa misma estructura es industrial, en la práctica, como un interlocutor funcional dentro de una ecuación energética mayor.

    No es que el narcoestado haya dejado de existir. Es que ha dejado de ser, temporalmente, un narcoestado inaceptable.

    El aspecto más revelador de esta transformación no es el levantamiento de sanciones ni la reanudación de operaciones petroleras. Es el cambio de categoría. El mismo régimen que fue presentado como una amenaza criminal hemisférica ha pasado a ocupar una zona ambigua: no la de aliado, pero tampoco la de enemigo absoluto. No ha sido rehabilitado jurídicamente, pero ha sido reintegrado funcionalmente.
    Es en este contexto la incomodidad de María Corina Machado resulta ¿inevitable o inocultable? Su liderazgo ha estado basado en una premisa que los hechos respaldan: el chavismo no es un adversario político convencional, sino una estructura criminal que saqueó a Pdvsa destruyó la institucionalidad venezolana. Esa posición no fue una exageración retórica, sino una descripción respaldada durante años por investigaciones internacionales, sanciones y acusaciones formales.

    Sin embargo, la realidad geopolítica parece avanzar en una dirección distinta. No hacia la erradicación del sistema, sino hacia una coexistencia administrada.

    No es una contradicción personal. Es una contradicción estructural.

    En la historia contemporánea, los intereses energéticos han demostrado ser más persistentes que las condenas morales. El petróleo no rehabilita regímenes, pero rehabilita la tolerancia internacional hacia su existencia.

    Venezuela no ha dejado de ser lo que era. Lo que ha cambiado es la disposición de Washington de actuar en consecuencia.

    La soberanía venezolana no ha sido formalmente anulada. Pero ha entrado en una zona gris donde las categorías tradicionales —aliado, enemigo, criminal, socio— han perdido su nitidez. No se trata de anexión ni de ocupación. Se trata de algo más moderno: una forma de dependencia funcional donde el recurso estratégico importa más que la naturaleza del régimen que lo administra.

    El resultado es una paradoja histórica: el mismo Estado que fue acusado de criminalidad estructural ha sido reintegrado al sistema internacional no a pesar de su naturaleza, sino a través de su recurso más valioso.

    En geopolítica, el crimen no siempre es el límite.

    A veces, es solo una variable.