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Tuesday, June 16, 2026
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    Homenaje Ciudadano

    Sorpresa, agradecimiento y compromiso fueron mis primeros sentimientos cuando me comunicaron el reconocimiento del Homenaje Ciudadano. Enseguida vino a mi memoria algunas experiencias vividas en relación con la ciudadanía y la falta de ella.

    De Guaraunos a Berlín pasando por el colegio San IgnacioEn 1965 estaba yo trabajando de albañil en Guaraunos, un pueblito donde el estado Sucre se asoma al Delta del Orinoco. Acompañaba a una treintena de jóvenes universitarios y bachilleres compartiendo durante un mes la vida con los campesinos de ese modesto pueblo. Dormíamos en la escuela del pueblo en catres que habíamos llevado, trabajábamos con los vecinos en los pueblitos de alrededor y compartíamos la mesa con familias campesinas que nos invitaban. Un día después de compartir el almuerzo, sentados en el suelo conversábamos con uno de los líderes del sindicato campesino. Entrados en confianza, me preguntó “¿Padre, cuál es el sentido de la venida de ustedes y qué les mueve a trabajar con nosotros en labores para los que no están preparados, ni capacitados? Al comienzo pensamos que vendríamos a hacer alguna forma de proselitismo político o religioso. Pero vemos que no hay nada de eso”.

    Así era; nos habíamos propuesto compartir sus trabajos y aprender de sus vidas, pero sin predicar nada, ni político, ni religioso. Queríamos aprender a mirar a Venezuela desde abajo, significar nuestra vida, desde quienes parecían insignificantes.

    Uno de los trabajos que me tocó en Guaraunos era eliminar en los arrozales unas malas hierbas llamadas “santajuana”; Había que arrancarlas a mano, metidos en el agua hasta casi las rodillas. Así, con los pies en el agua y el duro sol del mediodía a la espalda, un día le dije a uno de los estudiantes con vocación política: “Ustedes subirán alto en la política nacional; cuando estén arriba no se olviden de los millones de venezolanos sometidos a esta vida de pobreza, que ustedes comparten en estos días”.

    Dos años después, en 1967, al comienzo de mis estudios de Teología en Alemania, cruzó el “Muro de Berlín”, lleno de curiosidad y de interrogantes. Muro de férrea incomunicación armada entre el Berlín Occidental unido a la Alemania Federal y el Berlín Oriental, capital de la cínicamente llamada Alemania Democrática, sometida a la ocupación soviética. En el control fronterizo a la ida ya la vuelta nos sometían a un interrogatorio prolijo y fastidioso; en él me pregunté la pregunta: ¿Ha visitado usted alguna familia en Berlín Oriental? Mi respuesta era obvia y sencilla. “No, porque yo soy venezolano y no tengo ni familiares, ni amigos en Berlín”. Si mi respuesta hubiera sido afirmativa, hubiera desatado una catarata de preguntas suspicaces y molestias policiales a esa familia, pues visitar y hablar con un berlinés bajo la Unión Soviética era un gesto sospechoso y antirrevolucionario.

    De Cangilones a La Pradera pasando por la UCABVeinte años después, en 1987, yo trabajaba en la UCAB y vivía en una pequeña comunidad de jesuitas en un callejón de Los Cangilones de La Vega. A algunos les resultaba sospechoso que un vicerrector universitario viviera en un rancho y otros más extremistas llegaron hasta la denuncia; así, un comando antiguerrillero irrumpió a medianoche y nos llevó de la cama a la DIM (Dirección de Inteligencia Militar), mientras otra parte se quedó en nuestra casita y la saqueó. Se apoderaron de las pequeñas cosas que podían tener algún valor, pero no encontraron papeles subversivos que buscaban, ni nada sospechoso. Los guardias nacionales que registraron la casita dijeron “están limpios”, pero a los cinco jesuitas nos llevaron presos e incomunicados a un comando móvil en El Paraíso; luego a la madrugada siguiente nos trasladaron a la DIM en Boleíta. Me puse a pensar qué actividad nuestra pudiera dar pie a la alarma y al despliegue de un comando tan fuertemente armado. No había absolutamente nada sospechoso, pero, como dijo uno de mis interrogadores: “Qué hace un vicerrector de la universidad viviendo en un barrio”. Sólo ese hecho les resultaba sospechoso y hasta subversivo. Desde Los Cangilones inicié mi trabajo en el barrio de La Pradera, en lo más alto de La Vega. Era la actividad pastoral y sacramental tradicional, que la continúa hoy 40 años después.

    Caminando hacia la ciudadaníaEn estos años mi acompañamiento a la comunidad de La Pradera (o San Benito), se ha afianzado y la comunidad cristiana está fortalecida y consolidada; pero ni las dos escuelas primarias, ni el maternal, ni el centro de salud, ni la capilla y sus comunidades cristianas, han tenido ningún contagio revolucionario, ni brotes de sarampión comunista, sino un crecimiento y una participación activa que revelan el enorme potencial humano en nuestros barrios, que florece cuando una chispa del Evangelio prende en sus vidas, y se van transformando en ciudadanos y productores que enriquecen a Venezuela.

    No vivimos en una sociedad de plena ciudadanía participativa y desarrollada; más bien la “polis” griega y la ciudad democrática y participativa son una aspiración, un horizonte que motiva y orienta el caminar.

    jesuitas y ciudadanosSan Ignacio al final de sus Ejercicios Espirituales en la oración que él llama “meditación para alcanzar el amor” nos invita a contemplar las bendiciones y bienes recibidos en la vida, para que de allí en respuesta brote la gratitud y el deseo de “en todo mar y servir”.

    Para mí Venezuela, desde que llegué voluntario como joven novicio de 18 años, ha sido un don, un regalo de Dios lleno de sorpresas que al irlo abriendo a lo largo de estos casi setenta años, se vuelve una continua lluvia de bienes recibidos que alimentan mi respuesta agradecida. Personas y situaciones son estímulos y motivos para “en todo amar y servir” como ciudadano de manera creativa en la construcción de una sociedad que nunca es un edificio acabado. Yo, como los demás jóvenes novicios, veníamos de por vida y nos enviaban con el consejo de nacer de nuevo como venezolanos en respuesta a tanto bien recibido.

    En este Homenaje Ciudadano ustedes me recuerdan mi identidad de jesuita llamado a “en todo amar y servir” en la construcción de la ciudad, en esta Venezuela que vivo como un don de Dios encarnado en tantas personas, rostros y realidades, que motivan y dan sentido agradecido a la entrega de mi vida.

    Muchas gracias.

    Palabras del padre Luis Ugalde durante el acto de reconocimiento Homenaje Ciudadano.