El Siglo XIX vio surgir la doctrina positivista, impulsada por las ideas de Augusto Comte, quien preconizaba que la única manera de alcanzar el verdadero conocimiento era mediante el uso del método científico sustentado en hechos comprobables. La teología y la metafísica eran de tal manera suplantadas por principios universales que pretendían explicar el orden social y los fenómenos asociados. El positivismo, aunado al evolucionismo social —las sociedades humanas evolucionan uniforme y linealmente desde estructuras simples, hacia configuraciones más complejas o el tránsito de lo rudimentario a lo propiamente civilizado—, dio pie al determinismo geográfico, que igualmente indagaba sobre los preceptos aplicables a la geografía. Se sostenía que el entorno físico —ie el clima, los recursos naturales, el alivio—, definitivamente determinaba el desarrollo político, social y económico de las comunidades humanas. En otras palabras, la naturaleza circundante terminaba condicionando el comportamiento humano, ejerciendo poderosa influencia sobre su aspecto físico y conducta moral.
Llegamos pues a la geopolítica como materia abocada al estudio y comprensión de los factores geográficos, físicos y humanos que ejercen definitiva influencia sobre la política interna de los estados y sus relaciones con terceros países. La disciplina intenta explicar las dinámicas, conflictos sobrevenidos y doctrinas de seguridad territorial. Entra en juego toda una urdimbre de interacciones entre nacionalidades, recursos naturales renovables y no renovables —reservas biológicas, hidrocarburos, fuentes y cursos de aguas—, rutas comerciales y poblaciones diversas. Se propone comprender las bases de la competencia entre las naciones más desarrolladas —o agrupaciones de ellas—, su intercambio con los países de menor desarrollo económico y social, así como también comprender las acciones puntuales que intentan asegurar sus hegemonías regionales, entre ellas las sanciones como arma económica y las nuevas tecnologías —ie armas de guerra, sistemas de comunicación y transporte—. Al final del día, se trata del control territorial o del espacio vital, de las rutas geográficas y el desplazamiento de recursos y mercaderías a través de ellas y, ante todo, el afán de dominar el comercio y los servicios. En ese contexto se desenvuelven los estados nacionales, las empresas multinacionales y las organizaciones internacionales. De todo ello pudimos comprender o aproximarnos al entendimiento de los conflictos regionales —ie Medio Oriente, Rusia-Ucrania—, tanto como la nueva forma de guerra fría tecnológica y comercial entre China y los Estados Unidos de América. El cambio climático, igualmente, se sitúa entre los temas críticos de la geopolítica contemporánea.
Hay quienes sostienen con fundamento, que las consideraciones devenidas en acciones geopolíticas son las que determinan los cambios internos —políticos— en los países ubicados en señaladas regiones geográficas, naturalmente, sometidas a la presencia hegemónica de las potencias globales. Es el caso de los Estados Unidos de América y sus recientes actuaciones en la escala regional —por los momentos, únicamente sobre la cuenca del Caribe, aunque igual actúa y consolida alianzas con naciones de Centroamérica y la América del Sur—. La nueva política exterior —recientemente anunciada— y el relanzamiento de la Doctrina Monroe, proclamada por el presidente James Monroe en 1823, redefinen el papel y la actuación norteamericana en el contexto regional latinoamericano. La vieja doctrina, en comentarios, rechazaba cualquier intervención de las potencias europeas en América, considerándolas un acto hostil contra los Estados Unidos. Una política que acuñó la célebre frase “América para los americanos”, enfrentada a cualquier nuevo intento de colonización y además demarcando el área geográfica de influencia política, económica y comercial estadounidense.
Lo apuntado significa que otras potencias contemporáneas, europeas y asiáticas, particularmente Rusia y China, deben abstenerse de acómetros de expansión determinantes en la región latinoamericana y del Caribe. Pero hay algo más que se desprende de la intención manifiesta en estas actuaciones. Estados Unidos se propone influir decisivamente en la política exterior y el comercio regional y mundial de las naciones latinoamericanas, tal y como venimos observando en tiempos recientes. Hay, sin embargo, una variante novedosa en este contexto: no transformará los sistemas políticos regionales —cesa el eterno afán norteamericano de promover y hacer valer los postulados esenciales de la democracia, aunque la historia registra sus alianzas históricas con autocracias latinoamericanas—, antes bien, enfocará su nueva política en asegurar relaciones amistosas con los gobiernos de turno, sea cual fuere su esencia. Es la expresa realpolitik o la diplomacia sustentada mayormente en consideraciones circunstanciales, sin contemplar contenidos explícitos de carácter ideológico u otras razones morales —una concepción realista y pragmática de la política exterior—. Todavía es temprano para adelantar resultados, en la medida que los acuerdos y exigencias deben institucionalizarse a través de reformas legislativas que consoliden cambios tangibles. La clave sigue siendo la estabilidad política y la firmeza de una nueva forma de relación bilateral o multilateral regional, si fuere el caso. Mientras tanto, China observa desde la barrera, consciente de la importancia que tienen sus relaciones de intercambio comercial con los países de la región latinoamericana, probablemente expectante de futuros efectos de la inexorable alternabilidad democrática —el principio que asegura el relevo pacífico de los gobernantes norteamericanos—. Volveremos sobre tan interesante tema.