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Wednesday, June 17, 2026
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    “El mejor descuento es siempre la mejor pieza”

    BEATRIZ SOGBE Y ÁLVARO MATA, FEDERICO PRIETOBeatriz Sogbe es ingeniera civil, tasadora, curadora y paisajista. Fue profesora de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UCV. En 2025 publicó Tras la obra maestra (abediciones, 2025), libro que escribió la entrevista que sigue

    Por ÁLVARO MATA

    Hay quienes miran un cuadro y ven una emoción; hay quienes ven una inversión; y hay quienes, como Beatriz Sogbe, son capaces de ver la arquitectura invisible que sostiene a ambos. Ingeniero civil de formación, paisajista por vocación y crítica de arte por una necesidad vital de descifrar el misterio de la creación, Sogbe es una figura poco común en el panorama cultural venezolano. No solo sabes sentir la obra, sino que ha desarrollado metodologías estadístico-matemáticas para determinar su valor real, demostrando que, en el arte, el cálculo y la pasión no son enemigos, sino cómplices.

    Su trayectoria es un mapa de la mirada en Venezuela: desde las páginas de El Nuevo País y Arte del Díahasta su labor como expresidenta de la Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA) Capítulo Venezuela. Pero su huella no está solo en el papel; está en la tierra. Como paisajista, ha esculpido el rostro de Caracas en espacios tan emblemáticos como el Parque del Oeste, el Paseo Vargas o el Jardín Japonés de Miraflores, recordándonos que un jardín es, en esencia, una obra maestra que respira.

    Hoy, Beatriz Sogbe hace una nueva escala en las páginas del Papel Literario Para presentarnos su libro más reciente: Tras la obra maestra (abediciones, UCAB, 2025). En este tomo, Sogbe nos despoja de la idea del arte como un objeto estático y nos invita a entenderlo como una cadena de voluntades donde el coleccionista es el eje vital. Desde la Antigüedad Clásica, pasando por la Florencia de los Médici hasta llegar a las casas de subastas contemporáneas, Beatriz nos lleva de la mano en un viaje que humaniza la obsesión por poseer lo bello.

    Hablamos con ella sobre este “juego divertido” de indagar en la historia, sobre la salud de la memoria en Venezuela y sobre esa búsqueda incansable de la techné que convierte a un objeto en un legado para la eternidad.

    —Ha dedicado décadas al peritaje y al mercado del arte, un mundo que suele percibirse como elitesco. En tu caso, ¿de dónde nace esa pulsión por “afinar el ojo” y cómo se transformó esa curiosidad en la disciplina de quien busca la verdad tras una obra maestra?

    —No se podría escribir un libro sobre este tema sin formar parte de ese mundo. Sin vibrar ante una pintura que te guste, sin emocionarte ante un extraordinario edificio o leyendo un libro o escuchando música que te mueva las fibras. La obra maestra puede ser cualquiera de esas cosas. Mi padre, que era oftalmólogo, me dijo: “Quisiera dejarte de herencia unos anteojos para que veas a las personas en su verdadero color”. Fue él quien me llevó al Metropolitan Museum de Nueva York, toda una revelación para una niña. Sobre todo, al ver las colecciones egipcias. Luego, en Caracas, me llevó al Museo de Bellas Artes a ver las pinturas de Reverón. —que había sido su paciente—, con una recomendación: “Debes verlas de lejos”. Sentí que me revelaba un secreto. A partir de ahí entendí que no es lo mismo ver que mirar. Me he pasado la vida “afinando el ojo”. Supongo que tengo una facilidad natural para detectar piezas falsas. Pero esa habilidad hay que cultivarla con el estudio, visitando exposiciones, analizando las pinturas de cada artista y conociendo las nuevas técnicas de despistaje. Es una pasión que nunca termina. Te confieso un sueño: hacer un laboratorio técnico que sea un apoyo al coleccionista y un crisol de enseñanza para las nuevas generaciones.

    —En tu libro lanzas una frase muy realista: “No se puede coleccionar si tienes hambre”. Esta conexión entre solvencia y sensibilidad sugiere que el arte necesita del excedente. ¿Qué responsabilidad tiene el coleccionista privado con el patrimonio cultural de un país?

    —La función del coleccionista de arte se ha minimizado. Este es el final de una enorme cadena comercial que comienza en el taller del artista y pasa por cientos de personas (museólogos, curadores, críticos, restauradores, fotógrafos, marqueteros, etcétera). Todos dependemos del coleccionista de arte. Sin embargo, casi no se habla de su función vital. Por eso hay que promover a los coleccionistas. No se trata solo de pintura y escultura. En Venezuela hemos desdeñado nuestra arquitectura colonial y contemporánea. Coleccionar arquitectura corresponde a una localidad, a sus ciudadanos. Y hay que preservarla. Graziano Gasparini me decía que, en el siglo XVIII, Caracas era llamada “la ciudad de los monasterios”. Ciertamente, entre ambos logramos documentar veintiún monasterios en Caracas, que era bellísima. A partir del terremoto de 1812, la Guerra de Independencia, la Guerra Federal, los gobiernos de Guzmán Blanco, Pérez Jiménez y así sucesivamente, fuimos diezmando esa herencia. Hemos debido conservar el casco central, como sucedió con Bogotá, y crecer hacia el este la ciudad contemporánea. Una ciudad como San Carlos tenía muchas casas con portales magníficos, y de aquello no quedó nada. Por eso Villanueva hizo un portal en el Bloque 1 de El Silencio, porque sabía que iban a desaparecer.

