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Wednesday, July 29, 2026
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    Plinio Apuleyo Mendoza, el hombre que convirtió la vida en una buena historia

    Un duelo que trasciende fronteras. La última vez que vimos a Plinio Apuleyo Mendoza fue durante una invitación que nos hizo a su casa en Bogotá, lejos de los actos públicos, las polémicas y las discusiones que acompañaron buena parte de su vida. En su biblioteca, entre periódicos acumulados, fotografías familiares y libros en español y francés, Plinio estuvo rodeado por el afecto y los cuidados de Patricia, su esposa y gran compañera durante casi cuatro décadas. Entre los libros y las obras de arte, el gato siamés que tanto quería se acomodaba sobre sus piernas con la naturalidad de quien se sabía dueño de la casa.

    Plinio, un gran conversadorPlinio era un extraordinario contador de anécdotas. No se limitaba a recordar los hechos: los reconstruía con gestos, silencios, cambios de voz y una ironía que hacía reír incluso antes del desenlace. Por su conversación desfilaban escritores, presidentes, artistas, revolucionarios y amigos, pero él sabía quitarles toda solemnidad y mostrarlos en su dimensión más humana.

    Su lenguaje y su particular manera de hablar convertían cada encuentro en un verdadero disfrute. Escucharlo era viajar con él por el París de las buhardillas, la Bogotá de los cafés, la Barranquilla de los escritores, la agitación política de Caracas y la América Latina de los grandes debates. También era acompañarlo en sus viajes con Gabriel García Márquez y en sus encuentros con escritores, artistas y gobernantes. Siempre tuve una historia inesperada y sabía detenerse en el detalle más divertido. Por eso, cada conversación con Plinio terminó convertida en una pequeña joya literaria.

    Para escribir esta dolorosa nota de despedida es inevitable transitar por los recuerdos: las coincidencias durante los viajes, las conversaciones compartidas y aquellos encuentros y reencuentros que hoy adquieren un significado distinto. Cada evocación devuelve una escena, una sonrisa o una anécdota, porque Plinio tenía el talento único de convertir un recuerdo en una imagen viva y cada conversación en una pequeña joya literaria.

    Con Plinio siempre había sorpresasCon Plinio siempre había una sorpresa. Su vida fue tan singular como las anécdotas que contaba. Una de ellas ocurrió en París, en 1987, cuando se casó con la pintora colombiana Patricia Tavera: Marvel Moreno, su primera esposa y madre de sus dos hijas, Carla Mendoza Moreno, nacida en 1963, y Camila Mendoza Moreno, nacida en 1966, fue la madrina del matrimonio; el pintor Luis Caballero fue el padrino. Un detalle extraordinario que retrata la manera poco convencional, generosa y afectuosa con la que Plinio construyó sus relaciones.

    También tuvo una relación insólita con su primer libro, Primeras palabraspublicado cuando apenas tenía 15 años. Años después, convencido de que aquella obra juvenil era una ridiculez, se dedicó a perseguir sus propios ejemplares. Cuando visitaba la casa de algún amigo, revisaba discretamente la biblioteca y, si encontraba uno, lo tomaba a escondidas para romperlo o quemarlo. Con el paso del tiempo cambió de opinión: volvió a leerlo, se sorprendió por lo que había escrito siendo casi un niño y lamentó aquella campaña contra sí mismo. Al final, conservó como una rareza el único ejemplar que pudo rescatar.

    Era una historia muy propia de Plinio: precoz, inconforme, impulsivo y capaz de contemplar sus antiguas certezas con humor. Hasta su primer libro tuvo que sobrevivir a su autor.

    Una vida que parecía una novela.Nació en Boyacá en 1932 y llegó muy temprano al periodismo. Su padre, Plinio Mendoza Neira, fue un destacado dirigente liberal y amigo cercano de Jorge Eliécer Gaitán. El asesinato del líder político, el 9 de abril de 1948, sorprendió al joven Plinio en Bogotá y dejó ante sus ojos una ciudad que comenzaba a arder.

