“El corazón, lo sabemos, es un órgano muscular que funciona como la bomba principal del sistema circulatorio que impulsa sangre oxigenada a todo el cuerpo. Tiene cuatro cámaras o cavidades (aurículas y ventrículos) y su función es vital para transportar oxígeno y nutrientes a las cédulas”. Es lo que dice Google en forma breve y concisa, pero es lo que de manera más amplia y discursiva expresan los tratadistas, médicos y la propia Medicina desde el momento en que comenzó a estudiarse a sí misma.
Pero el corazón (kardia) se sitúa más allá del órgano físico que propulsa la sangre a través del cuerpo y más allá también de la sede vital de sentimientos, emociones y pasiones. Lo describe certeramente el escritor y filósofo francés Jean Biès (Burdeos 1933-2024) en su libro de exigente título: Resurgencias del espíritu en un tiempo de destrucción. Biès no pudo superar la muerte de su esposa enferma de alzhéimer en 2007 y abandonó el mundo siete años más tarde. Pero profundizó en las religiones esencialmente de la India y desarrolló en el espíritu el tema central de su prolífica escritura y poemas. Afirmó que el corazón designa el centro simbólico de la totalidad humana -física, mental, vital, psíquica y espiritual- lugar de encuentro y convergencia de lo relativo y el absoluto, de lo creado y lo increado, de la persona humana y las personas divinas.
Por eso, digo yo, he hecho de mi corazón el centro de mi propia cultura, de mi manera de ser y de comportarme. “Él es de buen corazón”, decimos al referirnos a alguien amable y bondadoso, pero son muchos los que carecen de corazón o no es bueno su funcionamiento o lo tienen mal colocado.
La vez que me sometí a un electrocardiograma con electrodos autoadhesivos pregelsificados adheridos a mi cuerpo y conectados a un complicado aparato que solo se ve en los consultorios de los cardiólogos le preguntaron a la joven doctora que me atendía si ese aparato podía diagnosticar o mejorar a un corazón enfermo de amor. Sorprendida, abrió desmesuradamente los ojos, soltó una risa nerviosa y dijo: “No lo han inventado todavía”. “Entonces, ese aparato no sirve para nada”, dije, decepcionado. “No sé qué estoy haciendo aquí”.
Al parecer, los latinoamericanos vivimos más cerca del corazón de lo que creemos porque lo nombramos constantemente al hablar, al saludar, al escribir, cuando nos lacera el desdén o el desaire amoroso y enseguida cantamos un bolero creyendo que Dios va a interceder a nuestro favor y ajustará las palpitaciones del corazón de la mujer que nos desdeña.
“Hola mi amor”, “¡Te llevo en mi corazón!” o “¡Esa mujer destrozó mi corazón!” son expresiones que escuchamos reiteradamente. Y lo encontramos, incluso, en el humor cuando el niño que está aprendiendo a leer pregunta a su maestra si el corazón tiene piernas. La maestra, atónita, pregunta a su vez: ”¿De dónde sacaste semejante disparate? y el niño responde: “Es que oigo a mi papá decir en la noche: “!Corazón, abre las piernas!”; y el cuento más corto que escribió Salvador Garmendia muestra al niño que ve desnudo a la madre y pregunta qué es eso que tienes entre las piernas y la madre responde: “¡Mi corazón: eso es el coño de tu madre!”
Edgar Allan Poe escribió El corazón delatorun relato de terror psicológico estremecedor sobre la locura y la obsesión: la historia de un psicópata que mata a un viejo solitario porque siente aversión por uno de los ojos de la víctima, que se le antoja “un ojo de buitre”. Entierra al viejo bajo las tablas del piso, pero siente y escucha que el corazón del viejo asesinado tarde cada vez con mayor fuerza y termina confesando ser el autor de lo que cree haber sido un crimen perfecto. Su título y trama siguen provocando análisis y comentarios.
Edmundo de Amicis, por su parte, escribió Corazón en 1886, una novela educativa popular en su tiempo, pero creo que olvidada hoy. Y la norteamericana Carson Mac Cullers publicó a los veinte años, en 1940, su primera, poderosa y celebrada novela: El corazón es un cazador solitario.cuyo personaje principal es el sordomudo John Singer y un grupo de personas que lo rodean y le hablan. Es un libro sobre la soledad y la necesidad de comunicarnos.
En todo caso, son muchos los poetas que en todo tiempo y de un modo u otro nombran al corazón con sentimientos desganados y pasajeros cuando en realidad, más que el órgano que alimenta al cuerpo con nuestra propia sangre, el corazón es el verdadero centro de nuestra vida esclarecida o llena de aflicciones.