    Otro caso: en el siglo XVIII tuvimos una oleada de artistas extraordinarios: Juan Pedro López, El Tocuyano, la Escuela de los Landaeta, entre otros. Hay que considerar que fueron artistas autodidactas. Éramos una pobre Capitanía General y no había oportunidad de viajar a Europa para conocer a los grandes maestros. La Guerra de Independencia y sus horrores casi acabaron con un legado magnífico. Hay que reconocer que, gracias a los esfuerzos de la Iglesia y de algunos coleccionistas, algo quedó. En ese sentido, hay que promover una ley que permita descontar el Impuesto Sobre la Renta por donaciones, y otros incentivos. Fue así que se hicieron las grandes colecciones de arte de los museos en Estados Unidos.

    —Tomando en cuenta tu larga vinculación con la planificación y hechura de jardines, ya sabiendas de que se trata de seres vivos que mueren si no se les cuida, ¿es el jardín la obra maestra más exigente?

    —En muchos aspectos, como en la pregunta anterior, es un asunto personal. Sí es más exigente porque necesita seguimiento y mantenimiento continuo. El jardín de hoy no es el mismo de ayer, ni será igual al de mañana. Como el río de Heráclito, el jardín nunca es el mismo, pero su contemplación siempre brinda sensaciones maravillosas porque no son seres inertes, sino vivos que sienten nuestro amor. Y nos revela el sentimiento de la paciencia y de reconciliarse con la tierra.

    —Tú eres implacable con las obras dudosas. ¿Qué aspectos debe tener en cuenta todo coleccionista novel antes de dar el paso tras una obra maestra?

    —Primero, dudar de las gangas. Segundo, busque asesoría de expertos. Tercero, nunca comprar una obra sin exigir un recibo y un certificado de autenticidad.

    —Ante el auge de los mecanismos digitales (NFT, subastas en línea), ¿Se puede “cultivar el espíritu” poseyendo un código en una pantalla, o el contacto físico con la materia es indispensable para hablar de una verdadera colección? ¿La hiperreproducción digital está matando el “aura” del objeto?

    —Los NFT tuvieron auge en la pandemia, pero ya han caído. Una vez asistí a una conferencia donde un experto argentino hablaba de las bondades de los NFT. Al finalizar su brillante exposición, le preguntó: ¿y dónde queda la poesía? No supo responderme. En cuanto a las subastas en líneapersisten, pero sin duda los récords solo se consiguen con las ventas en vivo. Las obras subastadas por esta vía son menores, con precios similares. Nada sustituirá el “contacto” visual. Es como decir que fallará el espacio-tiempo.

    —A propósito de la arquitectura, define la casa como el “fino estuche” para convivir con el arte. ¿Crees que el coleccionista de hoy ha descuidado el espacio (el continente) por centrado solo en la pieza (el contenido), perdiendo esa “unidad de vida” renacentista?

    —Por supuesto, el hombre de hoy prefiere el carro, las joyas, la ropa. Lo visible, lo exterior. Es parte de la superficialidad del hombre actual. Olvida la importancia de vivir en un lugar acogedor. No se trata de lujo, se trata de confort. No es lo mismo leer un libro físico —disfrutar del diseño, el goce del papel, el olor de la tinta— que un libro digital. Igual pasa con las viviendas. No se trata de la opulencia, ni de los materiales costosos. Eso lo supieron los holandeses cuando separan los ambientes y empiezan a decorar sus casas en el siglo XVII. Buscaban un buen arquitecto para diseñar sus casas. Notese que digo un buen arquitecto. Se trata de saber vivir. Las casas de Luis Barragán en México no tienen mármol, ni materiales lujosos. El lujo es el diseño.

    —Graziano Gasparini menciona en el prólogo de tu libro que el venezolano desarrolló un gusto cosmopolita muy particular. En la Venezuela de hoy, ¿estamos en una etapa de “atesoramiento” o de dispersión de nuestra memoria visual?

    —El atesoramiento es excesivo. Lo importante es educarse, educar el ojo y el gusto. Hay necesidad de mirarse introspectivamente. Una casa llena de piezas, de piso a techo, es un agobio. Pero también llena de mal arte es terrible.

    —Dices que el arte es una “conquista larga y penosa”. Para quien lee tu libro y siente la inquietud pero no es experto, ¿cómo se educa la mirada para distinguir la excelencia de la decoración?

    —Educar el ojo es un aprendizaje extenso. Quizás no tan penoso, pero lleno de paciencia, porque debe ser constante. No es algo rápido. Hay quien lo trae de manera natural, pero en ese proceso se obtienen muchos provechos, como aprender de arte, de filosofía, de literatura. Mi consejo es comprar aquello que te “guiñe” el ojo, porque, finalmente, vas a vivir con eso. Pero también hay que comprar con el cerebro. Siempre he dicho que el mejor descuento es la mejor pieza. ¿Te has fijado que siempre la mejor pieza es la primera que se vende en una exposición?