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Sunday, June 21, 2026
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    El reconocimiento de la maldad como política

    Foto: AFPNo debería dejar de llamarnos atención la permanentemente tanto las acciones como las palabras de los principales voces oficiales. Precisar en ellas, sin descuido de detalles, podría darnos más iluminación respecto a lo que ocurre y nos seguirá ocurriendo para bien del país. Debo aclarar, de entrada, que no es mi interés para nada, de ningún modo, salvar pelejos de culpables de delito alguno -bien lejos-, ni tampoco de inculpar directamente a nadie. Todos sabemos. De eso se encargará la justicia transicional -por cierto, no se borrarán de mi mente las palabras de un abogado experto en esto, al decir en una conferencia en la USB, hace años, que no todos los culpables terminan pagando sus extravíos en la aplicación de la justicia transicional. Inborrable.

    Pero, obligados seguramente por las circunstancias de los bombardeos y sus consecuencias, algunos de los elegidos para controlar el poder hasta la transición que requerirá calma y paciencia -algunos se desesperan porque quieren verlo todo resuelto ya, no entienden la palabra proceso y sus tiempos- sueltan sus mea culpa con una ligereza de liebre que también dice mucho de su sinvergüenzura -como bien hubieran dicho mis abuelas. Por ejemplo, me llaman la atención dos reconocimientos expresos de maldades generalizadas: la corrupción y el atropello de los derechos humanos, especialmente -pero desde luego no únicamente- para con los presos políticos. Reconocer los excesos pudiera hablar bien, si no supiéramos lo embarazosos que están en medio de todo, por todo.

    Reconocer la inocultable corrupción en boca de ellos es un castigo en sí mismo. Además, no lo dicen con el horror de lo que significa haber quedado con, o dilapidado, los ingresos mil millonarios en dólares de un país tan productivo como lo fue nuestra Venezuela. ¿Qué significó? Imaginen y palpen las consecuencias en el erario nacional y la ciudadanía. Menos sueldos, como vemos, menos atención a los procesos fundamentales del Estado: educación y trabajo, menos atención a la salud de la población, menos atención a los servicios públicos en general, a la infraestructura, reducción inmensa de las posibilidades de crecimiento, en todos los sentidos. En fin, también significó que Venezuela siga ocupando los primeros lugares en cuanto a emigrantes y corrupción en el mundo, afectando negativamente a países vecinos y no tan vecinos.

    En cuanto al horror del atropello a los derechos humanos contra las libertades, puede resultar mayor el descaro. Aceptar, en principio, que ha habido presos políticos es un logro inmenso, así les haya costado tanto liberarlos -quedan muchos todavía tras las rejas medidas o con grilletes que imponen las cautelares aún. Manifestar, del modo que sea, que tuvieron millas de presos políticos, millas de personas sujetas a medidas injustas contra su libertad, cautelares o no, es un reconocimiento del mal que le han infringido a toda la sociedad venezolana. Y es algo que políticamente, si acaso no judicialmente, tendrán que cargar encima como fardo adherido, el resto de su existencia.

    Si algo debemos agradecer de este extenso proceso hasta la liberación con la transición que todavía no empieza es que sobrevivimos a la maldad impuesta desde el poder como política. Estamos percibiendo que sus ejecutores lo reconocen, obligados seguramente, buscando algún atisbo de salvación o de pagar sus culpas lo menos posible. Si acaso a uno de nuestros coterráneos se le olvidase alguno de estos asuntos demostrados en el tiempo, debemos recordárselo permanentemente, así el ánimo sea el de la reconciliación. Cómo no. Aceptación de la paz y la convivencia. Pero con la distancia que implica el reconocimiento mutuo de las maldades cometidas contra la ciudadanía. En lo que Nueva York es apenas un leve toque de lo que nos falta ver como factura indeleble.