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Monday, June 22, 2026
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    Memorias de un diplomático: Simón Bolívar en Oregón

    OSCAR HERNÁNDEZ BERNALETTE, ARCHIVO PERSONAL”Se nos instruyen a los cónsules hacer un inventario de monumentos, nombres de calles, memoriales o plazas y reconocimientos que existen en nuestras jurisdicciones a nombre del Libertador. En los cinco estados de mi jurisdicción encontré muy poco. Un coleccionista de cartas originales, entre ellas unas firmadas por Bolívar y que las ofrecían por una fortuna”

    Por OSCAR HERNÁNDEZ BERNALETTE

    I. Esta historia me remonta a Portland, Oregón, quizás unas de las ciudades más gratas de Estados Unidos. Por lo menos, en la época que allí vivía, así la percibí. Era una ciudad tranquila, parecía una capital europea, gente amable y muy liberal. Era una ciudad perfecta para vivir y enamorarse. Ser el cónsul de Venezuela era un privilegio, solo existían dos consulados de carrera, el de Japón y el nuestro. Cuando llegué a esa ciudad venía de ser cónsul en San Francisco, hermosa ciudad, el recuerdo con afecto. No fueron pocas las historias en la ciudad del Golden Gate y en donde se originó el movimiento gay.

    Allí nació una de mis hijas, Valeska. Como era costumbre y así fue a lo largo de tres décadas de servicio diplomático, las instrucciones existen y hay que cumplirlas. Si recibes un traslado prepararás maletas ya tu nuevo destino te vas. Así es la vida en la diplomacia, cumples instrucciones, no importa tu jerarquía y también cuando corresponden las das. Cuando menos me imaginaba, me proyectaron a esa ciudad como jefe de oficina consular y me correspondía cubrir varios estados que incluían Alaska y con una población dispersa de venezolanos que no llegaba al ciento para aquella época. Que diferencia la de estos tiempos, con más de seiscientos mil venezolanos y no hay un consulado operando en los Estados Unidos. Efectivamente, teníamos en esa ciudad una pequeña oficina consular que me correspondió dirigir a mediados de los años ochenta. Una secretaría maravillosa de origen cubano y yo, ese era el staff. Una oficina bien situada en el corazón de la ciudad. Era uno de los 13 consulados que tenía Venezuela en Estados Unidos para aquel entonces. El menos importante pero con la mayor extensión territorial en los Estados Unidos. Hasta los estados de Montana e Idaho también estaban en mi jurisdicción. Se había inaugurado por allá en el año 1948. La fuerte industria maderera del estado había generado unos negocios con el sector petrolero de Venezuela que en su momento justificaron su creación. Fui el último cónsul de Venezuela en esa ciudad. Propuse su cierre en 1985 debido a su poco movimiento consular y lo dispersa que estaba la colonia venezolana que cubríamos. Igualmente los podíamos atender desde cualquier otra ciudad, como por ejemplo nuestro consulado en San Francisco o Los Ángeles. Ese fue uno de mis argumentos, además que me parecía un desperdicio de dinero estar en lugar con el mínimo movimiento consular. La cancillería no escatimó en aceptar mis sugerencias, aunque más de un amigo me recriminó por arriesgarme a perder aún siendo un junior en la diplomacia una jefatura de misión.

    II. Gobernaba Luis Herrera Campíns en Venezuela y Ronald Reagan en Estados Unidos. El embajador en Washington era Pérez Chiriboga y el responsable de los consulados era Alejandro Perera, en aquel entonces primer secretario. Era el responsable desde la embajada de los consulados de Venezuela en Estados Unidos. Alejandro también hizo una estupenda carrera diplomática y llegó al rango de embajador. Su última designación, embajador en Finlandia. Fue uno de los tantos embajadores de carrera a los que el chavismo sacó de circulación. Esos pormenores están también para otra historia.

    III. El alcalde de Portland era un controvertido personaje llamado Bud Clark, grabado por la foto que le dio la vuelta al mundo. “Expónte al arte”. Hice una buena amistad con ese personaje original. Era el dueño de un famoso bar de la ciudad llamado El hueco del gansovisitarlo obligatoriamente. Su popularidad nace detrás de la barra y lo empujaron a la política. Ya famoso por exhibirse también ante una estatua desnuda ya sus ideas radicales, Bud fue alcalde desde 1984 hasta 1991. Nos vimos en dos ocasiones oficialmente, en el bar muchas veces, en una era para pedirme si lo podía acompañar junto al cónsul de Japón a recorrer la ciudad en bicicleta para hacerle publicidad a su política de protección ambiental. Lo logró, Bud impulsando el uso de la bicicleta junto al escaso cuerpo diplomático. Éramos solamente dos agentes consulares para aquel entonces. Después me volvió a llamar a su despacho cuando se enteró que Venezuela cerraría el consulado en su ciudad. Estaba preocupado, pensó que se trataba de una represalia de Venezuela por el apoyo de Reagan al apartheid en Suráfrica. Nada más distante. Por supuesto, no le conté que el cierre era por iniciativa mía. Fue siempre amable. Murió a los 90 años. Aún guardo con afecto uno de sus afiches con una dedicatoria que se desvanece por el tiempo.

