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Monday, March 16, 2026
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    La amnistía del rehén: realpolitik y el fin del espejismo

    La reciente discusión sobre el proyecto de Ley de Amnistía en Venezuela ha puesto de aliviar una tensión que desborda lo jurídico para instalarse en lo éticamente agónico: el conflicto entre la integridad de la norma y la urgencia del oxígeno. Mientras el foro debate sobre la “trampa” que supone un perdón otorgado por quien no tiene autoridad moral para juzgar, en las mazmorras del sistema el tiempo se mide en pulsaciones.

    El matonaje jurídico y el dilema del preso

    Debemos llamar a las cosas por su nombre. Lo que hoy se nos presenta como un “gesto de gracia” es la institucionalización del matonaje. Forzar a un inocente a aceptar una amnistía es obligarlo a firmar una confesión de culpa a cambio de su vida. Es el uso del derecho como garrote. Sin embargo, frente a centenares de presos políticos cuya integridad se desvanece, el purismo legal choca con un muro de realidad. La libertad, aun bajo un mecanismo miope, es hoy un imperativo de vida. El derecho puede esperar por su purificación; el ser humano, no.

    El interinato bastardo y el único hilo de luz.

    Esta urgencia humanitaria es también el saldo de una catástrofe política. No podemos obviar el fracaso del interinato: esa estructura bastarda que, extraviada en la burocracia de los “vasos comunicantes” y la convivencia con el régimen, terminó por diluir la esperanza ciudadana en un mar de ineficiencia. De ese experimento fallido solo sobrevive un rescoldo de legitimidad real: la creación del Tribunal Supremo de Justicia en el exilio.

    Mientras otros se perdían en el caos de las cuotas de poder, el TSJ en el exilio se erigió como la reserva moral e institucional de la República. Es, quizás, el único acto de ese período que merece el nombre de “republicano”, al mantener vivo el hilo constitucional cuando todo lo demás se entregaba al pragmatismo de la supervivencia política. Este reconocimiento no es un cumplido, es un acto de justicia hacia quienes, desde la distancia y la precariedad, se negaron a dejar morir la ley.

    La “Pax Gringa” y la realpolitik descarnada

    El escenario internacional ha tomado nota. Estamos presenciando el despliegue de una realpolitik donde la llamada “Pax Gringa” ha decidido cambiar de interlocutores. Washington aprendió a la mala que confiar en liderazgos depauperados y estructuras de cartón —como la era Guaidó— resultó catastrófico para sus intereses. Hoy, el pragmatismo prefiere gestionar la transición lidiando directamente con el poder de facto y con el liderazgo disruptivo que ostenta la única legitimidad popular vigente. En esta mesa, la amnistía no es un triunfo de la justicia, sino una moneda de cambio en una transacción de estabilidad.

    Hacia el hecho consumado

    ¿Significa esto claudicar? No. Significa entender las fases del derrumbe. La liberación de los rehenes es la prioridad de la emergencia. Una vez que el proceso de cambio sea irreversible y se asiente sobre los actos fundacionales ya dictados por el pueblo, leyes como la de “Odio” y la propia amnistía acomodaticia caerán por su propio peso.

    La reconstrucción requerirá una limpieza profunda del andamiaje legal represivo. Pero para llegar a esa “mañana”, necesitamos a nuestros ciudadanos vivos hoy. La amnistía será entonces un residuo de una era de sombras que la nueva luz institucional, sostenida por esa reserva jurídica que no se rindió, terminará por disolver.