Nicolás Maduro enfrenta cargos de narcoterrorismo | Foto: Jane Rosenberg / AFPCaracas no tuvo tiempo de recoger los restos de pólvora del año nuevo cuando el cielo se le vino encima. No fue el estallido festivo de un 31 de diciembre sino el zumbido seco de los “Night Stalkers” que silenciaron los radares rusos antes de que el primer rayo de sol tocara el Ávila. En la habitación presidencial de Fuerte Tiuna, el hombre que rigió los destinos de la nación por tres años no tuvo tiempo ni de calzarse. En apenas 47 segundos, el 1.º SFOD-Delta borró de un plumazo casi tres décadas de hegemonía. Mientras el país despertaba entre el humo de las baterías antiaéreas inutilizadas, Nicolás Maduro Moros ya volaba sobre el Caribe, rumbo a una celda de concreto en Brooklyn.
Hoy, a un mes de aquel terremoto sistémico, la capital venezolana ensaya una coreografía extraña: la de una normalidad impuesta por el pragmatismo y el miedo. Las camionetas ciegas siguen circulando, pero los centros de mando ahora responden a un triángulo de poder inestable que desayuna con informes de la CIA y cena con la incertidumbre de un juicio que apenas comienza.
La humillación quirúrgica de los 47 segundos.La caída no fue un accidente, sino el cierre de una tenaza que comenzó a apretar en el tercer trimestre de 2025 con la Operación Lanza del Sur. El despliegue, que Donald Trump calificó como el alcalde desde la Guerra del Golfo, ya había dejado un rastro de 116 fallecidos y 37 embarcaciones destruidas en las rutas del mercado negro antes de tocar suelo caraqueño.
La incursión del 3 de enero evidencia que el “escudo bolivariano” era de papel. Los sistemas Iglá, orgullo de la cooperación técnica rusa, quedaron ciegos ante la guerra electrónica estadounidense. El saldo en Fuerte Tiuna fue sangriento pero asimétrico: 100 bajas venezolanas y 32 miembros de la élite cubana, las “Avispas Negras”, que cayeron defendiendo el búnker presidencial. Del lado estadounidense, ni una sola baja fatal. “Fue como ver un programa de televisión en vivo”, se jactó Trump desde sus redes, mientras el mundo observaba la imagen de un Maduro en mono gris ingresando al Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn con un cínico “Happy New Year”.
Nicolás Maduro fue detenido este 3 de enero en Caracas en un operativo de Estados Unidos. Foto: Verdad Social | Donald TrumpDe Miraflores al banquillo de ManhattanEl hombre que se hacía llamar “presidente obrero” ahora comparte código de recluso con figuras como alias “Fito”, un líder criminal ecuatoriano. Ante el juez Alvin Hellerstein, Maduro ha intentado invocar un estatus de “prisionero de guerra” que la justicia estadounidense ignora sistemáticamente. Los cargos son demoledores: narcoterrorismo, conspiración para importar cocaína y el liderazgo del Cártel de los Soles.
La fiscal Pam Bondi no ha ahorrado adjetivos, calificándolo como un “monstruo” que utilizó el Estado para inundar de violencia la región. Mientras tanto, en los pasillos del CPI, se desempolvan los expedientes de más de 8.000 ejecuciones extrajudiciales que pesan sobre su gestión. El juicio, fijado para el 17 de marzo, promete ser la autopsia pública de un sistema que, según las investigaciones, operó más como una corporación criminal que como un proyecto político.
El triunvirato de la sombra: Delcy, Diosdado y PadrinoEn Caracas, el vacío de poder fue llenado por una arquitectura de emergencia. El 5 de enero, Delcy Rodríguez asumió la presidencia encargada bajo el amparo de un Tribunal Supremo que cambió de lealtad en horas. Pero su poder no emana de las urnas, sino de una “estabilidad condicionada” pactada con Washington.
El país es hoy gobernado por un trípode inestable:
• Delcy Rodríguez: el rostro funcional que negocia directamente con John Ratcliffe, director de la CIA, para evitar el colapso total del flujo de caja.
