{"id":51112,"date":"2026-04-10T04:22:26","date_gmt":"2026-04-10T07:22:26","guid":{"rendered":"https:\/\/service.codeus.ca\/index.php\/2026\/04\/10\/el-pais-que-ya-se-fue\/"},"modified":"2026-04-10T04:22:26","modified_gmt":"2026-04-10T07:22:26","slug":"el-pais-que-ya-se-fue","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/service.codeus.ca\/index.php\/2026\/04\/10\/el-pais-que-ya-se-fue\/","title":{"rendered":"El pa\u00eds que ya se fue"},"content":{"rendered":"<p>Hay momentos en la historia en que un pa\u00eds deja de existir antes de que sus instituciones caigan. No desaparece en los mapas ni en los discursos oficiales, pero se desvanece en la conciencia de sus ciudadanos. Lo que permanece es una estructura vac\u00eda, un cascar\u00f3n de poder que sigue funcionando por inercia, mientras la sociedad \u2014esa entidad m\u00e1s profunda y m\u00e1s dif\u00edcil de controlar\u2014 ya ha tomado otro camino.<\/p>\n<p>Venezuela ha entrado en ese momento.<\/p>\n<p>El discurso de Delcy, la interna, insiste en la recuperaci\u00f3n. Habla de crecimiento sostenido, de estabilidad progresiva, de un pa\u00eds que, tras a\u00f1os de sanciones, comienza finalmente a levantarse. Es una relaci\u00f3n ordenada, incluso convincente en su arquitectura interna. Pero hay un problema esencial: ese pa\u00eds no coincide con el que viven los venezolanos.<\/p>\n<p>Las cifras, cuando se las observa sin la intenci\u00f3n de adornarlas, son implacables. Una mayor\u00eda abrumadora no cree que el modelo actual pueda generar recuperaci\u00f3n econ\u00f3mica. La inmensa mayor\u00eda tampoco acepta que el chavismomadurimo pueda liderar una transici\u00f3n. Y, m\u00e1s significativo a\u00fan, la sociedad no pide reconciliaci\u00f3n: pide justicia. No quiere olvidar; quiere recordar y juzgar.<\/p>\n<p>Esto no es una discrepancia menor entre el interinato de Delcy y la opini\u00f3n p\u00fablica. Es una fractura.<\/p>\n<p>Sigue en pie. Controla instituciones, administra recursos, negocia con la administraci\u00f3n Trump. Pero ha perdido algo m\u00e1s importante que cualquier ministerio o empresa estatal: ha perdido la capacidad de persuadir. Ya no te convence. Y cuando un sistema deja de convencer, comienza a sostenerse \u00fanicamente en la rutina, en la costumbre, en la ausencia de alternativas inmediatas.<\/p>\n<p>Esa es la ilusi\u00f3n de estabilidad que hoy define a Venezuela.<\/p>\n<p>Desde fuera, el pa\u00eds parece haber entrado en una fase de normalizaci\u00f3n. Hay se\u00f1ales de actividad econ\u00f3mica, ciertos sectores muestran dinamismo, y la narrativa oficial se encuentra eco en quienes prefieren ver el vaso medio lleno antes de enfrentarse a la complejidad del momento. Incluso la Casa Blanca ha optado por privilegiar la estabilidad sobre la transformaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Es comprensible. El caos no es una alternativa deseable. Pero la estabilidad sin legitimidad tiene un problema: no dura.<\/p>\n<p>La experiencia hist\u00f3rica es elocuente. Los reg\u00edmenes que pierden el v\u00ednculo con la sociedad pueden sobrevivir durante a\u00f1os. Pero lo hacen a costa de una erosi\u00f3n constante, de una p\u00e9rdida progresiva de sentido, de una incapacidad para renovar sus propias bases. Se convierten en sistemas que administran el presente, pero no pueden imaginar el futuro.<\/p>\n<p>En Venezuela, ese futuro ya no est\u00e1 en manos de la interna.<\/p>\n<p>La figura de Mar\u00eda Corina Machado \u2014m\u00e1s all\u00e1 de simpat\u00edas o cr\u00edticas\u2014 encarna algo que va m\u00e1s all\u00e1 de la pol\u00edtica partidista. Representa la idea de cambio que ha logrado arraigarse en la conciencia colectiva del venezolano. No es solo un l\u00edder; es un s\u00edmbolo. Y los s\u00edmbolos, cuando logran capturar la imaginaci\u00f3n de una sociedad, son dif\u00edciles de desplazar.