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Saturday, June 13, 2026
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    Venezuela, ¿una república desmembrada?

    Oportunismo, enroque, desidia y desfachatez constituyen cuatro rasgos que definen a Venezuela como ¿una república desmembrada? El oportunismo es el impulso de un sentimiento que debió privar en esas horas en que el gobierno de Donald Trump se propuso detener a Nicolás Maduro con palabras, amenazas y el 3 de enero de 2026, y su ausencia no sería suplida por obra y gracia del Espíritu Santo, activándose manipulaciones que obviarían principios elementales en el marco de las circunstancias.

    La figura del enroque, propia del ajedrez, se activaría —involucra al rey ya una torre— para moverse a tenor de sus intereses, lo que vendría a ser la carta para la ejecución de la oportunidad, requiriéndose mucha desidia, es decir, ausencia de responsabilidad y voluntad en los actos de conveniencia, y finalmente mucha desfachatez, es decir, falta de vergüenza, pudor y decencia para cumplir con la tarea, evidentemente negociada y encomendada.

    No había otra manera de salvarguardar, más que con un derramamiento de sangre, los intereses al resguardo de una élite militar, civil, económica y política que nos remiten a una verdad: Venezuela, como república, está desmembrada y sus responsables, más que cualquier otro régimen de gobierno republicano, no son otros que un proyecto político inicial que se propuso un “socialismo del siglo XXI”, entregándose al comunismo cubano y, sin rubores, al terrorismo islamista. Para ello, el territorio dejaría de ser libre, entregado en principio a la recuperación histórica del Esequibo y luego negociando con la guerrilla narcotraficante colombiana sus actividades dentro del país.

    La formación de la Fuerza Armada, por igual, a carga de rusos y cubanos, con lo cual la otra República de Venezuela dejaría de existir, y luego su pueblo, que encarnaba la soberanía, no solo perdería sus derechos de elegir y ser elegido mediante leyes intimidatorias, sino que se vería obligado a emigrar en familia por terrenos inhóspitos, con la grosera pretensión de revocarsele su ciudadanía. Y henos aquí ahora, confiscados esos tres elementos fundamentales y clásicos de un Estado de Derecho.

    La interrogante “¿por qué se llegó a ello?” tiene respuesta: primero, en la señalada élite, por lo demás corrompida, consciente del deterioro del sistema democrático previamente advertido y del descontento del pueblo; segundo, en la instauración de un régimen contrario al mandato constitucional, promovido por ellos mismos, que minó los fundamentos éticos, políticos y jurídicos de la nación; y tercero, en las reiteradas denuncias de los Estados Unidos de América de intentar contra su seguridad y defensa.

    Toda una farsa carente de originalidad, por aquello que dijera Marx: “La historia se repite: la primera vez como tragedia, la segunda como farsa”, como la condicionada “Ley de Amnistía” y sus “misiles jurídicos” (Ley del Odio y la Ley Bolívar) para blindar sus ganancias, conformándose el viejo truco del “estire y encoje” y sus técnicas de animación en inglés (aplastar y estirar), con manipulaciones, intimidaciones e intransigencias en ciclos permanentes.

    ¿Cómo solucionarlo? No depende de los venezolanos —triste decirlo—, ni siquiera de las élites que se aferran a su supervivencia por encima, ya no solo del país, sino de la República como fue concebida desde 1811. Y, en ese escenario, ¿cómo rescatar su economía? ¿Acaso con leyes y decretos a espaldas de los sectores productivos y laborales? ¡Es hora de verdades, no de engaños e improvisaciones!

    Ahora bien, ¿hasta dónde el gobierno de los Estados Unidos va a mantener tan cruda realidad? Corresponde a él la respuesta, mientras aquí tirios y troyanos piensan que en unas elecciones generales estaría la solución. Por supuesto, sería la forma más inmediata y pacífica de relegitimar la República, para lo cual se requiere un Acuerdo Nacional institucionalizado, respetable y reconocido, comenzando por la validación de sus partidos políticos y no de la vocería de sus jefes, entre otras cosas porque algunos de ellos están judicializados y otros autocratizados.

    El sector laboral y gremial, que arrastra una inmensa deuda laboral, debe discutirse entre las partes —gobierno y empresarios—, y en esa necesaria concertación no puede faltar la representación estudiantil del país.

    En ese estado, o especie de abulia, la gesta de la generación de 1928 fue novelada por el entonces estudiante Miguel Otero Silva en fibra (1936), que nos remite a una visión profética, cuando uno de sus personajes, Hilario Figueroa, “el Catalán”, se interroga:

    —¿Por qué se ha eternizado ahí, en el gobierno, Gómez y su cuadrilla de asesinos? Porque saben que el gobierno es el mejor botón para aventureros y ladrones como ellos, y porque les garantizan a los poderosos la manera de robar; porque les regalan el petróleo a los americanos ya los ingleses para que lo exploten y apoyen a quien se los regala; porque les entregan a los hacendados los peones amarrados y no permiten protestas ni huelgas…

    Perfectamente replicó uno de los presentes, pero la conclusión no puede ser más clara: derrocar a Gómez, en primer término, ya que Gómez es la personificación y el guardián de esa explotación.

    —Es que ustedes hablan de tumbar a Gómez sin darse cuenta de que el verdadero problema es tumbar al gomecismo como sistema. Le dan demasiada importancia a la persona del viejo andino y muy poca a los aliados políticos y económicos de Gómez, que hacen que exista Gómez, que son Gómez. Si logramos tumbar a Gómez y no tocamos el parapeto que lo sostiene, otro Gómez se encaramara sobre el parapeto que dejamos sin tocar.

    Entonces, ¿qué otra forma pudiera instrumentarse para salir del embrollo? ¡Irse a la novela de Otero Silva! Pero, a la vista, no observamos la necesaria voluntad para ello, por lo que “andamos buscando a Dios y deseando no encontrar”.

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