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Monday, March 16, 2026
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    La OPEP de míster Trump

    Uno de los acontecimientos más importantes de la segunda mitad del siglo XX fue la existencia de la OPEP. Fundada de manera modesta y hasta sigilosa en 1960, con la tímida idea de participar en la conformación de los precios que, por cierto, no tuvieron incrementos significativos durante esa década.

    Pero el Embargo Petrolero de 1973 cambió las reglas del juego. Los precios se multiplicaron por cuatro. La OPEP, que facturó 22.000 millones de dólares en 1972, incrementó hasta 115.000 millones en 1974. Este gigantesco aumento significó más de 90.000 millones de dólares anuales que entraron en el flujo de caja de los árabes y de países como Venezuela, y que causaron desequilibrios en los países no petroleros. La mayoría de la reversión del flujo de divisas afectó a los países desarrollados. Disminuyeron su producción de bienes, las importaciones, el PIB; se incrementó el costo de la gasolina y de los derivados del petróleo. La crisis energética generó estanflación (inflación con estancamiento), así como estimuló políticas de eficiencia energética y de intensidad energética. Pero, sobre todo, la casi desesperada búsqueda de energía alterna al petróleo. De vida o muerte sustituirlo.

    Muy significativa la amenaza de Kissinger por los años del Embargo: “En caso de extrema necesidad, los Estados Unidos podrían llegar a la ocupación de los países petroleros”. Luego, en 1979, a la caída del Sha de Irán, los precios se volvieron a multiplicar. La pelota seguía en la cancha de la OPEP.

    Quedaba muy atrás la larga época del petróleo barato, cuya máxima expresión fue el despilfarro de gasolina en carros gigantescos como símbolo de estatus. Los países de la OPEP llegaron a tener 14 millones de barriles cerrados. En los años noventa se hizo viral, como dicen ahora, la frase del presidente Reagan: “Hay que poner de rodillas a la OPEP”. Oh mar…

    La sorpresiva lutita

    Cosas verdes Sancho, Estados Unidos consiguió el urgente sustituto del petróleo… en el mismo petróleo. La lutita, una roca apretada e impermeable que se convirtió en comercial, gracias a la perforación horizontal y la fracturación de la roca a lo largo de uno o dos kilómetros de formación. La lutita salvó a Estados Unidos de una severa crisis energética, ya que incrementó su producción de petróleo desde decadentes cinco millones de barriles en el 2005, hasta más de trece millones en diez años. Estados Unidos pasó de ser el mayor importador del petróleo, a ser el primer productor del planeta.

    La decadencia de la OPEP

    Desde los años ochenta, a la OPEP se le hizo difícil sostener los precios y tuvo que recurrir a las cuotas de producción para equilibrarlos. Esos recortes generaron pérdidas de mercado que fueron aprovechados por productores no OPEP y la organización pasó desde controlar el 60% de la producción mundial, hasta el 40%.

    El advenimiento de la producción de lutita norteamericana debilitó más a la organización y la obligó a recurrir a una nueva figura, la OPEP PLUS, cuando se agregó a la organización otros países encabezados por Rusia, ya no para aumentar los precios, sino para sostenerlos.

    El proteccionismo petrolero de Estados Unidos

    Muchos criticaron a la OPEP por ser un cártel, por afectar la libre oferta del petróleo y, en general –según alegaban–, por ir en contra de las leyes de la economía. Puro ejercicio de inocencia, porque Estados Unidos, paradigma liberal, recurrió por décadas, desde Eisenhower hasta Nixon, al establecimiento de cuotas de importación. Efectivamente, para proteger su costoso crudo con un promedio de apenas 10 barriles por pozo y no arruinar a sus productores, recurrió a cuotas de importación por país. Puro proteccionismo. Por cierto, el presidente Betancourt le planteó el tema al presidente Kennedy, durante la visita de este a Venezuela.

    Con esa misma mentalidad de protección, Estados Unidos prohibió exportar petróleo durante 45 años, hasta el 2015, cuando la lutita había incrementado su producción.

    Este no ha sido el único “control” de este negocio, que tanto inocencio proclama como liberal. Desde 1928 en la reunión de Achnacarry en Escocia, las transnacionales petroleras se pusieron de acuerdo para repartir el mercado. De allí surgieron las “siete hermanas”, las empresas dueñas del negocio… hasta que llegó la OPEP.

    Los controles del señor Trump

    Trump no tendrá su OPEP formalmente, pero la verdad es que ni falta le hace. Mientras, los países OPEP –con el agregado que han llamado PLUS que muestra que las cosas no son como antes– hacen esfuerzos por retirar o agregar crudo del mercado y se reúnen y discuten por días. Al final, ofrecen aumentos de producción, que algunos miembros no pueden satisfacer, o sacar crudo del mercado y algunos de sus países no cumplen.

    Al contrario de lo que hace míster Trump, que ni siquiera necesita reunirse. De un plumazo, aplica o elimina sanciones, que sacan cantidades significativas de crudo iraní, venezolano o ruso del mercado… o lo incorporan.

    De esta manera, Trump le permite a Venezuela alimentar sus refinerías del Golfo para abaratar su gasolina o le libera a Rusia cierta producción o le da permiso para exportarle a la India cuando los precios aumentan… todo dentro de la máxima eficiencia y sin tener que consultar a nadie. Ya quisieran los jeques de la OPEP manejar una “OPEP” tan efectiva como la de míster Trump.

    Es decir…

    Los hidrocarburos son un negocio ultraestratégico. De su control dependen los precios, la inflación, el crecimiento del PIB o el estancamiento y, sobre todo, millas de millones de dólares. La lucha por el control del suministro, de los estrechos, de los yacimientos, de los gobiernos… eso que llamamos geopolítica petrolera.

    Venezuela está inmersa en esa realidad, con el agravante de la importancia fundamental –vital– del negocio petrolero. Un negocio estratégico que, o nos empeñamos en controlarnos o inocentemente dejaremos que otros lo hagan.

    Es la hora de repensar nuestro negocio petrolero, soberano y como primera fuente del desarrollo del país.