    Aquel no adolescente podía imaginar todavía que pasaría buena parte de su vida entrando y saliendo de la historia: París, Bogotá, Barranquilla, La Habana, Moscú, Roma y Lisboa Serían algunos de los escenarios de una existencia marcada por el periodismo, la literatura, la diplomacia y las pasiones políticas.

    Estudió Ciencias Políticas en La Sorbona y vivió el París de las buhardillas, los cafés y los jóvenes latinoamericanos que soñaban con cambiar el mundo mientras buscaban cómo pagar la cena. Allí se consolidó su amistad con Gabriel García Márquez, a quien había conocido años antes en Bogotá.

    La primera impresión no fue precisamente profética. Plinio recordaría a aquel joven costeño como un muchacho desenvuelto, vestido con colores claros y capaz de pedir una cerveza sin tener con qué pagarla. Nadie podía adivinar entonces que se convertiría en uno de los grandes escritores del siglo XX.

    Gabo, la nieve y los años difícilesLa amistad entre ambos terminó siendo una de las más célebres de la literatura latinoamericana. En París compartieron estrecheces, proyectos, discusiones y descubrimientos. Plinio contó que una noche invitó a cenar a García Márquez y, al salir del restaurante, encontró el bulevar Saint-Michel cubierto de nieve. Gabo nunca la había visto y quedó fascinado frente a aquel paisaje blanco.

    Fueron años difíciles. García Márquez escribía El coronel no tiene quien le escriba mientras padecía hambre y se resistía a aceptar ayuda. Plinio lo acompañó, leyó sus textos y estuvo cerca antes de que la fama se convirtiera a aquel amigo sin dinero en el autor de Cien años de soledad.

    De esa cercanía nació El olor de la guayabael extraordinario libro de conversaciones publicado en 1982. Plinio hizo allí lo que sabía hacer mejor: preguntar sin estorbar, escuchar con atención y encontrar, detrás del personaje. famoso, al ser humano.

    No fue simplemente “el amigo de Gabo”. Fue el interlocutor capaz de conseguir que Gabo hablara de sus miedos, sus supersticiones, su familia, su manera de escribir y hasta de la incomodidad que le producía convertirse en espectáculo público.

    Del entusiasmo revolucionario al desencantoPlinio Apuleyo Mendoza perteneció a una generación que creyó que la revolución podía cambiar América Latina. Viajó por la Unión Soviética, se dirigió Prensa Latina y recibió con entusiasmo el triunfo de la Revolución cubana. Pero también tuvo la valentía de revisar sus convicciones. cuando la realidad dejó de parecerse a la promesa.

    Con los años se convirtió en un crítico frontal del autoritarismo y de los dogmas de la izquierda latinoamericana. Esa evolución política lo acercó a unos y lo distanció de otros, pero nunca apagó su vocación por el debate.

    Podía discutir con vehemencia, provocar con una columna y defender sus ideas sin pedir disculpas. Sus posiciones generan adherencias y rechazos, como suele ocurrir con quienes deciden participar en las discusiones de su tiempo en lugar de observarlas desde una cómoda neutralidad.

    Junto con Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa escribió Manual del perfecto idiota latinoamericano, un ensayo polémico cuyo título revelaba ya el tono burlón y desafiante con el que sus autores abordan los viejos lugares comunes de la política regional.

    Un contador de historias.Su obra era mucho más amplia. Publicó cuentos, novelas, ensayos, crónicas y memorias. Años de fuga, ganadora del Premio Plaza y Janés en 1979, Cinco días en la isla, Entre dos aguas, La llama y el hielo, Ráfagas de tiempo, Muchas cosas que contar y Postales de una vida forman parte de una bibliografía atravesada por los viajes, la amistad, el amor, el desencanto y la memoria.

    También fue diplomático y representó a Colombia como embajador en Portugal e Italia. Pero incluso cuando ejercía cargos oficiales seguía siendo, en esencia, un periodista: miraba, escuchaba, hacía preguntas y guardaba detalles para contarlos después.

    Álvaro Vargas Llosa describió en Postales de una vida esa combinación que distinguía a Plinio: el ojo del novelista, la capacidad del periodista para elegir lo importante y el talento del narrador oral que conseguía capturar a quienes lo escuchaban.