• Diosdado Cabello: quien, a pesar de su retórica encendida, mantuvo a las milicias en sus cuarteles durante la captura de su antiguo aliado, asegurando su propia supervivencia política.
• Vladimir Padrino López: la garantía de una FANB paralizada que, aunque exige la liberación de Maduro, ha aceptado un pacto silencioso de no agresión a cambio de mantener la cohesión institucional.
Miguel Henrique Otero, presidente editor de El Nacionalha advertido que esta configuración corre el riesgo de derivar en una “dictadura tutelada”, donde Washington administra indirectamente el Estado a través de las mismas figuras que ayer juraban lealtad al socialismo del siglo XXI.
El presidente estadounidense Donald Trump habla durante una reunión con ejecutivos del sector petrolero y gasífero en la Sala Este de la Casa Blanca, Washington DC, EE UU, el 9 de enero de 2026. Foto: EFE/ EPA/ BONNIE CASHEl hambre no sabe de geopolíticaMientras en Nueva York se discuten cargos federales, en los mercados de Quinta Crespo y Chacao la realidad se mide en centavos. La captura de Maduro no ha sido el bálsamo económico que muchos esperaban. Venezuela entró en 2026 con un PIB per cápita colapsado en el 65% y una pobreza que asfixia al 85% de la población.
La brecha de precios es obscena: un desodorante cuesta 13 dólares en Caracas, casi cuatro veces su valor en Londres o Nueva York. Con un salario mínimo de apenas 0,40 dólares, la vida del venezolano es un ejercicio de equilibrio extremo. “Me siento más pobre hoy que en diciembre”, es el lamento común en las colas, donde la tasa de cambio paralela ignora los más de 360 Bs/USD oficiales.
El único respiro ha sido el pragmatismo petrolero. Washington ha permitido el retorno de Chevron y el envío del TLCAN estadounidense para reactivar la producción. Los primeros 300 millones de dólares de un fondo especial han comenzado a fluir para pagar a los trabajadores públicos, pero es un goteo insuficiente para sanar una economía que ha sido saqueada durante décadas.
La psiquis quebrada y la libertad a cuentagotasUno de los indicadores más dolorosos de este primer mes es la situación de los presos políticos. El gobierno de Rodríguez ha intentado usar las excarcelaciones como moneda de cambio. Aunque Miraflores alardea de haber liberado a más de 800 personas, el Foro Penal solo ha podido verificar 266 casos hasta finales de enero.
Muchos, como el joven Gabriel Rodríguez —condenado originalmente a 10 años por fotos en su celular— han salido con medidas cautelares. Salen a una libertad a medias, con juicios abiertos y la sombra de los centros clandestinos de detención aún proyectándose sobre sus vidas. Persisten centenares de personas tras las rejas por motivos políticos, un recordatorio de que la estructura represiva sigue intacta, aunque la cabeza haya sido cortada.
Un horizonte entre el alivio y el terrorVenezuela termina este primer mes post Maduro en un estado de suspensión animada. La onda expansiva de los bombardeos no solo dañó infraestructuras; quebró en “pedacitos” la psiquis de un pueblo que ya no sabe en qué creer. En el plano internacional, la fractura es total: mientras Javier Milei celebra el fin de la tiranía, Lula da Silva y Gustavo Petro denuncian una afrenta a la soberanía que sienta un “precedente peligroso” en la región.
El país mira al 17 de marzo con una mezcla de morbo y esperanza. Pero más allá de lo que ocurre en esa corte de Manhattan, el verdadero desafío se libra en las calles de Caracas, donde la gente intenta reconstruir su cotidianidad bajo la mirada de los drones extranjeros. La caída del líder ha sido estrepitosa, pero la reconstrucción de la confianza y el Estado de derecho son tareas que no se resuelven en 47 segundos. Venezuela ha cambiado de era, pero aún no sabe si ha caminado hacia la luz o si simplemente ha cambiado de carcelero en este laberinto de la normalidad forzada.
Nicolás MadurotriunfoVenezuela