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Wednesday, June 17, 2026
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    Lecciones de España: el factor humano en la construcción democrática

    Si bien se ha planteado la transición española como ejemplo para Venezuela, es necesario comenzar por diferenciar el contexto histórico y los procesos de ambos países. Primero, no podemos hablar todavía en Venezuela realmente de una transición, estamos en un proceso de apertura política y económica derivada de una intervención extranjera, pero las características autoritarias del poder y sus tendencias a cerrarse se mantienen, sea porque la oposición está desarticulada por la persecución que ha sufrido o por el control férreo de casi 30 años que tiene el chavismo. Insisto, por tanto, que estamos en un espacio de apertura cuyo final no está claro aún. Ojalá sea para algo bueno.

    Por otro lado, lo que precedió a la transición española fue la muerte de Francisco Franco en 1975 y el hecho de que una figura clave, el rey Juan Carlos I, entendió que la democracia era el camino ideal que sostendría a su país. Lo mismo pensamos en Venezuela. De hecho, las pequeñas rendijas de normalidad democrática han sido atractivas para compañías internacionales que quieren invertir aquí a pesar de que conocen los riesgos que implicaría. Si esos espacios han sido buenos, una democracia y una institucionalidad plenas nos abrirían las puertas a un futuro de progreso.

    Juan Carlos I nombró como presidente del gobierno a Adolfo Suárez en 1976. Formado dentro de las estructuras del Movimiento Nacional, Suárez fue procurador en las Cortes franquistas y utilizó cargos públicos durante la dictadura, y supo convencer a los viejos franquistas de votar a favor de su propia desaparición política a través de la Ley para la Reforma Política, con lo que desmanteló la dictadura utilizando sus propios mecanismos legales y evitó un vacío de poder o un golpe militar.

    También se logró que los principales partidos políticos, incluido el comunista, pactaran la convivencia y se acordara una ley de amnistía para presos políticos. El proceso culminó con la aprobación en referéndum de la Constitución de 1978, que inició la monarquía parlamentaria.

    Bien sabemos que la figura de Juan Carlos I fue esencial el 23 de febrero de 1981 durante el Tejerazo, cuando, en un momento de tensión en España debido a la crisis económica y el azote terrorista de ETA, el teniente coronel Antonio Tejero entró con pistola en mano al Congreso de los Diputados y secuestró a los funcionarios durante la vocación de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo. Al mismo tiempo, el general Milans del Bosch sacó los tanques a las calles de Valencia.

    La genialidad de la jugada del rey fue crucial para evitar el regreso a la dictadura. Vestido de capitán general de los Ejércitos, ordenó a las fuerzas armadas mantener la disciplina y advirtió que la Corona no toleraría acciones de personas que pretendieran interrumpir el proceso democrático. Los golpistas se quedaron aislados y la rebelión fracasó.

    En momentos históricos como este, los liderazgos que ocupan el poder son esenciales. Basta preguntarse qué hubiera pasado si el rey no hubiera salido a darles órdenes a las fuerzas armadas, y en Venezuela, qué hubiera pasado si el gobierno hubiera mostrado las actas oficiales del 28 de julio de 2024 para contrastarlas con las de la oposición. Estamos en un período en que se abre la posibilidad de la reconciliación en el país, y la esperanza es que tanto quienes detentan el poder como la oposición sepan llegar a acuerdos que eviten una nueva ola de sufrimiento y violencia política. La gente en las calles lo que quiere es tener la seguridad de poder participar en política, sin el miedo de caer en la cárcel, o de expresarse abiertamente, sin que ello sea un motivo de amenaza.

    El caso de Juan Carlos I es uno, pero no hubo una intervención directa en aquel momento. Otros liderazgos que podemos tener en cuenta son los del propio Eleazar López Contreras, ministro de Guerra de Juan Vicente Gómez, que evitó el caos tras la muerte del dictador, legalizó los sindicatos y permitió el regreso de los exiliados; Guillermo Endara, que apoyó la reconstrucción institucional tras la caída de Manuel Noriega, o el ejemplo de Japón, donde se mantuvo la figura imperial y se cambió la estructura política con miras a la modernidad.

    No es que las transiciones ocurran de golpe. Alguien con acceso a las instituciones abre las puertas por el bien de su país.

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