{"id":20782,"date":"2025-12-24T08:34:37","date_gmt":"2025-12-24T11:34:37","guid":{"rendered":"https:\/\/service.codeus.ca\/index.php\/2025\/12\/24\/la-navidad-venezolana\/"},"modified":"2025-12-24T08:34:37","modified_gmt":"2025-12-24T11:34:37","slug":"la-navidad-venezolana","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/service.codeus.ca\/index.php\/2025\/12\/24\/la-navidad-venezolana\/","title":{"rendered":"la navidad venezolana"},"content":{"rendered":"<p>Hay aromas que no se olvidan, canciones que se quedan flotando en el alma, sabores que parecen tener la capacidad de detener el tiempo. As\u00ed es la Navidad venezolana, un tejido de recuerdos que huelen a hallaca reci\u00e9n amarrada, suena a aguinaldo al amanecer y saben una infancia feliz. Hoy, cuando el mundo parece girar m\u00e1s r\u00e1pido y los diciembres se llenan de luces fr\u00edas y pantallas, me descubro evocando aquellas \u00e9pocas de festividades de antes, cuando el pa\u00eds entero parec\u00eda un solo hogar iluminado.<\/p>\n<p>I. El despertar de diciembre<\/p>\n<p>En mi infancia, el mes de diciembre comenzaba antes de que el calendario lo marcara. Bastaba con que el viento cambiara de tono y Pacheco trajera ese frescor particular de los \u00faltimos meses del a\u00f1o, para que todo el mundo supiera que la Navidad estaba llegando. Las casas comenzaban a pintarse, las madres sacaban los manteles guardados desde el a\u00f1o anterior y los ni\u00f1os esper\u00e1bamos con impaciencia la llegada del primer aguinaldo en la radio. En medio de esa alegr\u00eda, se realizaban patinatas con los amigos de la cuadra, llenando las tardes de risas y movimiento sobre el asfalto.<\/p>\n<p>Recuerdo que el sonido del cuatro y las maracas era el anuncio oficial de la temporada. Las emisoras comenzaban a transmitir los temas cl\u00e1sicos de Billo&#8217;s Caracas Boys, los gaiteros del Zulia y los villancicos de serenatas decembrinas. No exist\u00eda a\u00fan el ruido del comercio desbordado, ni la prisa de las redes sociales; Era un diciembre que se saboreaba lento, entre diversi\u00f3n, visitas y preparativos.<\/p>\n<p>La ciudad \u2014cualquier ciudad de Venezuela\u2014 se transformaba. En Caracas, las avenidas se llenaban de luces; en Maracaibo, los barrios sonaban una tambora; en los Andes, el fr\u00edo se mezclaba con el aroma de los bu\u00f1uelos y el caf\u00e9 reci\u00e9n colado; en Oriente, el mar parec\u00eda tener su propio modo de celebrar, reflejando el resplandor de los pesebres caseros que los pescadores pon\u00edan junto a la orilla.<\/p>\n<p>II. La casa como templo de alegr\u00eda<\/p>\n<p>En mi casa, la Navidad comenzaba con el nacimiento. Era un ritual que un\u00eda a todos: abuelos, padres, t\u00edos, primos, vecinos. El pesebre ocupaba un rinc\u00f3n de la sala y se extend\u00eda como una peque\u00f1a ciudad: monta\u00f1as de folio marr\u00f3n, riachuelos de papel aluminio, ovejas de algod\u00f3n y casitas de cart\u00f3n pintadas a mano. Colocar al Ni\u00f1o Jes\u00fas era un acto sagrado, reservado para la medianoche del 24 de diciembre.<\/p>\n<p>El arbolito, con sus adornos de colores y luces intermitentes, llegaba m\u00e1s tarde. No hab\u00eda pinos importados ni luces sincronizadas con m\u00fasica; Eran adornos humildes, pero llenos de historia. Algunas bolas ten\u00edan ya las cicatrices de los a\u00f1os \u2014una peque\u00f1a grieta, un brillo gastado\u2014, pero para nosotros eran tesoros. Cada pieza ten\u00eda su relato y al colgarlas reviv\u00edamos una parte de nuestras memorias familiares.