10.7 C
Buenos Aires
Sunday, June 21, 2026
More

    Volver también es migrar

    Emigrar es un derecho. Pero también es un proceso. Y es momento de decirlo sin matices: no garantiza nada.

    Durante años se instaló —y aún persiste— la idea de que emigrar es avanzar. Que basta con llegar, especialmente a países como Estados Unidos, para que el esfuerzo se traduzca en progreso. Es una verdad a los medios que ha costado caro.

    Hay quienes lo logran. Quienes entienden la lógica de sociedades donde el trabajo tiene valor real y donde la practicidad permite abrirse camino. Allí, el llamado “sueño” puede materializarse. Pero no ocurre por inercia. Exige disciplina, constancia, recursos mínimos y una enorme capacidad de adaptación.

    Porque emigrar no es solo moverse. Es reconstruirse. Soy atrevida y desde mi punto de vista personal es una metamorfosis.

    Durante mucho tiempo hemos centrado la conversación en la salida: el duelo de irse, la urgencia de abandonar un país muchas veces sin despedidas, empujados más por la necesidad que por la voluntad. Pero hoy empieza a hacerse visible el proceso inverso: el retorno.

    Volver. ¿Fantasía o necesidad?

    Volver a un país que ya no es el mismo. Volver siendo alguien que tampoco es el mismo.

    El regreso de venezolanos —aún incipiente, pero creciente— no puede leerse con ingenio. No responde a una sola causa ni admite interpretaciones simples. En algunos casos, es el resultado de expectativas no cumplidas; en otros, de políticas migratorias más restrictivas; en muchos, del agotamiento.

    Porque no todos los proyectos migratorios funcionan.

    Y aquí conviene ser claros: regresar no es retroceder. Pero tampoco es empezar de cero. Es algo más complejo: retomar una vida que quedó suspendida, en condiciones completamente distintas.

    Por eso, el retorno no puede romantizarse.

    Quienes vuelven no son los mismos que se fueron. Llegan con experiencia, sí, pero también con desgaste. Con aprendizajes, pero también con pérdidas. Y, en muchos casos, con una sensación difícil de nombrar: no pertenecer del todo a ningún lugar.

    Ese conflicto —silencioso y frecuente— rara vez forma parte del debate público.

    El retorno, por tanto, no es solo una decisión individual. Es un fenómeno con implicaciones profundas que el país no puede seguir ignorando.

    En el plano político, obliga a repensar políticas públicas que nunca fueron diseñadas para recibir de vuelta a quienes se fueron. En lo social, tensiona comunidades que también han cambiado y que deben reabsorber a quienes regresan sin que eso esté necesariamente preparado. En lo económico, plantea un escenario desigual: algunos regresan con capital y experiencia; otros, con precariedad acumulada.

    Y en lo sanitario —uno de los aspectos más invisibilizados— emerge una realidad incómoda: el desgaste emocional, el estrés migratorio y las fracturas identitarias que no desaparecen con el regreso.

    Ignorar esta complejidad no hará que desaparezca. Solo la hará más difícil de gestionar.

    El país no solo debe preguntarse cuántos regresan, sino en qué condiciones está preparada —o no— para recibirlos.

    La migración venezolana dejó una lección clara: irse fue un proceso.

    Pero volver —aunque incomode admitirlo— también lo es. Sí, quizás, para el que menos estamos preparados para asumir.