La final de la Copa del Mundo está definida: será España contra Argentina, dos selecciones que, con un derroche de pasión y juego, ganaron –con algo de polémica en el caso de los sudamericanos– su puesto en el partido final. Ahora bien, la historia para analizar las semifinales no debería pasar por los dos equipos que ganaron, sino por los dos que perdieron.
Pocas veces en la historia del fútbol habrá ejemplos tan claros de derrotas autoinfligidas como las de Francia e Inglaterra, para muchos, dos selecciones que en el papel llegaron como las claras favoritas. Lamentablemente, nadie les dijo eso a sus dos técnicos, los cuales hicieron gala de una ignorancia total de fútbol al momento de buscar su boleto a la final.
Deschamps y el arte de no entender cuándo te están bailandoExpertos deportivos, analistas, casas de apuestas y fanáticos comunes: todos veían a Francia como la clara favorita para vencer a España en la semifinal. Se trataba, sobre todas las cosas, de un duelo de filosofías: el juego versátil y de posesión española contra el aluvión ultraofensivo francés. Solo uno se logró imponer.
En una de las mejores series de la televisión, El ala oesteel ficticio presidente estadounidense Josiah Bartlet dice en un episodio: “Si le preguntas a un atleta profesional qué es lo más difícil de hacer en los deportes, todos dirán que batear una pelota de beisbol. Pero un entrenador me dijo una vez que lo más difícil en el deporte es entrar al vestuario del Super Bowl en el medio tiempo y cambiar la estrategia que te llevó hasta allí porque ya no está funcionando”.
Ese fue exactamente el problema que sufrió Francia. Llegado el minuto 15 del partido ante España, era más que claro que los ritmos, la iniciativa y el juego eran hispanos y no galos.
Quizás era poco lo que Deschamps como director técnico podía hacer en los primeros 45 minutos de partido, pero que su “solución” a ser superado en cada línea del campo haya sido cambiar jugador por jugador, sin hacer ninguna alteración táctica, es simplemente una rendición pasiva.
El juego ultravertical francés nunca —escúchese bien, nunca— logró meter en aprietos a España. Funcionó contra todos los rivales anteriores, pero en la semifinal, contra un rival de la misma categoría, ese planteamiento simplemente fue inutilizado.
Fue un mérito en toda regla de un cuadro español que, con nombres sacrificados como Álex Baena, Fabián Ruiz y Lamine Yamal en el ataque, logró poblar permanentemente un mediocampo para asfixiar a las estrellas. azules. La mención especial fue para Pedro Porro, quien se disputó el rol de la figura del partido con Baena.
¿Barcola?, ¿Rabiot?, ¿Olise?, ¿el Balón de Oro Dembélé?, ninguno apareció en el partido. Kylian Mbappé lo intentó, pero el arrogante ariete del Real Madrid aprendió por las malas que nadie gana solo un partido de fútbol.
¿Cuando te están bailando en un encuentro qué haces? La lógica dice que cambias de plan, que tratas de hacer algo distinto. Quizás por eso perdió Francia: porque la lógica nunca estuvo presente en la mente de Deschamps.
Al tímido Barcola lo sacó para metro a Doué, al maniatado Rabiot por Koné, y al desaparecido Olise por Cherki. ¿Resultado? Lo mismo. El problema no eran los nombres, era la táctica; la misma que los había llevado a la semifinal y que Luis de la Fuente estudió, aprendió y contrarrestó con estrategia propia.
Francia quedó asfixiada sin que su entrenador supiera qué hacer –o quizás sí sabía y simplemente no lo hizo–. ¿Qué sí hizo Deschamps? Al mejor estilo de un tuitero dolido por alguna noticia, salió en rueda de prensa a criticar al árbitro.
Francia quedó eliminada, una generación dorada fue desperdiciada y Zinedine Zidane ahora se frota las manos sabiendo que a Deschamps le quedan horas en el cargo. Quizás un tercer lugar en el torneo le sirva de algo para matizar una participación decepcionante en el mundial.
La victoria de Argentina no fue por Infantino, se la deben a TuchelFrancia era favorita ante España, pero nunca al nivel del que lo era Inglaterra contra Argentina. Los de Lionel Messi llegaron a la semifinal surfeando un desempeño inconsistente, un escándalo con sus federativos y, quizás más importante aún, una opinión pública mundial que denuncia favoritismo, polémicas arbitrales y que casi da por sentado que existe una conspiración de Infantino para que Messi levante otra Copa del Mundo.
En el caso contrario llegaron los ingleses. Sobrios, dependientes de las individualidades de Bellingham y Kane pero, aun así, más sólidos en conjunto que los sudamericanos. Todo apuntaba a una final 100% europea. La realidad fue otra.
Si usted entra en una red social –o si lo hizo inmediatamente después del juego–, verá las mismas repeticiones con lupa, los fotogramas detenidos en el momento exacto y las narrativas que le harán pensar que Argentina ganó gracias al árbitro –como sí lo hizo contra Egipto–. La verdad es que el estadounidense Ismail Elfath, a quien algunos llamaron “el árbitro favorito de Messi”, tuvo poca importancia en el partido.
Fue, en la primera parte, un partido de verdadera garra. Ambos equipos intentaron imponer su fútbol, ambos con un estilo propio. También ambos pegaron bastante fuerte y, gracias a Dios, el principal no expulsó a nadie para que la polémica del resultado final no tuviese que ir por ese camino.
Inglaterra, según se ve, logró dominar a los argentinos y para el minuto 55 llegó el premio con el gol de Gordon, esto en una de las jugadas más grises que se habían visto hasta entonces en el partido. Y como prueba de esto es que solo minuto y medio después Spence protagonizó una jugada mucho más vistosa al barrerse en su área para robar a Simeone de lo que pudo haber sido el gol del empate.
Esa jugada, al 57, fue lo último decente que mostró Inglaterra. El turno al bate –por referenciar un deporte más bello que el fútbol– era para Thomas Tuchel.
Inglaterra, ya fuese porque el alemán dio la orden o porque lo permitió –no se puede nunca subestimar el rol del DT en un partido–, pasó a encerrarse a falta de más de 25 minutos en su propia área. Como si el gol de Gordon fuese en realidad tres, los ingleses optaron por “defender” ese resultado parcial.
La historia se cuenta sola: a un equipo como Argentina no te le puedes encerrar, y los europeos aprendieron eso a las malas. Al minuto 85 Enzo Fernández igualó las y, ante un equipo vestido de blanco que perdió toda su personalidad y acciones que se mantuvieron encerradas, Lautaro Martínez definió todo a los 90+2.
Inglaterra entonces, como un niño que tiene que ir a reparación de matemáticas, trató sobre la hora de hacer lo que no había hecho en los minutos anteriores. Propuso, buscó, corrió, presionó. El problema es que solo tuvo 7 minutos más de partido. El pitó principal y la final quedaron definidas.
No hay que quitarle mérito a los argentinos, que nunca dejaron de buscar el partido –de hecho, nunca han dejado de buscar el Mundial–, ni a los españoles, que lograron anular al coco del torneo que era Francia. Pero, lamentablemente, las dos semifinales dejan un sabor amargo al entender que, si bien se vieron actuaciones interesantes, no se terminó viendo el resultado de choques entre los mejores equipos en sus mejores momentos.
Las semifinales fueron dos historias distintas pero con similitudes: la de dos equipos que se impusieron a otros dos que tenían potencial, plantilla y todo para ganar… excepto un buen director técnico con personalidad al frente.