<\/p>\n<p>Mientras los adultos preparaban las hallacas, los ni\u00f1os correte\u00e1bamos por la casa con los hilos de las luces, probando cu\u00e1l funcionaba todav\u00eda. Afuera, el barrio ol\u00eda a guiso ya le\u00f1a, porque en cada casa hab\u00eda una olla al fuego y el vapor que se escapaba por las ventanas llevaba en s\u00ed mismo una promesa, la promesa del reencuentro.<\/p>\n<p>III. La hallaca: herencia envuelta en hojas de pl\u00e1tano<\/p>\n<p>Hablar de la Navidad venezolana sin mencionar la hallaca es imposible. La hallaca no es solo un plato, es una ceremonia, una tradici\u00f3n que condensa el esp\u00edritu de un pueblo. En mi memoria, preparar las hallacas era un acontecimiento que duraba d\u00edas. Comenzaba con la compra de los ingredientes, la selecci\u00f3n de las hojas y el majado del onoto para pintar la masa. Luego ven\u00eda el momento m\u00e1s esperado: el &#8220;armado&#8221;.<\/p>\n<p>Cada miembro de la familia ten\u00eda una tarea. Mi abuela se encargaba del guiso \u2014esa mezcla arom\u00e1tica de carnes, pasas, aceitunas, alcaparras y vino\u2014; mi madre amasaba y supervisaba el espesor de las hojas; mis t\u00edas discut\u00edan si deb\u00edan llevar m\u00e1s dulce o m\u00e1s salado y los ni\u00f1os ayud\u00e1bamos a cortar los adornos: las rodajas de piment\u00f3n y cebolla que convert\u00edan cada hallaca en una obra de arte.<\/p>\n<p>El d\u00eda de la \u201camarrada\u201d era casi una fiesta. Entre risas, chistes y villancicos, se apilaban las hallacas en grandes montones y, cuando al fin entraban al agua hirviendo, el vapor perfumado llenaba la casa de un aroma inconfundible. Ese olor era la se\u00f1al definitiva: la Navidad hab\u00eda llegado.<\/p>\n<p>Hoy, muchas familias a\u00fan conservan la tradici\u00f3n, pero otras la han visto desvanecerse entre el costo de los ingredientes y las distancias impuestas por la vida moderna. Sin embargo, incluso quienes est\u00e1n lejos \u2014en otras tierras, otros inviernos\u2014 buscan cada diciembre un pedacito de hoja de pl\u00e1tano, un sabor que los devuelva al origen.<\/p>\n<p>IV. Los aguinaldos y las gaitas.<\/p>\n<p>La m\u00fasica era, y sigue siendo, el alma de la Navidad venezolana. En los pueblos, los aguinalderos recorr\u00edan las calles con sus instrumentos, cantando a la Virgen, al Ni\u00f1o Jes\u00fas ya la esperanza. Era com\u00fan que los vecinos salieran a recibirlos con caf\u00e9, pan de jam\u00f3n o un trago de ponche crema.<\/p>\n<p>Las gaitas, por su parte, eran la voz del Zulia que se extend\u00eda por todo el pa\u00eds. En cada esquina sonaba Pecado de rencor, La gris zuliana oh viejo a\u00f1o. Las familias bailaban en los patios y hasta el m\u00e1s t\u00edmido terminaba golpeando las palmas al comp\u00e1s del furro.<\/p>\n<p>Hoy, las gaitas comparten espacio con reguetones navide\u00f1os y listas de reproducci\u00f3n digitales, pero cuando suena una tambora aut\u00e9ntica, algo se remueve en el pecho del venezolano. Es el eco de una alegr\u00eda colectiva, de una identidad que se niega a desaparecer.