Foto: AFPVivimos tiempos demandantes de mucha sabiduría y experiencia. Lo que parecería, para improvisados, poder equiparar esto con la actuación basada en el llamado “sentido común”, está muy distante de poder serlo.
La ciencia y la tecnología podrían incluso resultarnos abrumadoras si no nos percatamos de su demandante carga de madurez emocional. Estas significan, y exigen, la máxima serenidad para la determinación de las actuaciones convenientes en su uso provechoso para las naciones.
En el ejercicio de tan altas responsabilidades, las más que extraordinarias posibilidades de dichos inverosímiles recursos que nos ofrecen los avances de la ciencia y las tecnologías, como la inteligencia artificial, y todo cuanto ocurre en la era del conocimiento, cobran especial relevancia en el caso del señor presidente de la superpotencia mundial que hoy cumple ya 250 años de democracia: los Estados Unidos. ¿A quién más que a usted, señor presidente Trump, se le puede pedir mesura en la responsabilidad del uso de ellas?
Este tiempo constituye la mejor oportunidad para armar juntos un nuevo y mucho mejor rompecabezas en toda América. ¡Es allí donde precisamente estriba su gran e ineludible reto histórico, presidente! No es solo con quienes le han apoyado electoralmente, ni únicamente con quienes hemos simpatizado con su liderazgo. Entendemos que es con todo el pueblo estadounidense, en primer término, pero también —para que ello sea realmente sostenible— su reto va incluso mucho más allá de sus directos conciudadanos: con los de toda América e incluso con los ciudadanos del mundo.
Sabemos que estamos ante tiempos definitorios de cuál va a ser el legado que por muchas décadas se dejará a las nuevas generaciones de este planeta.
Quien suscriba estas líneas, señor presidente Trump, no pretenda —sobre lo que creo entender son muy complejas horas para la seguridad mundial, y que reclaman su total concentración ante tales tareas— distraerle de las mismas. Sin embargo, he estado observando con preocupación situaciones internas de los Estados Unidos que parecen intentar provocar la pérdida de esta maravillosa oportunidad, en tiempo y en cohesión social, de las más importantes.
Es vital para la salud político-social de esta gran nación —los Estados Unidos de América—, para sí misma y, por lo mismo, para Europa, el Medio Oriente y el mundo todo. Es el momento de renovar su diálogo con sus colegas presidentes y líderes del mundo libre.
Sobre todo en las últimas semanas, una serie de pronunciamientos de excolaboradores o seguidores suyos —aun respetando la libertad de expresión que cada quien tiene para opinar—, donde se han preservado hasta ahora esos derechos, me permite catalogar a tales personajes como, en última instancia, irrelevantes ante los retos que comportan el reordenamiento mundial en proceso. Su decidida resolución de enfrentar el narcoterrorismo debe contar con el apoyo de todo el mundo libre y democrático.
Me gustaría advertirle a usted —quien conoce seguramente mucho mejor que yo a quienes han sido sus colaboradores o incluso seguidores— que, al lanzarse a cuestionar sus lineamientos y accionar sin que les asista una particular robustez de formación política, académica o cultural, resulta pertinente que usted, como líder nacional de los Estados Unidos y del mundo, dedique mayor tiempo a provocar la concertación imprescindible alrededor del valor de la sociedad democrática. ¡Ello es vital!
Convocar a diversos líderes de distintos sectores de nuestros países hispanos ha sido un acierto, “con el escudo de las Américas”. Sin embargo, considero pertinente convocar además a trabajadores, profesionales, académicos y religiosos. Para ello, me permito sugerirle designar a la exfiscal Pam Bondi, para que desde el mundo privado y de organismos no gubernamentales podamos acceder a usted ya su equipo y avanzar en tales propósitos.
Asimismo, creo conveniente que, de sus filas familiares, se incorpore nuevamente a Ivanka Trump, para combatir el tráfico humano y apoyar —en el campo migratorio— el rescate de la credibilidad en el respeto e incorporación del migrante trabajador y sus familias a la sociedad estadounidense.
