{"id":34422,"date":"2026-02-11T04:49:27","date_gmt":"2026-02-11T07:49:27","guid":{"rendered":"https:\/\/service.codeus.ca\/index.php\/2026\/02\/11\/venezuela-donde-la-estabilidad-no-significa-democracia\/"},"modified":"2026-02-11T04:49:27","modified_gmt":"2026-02-11T07:49:27","slug":"venezuela-donde-la-estabilidad-no-significa-democracia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/service.codeus.ca\/index.php\/2026\/02\/11\/venezuela-donde-la-estabilidad-no-significa-democracia\/","title":{"rendered":"Venezuela: donde la estabilidad no significa democracia"},"content":{"rendered":"<p>\u201cEl poder se sostiene no solo por la fuerza, sino<br \/>\npor el consentimiento que logra organizar en la sociedad.\u201d<br \/>\nAntonio Gramsci<\/p>\n<p>Durante mucho tiempo, la palabra paz fue una promesa. En las transiciones pol\u00edticas, significaba reconciliaci\u00f3n despu\u00e9s del conflicto, la aceptaci\u00f3n mutua de reglas comunes y la voluntad de convivir en la diferencia. Hoy, en Venezuela, esa palabra parece haber cambiado de significado. La paz ya no se invoca como acuerdo, sino como silencio. No como encuentro, sino como suspensi\u00f3n del conflicto. Y cuando la paz exige callar, deja de ser paz y se transforma en silencio impuesto.<\/p>\n<p>La idea que atraviesa el debate venezolano actual es tan sencilla como peligrosa: el pa\u00eds debe estabilizarse antes de democratizarse. Presentada as\u00ed, parece una obviedad t\u00e9cnica, casi un consejo de sentido com\u00fan. \u00bfQui\u00e9n podr\u00eda oponerse a la estabilidad? Sin embargo, bajo esa f\u00f3rmula se esconde una inversi\u00f3n profunda del orden democr\u00e1tico. La estabilidad deja de ser un medio para convertirse en un fin; la democracia, en cambio, pasa a ser una promesa aplazada, una recompensa futura condicionada al buen comportamiento presente.<\/p>\n<p>Esta l\u00f3gica no se anuncia como una renuncia a la democracia. Ser\u00eda demasiado expl\u00edcito. Se presenta, m\u00e1s bien, como una necesidad inevitable, como el precio que hay que pagar para evitar el caos. En nombre de esa necesidad se aceptan mecanismos de excepci\u00f3n, reformas controladas y un entorno pol\u00edtico disciplinado. Pero la historia recuerda que toda democracia diferida en nombre de la estabilidad suele convertirse en una promesa sin fecha.<\/p>\n<p>El contexto internacional refuerza esta tendencia. La transici\u00f3n venezolana ha quedado marcada por la influencia decisiva de la administraci\u00f3n del presidente 47 de Estados Unidos, Donald Trump, cuya prioridad estrat\u00e9gica ha sido clara: recuperar la econom\u00eda venezolana a trav\u00e9s de la reactivaci\u00f3n del sector petrolero. Para que la inversi\u00f3n regrese, se repite, hace falta previsibilidad, seguridad jur\u00eddica y ausencia de sobresaltos pol\u00edticos. El capital no ama el conflicto; huye de \u00e9l.<\/p>\n<p>En ese marco, la democracia cambia de estatus. Ya no es el objetivo \u00faltimo del proceso pol\u00edtico, sino una variable que hay que gestionar. Como la presi\u00f3n en una tuber\u00eda o la temperatura de una maquinaria compleja, debe mantenerse dentro de ciertos l\u00edmites para que el sistema funcione. Si genera demasiado ruido se convierte en un problema t\u00e9cnico. El conflicto, que en una democracia sana es se\u00f1al de vitalidad, empieza a verso como una amenaza.<\/p>\n<p>Aqu\u00ed se produce un giro decisivo. La pol\u00edtica deja de concebirse como un espacio de deliberaci\u00f3n entre ciudadanos libres y pasa a entenderse como una tarea administrativa. La pregunta fundamental ya no es qui\u00e9n gobierna con legitimidad, sino qui\u00e9n tiene el poder real de cu\u00e1ndo el conflicto debe interrumpirse \u201cpor ahora\u201d para que el orden se mantenga. Y esa decisi\u00f3n est\u00e1 en la Casa Blanca que gestiona a trav\u00e9s de Delcy Rodr\u00edguez.<\/p>\n<p>Este desplazamiento no se impone principalmente por la fuerza, sino por el lenguaje. El control comienza en las palabras. El debate pol\u00edtico es reemplazado por el juicio moral. El disenso deja de ser una opini\u00f3n leg\u00edtima y pasa a ser \u201clibertinaje\u201d. La protesta se trivializa como \u201cshow\u201d. La obediencia se presenta como virtud c\u00edvica. El opositor ya no es un adversario con derechos, sino un problema social que debe ser corregido.<\/p>\n<p>Este mecanismo se apoya en el aparato comunicacional del r\u00e9gimen tutelado que repite y fija esos marcos hasta convertirlos en sentido com\u00fan. \u201cPaz\u201d, \u201crespeto\u201d y \u201cestabilizaci\u00f3n\u201d se transforman en consignas vaciadas de contenido pol\u00edtico, pero cargadas de exigencia conductual. Se instala as\u00ed una falsa dicotom\u00eda entre orden y caos: quien protesta atenta contra la econom\u00eda; quien reclama derechos pone en peligro la recuperaci\u00f3n. La responsabilidad se desplaza del poder al ciudadano inc\u00f3modo.