<\/p>\n<p>El contraste es evidente. De un lado, un r\u00e9gimen que insiste en su continuidad, que se presenta como garant\u00eda de la estabilidad y que busca adaptarse sin transformarse. Del otro, una sociedad que ha decidido, en su mayor\u00eda, que ese sistema ya no es aceptable.<\/p>\n<p>Esta tensi\u00f3n define el momento actual.<\/p>\n<p>Algunos han llamado a este estado de cosas un \u201cprotectorado pragm\u00e1tico\u201d. No es una definici\u00f3n del todo imprecisa. El pa\u00eds funciona bajo una l\u00f3gica en la que las decisiones fundamentales no se toman exclusivamente en su territorio. Hay una supervisi\u00f3n, expl\u00edcita o impl\u00edcita, de Estados Unidos que busca evitar el colapso y garantizar ciertos equilibrios.<\/p>\n<p>En ese contexto, figuras del poder tradicional son reconfiguradas como administradores, como operadores necesarios para mantener el sistema en marcha. No se trata de legitimarlas, sino de utilizarlas. Es una l\u00f3gica fr\u00eda, pragm\u00e1tica, que responde m\u00e1s a consideraciones geopol\u00edticas que a principios democr\u00e1ticos.<\/p>\n<p>Pero esa l\u00f3gica tiene l\u00edmites.<\/p>\n<p>La sociedad venezolana puede tolerar, hasta cierto punto, la intervenci\u00f3n externa. Puede incluso agradecerla si percibe que contribuye a mejorar sus condiciones de vida. Pero no est\u00e1 dispuesta a aceptar que esa intervenci\u00f3n se traduzca en la legitimaci\u00f3n de Delcy a quien, tambi\u00e9n, se considera responsable de la crisis.<\/p>\n<p>Es una l\u00ednea fina, pero decisiva.<\/p>\n<p>Cuando el discurso de la interna habla de recuperaci\u00f3n, la gente piensa en su salario. Cuando se habla de inversi\u00f3n, la gente mira su nevera. Cuando se invoca la estabilidad, el pueblo recuerda los apagones, la inflaci\u00f3n, la precariedad cotidiana. No es que la poblaci\u00f3n rechace la idea de mejora; es que no la reconoce en su experiencia.<\/p>\n<p>Esa es la ra\u00edz del problema.<\/p>\n<p>Delcy habla un lenguaje que la sociedad ya no entiende, o no quiere entender. Y la sociedad vive una realidad que el poder no puede, o no quiere, reconocer. Entre ambos se ha abierto un abismo que no se cierra con discursos ni con cifras.<\/p>\n<p>Se cierra con decisiones.<\/p>\n<p>La m\u00e1s importante de esas decisiones tiene que ver con el tiempo. Toda transici\u00f3n implica una secuencia, un orden de prioridades. En Venezuela, ese orden ha sido invertido: primero la estabilidad, luego la recuperaci\u00f3n y por \u00faltimo la democracia. Es una apuesta arriesgada, porque asumir que la legitimidad puede ser diferida sin consecuencias.<\/p>\n<p>La historia sugiere lo contrario.<\/p>\n<p>Las sociedades pueden esperar, pero no indefinidamente. Y cuando la espera se prolonga m\u00e1s all\u00e1 de lo tolerable, la frustraci\u00f3n se convierte en acci\u00f3n. No siempre de forma ordenada, no siempre de forma previsible, pero inevitablemente.<\/p>\n<p>Venezuela no est\u00e1 al borde de una explosi\u00f3n inmediata. Pero tampoco est\u00e1 en equilibrio. Se encuentra en una pausa, en un momento suspendido en el que las tensiones no han desaparecido, solo han sido contenidas.<\/p>\n<p>La pregunta no es si ese equilibrio se mantendr\u00e1. La pregunta es cu\u00e1nto tiempo puede sostenerse antes de que la realidad \u2014esa realidad que no cabe en los discursos\u2014 se imponga.<\/p>\n<p>Porque al final, los pa\u00edses no se sostienen solo con poder. Se sostienen con legitimidad de origen. Y cuando esa legitimidad se pierde, lo que queda es un pa\u00eds que, en cierto sentido, ya no est\u00e1.<\/p>\n<p>Un pa\u00eds que se fue, aunque todav\u00eda no lo separa del todo Delcy y su camarilla. <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hay momentos en la historia en que un pa\u00eds deja de existir antes de que sus instituciones caigan. No desaparece en los mapas ni en los discursos oficiales, pero se desvanece en la conciencia de sus ciudadanos. 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