I
Con relación al emprendimiento en Venezuela, El Nacional publicó dos artículos que, sin proponérselo, terminaron retratando dos momentos profundamente distintos del emprendimiento en Venezuela.
El primero, publicado en febrero de 2024 y con cifras de 2023, titulado “IESA: El emprendimiento es uno de los mayores potenciales de la economía y del desarrollo en Venezuela para los próximos años”, transmitía un clima de entusiasmo y confianza en la capacidad del país para impulsar la innovación y el desarrollo a través de sus emprendedores.
El segundo, publicado ahora en marzo de 2026 y con cifras de 2025, llevó el título de “Solo dos de cada cien emprendimientos sobrevivieron más de tres años en Venezuela” y muestra un panorama totalmente distinto, marcado por la precariedad, la baja supervivencia empresarial y un entorno institucional adverso. Sobre cuentos artículos versa el de hoy.
II
En 2024 y según el primer artículo, el emprendimiento se presentaba como una de las grandes promesas del país. Instituciones académicas y actores del ecosistema destacaron la capacidad de los emprendedores para generar innovación, dinamizar la economía y construir oportunidades incluso en medio de la incertidumbre. Miles de personas habían pasado por programas de formación que buscaban profesionalizar ideas y convertirlas en proyectos sostenibles. La narrativa dominante era la de un país que, pese a sus dificultades, se encontraba en la iniciativa privada un motor de transformación.
Ese optimismo se apoyaba en el crecimiento de emprendimientos tecnológicos, en la digitalización acelerada y en la percepción de que la resiliencia venezolana podría traducirse en soluciones creativas. Incluso los desafíos —la falta de financiamiento, la complejidad regulatoria, la necesidad de mayor apoyo institucional— se interpretaban como obstáculos superables. El emprendimiento se veía como un acto de visión y de apuesta por el futuro, un espacio donde la esperanza parecía tener bases razonables.
En cifras de 2023, la Tasa de Actividad Emprendedora Temprana fue del 22,7% y Venezuela ocupó el lugar 9 (de 45 países) en el Índice Nacional de Contexto Emprendedor.
III
En 2026, la circunstancia y el tono cambiaron de manera significativa. Los datos de 2025 revelan que solo dos de cada cien emprendimientos logran consolidarse, una cifra que refleja la fragilidad del ecosistema. El entorno institucional se describe como hostil, la presión fiscal como desmedida y la desconexión con el sistema financiero como casi total. Lo que en 2024 se percibía como un terreno difícil pero fértil se ha convertido en un espacio donde la mayoría de los proyectos no alcanzan a avanzar más allá de su fase inicial.
La circunstancia económica expulsó a dos millones de emprendedores en apenas dos años, dejando al descubierto la vulnerabilidad del tejido empresarial emergente. La mayoría de los proyectos carece de flujo de caja, de acceso a capital y de condiciones para escalar. El financiamiento depende casi exclusivamente de ahorros personales, remesas y apoyo familiar, lo que refuerza un modelo de emprendimiento centrado en la supervivencia más que en la innovación. El país descendió al penúltimo lugar mundial en el Índice Nacional de Contexto Emprendedor, un indicador del estancamiento crítico del ecosistema. Aunque persisten señales aisladas de motivación, estas resultan insuficientes para contrarrestar la dureza del entorno.
En cifras de 2025, la Tasa de Actividad Emprendedora Temprana (TEA) fue del 7,7% y Venezuela ocupó el lugar 52 (de 53 países) en el Índice Nacional de Contexto Emprendedor (NECI).
Resumiendo: en tan solo dos años, de 22,7% a 7,7% en TEA y del puesto 9 al 52 en NECI.
IV
La lectura conjunta de los artículos de 2024 y 2026 revela un hecho que no puede ser pasado por alto: durante años se ha sostenido un discurso optimista sobre el emprendimiento en Venezuela, aun cuando la realidad ha demostrado de forma consistente que el entorno no acompaña ese optimismo.
El entusiasmo de 2024, aunque comprensible y bien intencionado, terminó configurando una narrativa que pasaba por altos obstáculos estructurales que cualquier emprendedor conoce: la falta de financiamiento, la inestabilidad regulatoria, la ausencia de apoyo institucional y un marco operativo que, lejos de facilitar, complica la actividad económica. No se trata de cuestionar la voluntad de quienes promueven ese discurso, sino de reconocer que, sin cambios, el optimismo corre el riesgo de convertirse en una suerte de oferta engañosa, más aspiracional que real.
El panorama de 2026 no hizo más que confirmar lo que muchos ya intuíamos: la brecha entre lo que se proclama y lo que se vive es demasiado amplia para sostener las expectativas de crecimiento. La baja supervivencia empresarial, la salida masiva de emprendedores y la caída en los índices internacionales no son sorpresas, sino consecuencias previsibles de un ecosistema que no ha logrado alinearse con las necesidades básicas de quienes intentan emprender.
La crítica, por tanto, no es al espíritu emprendedor del país —que sigue siendo admirable— sino a la insistencia en una relación tan exacerbadamente optimista que no reconoce plenamente las limitaciones del entorno.
Al Mahatma Gandhi se le atribuye la frase “Un diagnóstico correcto es tres cuartas partes de la solución”, frase que resalta la importancia de entender bien un problema para poder resolverlo eficazmente.
Aceptar la distancia entre discurso y realidad implica asumir que el optimismo solo es legítimo cuando se apoya en condiciones tangibles. El desafío hacia adelante consiste en abandonar la retórica autopromocional y sobreoptimista y avanzar hacia un marco institucional que permita que el emprendimiento deje de ser un acto de resistencia y se convierta, por fin, en una opción viable. Solo entonces será posible hablar de un ecosistema donde el entusiasmo no sea un recurso narrativo, sino una consecuencia natural de un país que acompaña, facilita y permite crecer.
Los artículos mencionados al inicio, pueden ser ubicados aquí y aquí.
[emailprotected]