<\/p>\n<p>V. El Ni\u00f1o Jes\u00fas y la magia de la inocencia<\/p>\n<p>En mi ni\u00f1ez, el 24 de diciembre era el d\u00eda m\u00e1s esperado del a\u00f1o. No habl\u00e1bamos de Santa Claus ni de regalos bajo un \u00e1rbol nevado, esper\u00e1bamos al Ni\u00f1o Jes\u00fas. La emoci\u00f3n comenzaba desde la ma\u00f1ana, cuando ayud\u00e1bamos a poner la mesa ya adornar la casa. Por la tarde, todos se arreglaban para la misa de gallo y el sonido de las campanas parec\u00eda abrir el cielo.<\/p>\n<p>De regreso, mientras los adultos preparaban la cena, los ni\u00f1os esper\u00e1bamos con los ojos bien abiertos, aunque el sue\u00f1o nos venc\u00eda antes de medianoche. Y al amanecer, el milagro: los regalos aparecieron, envueltos en papel brillante, a los pies de la cama o junto al pesebre. No importaba el tama\u00f1o ni el precio; lo importante era creer, sentir que el Ni\u00f1o Jes\u00fas hab\u00eda pasado por la casa.<\/p>\n<p>Con el tiempo, esa inocencia se ha ido perdiendo. Hoy los ni\u00f1os esperan al \u201cSanta\u201d de las pel\u00edculas y los regalos llegan por encomienda o por una compra en l\u00ednea. Pero en el coraz\u00f3n del venezolano, el Ni\u00f1o Jes\u00fas sigue siendo s\u00edmbolo de ternura y fe, record\u00e1ndonos que la Navidad no se trata de recibir, sino de creer.<\/p>\n<p>VI. Los fuegos y el amanecer del 25<\/p>\n<p>La noche del 24 termin\u00f3 con risas, abrazos y cohetes. Desde los balcones y patios se lanzaban luces de bengala y el cielo se llenaba de chispas y colores. A medianoche, despu\u00e9s del \u00a1Feliz Navidad! Ven\u00eda la cena: hallacas, pernil, ensalada de gallina, pan de jam\u00f3n y, por supuesto, ponche crema.<\/p>\n<p>Era una fiesta que duraba hasta el amanecer. Los vecinos iban de casa en casa compartiendo un brindis, los ni\u00f1os corr\u00edan con bengalas, los mayores bailaban gaitas y merengues. El amanecer del 25 ten\u00eda algo sagrado, el cansancio feliz de quien ha celebrado la vida.<\/p>\n<p>Hoy, muchas calles permanecen en silencio durante esas horas. Las luces LED titilan detr\u00e1s de las rejas, las familias se re\u00fanen en grupos m\u00e1s peque\u00f1os y el bullicio ha cedido paso a la nostalgia. Pero basta un toque de tambor, una risa compartida, un aroma de hallaca, para que la alegr\u00eda regrese. Porque, aunque las formas cambien, el esp\u00edritu de la Navidad venezolana sigue latiendo.<\/p>\n<p>VII. El fin de a\u00f1o: la despedida del viejo<\/p>\n<p>El 31 de diciembre era otro cap\u00edtulo de fiesta. En mi familia, era tradici\u00f3n quemar el a\u00f1o viejo: un mu\u00f1eco hecho con ropa usada, relleno de trapos y cohetes, que representaba todo lo malo del a\u00f1o que terminaba. A medianoche, se encend\u00eda entre risas y aplausos, mientras todos gritaban deseos para el nuevo ciclo.<\/p>\n<p>En la mesa no faltaban las doce uvas, el brindis con champa\u00f1a \u2014o con lo que hubiera\u2014 y los abrazos interminables. Cada quien ten\u00eda sus rituales: algunos sal\u00edan con una maleta para \u201cviajar\u201d durante el a\u00f1o nuevo; otros se pon\u00edan algo amarillo; otros escrib\u00edan sus deseos en papeles que luego lanzaban al fuego.<\/p>\n<p>Eran gestos sencillos, pero llenos de esperanza. Porque, a pesar de las dificultades, el venezolano siempre ha tenido una fe profunda en que el a\u00f1o siguiente ser\u00e1 mejor. Esa esperanza, quiz\u00e1s, es el m\u00e1s grande regalo de nuestra Navidad.