Asdrúbal BaptistaHace exactamente 250 años, en 1776, un escocés metódico y brillante publicaba un tratado que desbarataría para siempre las ilusiones del mercantilismo. La riqueza de las naciones. de Adam Smith no fue solo un libro de economía; Fue el acta de desaparición de la idea de que la prosperidad de un país reside en acumular oro en las bóvedas del soberano. La verdadera riqueza, sentenció Smith, brota del trabajo productivo y de la capacidad de una sociedad para organizarlo.
Las ironías de nuestra historia son implacables. Uno de los primeros lectores de aquella primera edición fue el caraqueño universal. Francisco de Miranda, en su incesante peregrinaje europeo, atesoró un ejemplar en su prodigiosa biblioteca. Para Miranda, aquel texto no era un adorno de erudito, sino el plano arquitectónico, el software necesario para fundar una república moderna en las ruinas del imperio español. Miranda entendió, con una lucidez que a nuestros políticos contemporáneos les sigue siendo esquiva, que la libertad política sin viabilidad económica y trabajo productivo es apenas poesía de cadalso.
Pero Venezuela, especialista en extraviar su propio destino, decidió ignorar el mandato de los escocés. Sustituimos el monopolio de la Compañía Guipuzcoana por el espejismo del pozo petrolero, construyendo un Estado que no administraba el esfuerzo de sus ciudadanos, sino la lotería de su subsuelo. Pasamos de ser vasallos de la corona a pensionados de la renta.
Y es aquí donde el análisis exige nombrar a quien, con un rigor intelectual y una hondura filosófica inigualables, logró decodificar nuestro desastre. Me refiero a mi maestro, mentor y amigo indispensable: Asdrúbal Baptista.
Mientras la clase política venezolana, tanto en los años de la democracia de partidos como en las oscuras décadas de esta satrapía bolivariana, se embriagaba con el reparto del botín, Asdrúbal se sumergió en Adam Smith y en Anne-Robert-Jacques Turgot. No lo hizo por diletantismo académico, sino para armar el andamiaje teórico que explicara nuestra tragedia: la naturaleza de la renta petrolera.
Con la precisión de un cirujano y la paciencia de un sabio, Baptista nos enseñó que la renta no es capital, y que el ingreso petrolero no es fruto del trabajo productivo del cual hablaba Smith, sino un derecho de propiedad sobre un don de la naturaleza. Asdrúbal radiografió nuestro “capitalismo rentístico” advirtiendo que, al colapsar la renta, colapsaría el país. Nadie quiso escucharlo. La arrogancia del petroestado, convencido de su invulnerabilidad, marginó al filósofo de la economía para aplaudir a los prestidigitadores del gasto público.
Hoy, las ruinas humeantes de Venezuela le dan la razón a ambos, a Smith y Baptista, de la manera más cruel posible. El madurismo no es un accidente; es la fase terminal, parasitaria y gansteril del agotamiento rentístico. Es lo que ocurre cuando una cleptocracia devora el aparato productivo hasta los cimientos, extirpando del alma nacional la noción misma del trabajo que fundamenta. La riqueza de las naciones..
Conmemorar los 250 años de la obra de Adam Smith desde Venezuela no puede ser un ejercicio de nostalgia, sino un acto de contrición y un punto de partida. Recordar la visión fundacional de Francisco de Miranda y honrar la memoria monumental de Asdrúbal Baptista nos obliga a mirar de frente nuestra miseria estructural.
Si aspiramos a recuperar la República, debemos abandonar para siempre el pensamiento mágico de la repartición y el rentismo. La tarea que tenemos por delante no es administrar las sobras de Pdvsa, sino reembolsar el país sobre el esfuerzo, el capital y el trabajo productivo. Mis respetos a Miranda, por imaginar lo que pudimos ser, y mi gratitud eterna a Asdrúbal, por explicarnos lo que somos y advertirnos, con la lucidez de los imprescindibles, el único camino para dejar de serlo.