    Esa quizás sea una de las imágenes más fieles para recordarlo: Plinio sentado a la mesa, rodeado de amigos, con un whisky cerca y una historia que comenzaba con aparente tranquilidad, se desviaba por París, Moscú o Barranquilla y terminaba en una carcajada.

    Venezuela, su segunda patriaVenezuela no fue para Plinio una simple escalada en su extensa vida viajera. Fue su segunda patria y uno de los escenarios decisivos de su formación periodística. Vivió en Caracas durante varios años, trabajó en las revistas Élite y Momento y desde allí tendió una mano a Gabriel García Márquez cuando el futuro Nobel sobrevivía con grandes dificultades en París.

    En Caracas, Plinio y Gabo ejercieron el periodismo, presenciaron la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y conocieron de cerca a una sociedad que despertaba a la democracia. Venezuela también acogió a su hermana Soledad Mendoza, destacada periodista, diseñadora y editora que hizo de Caracas su hogar.

    Años después, publicó Monte Ávila Editores El desertorsu primer libro de cuentos. Venezuela quedó así incorporada a su biografía, sus afectos y su literatura. Plinio nunca olvidó aquella tierra que lo recibió, le dio amigos y acompañó algunos de los años más intensos de su juventud.

    En Caracas, Plinio y Gabo ejercieron el periodismo, presenciaron la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y conocieron de cerca a una sociedad que despertaba a la democracia | EFEUn hombre de mundo y un gran colombiano.El escritor, periodista y diplomático colombiano falleció el martes 28 de julio, a los 94 años. Con su muerte se va uno de los grandes testigos de la vida cultural y política latinoamericana del último siglo, pero también un narrador entrañable que parecía llevar siempre una anécdota en el bolsillo.

    Fue un hombre de mundo y, al mismo tiempo, un gran colombiano. Había visto cerca de episodios decisivos de la historia de su país, conocidas revoluciones desde dentro y tratados con escritores, políticos, pintores y personajes capaces de alimentar varias novelas. Recorrió ciudades y continentes sin perder el vínculo con Colombia, su historia y sus contradicciones. Sin embargo, conservó siempre la capacidad de reírse de las solemnidades, incluidas las propias.

    En febrero de 2021, el entonces presidente Iván Duque le entregó la Orden de Boyacá, la máxima condecoración del Estado colombiano, y lo definió como un “maestro irremplazable”. Aquella fue una de sus últimos grandes acontecimientos institucionales y el reconocimiento de su país a una trayectoria consagrada al periodismo, la literatura, la diplomacia y la defensa apasionada de sus ideas.

    La despedida publicaPor tratarse de una figura pública, la familia informó que su velación se realizóía en la Funeraria Gaviria y que posteriormente se celebraría una misa de exequias en el Gimnasio Moderno de Bogotá. La información sobre las honras fúnebres debe actualizarse antes de la publicación si la familia comunica o cambios de horarios.

    Una conversación que permaneceA los 94 años, Plinio Apuleyo Mendoza deja libros, polémicas, retratos yrecuerdos de una época irrepetible. También deja algo más difícil de registrar en una bibliografía: el privilegio y el placer de haber conversado con él.

    Se fue uno de los últimos grandes testigos del mundo de Gabo, del boom latinoamericano y de una generación que quiso cambiar la historia y terminó escribiéndola. Pero quienes lo conocemos no lo despedimos solamente como al escritor, al periodis. ta o al diplomático. Lo grabamos en la intimidad de su casa, acompañados por Patricia, jugando con su gato y haciendo de cualquier recuerdo una escena inolvidable

    Plinio deja una obra atravesada por los grandes acontecimientos de su tiempo, pero su ausencia también se sentirá en algo más íntimo: el placer de escucharlo. Se va el escritor, el periodista, el diplomático y el testigo privilegiado de una época; permanece el hombre singular que supo contar la vida con inteligencia, ironía y afecto. Sus libros conservarán sus palabras. Quienes compartimos su amistad guardaremos, además, el sonido irrepetible de su conversación.