<\/p>\n<p>VIII. La Navidad en tiempos dif\u00edciles<\/p>\n<p>No todos los diciembres han sido luminosos. Venezuela ha atravesado tiempos duros, de escasez, separaci\u00f3n y nostalgia. Muchos han tenido que celebrar lejos de su tierra, con una hallaca improvisada o una gaita reproducida desde un tel\u00e9fono. Sin embargo, la Navidad sigue siendo el hilo que nos une.<\/p>\n<p>Recuerdo una Navidad reciente, celebrada en el extranjero. \u00c9ramos un grupo de venezolanos reunidos en un peque\u00f1o apartamento. No hab\u00eda pernil ni fuegos artificiales, pero s\u00ed hab\u00eda m\u00fasica, risas y un nacimiento hecho con figuras tra\u00eddas en las maletas. Al sonar amparitaalguien llor\u00f3. No de tristeza, sino de emoci\u00f3n: porque, aunque lejos, est\u00e1bamos juntos.<\/p>\n<p>La Navidad venezolana tiene esa fuerza, puede sobrevivir al tiempo, a la distancia, a la nostalgia, porque no depende de lo material, sino del esp\u00edritu que llevamos dentro.<\/p>\n<p>IX. La nueva Navidad<\/p>\n<p>Hoy las navidades lucen distintas. Las luces parpadean en tonos fr\u00edos, los mensajes llegan por videollamada, las reuniones son m\u00e1s peque\u00f1as. Pero tambi\u00e9n hay una nueva forma de uni\u00f3n. Las familias que est\u00e1n separadas se conectan desde distintos pa\u00edses, brindan a trav\u00e9s de una pantalla, comparten recetas por voz y hacen videollamadas para amarrar hallacas \u201cen conjunto\u201d.<\/p>\n<p>La tecnolog\u00eda ha cambiado el modo, pero no la esencia y tal vez eso sea lo m\u00e1s bonito de nuestra Navidad actual: la capacidad de adaptarse sin perder su alma.<\/p>\n<p>Los ni\u00f1os siguen cantando villancicos en las escuelas, los abuelos siguen contando historias del Ni\u00f1o Jes\u00fas, las madres a\u00fan guardan las recetas secretas de las hallacas. La Navidad venezolana sigue viva, reinvent\u00e1ndose, resistiendo.<\/p>\n<p>X. Ep\u00edlogo: La Navidad que somos<\/p>\n<p>A veces cierra los ojos y me dejo llevar por el recuerdo. Vuelvo a ver a mi abuela, moviendo el cuchar\u00f3n del guiso; a mi madre, sonriendo mientras prueba la masa; a los ni\u00f1os del barrio, corriendo con luces de bengala; al abuelo, afinando el cuatro. Escucho la gaita de fondo, el bullicio de las risas, el aroma de la le\u00f1a, la voz del viento anunciando diciembre.<\/p>\n<p>Entonces entiendo que la Navidad venezolana no es una fecha, es una emoci\u00f3n que nos habita. Es el eco de un pa\u00eds que, a pesar de todo, sigue creyendo en el milagro de reunirse, de cantar, de compartir.<\/p>\n<p>Cada diciembre, cuando las luces comienzan a encenderse y los villancicos vuelven a sonar, siento que no importa d\u00f3nde estemos, la Navidad nos encuentra. Porque ser venezolano es llevar dentro de una peque\u00f1a llama de alegr\u00eda que, aunque el tiempo y las circunstancias intenten apagar, siempre se vuelve a encender.<\/p>\n<p>Y en esa luz, c\u00e1lida y persistente, sigue viviendo el pa\u00eds que fuimos y el que, en el fondo, nunca hemos dejado de ser.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hay aromas que no se olvidan, canciones que se quedan flotando en el alma, sabores que parecen tener la capacidad de detener el tiempo. As\u00ed es la Navidad venezolana, un tejido de recuerdos que huelen a hallaca reci\u00e9n amarrada, suena a aguinaldo al amanecer y saben una infancia feliz. 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