En honor a lo anterior, ya lo que erróneamente podría aparecer como una crítica desconsiderada a algunas de sus peculiares estrategias para iniciar determinadas políticas y acciones, me siento obligado a dejar sentados estos puntos de reflexión que, como lo hago públicamente ahora, he venido haciéndole llegar a su administración, e incluso escribiendo a sus colaboradores inmediatos, como por ejemplo al secretario de Estado, Marco Rubio.
Así lo hice anterior a este artículo que, gracias a El Nacional, espero contribuir a hacerle llegar nuestra preocupación y algunas propuestas, sobre lo que antes hemos enviado por vía incuestionable de amistad y consideración con esta nación que nos ha acogido, a través de Esteban Bovo y en comunicación privada.
Aunado al necesario éxito suyo —para bien de toda la región—, desde nuestro exilio es vital dar nuestra mejor contribución, por lo que le reiteramos que estamos dispuestos y listos a hacer, con su respaldo, lo necesario para la liberación definitiva de nuestra amada patria de Venezuela, así como la de Cuba y Nicaragua. Ese es nuestro compromiso ineludible con usted, con los Estados Unidos y con toda América, desde Alaska hasta la Patagonia.
Estamos, como bien sabe usted, ante un mundo aquejado por una caterva de mafias asesinas que van desde los carteles del narcotráfico hasta los impulsores de sistemas oprobiosos de culturas medievales que promueven y ejercen el terrorismo de Estado, a la vez que financian peligrosos grupos del extremismo islámico. En Venezuela, exaltar a quienes hasta ayer acompañaron a estas estructuras es un error: un mal menor ante la inexistencia de un ejército propio y de una dirección que hubiera comprendido que esa era condición. condición sine qua non para completar la ecuación de liberación de nuestro país.
Tales atrasadas estructuras, que se imponen desde macabras y asesinas minorías a una nación, provocan el efecto de un secuestro sobre todo un país que las aborrece. Desde una particularidad tropical distinta al caso de la demencial tiranía teocrática de Irán, sin embargo, la tiranía en Venezuela está tomando una expresión perniciosa y singular, como ha ocurrido en otros casos en América Latina, como Haití, República Dominicana, Panamá, y ahora en Venezuela, por mencionar algunos ejemplos.
Está hoy más que claro y probado que dichas estructuras seudodoctrinarias de una ideología política de raíces marxistas, con sus políticas, han promovido —velada o descaradamente— el terrorismo de Estado. Como forma de dominación humana, se basan en la anulación de la auténtica libertad de pensamiento, de la libre expresión de la palabra y de la organización y acción política, así como de la legítima competencia electoral y la real división y autonomía de poderes, que resultan cooptados.
Con sus palabras, expresan que usted estaría refrendando a una mandataria que emana de todo ese origen criminal, llamándola “presidente electa”. Esto se constituye en una burla inconveniente e innecesaria a los cientos de asesinados, a los presos políticos —civiles, policiales y militares— que aún permanecen en mazmorras.
Los derechos naturales con los que el Supremo Autor del Universo nos creó —a mujeres y hombres iguales en la oportunidad del ejercicio de nuestra dignidad desde el libre albedrío— nos habilitan para procurar nuestra felicidad, desde el trabajo para producir y vivir, propendiendo hacia un mundo cada vez mejor para nuestras descendencias y, así, favoreciendo un mundo mejor para todos.
Ello nos incluye, definitivamente, en el bien fundamental del respeto a la vida, a las familias ya los derechos humanos del prójimo. Por ello, señor presidente Donald J. Trump MacLeod, demandamos de usted que se analicen, utilicen y se dé oportunidad a nuestras experiencias y aportes, así como a la gran mayoría de venezolanos de bien, comprometidos junto a usted con un mundo bueno para todos.