    IV. Recibo una instrucción precisa a través de Alejandro desde nuestra embajada. Eran tiempos en que se celebraban los doscientos años del natalicio del Libertador. Se hicieron en el mundo muchos homenajes en el marco del bicentenario. Se nos instruyen a los cónsules hacer un inventario de monumentos, nombres de calles, memoriales o plazas y reconocimientos que existieron en nuestras jurisdicciones a nombre del Libertador. En los cinco estados de mi jurisdicción encontré muy poco. Un coleccionista de cartas originales, entre ellas unas firmadas por Bolívar y que las ofrecían por una fortuna. No recuerdo si el gobierno en su momento se interesó en adquirirlas. Lo que sí encontré fue un pico con el nombre de Simón Bolívar. Es el pico más alto del condado de Coos en Oregón. Considerada una de las zonas más bellas de la costa oeste de los Estados Unidos, habitada por varias tribus originarias, una importante emigración China que fue explotada durante la construcción de las rutas del tren y además por tener unos paisajes espectaculares desde la costa que nos remontan a la campiña Escocesa.

    V. Informaré a Washington de mi descubrimiento y en pocos días se me instruye a que organizara con las autoridades para llevar y colocar una placa conmemorativa en el pico nombrado en honor a nuestro Libertador. Así fue, a las semanas y con el apoyo de los venezolanos residentes. Después de una larga caminata hacia MT Bolívar que se inició una fría madrugada, con el apoyo de los guardabosques, bien equipados y un par de mulas llegamos a la cima Simón Bolívar. Fue emocionante, una montaña con el nombre del padre de la patria que se sumaba a varios pueblos con su nombre a lo largo y ancho de los Estados Unidos y en reconocimiento al héroe suramericano. La placa fue debidamente instalada y hoy se menciona en la literatura turística del estado de Oregón como uno de los atractivos del lugar.

    VI. La placa de bronce tiene una leyenda que dice: “Los Estados Unidos de América fueron los primeros en enseñarnos el camino hacia la Independencia Simón Bolívar, Jamaica 1815”, “De Venezuela al pueblo de Oregón”. Fue una ceremonia sencilla pero muy emotiva. Me acompañaron unos 20 estudiantes venezolanos, la mayoría eran becados del Programa Mariscal Ayacucho. Era un domingo frío y lluvioso según recuerdo. Con nostalgia cantamos el Gloria al Bravo Pueblo mientras colocamos el pequeño monumento. Solo la juventud y al afecto nos abría esa vena a casi dos mil metros de altura para cantar el himno. El frío no era un impedimento para sentir lo orgulloso que estábamos de ser venezolanos y que en el propio imperio reconocieran al prócer de la patria.

    VI. Esta historia tuvo un viaje. Resulta que al poco tiempo ya había sido yo trasladado de Estados Unidos a otro destino, a nuestra Embajada en República Dominicana, y recibo una carta de un ciudadano de Oregón haciéndome una rectificación. Me explico que ese pico no lleva el nombre de Simón Bolívar por su Libertador sino por un explorador llamado Simón Bolívar Cathcart, quien fue el primero en escalar esa montaña por allá a mediados del siglo XIX. Ante tal hazaña se honró la cima con su nombre. Para mi sorpresa, no me quedó más que justificar que igualmente el escalador llevaba el nombre de nuestro Libertador como homenaje al héroe suramericano, muy reseñado por aquellos años en los Estados Unidos y que los padres nombraron a sus hijos con su nombre era en sí un reconocimiento. La confusión no quedó allí. Es que recientemente, al ver fotografías que destacan la placa que colocamos hace ya 40 años, me percaté de que las propias autoridades de Oregón y desde nuestro homenaje señalan el Monte Bolívar como un homenaje al Libertador suramericano.

    VII. En fin, una ecuación resuelta diplomáticamente, un explorador que llegó a la cima y pudo darle su nombre y nosotros le dimos valor agregado reconociendo al Simón Bolívar originario. Nunca oficialicé este desliz a la Cancillería, seguro con su burocracia atemorizada hubiera replanteado el homenaje en lugar tan inhóspito a quien no le correspondía. Cuando recuerdo esta historia siempre pienso en que William Cathcart y Margaret Simmons, los padres de ese topógrafo, que murieron con más de noventa años, nunca se imaginaron cuando decidieron nombrar al menor de sus hijos, hoy enterrado en el cementerio de Condado de Cooscon el nombre del Washington de Suraméricaque sería honrado con su nombre en la cima de una montaña que descubrió y que por un error se le atribuyó al otro Simón Bolívar que también hizo cumbre cuando liberó a tantos países en esta América.