Nosotros, quienes nos reclamamos de la fe cristiana, no dudamos en afirmar que existe un único Dios, que responde al nombre de Jesús de Nazaret. A diferencia de otras religiones, respetamos a quienes se presentan como seguidores de otras deidades. El cristianismo parte del reconocimiento de que la dignidad del ser humano comienza con su libertad y se proyecta en el principio de alteridad o de otredad.
No es mi intención establecer comparaciones —siempre odiosas y capaces de soliviantar incluso al más ecuánime—. Las guerras religiosas han sido de las más drásticas, violentas y crueles de la historia, y aún hoy continúan siendo un factor beligerante de proporciones absurdas e inhumanas; el Medio Oriente y numerosos Estados africanos así lo confirman.
El propósito de estas líneas, marcadas en el contexto de la llamada Semana Santa, y específicamente en uno de sus momentos más cruciales —el Viernes Santo, día de la muerte del Cristo redentor—, es resaltar, aunque pareciera innecesaria, la significación de Yeshúa para el devenir de la humanidad. Este devenir ha estado marcado, durante más de dos mil años, por la huella de sus enseñanzas y por la acción de su Iglesia que, formada por seres humanos, ha conocido aciertos y errores, bondades y malicias, pero cuyo balance histórico evidencia una contribución positiva.
La incidencia de las enseñanzas de “Nuestro Señor”, como lo llamamos sus seguidores, ha modelado una civilización, una antropología, una filosofía, una normativa y, en definitiva, una manera de ser, pensar, vivir, compartir y aun morir. Ha sido, con victorias y derrotas, un referente moral para el ser humano, cuyas tendencias, tentaciones y compulsiones a menudo comprometen su propia existencia.
Desde el punto de vista cultural, ha constituido además un parámetro decisivo al impregnar y trascender el concepto del ser humano: su valor, su dignidad, sus derechos y su alcance como criatura dotada de libre albedrío. Este rasgo, por cierto, no se observa con igual claridad en otras visiones espirituales o religiosas que, por el contrario, tienden a limitar la pluralidad. Como señalaba el brillante catedrático español Agapito Maestre: “Lo común nace de lo diferente”.
Hoy, la digitalización está acompañada —o incluso precedida— por la matematización predictiva, que avanza ocupando espacios cada vez más amplios. Se habla ya de “algocracia” para describir el papel de la inteligencia artificial y del nuevo paradigma tecnológico, que no solo se anuncia, sino que comienza a consolidarse como un nuevo orden institucional.
La desespiritualización es uno de los resultados de este proceso, junto con otros fenómenos que configuran una nueva época. Sin embargo, esta etapa aparece ensombrecida por una persistente morbosidad: el uso de la violencia en línea y de un aparato tecnológico que, de forma inquietante, parece retirar al ser humano del campo de batalla, solo para trasladarlo a una guerra física electrónica, a veces casi fantasmagórica.
Surge entonces una pregunta inevitable, vinculada a lo ya expuesto: ¿en ese vasto metaverso en el que nos encaminamos a vivir, hay espacio para Dios?
Más aún, ¿puede Occidente subsistir en el frío pragmatismo de las individualidades que la aceleración de la diversidad parece imponer? Otras civilizaciones —como el islam—, entendidas aquí como sociedades teocéntricas que agrupan a miles de millones de personas, así como sistemas políticos no democráticos ni pluralistas —como Rusia, China o Corea del Norte—, comparten rasgos de naturaleza marcadamente totalitaria y prácticas que tienden a absorber al homo actualis sin mayor reserva.
En este entorno complejo, marcado por potencias agresivas y dinámicas depredadoras, la tradición asirio-judeo-greco-romano-cristiana enfrenta el desafío de mantenerse sin perder su esencia. La fuerza centrífuga de los tiempos la ha transformado y, quizás, en ciertos aspectos, deformado. Ya hace un siglo, Oswald Spengler advertía sobre la decadencia de este modelo de vida y pensamiento que, irradiado desde Europa hacia América, sigue siendo un referente cultural y antropológico. La apuesta, sin duda, es riesgosa.
No obstante, aún contamos con un recurso que permite albergar esperanza. Como diría Arnold Toynbee, Occidente, en su diversidad, podría superar el desafío histórico que enfrenta. Ese recurso es Jesús y su energía espiritual y afectiva, sustentada en los más nobles sentimientos humanos: el amor y la caridad, la libertad y la otredad, la fe y la esperanza.
Occidente es, en buena medida, cristianismo. Y, a pesar de quienes lo conducen, conserva un fondo impregnado de esa esencia y un recurso moral que aún puede activarse. Jesús, en su humildad, sencillez y bondad, se presenta como la mejor guía en medio de la confusión de nuestro tiempo.
¡Bendito sea Dios!
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