<\/p>\n<p>M\u00e1s profundamente a\u00fan operan los arquitectos de un modelo que podr\u00edamos llamar estabilizaci\u00f3n sin legitimidad. Son autores sin rostro, estrategias del relato, que dise\u00f1an un discurso donde control y paz se confunden deliberadamente. En ese relato, la democracia est\u00e1 vac\u00eda de su elemento esencial: el conflicto leg\u00edtimo. Los derechos desaparecen del lenguaje p\u00fablico y son sustituidos por apelaciones morales. El contrato social deja de ser un acuerdo entre iguales y se transforma en un contrato disciplinario, donde la participaci\u00f3n es condicional y la obediencia se naturaliza.<\/p>\n<p>El dispositivo se completa con el uso instrumental de s\u00edmbolos hist\u00f3ricos. Figuras universales son invocadas para desautorizar al disidente, como si la historia ofrece un manual de buena conducta pol\u00edtica. Se oponen h\u00e9roes y desviados, virtuosos y \u201cmalandros\u201d. Conviene recordar, aunque resulte inc\u00f3modo, que Nelson Mandela fue durante a\u00f1os presentado como criminal y perturbador del orden por discursos muy parecidos a los que hoy se invocan en nombre de la estabilidad democr\u00e1tica.<\/p>\n<p>El objetivo de este entramado no es la paz, ni siquiera la econom\u00eda en sentido estricto. Es cerrar el espacio pol\u00edtico sin asumir el costo de la represi\u00f3n abierta. Gobernar no por persuasi\u00f3n ni por consenso, sino por lenguaje. Cuando el poder logra que el silencio parezca virtud y el conflicto parezca delito, la pol\u00edtica no desaparece: queda suspendida.<\/p>\n<p>La reciente ley de amnist\u00eda para presos pol\u00edticos ilustra bien esta l\u00f3gica. En la superficie, se presenta como un gesto humanitario y una se\u00f1al de normalizaci\u00f3n institucional. Y lo es, en el plano individual: nadie puede negar el alivio real que supone la libertad para quien ha estado injustamente encarcelado. Pero, en t\u00e9rminos sist\u00e9micos, la amnist\u00eda funciona m\u00e1s como una v\u00e1lvula de escape que como una base para la renovaci\u00f3n democr\u00e1tica. Reduce la presi\u00f3n social y baja la temperatura pol\u00edtica sin resolver la disputa de fondo: reconocimiento del da\u00f1o por parte del Estado; petici\u00f3n oficial de perd\u00f3n; indemnizaci\u00f3n a las v\u00edctimas; reparaci\u00f3n integral (material y psicol\u00f3gica); y reconocimiento p\u00fablico de las v\u00edctimas.<\/p>\n<p>La amnist\u00eda se convierte as\u00ed en un instrumento de orden m\u00e1s que de justicia. Alivia el s\u00edntoma, pero no cura la enfermedad. Permite que la estabilidad econ\u00f3mica avance sin interrupciones, mientras el conflicto pol\u00edtico se administra, se posterga o se neutraliza desde el lenguaje.<\/p>\n<p>Tres tensiones estructurales atraviesan este modelo. La primera es la subordinaci\u00f3n de la pol\u00edtica a la l\u00f3gica petrolera. La estabilidad energ\u00e9tica se trata como un imperativo incuestionable y la reforma de la Ley de Hidrocarburos de Ch\u00e1vez se dise\u00f1a para replicar el modelo Chevron. Las demandas democr\u00e1ticas se tolerar\u00e1n solo mientras no interfieran con la continuidad operativa. La salud pol\u00edtica del pa\u00eds queda, as\u00ed, atada al precio del barril.<\/p>\n<p>La segunda es la b\u00fasqueda de certeza institucional sin consenso pleno. La inversi\u00f3n a largo plazo requiere reglas estables, pero cuando esas reglas se introducen con participaci\u00f3n limitada y debate constre\u00f1ido, su legitimidad es fr\u00e1gil. El capital puede regresar, pero lo hace anclado a garant\u00edas como la Licencia General 46 de la OFAC, no a confianza democr\u00e1tica.<\/p>\n<p>La tercera es la normalizaci\u00f3n de la excepci\u00f3n. La amnist\u00eda, la disciplina del lenguaje, la gesti\u00f3n del disenso: todo ello configura un sistema de alto control y baja legitimidad. Un orden que puede funcionar, incluso producir crecimiento, pero que no persuade ni integra.<\/p>\n<p>Este no es solo un dilema venezolano. Es un patr\u00f3n recurrente en transiciones moldeadas por prioridades externas. Cuando la paz se define como ausencia de perturbaci\u00f3n y no como presencia de consentimiento, la pol\u00edtica no desaparece: se replica. Y suele regresar, m\u00e1s tarde, de formas m\u00e1s abruptas.<\/p>\n<p>El orden puede imponerse. La estabilidad se puede dise\u00f1ar. Pero la legitimidad de ejercicio y origen no se administra indefinidamente sin conflicto. Cuando la paz se reduce al silencio, lo pol\u00edtico no ha sido superado. Solo ha sido diferido.<\/p>\n<p>Y los conflictos diferidos, como ense\u00f1a la historia, no se disuelven.<\/p>\n<p>Esperan.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>\u201cEl poder se sostiene no solo por la fuerza, sino por el consentimiento que logra organizar en la sociedad.\u201d Antonio Gramsci Durante mucho tiempo, la palabra paz fue una promesa. En las transiciones pol\u00edticas, significaba reconciliaci\u00f3n despu\u00e9s del conflicto, la aceptaci\u00f3n mutua de reglas comunes y la voluntad de convivir en la diferencia. 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