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Tuesday, June 16, 2026
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    En Munich, Rubio no regañó a Europa: le rogó que despertara

    Puntos clave

    En un amplio discurso sobre civilización en la Conferencia de Seguridad de Munich, el Secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, reformuló la alianza transatlántica como un vínculo de ascendencia, fe y cultura compartidas, no como un contrato de defensa que debe renegociarse.

    En lugar de regañar a Europa por los presupuestos militares, Rubio pronunció lo que equivalía a una súplica de un miembro de su familia: háganse más fuertes, estén orgullosos y caminen con nosotros o caminaremos solos.

    El discurso dividió profundamente la opinión: la derecha saludó el rechazo al declive occidental; la izquierda advirtió sobre una nostalgia excluyente vestida de poesía diplomática.

    Algo extraordinario sucedió en la Conferencia de Seguridad de Munich. El máximo diplomático estadounidense subió al escenario de defensa más importante del mundo y, en lugar de exigir cifras presupuestarias de la OTAN, formuló una pregunta desarmadora: ¿qué estamos defendiendo exactamente?

    Su respuesta no fue una alianza o una institución. Era una civilización, su gente, su fe y su cultura.

    El Secretario de Estado Marco Rubio llevó a la audiencia a 1963, cuando esta conferencia nació en una Alemania dividida con el Muro de Berlín recién construido y una guerra nuclear a un error de cálculo.

    Trazó el triunfo de Occidente sobre el comunismo soviético y luego asestó el golpe. Esa victoria, argumentó, generó una “peligrosa ilusión” de que la historia había terminado, las fronteras ya no importaban y que sólo el comercio mantendría la paz.

    Lo que siguió no fue una desgracia sino una elección. La desindustrialización, la rendición de las cadenas de suministro, las políticas energéticas contraproducentes y la migración masiva desestabilizadora, todo voluntario y compartido. “Cometimos estos errores juntos”, dijo, negándose a sermonear desde arriba.

    Luego vino la reversión. La franqueza de Estados Unidos, explicó Rubio, no proviene de la arrogancia sino de algo más cercano al amor. Washington quiere aliados fuertes no porque la debilidad irrite a Estados Unidos, sino porque pone en peligro a toda la familia.

    El clímax retórico fue personal. Rubio rastreó el ADN de Estados Unidos a través de Europa: la ley inglesa, los fronterizos escoceses-irlandeses, los exploradores franceses, los vaqueros españoles y la Nueva Ámsterdam holandesa y luego reveló sus propias raíces en el Piamonte y Sevilla del siglo XVIII. “Siempre seremos hijos de Europa”, afirmó. Un diplomático cubanoamericano en suelo europeo, convirtiéndose en prueba viviente del vínculo.

    En materia de política, propuso la reindustrialización, las cadenas de suministro de minerales occidentales, el liderazgo conjunto en inteligencia artificial y espacio, y reformar las instituciones internacionales. Citó la tregua en Gaza y los ataques al programa nuclear de Irán como prueba de que los organismos multilaterales ya no pueden resolver crisis reales. Su tesis en cuatro palabras: el declive es una elección.

    Desde la izquierda, los críticos ven una historia romántica que borra el colonialismo, coquetea con el nacionalismo cristiano y descarta la acción climática como una “secta”. Desde la derecha, sus partidarios ven al primer líder estadounidense en una generación dispuesto a decir que vale la pena defender a Occidente sin disculparse.

    De cualquier manera, el mensaje contenía un ultimátum aterciopelado: Estados Unidos se está moviendo, la puerta está abierta, pero no permanecerá abierta para siempre.