Un mes de encierro, golpes, aislamiento y hambre describen la experiencia vivida por James Luckey-Langeun ciudadano estadounidense de 28 años, detenido en diciembre en Venezuela y liberado el 13 de enero, tras la captura en Nueva York del derrocado mandatario Nicolás Maduro.
El joven, originario de Nueva York, reveló a cnn que durante su cautiverio temió por su vida. “Pensé que simplemente me iban a ejecutar. Ese fue el momento más aterrador”, dijo.
De regreso en Nueva Jersey, en casa de su tía, Luckey-Lange repasa los nombres de otros reclusos que agarraron en una barra de jabón que logró sacar de contrabando en su ropa interior. Hoy rastrea a sus familias a través de redes sociales para informarles que podrían seguir vivos. “Espero que no piensen que estoy ahí arriba siendo torturado ahora mismo. Espero que sepan que salí”, relató a cnn.
El estadounidense fue detenido tras cruzar la frontera desde Brasil para solicitar una visa e intentar visitar el Monte Roraimasu última parada de un viaje por Latinoamérica. Funcionarios venezolanos lo trasladaron en avión desde una base militar en el este del país hasta Caracas, donde fue recluido en la sede de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM).
Allí, según narró, se enfrentó a privación alimentaria, golpes y largos períodos de aislamiento. “Me dejaron sin comer y sin agua durante días”, afirmó. “Estaba encadenado en solitario… cada vez que me soltaba, ellos entraban, me golpeaban y me lanzaban adentro”.
Las autoridades lo acusaron de espionaje, alegando que sus botas de montaña eran “de estilo militar” y dibujando mapas en su cuaderno para incriminarlo. “Querían atrapar a un espía. Dijera lo que dijera, no me creían”, dijo.
Traslado a El Rodeo y el código del jabónUnos días después, fue trasladado al penal de El Rodeo, donde permaneció semanas. Allí solo pudo salir una vez. Detalló que la vida carcelaria se sostenía en improvisaciones: “Solo tenemos libros y jabón… todas las fichas de dominó y piezas de ajedrez están hechas de jabón.”.
Convencido de que podría ser liberado antes que otros detenidos, comenzó a grabar en jabón los nombres de los compañeros de celda, muchos de ellos latinoamericanos y caribeños. “Comencé a grabar los nombres para poder hablar con sus familias y decirles cómo sacarlos”, explicó.
Según narró a cnnél y otros reclusos supieron a pedazos del arresto de Maduro y su esposa en Nueva York, a inicios de enero, por fuerzas especiales estadounidenses enviadas por el presidente Donald Trump. Los gritos en la calle y los rumores entre custodios y militares alimentaban un clima de incertidumbre. Algunos carceleros aseguraban que Maduro “volvería al poder”pese a su detención.
Tras la caída del mandatario, el gobierno interino venezolano prometió la liberación de presos políticos, sin especificar cuántos ni cuándo. La administración estadounidense había presionado públicamente para su excarcelación.
La liberación: “Eres famoso”Luckey-Lange relató que no supo que estaba siendo liberado hasta el último momento. Al escuchar su nombre la noche anterior, pensó que sería llevado al “cuarto piso”, donde —afirmó— se ejecutaban torturas.
Finalmente, fue trasladado a un hangar de aviones privados a las afueras de Caracas, donde lo recibieron funcionarios del Departamento de Estado y de la DEA. “eres famoso”, le dijo uno de ellos, aludiendo a la repercusión internacional de su caso.
Luego fue enviado a Texas para participar en una variación del programa estadounidense PISA, destinado a apoyar a ciudadanos declarados víctimas de detención injusta en el extranjero. Llegó con problemas de salud: un parásito y daños dentales.
A pesar del trauma sufrido, las “marcas visibles” de su experiencia son pocas, afirmó. Solo una crisis nerviosa al segundo día de libertad. Pero insiste en que su compromiso es ahora contactar a las familias de quienes compartieron encierro con él.
“Les había prometido a todos esos muchachos que los iba a ayudar a salir, pero no sabía que iba a ser tan difícil”, expresó.
Luckey-Lange ya piensa en volver a viajar. Tal vez desde Marruecos hasta Sudáfrica. Pero antes, asegura, debe cumplir una misión personal con aquellos nombres grabados en una pastilla de jabón.
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