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Tuesday, June 23, 2026
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    1979: La guerra que nunca terminó

    El presidente de Estados Unidos, Donald Trump (d), y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, durante una rueda de prensa este lunes 29 de octubre de 2025, en la Casa Blanca. EFE/EPA/WILL OLIVER / PISCINACuando en 1979 la Revolución Islámica derrocó al Sha Mohammad Reza Pahlavi, no cayó solamente una monarca. Se derrumbó el principal bastión estratégico de Estados Unidos en el Golfo Pérsico y nació un régimen que desde su origen se definió por la confrontación con Occidente. Desde entonces, la tensión entre Estados Unidos e Irán no ha sido un episodio coyuntural, sino una guerra fría persistente, aplazada pero nunca resuelta.

    La llegada del ayatolá Ruhollah Jomeini transformó a Irán de aliado privilegiado en adversario ideológico. Washington perdió una pieza clave del equilibrio regional y Teherán asumió el liderazgo de una revolución que pretendía proyectarse más allá de sus fronteras. La crisis de los rehenes en la embajada estadounidense marcó el inicio simbólico de una hostilidad que ha atravesado décadas, administraciones y cambios globales.

    En ese tablero, Israel ocupa un lugar central. Para la República Islámica, el Estado hebreo no es solo un rival estratégico, sino un antagonista existencial. Para Estados Unidos, la seguridad de Israel constituye un compromiso político, militar y moral inquebrantable. Allí convergen intereses, valores y cálculos de poder.

    ¿Pueden Estados Unidos decidir finalmente una acción directa contra Irán, con el propósito de debilitar o incluso derrocar al régimen? La posibilidad ha estado siempre sobre la mesa. Sin embargo, la experiencia reciente en Medio Oriente aconseja prudencia. Las intervenciones destinadas a reconfigurar sistemas políticos han demostrado que el costo humano, económico y geopolítico puede superar con creces los objetivos iniciales.

    Irán no es Irak ni Afganistán. Es una potencia regional con capacidad militar significativa, influencia en múltiples frentes y una identidad nacional consolidada. Una confrontación abierta tendría repercusiones inmediatas en el mercado energético, en la estabilidad del Golfo y en el delicado equilibrio entre las grandes potencias.

    Pero tampoco puede ignorar que la política de contención permanente tiene límites. La expansión de alianzas regionales iraníes y su retórica desafiante mantienen el conflicto en estado latente. Washington oscila entre la presión económica, la disuasión militar y la diplomacia indirecta, consciente de que cada paso puede alterar el equilibrio global.

    Desde 1979 el conflicto no ha concluido; simplemente ha cambiado de forma. Es la guerra que nunca terminó, la confrontación estructural entre una potencia establecida y un actor regional que desafía su influencia. El dilema para Estados Unidos no es si enfrentar a Irán, sino cómo hacerlo sin incendiar el tablero completo.

    La historia enseña que las guerras aplazadas suelen reaparecer. La pregunta es si cuando lo hagan el mundo estará preparado para sus consecuencias.