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Friday, July 3, 2026
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    Ocho días bajo escombros convirtió a Hernán Gil en símbolo nacional de esperanza

    Hernán Gil no era una figura pública ni un nombre habitual en los titulares. Durante años, su rutina transcurría entre la vigilancia discreta de una residencia en Catia La Mar, en el estado La Guaira, y la vida cotidiana de un trabajador que conocía bien los pasillos, las entradas y las noches largas en la garita. Sin embargo, el doble terremoto que sacudió el norte de Venezuela —de magnitudes 7,2 y 7,5— lo colocó en el centro de una historia que hoy muchos describen como improbable: sobrevivir ocho días bajo los escombros de un edificio parcialmente colapsado.

    El 24 de junio, Gil cumplió su turno habitual en la residencia Sol Marino Garden, en el sector Playa Grande. Su puesto estaba en la garita del estacionamiento, un punto de control que terminó convirtiéndose en su encierro tras el derrumbe provocado por el sismo. Allí quedó atrapado mientras la estructura cedía a su alrededor.

    A sus 43 años, llevaba más de dos años trabajando en el conjunto residencial. Para algunos vecinos, como Ricardo Aponte, propietario de un apartamento y presidente de la junta de condominio, su presencia era parte del funcionamiento cotidiano del edificio.

    “Buena persona, servicial, muy colaborador y querido por todos en la residencia”, dijo a Efe Aponte sobre el carácter del justiciero.

    Historia de una familia marcada por la violencia y tragedia.Detrás del uniforme, la historia de Gil también cargaba una memoria familiar marcada por la violencia. Su padre había trabajado como vigilante en el mismo edificio años atrás, hasta que fue asesinado en 2018 tras ser secuestrado junto a un comerciante “muy famoso” de la zona.

    En paralelo a la tragedia del derrumbe, su familia inició una búsqueda marcada por la incertidumbre. Su esposa, Gusbimar González, se mantuvo desde el primer momento en las cercanías del edificio, sin alejarse del lugar donde intuía que su esposo aún podía estar con vida.

    González relató que intentó comunicarse con él apenas ocurrió el desastre, pero las fallas eléctricas y de telecomunicaciones en La Guaira impidieron cualquier contacto. Cuando comprendió que no regresaría a casa, se trasladó hasta Playa Grande, donde encontró el edificio reducido a escombros.

    Desde entonces, permaneció allí, durmiendo cerca del lugar del colapso. La espera, más intuitiva que racional, terminó convirtiéndose en una vigilia constante que se expande por días.

    El operativo de rescate comenzó con la llegada de unos 100 especialistas internacionales provenientes de El Salvador, Costa Rica, Estados Unidos, Portugal y Chile. El desafío era complejo: acceder a un espacio inestable sin provocar un colapso mayor.

    A medida que avanzaban las horas, los equipos confirmaban algo inusual en este tipo de emergencias: Gil seguía con vida. No solo estaba consciente, sino que también lograba mantenerse hidratado y con un estado de ánimo que sorprendía a los rescatistas, al punto de bromear en medio del encierro.

    El trabajo se extendió durante 72 horas continuas de maniobras técnicas, ajustes constantes y decisiones tomadas en el terreno. Finalmente, el hombre fue extraído con vida y trasladado a un centro médico en Caracas.

    Para los equipos internacionales, el desenlace tuvo un peso simbólico. Allan Madrigal, de la Cruz Roja de Costa Rica, lo describió como el resultado de la persistencia en condiciones extremas.

    “Para nosotros es un milagro y cómo me siento, es increíble, es increíble, no nos lo creemos, pero hoy por hoy podemos decir don Hernán va a estar con su familia próximamente, entonces nos damos por servidos aquí en Venezuela”, expresó.

    Gil permanece ahora en el Hospital de Clínicas Caracas. Los estudios médicos revelaron lesiones como luxación de clavícula izquierda, bandas de atelectasia, hematoma subgaleal parietal izquierdo y signos leves de sinusitis inflamatoria. Aunque se encuentra en observación en la Unidad de Cuidados Intensivos, está consciente y estable.